Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 45
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45: Capitulo 45: Guarderia 45: Capitulo 45: Guarderia Las gemas se encontraban en la guardería.
Ese día no habían llegado temprano porque Steven había llevado a Lápiz a algún lugar extraño, según él para que se acostumbrara más a vivir en la playa y no se quedara encerrada en la casa como siempre.
Poco a poco, Lápiz se estaba convirtiendo peligrosamente en una otaku, y eso a Steven le preocupaba más que cualquier amenaza intergaláctica.
Las tres caminaron tranquilamente por los pasillos de la antigua instalación, rutina que habían adoptado cada cierto tiempo para asegurarse de que ninguna gema del Planeta Madre pudiera llegar a la Tierra sin ser detectada.
Era una costumbre extraña, casi tensa, pero necesaria.
Amatista miraba alrededor con su habitual desconexión mientras masticaba algo que solo ella sabía de dónde había sacado.
Se preguntaba si realmente alguna gema enemiga se atrevería a venir aquí.
Si mal no recordaba, Peridot ya había estado en la guardería, aunque no físicamente, pero su presencia había quedado marcada en todos los mecanismos del lugar.
Perla, en cambio, observaba cada proyector con un cuidado minucioso.
Cada uno iluminaba fragmentos del pasado, recuerdos que la hacían retroceder décadas emocionalmente.
Con cada luz, parecía cuestionarse mil posibilidades.
Garnet había sido clara con ellas: había que mantenerse alertas.
Garnet caminaba con paso firme, ajustándose los lentes con un aire de liderazgo tranquilo.
Los futuros que había visto se mantenían moviéndose, ramificándose y expandiéndose sin control.
No era algo que la sorprendiera, pero sí algo que le exigía mantenerse concentrada.
La mayoría de escenarios importantes, los buenos y los malos, los incómodos y los raros, parecían converger siempre en la guardería.
Era como si el destino insistiera en arrastrarlas aquí.
Por eso, dijo con esa voz profunda que siempre imponía calma, lo mejor era estar atentas y mantener la guardia alta.
Amatista resopló con un entusiasmo exagerado, como si ya se sintiera en medio de una pelea.
Estaba lista, en su mente al menos, para repartir golpes sin pensarlo.
Hasta se metió por uno de los agujeros en la pared como si estuviera explorando un parque infantil.
Garnet, sin embargo, dejó caer la voz con seriedad.
Recordó que una de las gemas del Planeta Madre era considerada perfecta en combate.
Desde que había salido de la guardería Beta, su habilidad era impecable en todo sentido: precisión, fuerza, eficiencia.
Era una gema hecha para ganar guerras sin fallar.
Amatista infló los cachetes y rodó los ojos, dejando claro que ya estaba acostumbrada a ese tipo de comentarios.
Sabía que no era perfecta, y no le importaba tanto como antes, pero escuchar la comparación aún le pinchaba algo dentro.
Lo dijo con desgana y cansancio, que sí, que ya sabía que era imperfecta, que no hacía falta repetirlo tanto.
El silencio las envolvió mientras las tres avanzaban hacia el enorme agujero en la pared, el mismo que había dejado aquel robot colosal.
La guardería respiraba una quietud antigua, pesada.
Era un lugar que guardaba secretos, memorias y advertencias.
Y las tres gemas avanzaron en esa quietud, sabiendo que en cualquier segundo algo podía cambiar.
Amatista fue la primera en hablar mientras observaba desde lo alto, adoptando su forma de ave para tener una mejor vista del terreno.
Declaró que ese era el lugar, y su voz resonó en el espacio vacío.
Desde los cielos, giraba la cabeza en todas direcciones como si buscara señales invisibles.
Las tres entraron rápidamente al enorme hueco en la estructura, ese agujero silencioso que no revelaba absolutamente nada.
No estaba claro si eso era algo bueno o malo.
Perla se adelantó de inmediato, casi tropezando con lo que quedaba de la consola principal.
Dijo que necesitaban saber qué estaban buscando aquí esas gemas del Planeta Madre, y sus dedos ya comenzaban a deslizarse por los paneles destruidos con desesperación.
Ordenó a Amatista que la ayudara a mover las columnas caídas y reorganizar los cables, porque debían trabajar rápido antes de que alguien inesperado apareciera.
Amatista respondió sin quejarse, algo extraño en ella, y corrió hacia Perla para empezar a levantar cables y apartar pedazos de maquinaria.
Era raro verla tan atenta, pero incluso ella entendía que algo importante se jugaba allí.
Mientras tanto, Garnet pasaba ambas manos por las paredes, analizando cada grieta, cada marca, cada vibración residual.
Algo en ese lugar provocaba una sensación incómoda dentro de su gema, casi como si una voz antigua la llamara a investigar.
Su visión futura había mostrado fragmentos, piezas inconexas que no lograba comprender, pero con solo tocar esa pared sintió que estaba siguiendo el hilo correcto.
Algo se escondía allí, algo que aún no revelaba su forma.
De pronto, un sonido seco resonó en toda la guardería.
Las tres se tensaron de inmediato.
No era un estruendo, no era un ataque, pero tenía la fuerza suficiente como para activar sus instintos de combate.
Las tres giraron hacia el origen del ruido, listas para defender lo que fuera necesario.
Lo que encontraron no era un monstruo ni una máquina enemiga.
Era Peridot.
La pequeña gema verde caminaba con una torpeza irritada por los pasillos de la guardería.
Su máquina de transporte se había averiado hacía…
bueno, cincuenta Tierras atrás, según su propio cálculo exagerado.
Era difícil saber si era literal o si solo estaba molesta, pero viendo su expresión, probablemente ambas cosas.
Mientras avanzaba por los antiguos inyectores, que para ella no eran más que chatarra obsoleta, revisaba su dispositivo con frustración.
Su robonoide le había marcado esa ruta como la última ubicación útil, lo cual quería decir que debía continuar con lo que Diamante Amarillo había planeado para ese sector.
Aunque al mirar a su alrededor comenzó a notar las diferencias, la atmósfera, la historia enterrada bajo los escombros.
No se había dado tiempo antes para procesar lo que esos lugares representaban.
Cinco mil años pasados por alto.
Cinco mil años ignorados.
Y ahora le parecían casi…
interesantes.
Incluso pensó que esa guardería podría servir como base temporal.
Estaba alejada, desactivada, y sobre todo silenciosa.
Un lugar tranquilo, ideal para sus experimentos y sus planes.
Pero negó rápidamente con la cabeza.
No era momento de distraerse; ya tenía suficiente caos en su mente como para añadir otro.
Entonces lo sintió.
Esa presencia conocida y molesta.
Eran ellas.
Las gemas rebeldes.
Aprovechó que estaban hablando entre sí para intentar pasar desapercibida.
Avanzó a paso rápido hacia una columna caída con la intención de esconderse, aunque sabía que no era su mejor idea.
Antes de ocultarse, escuchó sus voces demasiado cerca y se arrepintió por completo.
Hubiera preferido lanzarse por una ventana antes que quedarse atrapada allí.
Y como si el universo quisiera burlarse de ella, en el peor momento su pie metálico chocó con un pedazo de maquinaria y produjo un ruido claro y fuerte.
Toda la guardería pareció retumbar con ese simple golpe.
Las tres gemas rebeldes se quedaron en silencio, tensas, girando al unísono como depredadoras en alerta.
Y ese fue el instante exacto en el que Peridot supo que estaba perdida.
El siguiente segundo, tres gemas la perseguían a toda velocidad, desatando un caos absoluto en la guardería.
Peridot corría como si la vida dependiera de ello, y su voz chillona se escuchó en toda la guardería cuando dijo que miraran hacia otro planeta que traicionar, intentando escabullirse entre las columnas destruidas con la esperanza absurda de que las gemas rebeldes no pudieran atraparla.
Era un intento inútil.
Cada movimiento que hacía desencadenaba ataques: latigazos que cortaban el aire, puños gigantes que golpeaban las paredes generando ondas de choque y rayos láser que rozaban el metal de sus extremidades.
Todo le caía encima mientras ella simplemente intentaba hacer su trabajo.
Mientras seguía corriendo, algo inesperado llamó su atención.
Muy cerca, como si emergiera de la oscuridad, Jasper apareció.
Peridot apenas pudo reaccionar antes de que su propia voz se quebrara en un intento desesperado de negociación.
Declaró que si la destruían no podrían activar nada de lo que se encontraba en el centro del planeta, que necesitaban su sistema, que si la mataban no habría forma de completar la operación.
La frase quedó inconclusa.
Un escalofrío recorrió su torso entero.
Bajó la mirada muy lentamente, como si su mente se negara a procesarlo, y vio la punta de una lanza que atravesaba su pecho.
Sus ojos se dilataron del shock.
Aún respiraba cuando levantó la vista y vio a Jasper, su compañera, con una sonrisa fría.
Era una expresión que no significaba novedad alguna: Jasper siempre disfrutaba demasiado de su trabajo.
Un estallido suave resonó cuando Peridot perdió su forma física.
Su cuerpo se deshizo en un destello pequeño y la gema cayó hacia el suelo, pero la Jasper recién llegada la atrapó antes de que tocara la piedra.
Dio tres pasos hacia atrás con la precisión militar que la caracterizaba.
Las tres gemas rebeldes, que ya celebraban porque Perla había atravesado a Peridot con su lanza, quedaron paralizadas al ver a la perfección guerrera frente a ellas.
El aire se volvió pesado.
La mera presencia de Jasper bastaba para tensar cada fibra de sus cuerpos.
Jasper observó a las tres con desdén.
Sus ojos recorrieron el lugar como si buscara un fantasma, y al no ver a Rose Cuarzo, soltó un resoplido cargado de fastidio.
Sin decir palabra, encapsuló la gema de Peridot en una burbuja amarilla, la empujó hacia atrás con fuerza y levantó su puño.
Lo dejó caer contra el suelo con tal impacto que levantó una gigantesca nube de polvo.
Las tres quedaron envueltas en humo, cegadas, sin posibilidad de seguirla.
Cuando la nube comenzó a disiparse, Amatista fue la primera en romper el silencio.
Su voz tembló cuando admitió que estaban jodidas.
Perla ni intentó disimular su pánico y respondió que totalmente, mientras evaluaba la idea absurda de enfrentar a Jasper sin un plan.
Garnet no dijo palavra.
Cerró los ojos, invocó su visión futura, intentando seguir la trayectoria de la guerrera perfecta.
Pero la imagen se distorsionaba.
Jasper no se movía en línea recta, sino que se teletransportaba en puntos aparentemente aleatorios, esquivando cada camino futuro visible, haciendo imposible rastrearla con precisión.
Garnet apretó los puños.
En su voz se escuchó más determinación que miedo cuando declaró que debían encerrarlas en burbujas.
No era solo un plan.
Era la única forma de detener lo inevitable.
Fin del capítulo 45.
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