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Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 43

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43: Capitulo 43: ¿Otra vez Azul?

43: Capitulo 43: ¿Otra vez Azul?

Steven estaría en uno de sus mejores sueños.

Realmente necesitaba descansar después de un día agotador.

Entrenar, sentir por primera vez la emoción de volar y, para colmo, enfrentarse a una Jasper furiosa por su madre no era precisamente algo tranquilo, pero bueno, sigamos.

Miraba al perro que tenía frente a mí.

Aquel perro del demonio me estaba ganando en Conecta 4.

Sinceramente, empezaba a creer que hacía trampa.

Lancé una ficha para ver si cometía algún error, aunque sabía que no lo haría.

El perro me observó fijamente y luego colocó su ficha de forma dramática, asegurando mi derrota al instante.

Miré en silencio la ficha que acababa de poner y simplemente resoplé.

Fue suerte, lo dije mientras me cruzaba de brazos.

Y así seguiríamos jugando, con el perro dándome una paliza que, siendo sincero, estaba disfrutando.

No todos los días tenía un sueño en el que un perro jugaba Conecta 4 conmigo, ¿saben?

Después de unas cuantas jugadas más, me levanté.

Algo dentro de mí me decía que lo hiciera.

Hasta aquí llegamos, perrito.

¿Algo que decir antes de que me vaya?

El perro negó con la cabeza, completamente serio, antes de transformarse en un helicóptero y salir volando como si fuera lo más normal del mundo.

Me quedé en silencio observando cómo el perro-helicóptero se alejaba, para luego estrellarse de frente contra una torre.

Creo que necesito un doctor, dije mientras negaba con la cabeza y comenzaba a caminar sin rumbo, con las manos en la cabeza, intentando procesar lo que acababa de ver.

Luego de varios minutos, en los cuales solo era yo y mi mente pensando en cómo podía lograr que un perro hiciera lo que el perro con el que había jugado hizo, me quedé dándole vueltas a una idea.

Tal vez si Amatista se transformaba en perro podría repetirlo, me dije a mí mismo mientras caminaba entre unas flores azules.

Las observé con atención, ya que hacía mucho las había visto en un libro.

Si mal no recordaba, eran las famosas Espuela de Caballero.

Eran hermosas, y sin darles más vueltas seguí caminando.

Noté cómo el camino comenzaba a volverse un poco más moderno.

Ya no era el pasto de antes, era algo más fino, más pulido.

Con cada paso veía cómo el ambiente cambiaba, cómo todo adquiría una textura diferente, algo que nunca había visto en un sueño.

Aunque eran pocos, cuando los tenía realmente era consciente de mi entorno, pero esto…

esto era nuevo incluso para mí.

Y sin pensarlo seguí avanzando, porque al final qué podía pasar en un sueño.

Caminé y caminé por lo que parecía un sendero infinito, o al menos eso creí hasta que de la nada una fuerza invisible me jaló hacia el final del camino, como si alguien hubiera decidido adelantar la escena sin avisarme.

No hubo luces ni efectos espectaculares, solo mi cara estampada contra el suelo.

No sentí dolor real, pero sí ese molesto eco de dolor fantasma que solo los sueños saben provocar.

Gruñí por instinto antes de levantar la mirada, que poco a poco se fue enfocando, si es que eso era posible en un sueño tan extraño.

Lo primero que vi fue un destello azul, un vestido que conocía demasiado bien.

Con dudas levanté la vista completa y quedé con cara de palo.

Frente a mí estaba nuevamente Diamante Azul, tan imponente como siempre.

Parecía sentir mi presencia, aunque gracias a los cielos solo era eso: presencia.

Aun así, me observaba como si pudiera verme de verdad aunque no fuera así.

Me quedé en silencio, atrapado en ese momento incómodo.

Diamante Azul me sostuvo la mirada con aquella calma pesada que solía llevar consigo.

Su Perla, a su lado, parecía confundida, como si no entendiera por qué su Diamante reaccionaba así.

Luego, la misma Azul habló mi apellido con una duda evidente, como tanteando el recuerdo de mi existencia.

Universe, murmuró con cautela, intentando reconocerme.

La sorpresa me recorrió el cuerpo entero.

Di un salto hacia atrás con un giro en el aire solo para recuperar un poco de dignidad, me puse de pie como si nada hubiera pasado y me quité el polvo inexistente de la ropa.

Respondí con aquel toque que usaba para fingir seguridad.

El único e inigualable, qué tal, Azul.

Ella no contestó al instante.

Miró a su Perla con un gesto sutil y la Perla negó con la cabeza como si le confirmara algo.

Entonces volvió a verme, esta vez con una sonrisa más cálida que la anterior.

Universe, parece que la última vez te fuiste muy rápido, ¿no crees?

Steven se quedó quieto ante el recuerdo que se asomó sin permiso.

Aquel día trágico en el que vio morir a una rubi justo frente a sus ojos.

Un dolor tan profundo que incluso su propia gema lo sintió, como si la hubieran partido en dos junto con él.

Recordar eso lo congeló por un segundo.

Negó para espantar esos pensamientos y respondió sin levantar sospechas.

Ya me conoces, dije, como si todo fuera normal.

No controlo este don, ¿sabes?

No todos los días caes de un sueño a…

bueno…

una…

una…

¿qué es esto?

Pregunté mientras recorría el vacío con la mirada.

Mi mano nave, dijo Diamante Azul, como si describiera lo más obvio del universo.

Sus ojos repasaban el espacio en blanco como si allí existieran paredes, puertas o pasillos invisibles.

La tensión se disolvió un poco cuando la conversación comenzó a fluir de manera natural entre ambos.

Steven comentó que nunca había tenido un sueño tan extraño, tan consciente y tan real.

Diamante Azul respondió que algunos sueños no eran sueños, sino lugares donde la mente buscaba refugios que el mundo real ya no podía ofrecerle.

Steven admitió que sentía que no tenía control sobre nada de esto, que más bien era arrastrado de un sitio a otro sin entender por qué.

Ella le dijo que ciertos corazones eran tan sensibles que podían cruzar entre memorias, emociones y ecos sin darse cuenta.

Steven suspiró, confesando que quizá su mente estaba más cansada de lo que él creía.

Diamante Azul añadió que incluso allí, en ese espacio sin forma, él no estaba solo mientras siguiera buscando respuestas.

El ambiente se volvió más sereno, como una pausa entre tormentas.

Azul lo observó con una mezcla suave entre curiosidad y afecto, como si lo comprendiera más de lo que Steven se permitía comprenderse a sí mismo.

Eres muy filosófica y con conocimientos orgánicos, comenté con curiosidad.

Ella soltó una carcajada suave, como si la pregunta no la sorprendiera en absoluto, como si hubiera esperado que tarde o temprano yo notara ese detalle.

Dijo que cuando una tiene un zoológico humano, una termina tratando de entenderlos, y que gracias a unas Peridots había logrado comprender sentimientos, corazones y esas cosas que parecían tan parecidas pero a la vez tan diferentes de las gemas.

Asentí con la cabeza, intencionalmente ignorando la palabra zoológico.

Había pensado muchas veces en ayudar en ese tema, pero la realidad era más incómoda: aquellas personas se habían convertido en algo parecido a mascotas entrenadas, aunque demasiado inteligentes para llamarlas así sin sentir un nudo en la garganta.

Aquella comparación me recorrió la espalda como un escalofrío.

Sacudí la cabeza para expulsar esa idea antes de que se formara por completo.

Volví la mirada hacia Diamante Azul, que observaba el vacío del espacio como si en él hubiera una ventana secreta solo visible para ella.

Sin decir nada decidí subirme a su hombro.

Mi peso inexistente no debería haber sorprendido a nadie, pero aun así ella dio un pequeño brinco que casi la hizo caerse de la enorme silla donde estaba sentada.

Su Perla se alarmó de inmediato.

Mi diamante, exclamó en un tono asustado, estirando los brazos para atraparla aunque estaba demasiado lejos para lograrlo.

Era claro que no llegaría a sostenerla si realmente caía, pero igual lo intentó con una devoción exagerada y casi cómica.

Me asustaste, dijo Diamante Azul mientras giraba un poco la cabeza hacia mí, intentando ver quién se le había acomodado tan campantemente en el hombro.

Neh, respondí con total naturalidad mientras me sentaba como si estuviera en el tronco de un árbol agradable.

Solo quería una mejor perspectiva, sabes.

Lo dije con una sonrisa que tal vez ella no podía ver del todo, pero que igual estaba allí.

Diamante Azul no respondió de inmediato.

En lugar de eso levantó lentamente una mano enorme para comprobar si podía sentir algo físico.

Su palma atravesó mi presencia como si yo fuera apenas un reflejo fallado.

Su ceño se frunció con un gesto breve y resignado, como si ya hubiera esperado que la realidad se comportara así.

Negó con la cabeza con una calma arrastrada y volvió la atención hacia las proyecciones que mostraban el estado de sus colonias, reanudando su contemplación como si mi presencia fuera una nota curiosa pero no urgente.

Perla, en cambio, seguía con los brazos extendidos en un intento eterno de agarrarla, completamente petrificada por el susto.

Observándola, sinceramente no tenía idea de lo que pasaba por su gema al intentar sostener a semejante mujer sin posibilidad física alguna.

Era como si su lealtad le ordenara hacer cosas que su sentido común llevaba años rindiéndose a no cuestionar.

Estás destrozando ese planeta, dije después de ver cómo otro mundo más era reclamado por las máquinas de crecimiento y las instalaciones gemas que lo perforaban como si fuera una fruta sin dueño.

No, respondió sin emoción.

Creo gemas para el Imperio.

¿A costa de qué?, pregunté sin dejar de observar las fracturas de tierra y los océanos hirviendo.

¿Costo?, murmuró, como si la palabra le resultara extranjera.

Claro, dije.

Estás robando la vida de ese planeta, transformando su alma en nuevas gemas.

¿Qué pasará cuando ya no queden mundos que puedan sostenerlas?

¿Solo quedarán ustedes existiendo en un universo vacío?

Levanté una ceja, aunque sabía perfectamente que ella no podía verme.

Realmente no me meto en eso, dijo Azul con la serenidad de quien se ha rendido hace eones.

Yo solo sigo las órdenes de Blanco.

Ella es la que manda.

Es la perfecta, sabes.

Lo dijo mientras se recostaba en su enorme asiento, y su Perla, más pequeña que una sombra, revisaba otra tableta sin atreverse a intervenir.

Deberías preguntarle, le dije mientras la observaba.

¿Para qué?, respondió con esa duda pesada que solo tienen las gemas que llevan demasiado tiempo sin permitirse pensar por sí mismas.

Bueno, si realmente eres parte de su maravilloso plan, debería contártelo.

Si no te lo cuenta, tú sabrás cómo interpretarlo.

¿No crees?

Lo dije mientras sentía cómo mi presencia comenzaba a deshacerse como niebla en el viento.

Azul no respondió.

Solo quedó inmóvil, hundida en un silencio que pesaba más que cualquier orden imperial.

Solo te dejo ese pensamiento, continué mientras mi voz perdía fuerza.

Parece que hoy no podremos comunicarnos mucho.

Ah, y una última cosa.

Ella no se movió.

No rompas gemas.

Eso me daña.

Y mi voz desapareció como si jamás hubiera estado allí.

Diamante Azul permaneció contemplando la pantalla proyectada, mostrando el avance del Imperio sobre aquel planeta moribundo.

Sus dedos temblaron apenas, lo suficiente para demostrar que algo en sus circuitos de perfección emocional había fallado.

Suspiró profundamente, un sonido tan antiguo y cargado que parecía provenir de una herida nunca reconocida.

Nada más porque no tengo nada que hacer, murmuró hacia sí misma, aunque ninguno de los presentes se atrevió a cuestionar si era verdad.

Perla, dijo finalmente.

Sí, mi diamante, respondió la gema con rapidez inmediata, como si hubiese estado esperando toda la eternidad por escuchar su nombre.

Haz una cita con Blanco.

Quiero hablar con ella.

Por supuesto, mi diamante, dijo Perla mientras su tablet se iluminaba, iniciando lo que para ella era un movimiento rutinario…

pero que para el Imperio entero representaba una grieta inesperada en la pared perfecta de obediencia.

Tal vez debía hablar con Blanco.

Debería escucharme, ¿no?

Pensó para sí misma, más que para cualquiera a su alrededor.

Negó lentamente con la cabeza mientras seguía cavilando.

Universe me ha hecho pensar demasiado.

Steven se levantó de su cama con un suspiro profundo.

Ya no estaba empapado en sudor por esos sueños extraños en los que parecía conversar con alguien.

Esta vez estaba sorprendentemente tranquilo, incluso más descansado que nunca.

Movió un poco el cuerpo y notó cómo estaba completamente enrollado en unas mantas, convertido prácticamente en un taco humano, atrapado en los brazos de Lapis, quien no mostraba la menor intención de soltarlo.

Murmuró su nombre con voz baja, intentando no despertarla.

Lapis seguía sumergida en un sueño tan profundo que parecía haber atravesado cinco niveles distintos de descanso.

Ni siquiera reaccionaba.

Intentó liberarse, pero de algún rincón imposible Lapis sacó una fuerza sobrehumana y lo apretó aún más.

Tras varios intentos fallidos acompañados de suspiros resignados, los minutos pasaron y Steven terminó rindiéndose a la lógica de que luchar contra el abrazo de oso no tenía sentido.

Eventualmente logró resbalarse hacia afuera con cuidado.

Una vez libre, cubrió a la gema azul con la manta para que no pasara frío.

Ella quedó completamente extendida en la cama, rígida como un tronco, pero profundamente dormida.

Steven negó con la cabeza mientras bajaba hacia la cocina, murmurando para sí mismo.

Se preguntaba qué debía hacer con todo aquello que estaba sintiendo.

La energía recorría su cuerpo sin detenerse, como si una fuente ilimitada brotara dentro de él sin permiso.

Era extraño, casi abrumador.

Cada vez que dormía, la sensación cruzaba un límite invisible y después comenzaba a incrementar aún más, como si su poder no encontrara tope.

Se preguntó en voz alta si aquello tendría que ver con sus poderes de diamante, pero en cuanto lo dijo se llevó las manos a la boca, mirando hacia todos lados para asegurarse de que nadie lo hubiera escuchado.

Al comprobar que la sala estaba completamente vacía, suspiró con alivio.

Una voz respondió entonces que nadie lo había escuchado.

Steven, sin pensarlo, agradeció con naturalidad.

Pero algo lo golpeó un segundo después.

Se quedó congelado.

¿Tío?

Repitió mentalmente, confundido por haber usado esa palabra.

De inmediato el pánico le recorrió el pecho porque reconoció la voz.

Miró rápidamente hacia el sofá, ese sofá que hasta hace unos instantes estaba vacío, y sus ojos se abrieron como platos al ver quién estaba sentado allí.

Era imposible, absurdo, surrealista.

¿¡¡Tío Grandpa!!??

Fin del capítulo 43.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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