Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 42
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42: Capitulo 42: Un vuelo para un asunto.
42: Capitulo 42: Un vuelo para un asunto.
Steven estaría viendo, o más bien no viendo, al menos no desde una perspectiva normal.
En ese instante estaba flotando en el aire mientras Jasper lo observaba desde abajo con una mezcla de furia y desconcierto.
¿Cómo llegó a ese punto?
Bueno…
deja que te cuente cómo terminó así, con una Jasper enfadada y un Steven suspendido en medio de la nada.
Era un día soleado, de esos en los que las aves cantan, las flores florecen y todo parece destinado a salir bien.
Steven estaba de buen humor, uno de esos buenos de verdad.
Como siempre, había estado experimentando con su habitación, pero esta vez era diferente.
Desde lo que había pasado con Peridot y el centro de comunicaciones, el chico se había puesto más reflexivo y también más creativo.
Tenía ideas nuevas, parámetros nuevos y ganas de empujar cada límite que pudiera dentro de la IA de su madre.
En su habitación, frente al holograma de Rose, Steven sonreía con la emoción de un niño a punto de abrir un regalo.
Rose, o mejor dicho la proyección, lo miraba con aquella expresión suave y cálida que siempre lo hacía sentir protegido.
Y fue ahí donde Steven dio su primera orden.
Habitación, demuéstrame cómo puedo volar, paso por paso.
La habitación se quedó en silencio.
El holograma de Rose parpadeó apenas, como si estuviera revisando miles de líneas de información a la vez.
Finalmente lo miró con serenidad, inclinó la cabeza y sonrió.
Steven —dijo la imagen de Rose—, para poder volar necesitas algo más que fuerza o magia.
Lo primero es una emoción feliz.
Algo que te haga sentir ligero, como si el pecho quisiera impulsarte hacia arriba.
Steven escuchó atento, sintiendo cómo la habitación comenzaba a ajustar la gravedad en un área pequeña alrededor de él.
El holograma continuó.
Luego, debes sentir una zona de ingravidez.
No es exactamente flotar…
es sentir que sueltas el suelo antes de que él te suelte a ti.
Es como imaginarte en un espacio donde nada te empuja hacia abajo, donde eres parte del aire.
Steven respiró hondo.
Cerró los ojos.
Trató de recordar momentos felices, pero no los ruidosos, sino los profundos.
La primera vez que usó su escudo, cuando curó a una criatura herida con su saliva, cuando Connie lo abrazó después de una misión difícil, cuando Garnet lo levantó en brazos con orgullo.
Todos esos sentimientos se le arremolinaron en el pecho con un calor suave.
Y ahí fue cuando lo sintió.
No se elevó de golpe.
No fue espectacular, ni brillante, ni cinematográfico.
Fue apenas un tirón leve, como si su estómago se encogiera antes de un salto.
Luego otro tirón.
Luego una sensación ligera bajo sus pies.
Como un pequeño empujón, como si la habitación lo animara a dejar que su propio cuerpo hiciera el resto.
Poco a poco, Steven abrió los ojos y vio que el suelo se alejaba unos centímetros.
Solo unos cuantos.
Pero eran suyos.
El holograma de Rose lo observaba con orgullo.
Eso es, Steven.
Mantén la emoción.
No la fuerces, solo deja que fluya.
Steven tragó saliva, concentrado.
Y así, centímetro a centímetro, empezó a elevarse, sin prisa, sin caos.
Como si siempre hubiera pertenecido ahí arriba.
Ahuevo, lo dije casi gritando mientras empezaba a flotar, sintiendo cómo mis pies se despegaban del suelo con una suavidad casi mágica.
Ya era hora, carajo.
Las lágrimas se me escaparon sin permiso, lágrimas de gloria absoluta.
Toda la vida deseé esto.
Volar.
Sentir el aire sin peso, sin límites, sin nada que me amarrara al suelo.
Y ahora podía.
La madre holograma me observaba con esa mezcla rara de orgullo y dulzura que siempre llevaba en el rostro.
No tardó en elevarse conmigo, como si el simple hecho de acompañarme fuera parte del tutorial.
Flotó hasta quedar a mi altura y extendió una mano, invitándome a seguir sus movimientos.
Steven —dijo con esa voz que parecía venir de un recuerdo que nunca viví—, volar no es cuestión de fuerza, es cuestión de intención.
Intenté mantenerme estable, aunque mis piernas hacían cosas que no sabía controlar.
Piensa en algo que te haga sentir ligero —continuó Rose—.
Algo que te haga feliz de verdad.
El cuerpo responde a lo que siente, no a lo que piensas.
Cerré los ojos solo un segundo, dejando que el pecho se me calentara, recordando risas, abrazos, las caras de todos los que amaba.
Y el aire pareció sostenerme más firme.
Muy bien —dijo ella, acercándose un poco para corregir mi postura—.
Ahora respira como si el aire te recibiera.
Deja que te sostenga, no pelees con él.
Abrí los ojos y la miré flotando con tanta naturalidad que parecía que había nacido en el aire.
¿Así?
—pregunté, moviendo los brazos con torpeza.
Más suave —respondió Rose con una sonrisa pequeña—.
Volar es confiar.
No solo en ti, sino en lo que sientes.
Si te esfuerzas demasiado, caerás…
pero si lo sientes, subirás.
Me dejé ir, solo un poco.
Y por primera vez, no me hundí; subí.
La sonrisa de Rose brilló más fuerte que la luz de la habitación mientras yo seguía ascendiendo, ligero, libre y feliz.
Pasaron horas enteras en las que Steven logró dominar poco a poco el arte de volar.
Al principio era torpe, casi como si el aire lo empujara más de lo que él quería; pero con cada intento, con cada risa nerviosa y cada caída suave, fue ganando seguridad.
Ya no solo flotaba: maniobraba, giraba, subía, bajaba…
hasta que finalmente parecía que había nacido para ello.
Pero incluso los momentos perfectos tienen un final.
O al menos, para la mayoría.
Steven no era “la mayoría”.
Con una sonrisa pícara en el rostro, se giró hacia la figura holográfica de su madre.
Madre, volaré afuera —dijo con esa emoción contenida que casi le vibraba en la voz—.
Creo que iré a la zona de guerra…
ya sabes, esa que está llena de fresas.
Debería comer fresas.
Debería comer fresas…
Empezó a murmurar cosas al azar, palabras que se enredaban entre sí, pequeños pensamientos que solo dejaba salir cuando estaba completamente solo.
Cosas que guardaba en silencio para no incomodar a nadie.
Era la forma en que se relajaba, aunque lo hacía ver un poco más extraño de lo normal.
El holograma de Rose lo miró con una expresión entre ternura y desconcierto.
Incluso una gota de sudor simbólica apareció mientras su forma cambiaba suavemente, elevándose hasta transformarse en el imponente pero cálido Diamante Rosa.
Hijo mío, ve donde quieras —dijo la figura rosa mientras extendía una mano hacia él—.
Solo…
ten cuidado, ¿sí?
Le acarició el cabello con una delicadeza que Steven nunca había sentido físicamente, pero que igual lograba tocarle el corazón.
Él asintió con esa mirada seria y decidida que solo aparecía cuando estaba completamente seguro de algo.
Con un último gesto respetuoso, Steven salió de la habitación.
Y justo cuando cruzó la puerta, vio cómo la imagen de su madre se deshacía suavemente en una nube de polvo rosado, volviendo a la calma silenciosa del cuarto.
Ahora nada lo detenía.
Y volar afuera era apenas el comienzo.
Steven se colocó sobre el portal, respiró hondo y gritó con toda la fuerza de sus pulmones.
Lapiz, me voy.
Si preguntan por mí estaré en la zona de guerra practicando algo, ¿entendido?
AJA —respondió Lapiz sin despegar la vista de su pantalla, completamente enfrascada en una discusión con noobmaster60, un desgraciado con más multicuentas que sentido común.
Steven negó con la cabeza.
Mejor no preguntar.
Mejor no meterse.
Mejor no morir hoy bajo un chorro de agua furioso.
Con un pensamiento, activó el portal bajo sus pies y desapareció en un destello.
Apareció en la zona de guerra.
El viento dulce del campo de fresas lo recibió, y el aroma lo llenó de una calma que hacía días no sentía.
Flotó unos centímetros, casi sin esfuerzo, estiró la mano y tomó una fresa.
Luego otra.
Luego otra más.
Era perfecto.
Solo él, el cielo y el sonido suave del campo.
¿No podía seguir así por siempre?
Obviamente no.
El instinto le gritó antes de que su razón entendiera, y en menos de un segundo invocó su burbuja.
Un puño naranja chocó contra ella, enviando a Steven volando hacia un arbusto con ramas que lo arañaron por todos lados.
Cayó rodando, se levantó, y alzó la mirada.
Jasper.
La gema estaba allí, imponente, respirando furia, como si la tierra misma temiera su presencia.
Rose Cuarzo —soltó Jasper estirándose el cuello, lista para la batalla—.
¿Sabes cuánto tiempo te he estado buscando?
Steven parpadeó dos veces.
¿Me has estado buscando?
Para la revancha —dijo con desprecio, golpeando su puño contra la palma con un sonido seco que retumbó en el aire.
El casco naranja se materializó sobre su cabeza, la energía chisporroteando alrededor.
Y sin más aviso se lanzó contra Steven.
Steven invocó su escudo.
El impacto fue brutal.
La explosión de fuerza levantó una lluvia de fresas trituradas.
La tierra tembló.
Steven salió disparado hacia un lado, rodando sobre el campo mientras Jasper rompía el suelo en su persecución.
Él se levantó flotando, usó la gravedad a su favor y se elevó más alto, esquivando por los pelos un salto de Jasper que dejó un cráter en forma de media luna.
Jasper rugió.
¡Deja de flotar cobardemente, Rose!
Steven descendió en picada para golpear con su escudo, pero Jasper bloqueó y lo arrojó contra una zona elevada, una plataforma rocosa que había sobresalido del terreno con el tiempo.
Steven chocó, rebotó y volvió a flotar.
Jasper saltó hacia él, rompiendo otra plataforma en el proceso, pero Steven giró en el aire, esquivándola y lanzando una onda expansiva desde el escudo que la hizo retroceder unos pasos.
La gema sonrió.
Eso es.
Dame pelea.
El campo de fresas quedó hecho un desastre de tierra abierta, rocas voladoras y frutas aplastadas mientras ambos se movían, subían, caían, chocaban escudo contra casco, fuerza contra magia, aire contra tierra.
Steven aprovechaba las zonas elevadas para lanzar ataques desde ángulos inesperados; Jasper las destruía solo para obligarlo a moverse.
Era un caos hermoso.
Y apenas estaba comenzando.
Me quedé mirándola con una mezcla de sorpresa y fastidio mientras Jasper aparecía entre las rocas como si el lugar le perteneciera.
Era inevitable soltar el pensamiento que me cruzó por la cabeza, preguntándome qué demonios hacía ahí cuando había tantos otros sitios que podía andar investigando.
Jasper respondió con una sonrisa arrogante, esa expresión suya que parecía hecha para provocar.
Le importaba poco mi molestia.
Decía que había peleado conmigo una vez allí mismo, como si aquel recuerdo fuera un tesoro personal.
Lamentaba que las Diamante hubieran dado la orden de evacuar; aseguraba que, de no haber sido por eso, me habría destrozado sin pensarlo.
Su gema brilló, invocando dos burbujas alrededor de sus puños, y la vi levantar una ceja al ver mi reacción.
Quiso saber cuántos trucos tenía, quiso saber si realmente no era como ella, y sus ojos se quedaron fijos en los míos como si buscara una respuesta que yo no estaba dispuesto a darle.
Guardé silencio.
No deseaba hablar con ella.
En mi mente rondaba únicamente la idea de pufearla antes de que pudiera escapar, un plan silencioso que intentaba ajustar en segundos.
Unos minutos antes, Jasper estaba sentada sobre un montón de rocas, inmóvil ante el horizonte.
Aquel lugar había sido un campo de muerte, y no solo para las rebeldes; también habían caído gemas leales, gemas que habían servido al imperio con absoluta convicción.
Fue justo allí donde una gema la había recibido al llegar a la existencia, donde había recibido su propósito, donde le habían dicho que su deber era defender el imperio y proteger al Diamante que le había dado forma.
Negó con la cabeza como si intentara sacudirse un recuerdo incómodo.
Miró alrededor y notó lo hermoso que lucía ese lugar ahora, una visión extraña para ella, acostumbrada a detestar esos paisajes como si fuesen algo indigno de su presencia.
Aun así, se permitió un instante de calma.
No era tan malo tener ese tipo de pensamientos de vez en cuando, aunque jamás lo admitiría en voz alta.
miraira por varios minutos los cuales no tendria un pensamiento, solo recuerdos los cuales le daban dolo, aunque luego de varios minutos un sonido la hizo volver en si, miraria hacia el portal donde habia y miraria a la gema la cual fue culpable que destrozar a su diamante, todavia no sabia como lo habia logrado, un ataque sorpresa?, la engaño siendo otra cuarzo?, le importaba a jasper?, para nada, ella estaba ahi atenta ante cualquier espacio para poder lanzar un buen gole y bueno rapiadmente se lanzo hacia rose la cual invocaria su burbuja, algo que a jasper se le olvido completamente, miro como rose se pondria de pie y como se daria un poquito de escencia de su boca y se lo untaria con cuidado, algo que investigar para despues.
ambos se mirarian fijamente.
volviendo a la realidad.
Ambos se lanzaron uno contra el otro con una fuerza que parecía partir el aire en dos.
Steven esquivó el primer golpe con una concentración que jamás había sentido antes; su vuelo aún era torpe, pero suficiente para darle un ángulo completamente nuevo a cada movimiento.
Se impulsó en el aire, dio un giro que antes nunca habría podido realizar y se enroscó alrededor del brazo de Jasper, sorprendiéndola al punto de dejarla inmóvil por un segundo.
Aprovechó ese instante y le propinó una patada reforzada con una burbuja para aumentar el impacto.
Jasper salió disparada hacia atrás, aunque se recuperó con una velocidad que resultaba casi intimidante.
Steven no le dio tiempo.
Corrió tras ella con la urgencia de quien sabe que un segundo de ventaja podía significar un desastre.
Necesitaba encapsularla antes de que intentara alguna locura.
Estiró el brazo con un ataque que había aprendido en los entrenamientos con Amatista, una técnica que gastaba demasiada energía y que normalmente evitaba.
Sin embargo, desde que aquella Rosa de su sueño se había integrado con él, algo en su interior se sentía más firme, más lleno, como si la fuerza le brotara sin pedir permiso.
Quizá ahora sí podía permitirse algunos trucos…
unos cuantos…
tal vez muchos.
El golpe dio de lleno en el casco de Jasper y la hizo caer con un impacto seco contra el suelo.
Steven descendió desde el cielo y observó los alrededores, donde yacían restos de las armas abandonadas del antiguo campo de batalla.
Tomó una espada para complementar su escudo y adoptó una postura firme, respirando profundo mientras la cortina de humo se disipaba.
Jasper salió entre la niebla con una expresión que intentaba ser severa, pero que no lograba ocultar la chispa brillante de emoción que le recorría los ojos.
Estaba prácticamente ilesa, apenas algunos moretones, como si su cuerpo hubiera sido hecho para resistir exactamente ese tipo de castigo.
Steven avanzó primero, probando el peso de la espada.
Su ataque fue directo, pero no imprudente, midiendo la longitud de su alcance.
Jasper lo bloqueó con el antebrazo y sonrió con el brillo de alguien que disfrutaba demasiado de la pelea para fingir lo contrario.
Steven retrocedió unos pasos y cambió de ángulo, aprovechando el aire para impulsarse hacia atrás y caer con un giro controlado sobre su propio eje, lanzando un corte que Jasper esquivó apenas por centímetros.
Ella respondió con un embate que parecía un torbellino, una fuerza brutal que Steven apenas logró detener al alzar su escudo.
El choque resonó fuerte, pero no lo tiró.
Al contrario, ese mismo impacto lo hizo comprender que su cuerpo podía recibir más de lo que había imaginado.
Dio un paso hacia adelante y golpeó el suelo con su talón, liberando una onda que hizo a Jasper fruncir el ceño por el leve desequilibrio que le causó.
No tardaron en seguir intercambiando golpes, ninguno buscando herir al otro, pero ambos midiendo y aprendiendo.
Jasper disfrutaba cada segundo, incluso cuando Steven sorprendía con un nuevo uso de sus habilidades, como las burbujas que ahora manipulaba con una precisión mayor, o los pequeños impulsos de vuelo que transformaban sus ataques en trayectorias impredecibles.
Steven comprendió muy rápido que entrenar y pelear eran dos mundos distintos.
El cuerpo reaccionaba de otra manera, la mente se aceleraba y cada movimiento se convertía en una decisión instintiva.
Se notó a sí mismo más ágil, más consciente de su espacio, y por primera vez sintió que realmente estaba explorando sus límites en una batalla real.
Jasper, por su parte, avanzaba sin reservas, probando su fuerza contra él, deteniendo sus golpes con un entusiasmo silencioso, como si hubiera esperado ese enfrentamiento desde hacía demasiado tiempo.
El choque de sus poderes dejaba vibraciones en el aire y polvo levantado en espirales, y aunque ninguno lograba derribar al otro, ambos entendían que esa lucha no se trataba de vencer, sino de descubrir de qué eran capaces.
Steven giró varias veces en el aire hasta aterrizar agachado sobre una de las columnas flotantes.
La superficie vibró bajo sus pies, pero él no apartó la mirada de Jasper, que seguía abajo, firme, observándolo con una intensidad animal.
Le lanzó una frase seca, casi como si escupiera las palabras.
Le preguntó si le había gustado.
Jasper, que ya estaba tensando las piernas para saltar hacia él, se detuvo completamente confundida.
Murmuró un “eh” cargado de desconcierto.
Steven negó con un gesto breve.
No era nada, dijo, mientras su escudo se reducía de tamaño y lo lanzaba con un impulso perfecto.
Jasper lo esquivó sin problema y le dedicó una sonrisa de total superioridad, una sonrisa de quien cree haber leído la jugada completa.
Esa sonrisa murió cuando vio la expresión de Steven, una mucho más soberbia, mucho más provocadora.
Jasper alcanzó a girar la cabeza hacia atrás, justo a tiempo para ver cómo el escudo regresaba y le golpeaba de lleno en el rostro.
Jasper soltó un grito de frustración.
Steven aprovechó la apertura y se lanzó hacia ella, impulsándose en el aire con su vuelo recién aprendido.
El impacto fue seco y preciso, tanto que la envió volando entre las nubes bajas del campo de batalla.
Steven respiró profundo y contuvo el aire mientras escupía en su mano para untarse el fluido en las zonas dañadas.
Era muchísimo mejor que tener que recurrir a las lágrimas.
¿Quién querría ponerse a llorar en medio de una batalla seria?
La sola idea le dio vergüenza ajena.
Negó con la cabeza mientras atraía el escudo de vuelta hacia su brazo, observando el punto al que Jasper había salido disparada.
Pasaron los segundos.
Luego, los minutos.
Y ella no daba señales.
Se tensó y saltó al aire, girando sobre sí mismo para mirar en todas direcciones, completamente confundido por su desaparición.
Preguntó en voz baja dónde estaba, consciente de que algo no estaba bien.
Antes de eso, Jasper seguía siendo arrastrada por el golpe.
Cayó en una nube densa que la cubrió y la obligó a detenerse.
Se quedó quieta.
Reflexionó.
Y entendió que esa pelea no la llevaría a ningún lado.
Si lograba destruir a Rose, aún quedarían las Gemas Rebeldes.
Y eso no solucionaría absolutamente nada.
Necesitaba llegar primero a Peridot.
Tal vez ella tendría una ventaja, información, un plan, algo útil.
Jasper se agachó y saltó hacia la zona ciega de Steven, escapando de su vista con facilidad.
No estaba interesada en correr hacia el portal principal; sería una locura si la fusionada llegaba a intervenir.
Esa cosa era un dolor de cabeza, aunque no lo admitiera en voz alta.
No, debía evitar la confrontación y buscar otra ruta.
Peridot estaría rumbo a un sitio donde hubiera gemas o pudieran crear algo.
La guardería principal, o tal vez la Beta.
Esos eran los lugares más probables.
Con ese destino fijo en su cabeza, Jasper corrió con toda su potencia hacia otro portal, uno que la alejara del combate y la acercara más a lo que realmente necesitaba.
Volviendo con Steven: Esperó casi medio día.
No era exageración.
El atardecer había pasado y ya era completamente de noche cuando él seguía allí, inmóvil, vigilando cada sombra del campo de fresas.
Estaba tan tenso que no escuchó los pasos detrás de él.
Solo reaccionó al sentir una presencia, girándose de golpe con la espada lista para atravesar justo el punto donde estaba la gema de Amatista.
Ella se quedó completamente rígida al ver lo cerca que estuvo del golpe.
Steven reconoció a la gema morada y detuvo la embestida a milímetros.
Su respiración volvió a estabilizarse apenas un poco.
Le preguntó qué hacía allí, sin dejar de observar los alrededores como si en cualquier momento fuera a saltar algo de entre las sombras.
Amatista estaba confundida.
Le dijo que había estado ahí durante horas y que todos se habían preocupado muchísimo.
Steven respondió con simpleza, casi sin emoción, que Jasper había estado allí, lo que hizo que Amatista tensara el cuerpo y convocara su látigo de inmediato.
Se colocó de espaldas a él, cubriéndolo mientras analizaba el terreno.
Preguntó cuánto tiempo llevaba sin atacar.
Steven miró el cielo un momento antes de contestar.
Unas siete horas, dijo con naturalidad.
Amatista no supo qué decir.
Se quedó viéndolo como si estuviera frente a alguien que acababa de perder la cordura.
Preguntó si realmente había estado parado ahí siete horas sin moverse.
Steven asintió, aún con los hombros tensos y la mirada inquieta.
Ella respiró profundo antes de concluir que Jasper seguramente ya se había ido.
Steven estuvo de acuerdo.
Era posible, aunque no bajó la guardia.
El silencio que siguió fue incómodo.
Ninguno de los dos sabía cómo romperlo, hasta que Steven desinvocó su escudo y las burbujas, quedándose solo con la espada en la mano como si le hubiera tomado cariño.
Dijo que se fueran.
Amatista adoptó su forma de gato y subió a sus hombros, sintiendo lo tensos que estaban sus músculos.
Frunció el ceño.
Comentó que él había estado muy tenso esos días y que necesitaba descansar.
Steven intentó responder, pero la cola de gato se posó en su boca impidiéndole hablar.
Sin peros, sentenció Amatista.
Steven soltó una carcajada mientras entraban al portal.
Le dijo que se parecía a Perla.
Amatista respondió con molestia mientras la luz del portal los tragaba.
Al llegar, notaron que todo estaba normal.
Steven caminó hacia su cuarto sin detenerse, ni siquiera para ver a Lápiz, que lo observaba con una ceja levantada.
Se dejó caer en la cama como si el peso del mundo lo empujara.
Lápiz miró a Amatista, que todavía estaba a su lado.
Le preguntó si había sido un día difícil.
Amatista solo afirmó que sí mientras caminaba hacia su habitación.
Le pidió que cuidara a Steven, porque cargaba demasiado encima.
La puerta se cerró.
Lápiz se dio la vuelta hacia Steven, que tenía una expresión completamente agotada.
Se acercó, lo arropó y apagó la luz.
Como si ya lo hubiera hecho muchas veces, lo envolvió como un taco y luego se acostó a su lado, rodeándolo con los brazos.
Así terminaron la noche: uno convertido en taco y el otro abrazando un taco.
Fin del capítulo 42.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com