Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 40
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40: Capitulo 40: ¿Soy la perfección?
40: Capitulo 40: ¿Soy la perfección?
Nota del autor: Aquí termina.
El capítulo se llama La perfección, y ustedes sabrán en qué se basa.
Si desean capítulos contados desde otras perspectivas, pueden dejarlo en la caja de comentarios.
Me gusta escribir de esta manera y espero que también lo disfruten.
Continuemos.
Jasper estaba furiosa.
No era una simple molestia pasajera ni un enojo común; era una furia profunda, espesa, que le ardía en el pecho y le tensaba cada músculo.
Jasper estaba enfadada, indignada, hirviendo por dentro como si el aire mismo se hubiera convertido en un campo de batalla.
Y lo peor de todo era que no entendía cómo podía tener tanta furia acumulada sin estallar por completo.
Había sido vencida.
Ella.
Jasper.
La misma que había enfrentado multitudes sin temblar, la misma que en una ocasión le dijo a Diamante Amarillo —con total seguridad, con el orgullo que la caracterizaba— que si alguna vez se encontraba con la rebelde jefa, la arrastraría hasta sus pies.
La misma que aseguraba que la destrozaría sin pensarlo, y que si por algún milagro estaba de buen humor, simplemente la llevaría a juicio.
Ahora, esa promesa quedaba reducida a cenizas…
igual que su dignidad.
Cada recuerdo de esa caída le quemaba como si tocara metal al rojo vivo.
Daba pasos pesados, apretando la mandíbula, con los ojos encendidos de rabia.
Era absurdo.
Imperdonable.
Inaceptable.
Que ella, una guerrera perfecta, creada para ganar, terminara derrotada por una insignificante rebelde.
Si tan solo no la hubiera subido a mi nave…
gruñó entre dientes, apretando los puños con tanta fuerza que parecían a punto de romperse.
El “y si…” no dejaba de repetirse en su cabeza, perforándola como una gota insistente.
Si no la hubiera dejado entrar.
Si no hubiera bajado la guardia.
Si no hubiera confiado en que la situación estaba bajo control.
Cada alternativa imaginaria la irritaba más.
Su orgullo, ese orgullo enorme que alguna vez la sostuvo, ahora era una grieta enorme que no dejaba de doler.
Pero esa furia no era solo contra la rebelde.
No.
También era contra ella misma por permitir que algo así ocurriera.
¿Cómo pudo?
¿Cómo se atrevió a fallar de esa manera?
Mientras avanzaba entre restos de metal y polvo, sus pasos se volvían más violentos.
Trozos de su nave esparcidos por el suelo parecían burlarse de ella.
El eco de sus pasos resonaba como una declaración de guerra.
No volverá a pasar, se dijo, respirando como una bestia contenida.
Nunca más.
La encontraré.
A ella.
A todas las rebeldes.
Y entonces…
Sus ojos brillaron con una mezcla oscura de obsesión y rabia.
Esta vez no habrá piedad.
Y siguió caminando.
Su sombra se extendía con la misma intensidad que su determinación, una sombra marcada por el odio, la humillación y la necesidad de recuperar lo que sentía que había perdido: su gloria, su nombre…
y su derecho a ser la guerrera perfecta.
Caminó durante dos días, aunque en realidad aquello no podía llamarse caminar.
Antes había dicho que caminaba, ¿verdad?
Pues estaba equivocada.
No estaba caminando, estaba malditamente nadando.
Dos días enteros moviéndose entre las aguas sin detenerse un solo instante.
No se cansaba, pero sí estaba herida, si es que algo así era posible en un cuerpo hecho de luz.
La última vez que había experimentado una herida había sido en plena guerra, y solo recordar aquel caos la impulsaba a nadar con más fuerza, como si el agua fuera culpable de algo.
Su misión seguía grabada en su mente con una claridad abrasadora.
Destrozar a las rebeldes.
Esta vez no habría compasión.
Con esa furia ardiente dentro de ella continuó avanzando entre las profundidades, hasta que, a lo lejos, un bosque apareció en el horizonte.
La visión del follaje terrestre le provocaba un profundo desagrado, pero aun así no pudo evitar que una sonrisa se dibujara en su rostro.
Aquello significaba que, al fin, estaba cerca.
De un solo salto llegó a la orilla de la playa.
La arena se hundió ligeramente bajo su peso y, por un instante, se quedó allí quieta, observando el océano por el que había nadado durante tanto tiempo.
El agua se extendía hasta perderse en el horizonte, como si quisiera recordarle que había soportado dos días enteros sumergida en su silencio líquido.
Soltó un resoplido que liberó parte de la tensión acumulada, una especie de reconocimiento involuntario hacia su propio esfuerzo.
Luego dirigió la mirada hacia el bosque.
El contraste entre el azul del mar y el verde denso de los árboles hacía que aquel paisaje terrestre le resultara aún más repugnante.
Pero en cuanto puso un pie en la arena más firme, algo dentro de ella se activó.
Sus instintos, afilados por años de combate, vibraron con una certeza indescriptible.
Allí dentro, entre la espesura, había un portal.
No necesitaba verlo; podía sentirlo.
Esa sensibilidad no era algo que cualquiera poseyera.
Solo las gemas que habían participado en verdaderas batallas podían detectar la distorsión en el ambiente que un portal dejaba atrás.
Por eso una inútil como Peridot jamás podría diferenciar uno.
Solo era soporte, una técnica que se aferraba a sus pantallas y medidas como si eso la volviera competente.
La idea le arrancó una sonrisa que mostraba más dientes de los necesarios.
Aun así, mientras comenzaba a caminar hacia el bosque, recordó algo importante.
Por muy inútil que fuera, Peridot era la única que podía ayudarla en su plan actual.
Una pieza pequeña, defectuosa, pero necesaria.
Eso la irritaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Mientras avanzaba entre las sombras de los árboles, su mente viajó a los rumores de la guerra.
Algunas gemas, desesperadas o estratégicas, se habían fusionado a la fuerza con rebeldes.
Había casos en los que la voluntad resultante era tan contradictoria que la gema terminaba quebrándose.
Jasper enarcó una ceja al recordarlo.
Ella no quebraría su gema.
No lo necesitaba.
Su voluntad era implacable, firme como una montaña tallada con rabia.
Podía aplastar su propia esencia antes de permitir que algo la doblegara.
Así que la lógica era simple.
Peridot cooperaba…
o desaparecía de la existencia.
Y mientras se adentraba más en el bosque, la sonrisa en su rostro se ensanchaba, satisfecha ante la claridad de esa decisión.
El portal la esperaba, y con él, el siguiente paso de una misión que no admitía errores.
La isla era pequeña, diminuta en comparación con los lugares donde solía luchar, pero sinceramente no me importaba.
Lo único que me interesaba era llegar al portal y salir de allí cuanto antes.
Caminé entre arbustos torpes y ramas que parecían querer tocarme sin permiso, y estaba a unos pasos de mi objetivo cuando un sonido extraño atravesó el aire.
Me detuve de inmediato.
Algo crujió entre las hojas, un ruido seco que me puso totalmente alerta.
Miré hacia ambos lados, analizando cada sombra, pero no vi nada fuera de lo normal en aquel lugar orgánico y desagradable.
Aun así, mis instintos insistían en que había algo más, algo que se movía, algo que me observaba.
Me giré lentamente hacia la zona donde la vibración era más fuerte, lista para aplastar lo que se atreviera a salir.
No tuve tiempo de terminar el pensamiento.
Una bestia gema salió disparada de entre los árboles, una masa borrosa que se lanzó directo a mí con un rugido vibrante.
Salté hacia la izquierda y el impacto golpeó el suelo que había ocupado un segundo antes.
Un temblor de sorpresa me recorrió cuando vi el contorno de la criatura.
Era una topacio.
No una bestia cualquiera, sino un tipo de forma que recordaba perfectamente, una de las élites en las líneas de choque.
Abrí los ojos, no por miedo, sino por la audacia de que me atacara sin razón.
Sentí la furia subir como una ola que no tenía intención de detener.
Qué te pasa, pensé apretando los dientes, por qué atacas, acaso eres una rebelde también.
La topacio no respondió nada, por supuesto, solo emitió un gruñido gutural y cargó otra vez con el cuerpo encorvado y los brazos listos para destrozar.
Esta vez me moví de frente, chocando directamente contra ella.
El golpe resonó como una explosión, ambas empujándonos con la fuerza pura de nuestras formas.
Sentí cómo mis pies arrastraban la tierra y ella retrocedía, cada una intentando someter a la otra en una prueba primitiva de poder.
La criatura trató de sujetarme por los hombros, pero giré mi peso hacia abajo y la lancé hacia atrás contra un árbol, que se partió con un chasquido seco.
La topacio cayó de pie y volvió a saltar con una ferocidad casi irritante.
Su puño pasó silbando cerca de mi cabeza, y por un instante sentí la vibración de lo cerca que estuvo de darme.
Ya me estaba cansando de su insistencia.
Avancé con un pisotón que hizo temblar la vegetación y me lancé sobre ella con un golpe directo al torso.
La topacio salió despedida y rodó sobre la arena, pero su resistencia era notable.
Volvió a levantarse, aunque su forma empezaba a deformarse como si su control interno estuviera debilitándose.
Fue suficiente para que algo dentro de mí despertara por completo.
Mi furia ardía tan fuerte que casi podía sentirla vibrar en mi gema.
Entonces dejé que esa energía subiera, se expandiera y tomara forma.
Una luz intensa rodeó mi rostro y mi casco apareció, sólido, pesado, reluciente, como una extensión perfecta de mi rabia.
Sentí la presión familiar envolver mi cabeza.
La armadura espiritual amplificó mi fuerza, mi visión, mi voluntad.
Ahora sí estaba lista.
La topacio dudó un segundo, apenas un pestañeo, pero lo noté.
Me lancé hacia ella.
El golpe que di esta vez fue tan potente que la criatura se dobló sobre sí misma.
Su forma tembló y la luz interna parpadeó.
La tomé por el brazo y la impulsé contra el suelo con brutal precisión.
Su cuerpo se estrelló con un rugido sordo y el polvo se levantó alrededor.
Intentó levantarse, pero apoyé mi mano sobre su pecho, enterrando mis dedos contra la superficie cristalina de su forma.
La criatura rugió, una protesta animal que resonó por todo el bosque.
No iba a permitir que una bestia perdida, rebelde o no, interrumpiera mi misión.
Presioné con más fuerza.
El resplandor púrpura tembló…
y finalmente cedió.
La forma se quebró en un destello y la gema rodó por la arena, inofensiva ahora.
Me incorporé, respirando hondo a través del casco, dejando que la furia se asentara en mi interior como lava que aún seguía caliente.
Miré la gema inmóvil, luego al portal que esperaba más adelante.
Nada en esta isla iba a detenerme.
Y quien lo intentara…
acabaría igual.
Y puse mi sonrisa más come mierda, esa que solo me sale cuando siento que el universo entero debería agradecerme por existir.
Nada mal para un entrenamiento, pensé mientras estiraba mis brazos y hacía crujir mis hombros como si acabara de despertar de una siesta agradable en lugar de destruir a una bestia corrompida.
Miré la gema que había quedado rodando en la arena, pero sinceramente me dio igual.
Podía dejarla tirada ahí o patearla al mar, el resultado sería el mismo.
Aunque una duda sí me atravesó la mente de forma insistente.
Las topacios rara vez andan solas.
Siempre de a dos.
Un dúo inseparable, sincronizadas como si hubieran sido creadas el mismo segundo.
Entonces, ¿dónde estaba la otra?
Miré a los alrededores con un leve gruñido creciendo en mi pecho, moviendo la vista de un rincón al otro, esperando ver una sombra, un destello, cualquier cosa que delatara su presencia.
Antes de cruzar el portal decidí darme la tarea de investigar la isla.
No por preocupación, sino porque podía ser útil estirar los músculos para lo que se avecinaba.
Además, si había otra topacio escondida, mejor aplastarla ahora que tenerla interrumpiendo después.
Así que avancé sin perder tiempo.
Los días pasaron, aunque para mí no significaron nada.
Las nociones de tiempo orgánico no aplicaban a una gema, mucho menos a mí.
Me movía siempre atenta, como si la isla fuera un campo de batalla silencioso.
Cada sonido me obligaba a girar la cabeza.
Cada sombra me hacía tensar los dedos.
Observé los árboles desde abajo, desde arriba, desde ángulos que los humanos jamás imaginarían.
Caminé entre cuevas húmedas que olían a sal y tierra podrida.
Revisé acantilados rocosos donde la espuma chocaba con violencia.
Incluso inspeccioné el agua más de una vez, buceando hasta que la presión hacía vibrar el casco que aún llevaba puesto.
Y no solo eso.
Muchas veces salté con fuerza sobrehumana solo para elevarme por encima de los árboles, por encima de todo, buscando si acaso una gema voladora rondaba por ahí.
No eran comunes.
De hecho, si recordaba bien, prácticamente no existían.
Pero viendo en lo que se había convertido la topacio, ya no me parecía raro que de repente apareciera otra criatura aberrante, una forma corrompida con alas o algo similar.
Me reí un poco al pensar en eso.
Dragones.
Aquellas cosas enormes que existían en el planeta amarillo F901X3.
Tenían forma de reptil gigantesco, pero hechos de luz cristalizada, deformada por la experimentación de eras viejas.
Creo que incluso recordaba que unas rubis se fusionaron, tal vez fueron diez, veinte, no lo sabía.
La cantidad exacta daba igual, solo sabía que juntas habían creado uno de los dragones más grandes que presencié.
Sacudí mi cabeza al recordar aquella escena.
Estuve allí, claro que estuve allí.
Pero fue hace milenios, tanto tiempo que a veces se difuminaba en la memoria como una pintura vieja quemada por el sol.
Aun así, la majestuosidad de la criatura seguía siendo algo imposible de olvidar, aunque prefería no pensar demasiado en ello.
Eran recuerdos viejos, inútiles, ajenos a lo que debía hacer ahora.
Negando con la cabeza, continué mi inspección, moviéndome por cada esquina de la isla.
Rompí troncos para inspeccionar cavidades.
Escarbé bajo piedras que parecían sospechosas.
Incluso golpeé ciertos puntos del terreno solo para escuchar el eco y saber si había cavernas ocultas.
Todo con una mezcla de precisión militar y un fastidio creciente.
Pero no encontraba nada.
Nada más que viento, arena y el sonido del mar golpeando la costa.
Y sin embargo…
esa sensación persistía.
Ese instinto que normalmente nunca me fallaba.
Había algo allí.
Algo escondido.
Algo que se movía cuando yo no miraba directamente.
Y con cada hora que pasaba, mi irritación crecía como una chispa a punto de ser incendio.
Si había una topacio más en esa isla, la encontraría.
Y si no…
bueno, la isla ya iba a tener el privilegio de soportarme más tiempo del necesario.
De la nada un crujido se escuchó, seco, profundo, demasiado pesado para ser una rama o un animal de esa isla miserable.
Me giré de inmediato, y una sonrisa se me dibujó sola, como un reflejo ancestral.
Frente a mí estaban dos gemas.
Las topacio.
La que había destrozado antes, recomponiéndose con torpeza, y la otra, nueva para mí, con la misma estructura robusta y la mirada vacía característica de su tipo.
Las observé.
Ellas me observaron.
Y de pronto el aire se volvió tan tenso que casi podía masticarlo.
La isla entera quedó en silencio, como si supiera lo que estaba a punto de ocurrir.
No necesité pensar.
Me lancé contra ellas con todo, invocando mi casco en el mismo salto.
Sentí el impulso en mis pies, la adrenalina cristalizada correr por mi gema, la anticipación del impacto.
Iba directo hacia ellas, lista para destruirlas…
hasta que algo se encendió justo frente a mí.
Un destello.
Una vibración.
Una forma más grande.
Me detuve en seco, instintivamente, no por miedo, sino por sorpresa pura y absoluta.
Esquivé por el impulso mismo de una sensación antigua, una mezcla rara entre alarma y una punzada de alegría.
¡Alegría!
¿Cuándo había sentido eso en una pelea?
Aterricé con fuerza, hundiendo el suelo bajo mis pies, levantando arena y piedras.
Levanté la vista.
Ya no eran dos.
Era una sola.
Alta, musculosa, grotescamente fuerte.
Las dos topacios se habían fusionado.
Y no era una fusión torpe como otras bestias gemas.
Esta tenía una presencia…
distinta.
Un poco más estable.
Un poco más inteligente.
Como si supiera que separadas no podían ni siquiera rozarme.
Una carcajada se escapó de mí, una risa loca y rasposa que resonó por toda la isla.
Me puse de pie con una sonrisa más grande, más retorcida, más satisfecha que en toda la semana.
Y me lancé.
Con un rugido interno pateé el suelo, hice girar mi cuerpo y dejé que la electricidad amarilla recorriera mis extremidades.
La energía se acumuló, se intensificó, y pronto no era yo.
Era una esfera perfecta, un proyectil imparable rodando a toda velocidad.
La topacio fusionada me leyó.
Saltó hacia un lado con torpeza pero efectividad, y luego golpeó el suelo con tal fuerza que la arena explotó como un volcán pequeño.
El impacto me desequilibró un segundo.
Solo un segundo, pero suficiente para que lo sintiera.
Suficiente para que algo dentro de mí despertara.
Me enderecé y me lancé de nuevo, más rápido, más agresiva.
Pero esta vez la topacio no huyó.
Levantó ambos brazos y me interceptó de frente.
El choque creó una onda expansiva que hizo temblar la playa, levantando polvo, arena y fragmentos de roca.
Su fuerza me empujó hacia atrás, apenas unos centímetros, pero lo hizo.
Lo logró.
El golpe me atravesó como un zumbido eléctrico.
Un dolor pequeño.
Minúsculo.
Pero real.
Reí.
Reí como si hubiera esperado eso por siglos.
Como si ese simple impacto fuera un regalo.
La fusión rugió y lanzó un golpe descendente.
Lo esquivé, sentí el viento cortarme la mejilla, y luego ella me devolvió el favor: su rodilla chocó contra mi torso.
No me derribó, pero sí me hizo retroceder un par de pasos.
Era contundente, pesada, un martillazo de luz concentrada.
Otra vez ese dolor.
Dulce.
Vivo.
La fusión cargó de nuevo, levantando ambos brazos para aplastarme.
Me lancé hacia adelante, chocando con ella hombro contra hombro.
El impacto nos mandó a las dos hacia atrás.
Yo me frené clavando mis manos en la tierra.
Ella cayó dando un tropiezo torpe, pero manteniendo su equilibrio.
Antes de que pudiera atacar, la bestia gemas levantó una piedra enorme y la lanzó como si fuera nada.
La aparté de un puñetazo, pero el fragmento restante golpeó mi brazo, dejando un ardor extraño.
Nada grave.
Nada que me importara.
Solo una marca más que podía ignorar.
Fue entonces cuando cargó por tercera vez.
No la esquivé a propósito.
Quería medirla.
Quería sentir ese poder bruto abarcarme entera.
Su embestida me golpeó el costado y me lanzó volando varios metros.
Tragué arena al caer, rodé sobre tierra húmeda y finalmente impacté contra la entrada de una cueva, hundiendo parte del muro de roca con mi peso.
La cueva tembló.
Polvo cayó desde el techo como lluvia gruesa.
El eco de mi propio impacto resonó dentro, oscuro, interminable.
Me incorporé con una sonrisa, sintiendo el leve ardor de un moretón que no debía existir.
Un daño casi simbólico.
Pero daño al fin.
Y ahí estaba la fusión, entrando a la cueva con un gruñido profundo, bloqueando la luz de la entrada con su cuerpo masivo, como si el mundo entero se achicara para dejarnos a solas.
Perfecto.
Más cerrado.
Más violento.
Más intenso.
Exactamente como me gusta.
La pelea recién comenzaba.
No sabes quién soy, gema defectuosa.
Soy yo, la maldita Jasper, la perfección misma.
Ni siquiera pensé en respirar cuando me lancé de nuevo hacia la fusión.
Dentro de la cueva tenía toda la ventaja del mundo.
Espacio cerrado, sin rutas de escape, sin distracciones orgánicas, sin nada que amortiguara mis ataques.
Aunque esta cosa casi no me hacía daño, ya no quería perder más tiempo en esa isla miserable.
Pero tampoco iba a irme sin antes aplastar a estas dos inútiles, incluso si no había notado todavía las manchas extrañas que recorrían sus cuerpos.
Manchas que tal vez significaban corrupción.
No me importó.
Lo reportaría a las Diamantes cuando lograra salir de ese agujero primitivo.
La energía amarilla cubrió mi cuerpo como un manto vivo.
Corrí por toda la cueva, dejando un rastro de polvo y vibraciones en las paredes, y la fusión me siguió como una bestia torpe y ruidosa.
Su respiración rugía, un sonido espeso que hacía eco por todo el túnel.
Sentí cómo el aire cambiaba cada vez que la tenía detrás, era como tener un buey furioso intentando arrancarme la espalda.
Cuando vi un punto alto en la roca, un saliente estrecho casi vertical, corrí hacia él sin pensarlo.
Mis dedos se clavaron en la piedra mientras ascendía como si mi cuerpo pesara nada.
La fusión se lanzó detrás de mí con movimientos pesados, demasiado lentos para ser una amenaza real, pero suficientes para entretenerme.
En segundos llegué a la punta más alta del interior de la cueva, una elevación que fácilmente superaba los cien metros.
Toqué el techo con los pies, sintiendo cómo las rocas vibraban con mi fuerza acumulada.
Era estable.
Lo suficiente para aguantar un segundo.
Solo un segundo.
Me impulsé con tal fuerza que el techo crujió como si fuera un hueso frágil.
El estruendo resonó por toda la estructura, y en ese mismo instante me dejé caer.
Caía con una velocidad perfecta, apuntando directamente a la fusión que recién elevaba su cabeza para entender qué pasaba.
Demasiado tarde para ella.
El impacto fue un estallido monstruoso.
La piedra estalló bajo nosotros, el aire se comprimió, la tierra tembló.
Rocas enteras se desprendieron del techo y cayeron en avalancha, llenando la cueva de un caos ensordecedor.
La onda expansiva nos envolvió, mandando escombros por todos lados y sacudiendo el piso como si la isla entera fuera a hundirse en el mar.
El cuerpo de la fusión no resistió.
La presión, el golpe, mi peso…
todo la quebró.
La luz amarilla que rodeaba mi cuerpo explotó hacia afuera mientras la fusión perdía estabilidad.
Y en un destello final, dos gemas salieron disparadas por el aire como proyectiles, chocando entre sí mientras trataban de recuperar forma.
No lo permití.
Salté entre las rocas que seguían cayendo, estiré mis brazos y sujeté ambas gemas al vuelo.
Mis dedos se cerraron sobre ellas con una precisión casi delicada, como si estuviera atrapando algo valioso.
Sentí sus vibraciones, su inestabilidad, el temblor torpe de fusión recién rota.
Una sonrisa se me escapó.
Una sonrisa amplia, orgullosa, victoriosa.
Las observé con calma mientras el caos continuaba alrededor.
Las rocas seguían cayendo, el polvo subía, la cueva se estremecía…
pero yo solo veía esas dos gemas inútiles que acababan de convertirse en mis trofeos.
Pensé por un momento.
Dos topacios.
Dos bestias.
Dos recursos.
Casi nunca metía gemas en burbujas.
No lo veía necesario.
Prefería romperlas, destruirlas, dejarlas como cristales sin forma.
Pero sentí algo distinto esta vez.
Algo parecido a una idea útil.
Estas dos podrían servirme.
Tal vez como carnada.
Tal vez como moneda.
Tal vez como armas improvisadas.
Así que con un gesto simple las encerré en burbujas naranja que se elevaron lentamente delante de mí.
Flotaban, inmóviles, limpias, dóciles.
Totalmente bajo mi control.
Y mientras la cueva seguía derrumbándose a mis espaldas, me enderecé, dejándome envolver por el polvo y el ruido, orgullosa, imparable, perfecta.
Las tenía.
Y ahora no habría nada ni nadie que se interpusiera entre mí y mi próximo objetivo.
Luego de unas horas finalmente salió de la cueva, no porque no pudiera escapar, para nada, sino porque ahora tenía dos gemas atrapadas en burbujas, las mismas que decidió inteligentemente dejar por ahí.
Sabía que, si las hacía teletransportarse, surgirían en un lugar que según su código reconocían como base, y su base se encontraba en la estación del Planeta Madre.
Y sinceramente, necesitaba a esas Topacios.
Caminó hacia un rincón y dejó las burbujas allí, completamente segura de que en cualquier momento resultarían útiles.
Con un solo salto alcanzó la superficie y observó detrás de sí el desastre que habían dejado durante la pelea.
Aun así, mantuvo una sonrisa satisfecha.
No importaba.
Según lo que había medio escuchado de Peridot, este planeta no duraría mucho, por eso aquella chiquilla estaba tan apresurada.
Incluso si tardaba unas cuantas rotaciones solares, nadie se preocuparía por ella, y por qué habrían de hacerlo.
Era perfecta, y no importaba cuánto tiempo tomara, siempre lograba sus objetivos.
Siempre.
Miró el portal y ordenó mentalmente sus próximos pasos.
Sabía que debía encontrar a Peridot y ahora, con dos Topacios en su poder, su decisión estaba completamente asegurada.
Con una resolución más firme que antes, entró al portal y desapareció entre la luz, dejando atrás una sonrisa de pura superioridad.
Fin del capítulo 40.
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