Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 46
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46: Capitulo 46: Una vista diferente.
46: Capitulo 46: Una vista diferente.
Steven caminaba tranquilamente junto a Lápiz mientras el viento del mar traía olor a sal y un poco de arena en el aire.
Yo sostenía una caja caliente mientras ella observaba el camino sin mucho interés, como si todo en la Tierra fuera un museo aburrido.
Este es la pizza de pescado, es increíble la verdad, cuando te crezcas un estómago te lo recomiendo, dije con mi voz emocionada.
Solo con Amatista podía hablar así de lo que me gustaba y ver si a ella también le gustaría, aunque no era gran misterio, porque le gustaba absolutamente todo.
Lápiz observó la pizza con una mirada tan pensativa que parecía analizar si se trataba de un arma o una ofensa culinaria.
Interesante, dijo, pero no.
Se dio la vuelta con indiferencia, como si acabara de rechazar una propuesta diplomática, y se acercó a una zona llena de luces y sonidos estridentes.
Y eso qué es, preguntó con curiosidad mientras señalaba con la mano.
Ah, eso, dije colocándome a su lado.
Eso son juegos recreativos.
Sirven para que los niños, o personas que se aburren rápido, puedan divertirse de vez en cuando.
Lápiz me miró, luego volvió a mirar los juegos.
Después volvió a verme otra vez, pero ahora con dudas tan grandes que parecían presionar su cerebro.
Pero, ¿no se supone que los humanos son frágiles?, preguntó.
¿Por qué se subirían a tanta altura?
Es fácil, le respondí.
Así como las gemas tienen sus naves para vagar por el espacio, nosotros tenemos protecciones de seguridad.
Lápiz me miró con tres gotas de sudor imaginario cayéndole por la sien.
Qué gran ejemplo, dijo con un sarcasmo tan pesado que casi se podía recoger con pala.
Verdad que sí, respondí con una mano en el pecho, orgulloso de mi explicación que ni yo entendía.
Como sea, murmuró Lápiz mientras se acercaba a los carritos chocones.
Esto cómo funciona.
Dame chance, dije mientras le pagaba al señor encargado, quien me hizo una seña de que podíamos usar dos carros.
Siempre tenemos que pagar, no entres de un solo, le expliqué como si estuviera firmando un tratado de comercio internacional.
Ok, respondió sin importarle nada.
Yo solo miré a todos lados, buscando con los ojos dos carritos libres.
Ambos nos subimos y mientras le explicaba cómo funcionaban, sentí instantáneamente el arrepentimiento corriendo por mis venas.
Una mala sensación, como presentimiento de destrucción inminente.
Pasó una hora.
Una maldita hora en la que mi carro fue brutalmente chocado, destrozado emocional y físicamente, por una Lápiz que tenía una sonrisa tan intensa que combinaba felicidad con una pizca de locura descontrolada.
Y ahí estaba yo, tambaleándome adentro del carrito, preguntándome quién diablos había tenido la brillante idea de enseñarle a una gema cómo embestir autos por diversión.
Jamás volvería a subir a esa cosa.
Eso dije con total indignación mientras miraba a Lápiz, quien parecía haber descargado toda su frustración conmigo durante la hora más dolorosa de mi vida.
Ella solo resopló con calma y después empezó a reírse como si nada hubiera ocurrido, como si no hubiera destruido mi columna vertebral a base de choques constantes y salvajes.
Después de esa experiencia traumática, caminamos durante un buen rato por toda Ciudad Playa.
Hablamos con algunas personas, visitamos puestos, observamos detallitos humanos que parecían llamar su atención.
Lápiz incluso conoció a Ronaldo, el autoproclamado héroe de la conspiración, y a su hermano, a quien ella consideró completamente normal, lo cual era un dato interesante si venía de ella.
Más tarde nos encontramos sobrevolando el mar.
Yo iba sujetado a su espalda mientras ella, con la calma más descarada posible, decidía ser mi avión personal.
Le había dicho que podía usar sus poderes para volar mejor, pero ella insistió en que los cielos eran su territorio y que si no había nada que hacer, se convertiría en una avioneta improvisada.
Algo en su tono sonó como orgullo mezclado con terquedad.
Yo solo observaba las nubes nocturnas mientras la brisa golpeaba mi rostro.
Se veían hermosas, casi tan limpias como la superficie del agua bajo nosotros.
Lápiz me miró con una expresión tranquila mientras decía que sí, que era hermoso.
Le respondí que no me mirara con esa cara, y ella fingió inocencia, como si ni siquiera supiera a qué me refería.
Terminé resoplando algo que ni siquiera sonó como palabra, y ambos terminamos riendo.
Luego apoyé mi mente en la sensación de su hombro mientras miraba la costa alejándose poco a poco.
Le pregunté a dónde íbamos exactamente, porque la distancia ya no era normal ni accidental.
Ella respondió que íbamos a un lugar y que solo quería comprobar algo, sin dar más detalles.
Acepté con la misma calma con la que un prisionero acepta su destino, y volví a mirar el cielo nocturno.
Era hermoso, eso era innegable.
Sin embargo, no pude evitar pensar en el Cúmulo y en todo lo que se acercaba a nosotros.
Necesitaba entrenar más, mejorar más, ser más.
Si no lo hacía, ese horror bajo la tierra dejaría de ser solo un miedo en mi cabeza y pasaría a ser la peor realidad imaginable.
Miré a Lápiz otra vez.
Parecía perdida en sus pensamientos, hasta que su expresión cambió repentinamente al ver una torre a lo lejos.
Señaló con emoción contenida y dijo que era ahí.
Antes de que pudiera prepararme o respirar, bajó con velocidad como si fuéramos un misil cayendo hacia la Tierra.
Le grité que avisara, aferrándome con todas mis fuerzas para evitar caer como una piedra.
Llegamos a tierra firme con un golpe seco, pero sin daño alguno.
Reconocí la zona al instante.
Era un lugar que cualquiera de nosotros hubiera identificado, y el aire se sintió más pesado al tocar el suelo.
Estábamos en un sitio conocido, y sin duda, no habíamos llegado allí por casualidad.
La Distorsión Galáctica se extendía frente a nosotros como una colección infinita de espejos vivos.
Lápiz me bajó con cuidado, aunque todavía parecía emocionada al mirar los portales que flotaban alrededor como si fueran milagros suspendidos en el aire.
Dijo que era increíble, y yo admití que ya había venido antes, pero sí, era hermoso.
Tomé un pedacito de portal que brillaba como cristal líquido y lo lancé hacia el cielo para verlo caer.
Luego, por puro impulso, lo arrojé al mar.
Justo en ese momento un pez saltó, chocó con el fragmento y de inmediato fue devorado por un tiburón.
Me encogí de hombros, solo atiné a murmurar un uy sincero y a lamentarme un poco por el pobre animal que había condenado accidentalmente.
Lápiz no pareció inmutarse por el destino del pez ni del tiburón.
En su lugar comenzó a manipular el agua como si hubiera olvidado que yo estaba justo ahí.
El agua se levantó bajo mis pies y pegué un salto con un insulto al aire, llevándome una mano al pecho.
Aún me dolía haber matado un pez sin querer, así que no estaba preparado para ser ahogado sin previo aviso.
Ella pidió perdón sin una gota de culpa, como si solo hubiera estornudado cerca de mí.
Decidí flotar con mi poder para evitar mojarme; ni loco me iba a sumergir por accidente dos veces en menos de un minuto.
Le pregunté qué quería hacer.
Ella respondió que quería recordar.
Su voz sonó tan sincera que el agua del lugar comenzó a moverse sola, moldeándose como arcilla líquida hasta formar un paisaje.
Me quedé en silencio.
Sabía que un día ocurriría algo así, pero no creí que sería tan pronto.
Lápiz me miró con una sonrisa suave mientras decía que yo le había dado algo que nunca había tenido en la Tierra: felicidad.
Dijo que le contaba todo sobre mí, mis gustos, lo que me molestaba, que la había ayudado a mejorar.
Suspiró.
Agradeció todo lo que había hecho por ella, para que pudiera ser una mejor gema.
Luego me miró directamente y preguntó si creía que era alguien bueno.
Respondí con total seguridad que sí.
Ella sonrió como si lo hubiera esperado, pero algo en su mirada se quebró un poco mientras el agua revelaba una imagen.
Era ella, terraformando un planeta para el Planeta Madre.
Lo dijo con una voz cargada de culpa, como si cada palabra pesara toneladas.
Yo observé sin decir nada, con las manos metidas en mi chaqueta, como si el silencio fuera la única reacción correcta.
Lápiz siguió hablando.
Dijo que me viera bien, que ella era quien había destruido la vida que ahora yo respetaba y protegía.
Otra imagen de agua apareció, mostrando a una Lápiz feliz, casi radiante, mientras destruía tierras, mares y criaturas sin pensar en nada más que en cumplir con su trabajo.
Ella evitó mirarme directamente, aunque noté cómo lo intentaba desde el rabillo del ojo, quizá temiendo mi reacción.
Suspiró.
Dijo que no era una santa.
Recordó su tiempo atrapada en el espejo y confesó que lo había sentido como un castigo justo, como si lo hubiera merecido.
Contó que llegó a imaginar que el Planeta Madre habría cambiado con los milenios, pero que estaba equivocada.
Eran incluso peores.
Entonces el agua dejó de moverse.
Las imágenes se apagaron como si alguien cerrara los ojos del océano.
Todo quedó en silencio en la Distorsión Galáctica, como si el universo hubiera decidido guardar respeto ante la confesión de Lápiz.
Y por un momento, ninguno de los dos dijo nada, porque había recuerdos que solo podían entenderse en silencio.
“¿Sabes, Lápiz?” dije mientras flotaba lentamente hacia ella.
Mis pies apenas tocaban el aire, como si el viento me llevara directo a su lado.
“Desde el principio sabía que eras una gema que sufrió mucho.” Ella me miró con los ojos llorosos, pero no dijo ni una palabra.
Caí al suelo suavemente y caminé hacia ella.
“Tal vez todo lo que te pasó fue un castigo por lo que hiciste antes.
Quizás, en cierta forma, lo merecías.” Lápiz bajó la mirada, como si la palabra castigo la hubiera atravesado.
Entonces levanté una ceja y añadí: “Pero dime algo…
¿sirvió de algo?” Ella asintió mientras los recuerdos creados por el agua se movían a nuestro alrededor como si fueran fantasma.
Vio su pasado: feliz destruyendo mundos para el imperio, el mismo imperio que luego la abandonó, los suyos encerrándola como si fuera basura, usándola como una herramienta sin pensamiento ni valor.
Vio cómo las Diamantes habían barrido con todo, destruyendo gemas que alguna vez habían sido sus compañeras.
Vio siglos de dolor, castigo, esclavitud silenciosa.
Y después, irónicamente, recordó el momento en que una rebelde la “rescató” solo para dejarla atrapada en un espejo.
Una prisión, sí, pero al menos ahí la trataron como algo más que una máquina.
Lápiz cayó al suelo llorando con las manos en el piso.
Sus ilusiones se volvieron borrosas porque las lágrimas eran demasiadas.
El océano respondía, moviéndose brusco como si compartiera su emoción.
“Lápiz,” dije mirando al cielo como si buscara a mi yo de antes, “todo lo que hiciste, bueno y malo, te construyó hasta hoy.
Cada decisión es un ladrillo.
Cada cosa que hiciste, incluso las terribles, te trajo hasta aquí, donde ya no eres esa gema del pasado.” Ella levantó el rostro lentamente, con los ojos abiertos y temblando.
“¿Me perdonas por todo lo que he hecho?” preguntó, derramando lágrimas que parecían mareas enteras desbordándose.
El agua del lugar reaccionó con un rugido profundo, como si el océano entero también esperara la respuesta.
“Claro que sí, Lápiz,” dije acercándome con una sonrisa sincera.
“Has cambiado.
Y si tú no lo notas, deberías verte desde afuera.
Créeme, te lo recomiendo.” Extendí mi mano hacia ella.
“Eres diferente, Lápiz.
Puedes cambiar, y ya lo hiciste.
Eso es algo indiscutible.” Su mano tembló antes de tocar la mía, como si estuviera aprendiendo a creer en sí misma.
Y cuando la sostuvo, el agua que antes rugía se volvió calma.
De verdad eres alguien de admirar Steven Universe, dijo Lápiz entre lágrimas, mirándome a los ojos como si su mundo entero estuviera justo ahí.
Claro que sí, respondí mientras la abrazaba.
No noté que un brillo suave empezaba a envolvernos a ambos, sólo sentí su cuerpo temblar ligeramente cuando la rodeé con mis brazos.
Steven seguía sin darse cuenta de esa luz, demasiado concentrado en consolarla con el calor de su abrazo.
Lápiz sí lo notó, pero no le importó en lo absoluto.
Su mirada se aferró a la mía y su sonrisa llorosa decía más que cualquier palabra.
“No me importa si es con Steven”, pensó mientras las lágrimas ya no eran amargas sino dulces, llenas de alivio.
Sin más, la luz terminó de envolvernos a los dos.
La nueva persona no entendió al principio qué era; sólo supo que estaba abrazándose a sí misma mientras el océano bajo sus pies se calmaba como si rindiera tributo a su presencia.
El mar no se inclinaba como a un rey, sino como a alguien amado, como si reconociera a su dueña y quisiera protegerla.
La figura flotó lentamente, aún abrazada a sí misma, con los ojos cerrados.
De su espalda surgieron alas líquidas, claras como la espuma del mar y firmes como el cristal.
Apenas comenzó a volar sobre las olas, el agua se abría en su paso, como si celebrara su nacimiento.
Era hermoso.
Su cabello recordaba al de Lápiz, pero más largo, con puntas negras que brillaban como obsidiana mojada.
Su piel era clara, como la de Steven, dándole una mezcla inocente y coqueta.
Su cuerpo tenía una belleza extraña y humana, un equilibrio perfecto.
Sus pantalones y el vestido de Lápiz se habían unido formando una prenda azul océano, y de sus ojos negros emanaba una calidez imposible de ignorar.
La nueva fusión abrió los ojos poco a poco, sin comprender del todo, pero sintiendo la brisa salada, el poder, la libertad.
Descendió hacia la distorsión galáctica y, al tocarse el rostro, notó lágrimas que caían con más fuerza cada segundo.
Pero no eran de tristeza.
Para nada.
Eran lágrimas de felicidad pura.
Ambas voces dentro de ella se reconocieron en un mismo latido, un mismo pensamiento.
“¿Nos fusionamos?”, dijo con sorpresa.
“¿Y qué importa?”, se respondió con una risa suave.
“¿Quieres estar así?”, preguntó con duda.
“Claro…
digo, si tú quieres, claro está.” Hubo silencio, un silencio precioso, como el mar antes de una ola.
“Claro”, respondió al fin, con seguridad.
Y el océano celebró.
Los mares, los delfines, cada criatura y cada corriente de agua se movieron en perfecta armonía.
La fusión se volteó sorprendida, notando cómo sin querer moldeaba el océano según sus emociones.
Increíble, se dijo a sí misma mientras observaba el agua responderle como si fuera parte de su cuerpo.
Podía moverlo con una facilidad aún mayor que Lápiz, como si el mar la reconociera como algo más que una gemela del océano.
“¿Por qué mi poder aumentó?”, murmuró mientras sin querer invocaba agua de la nada, como si la creara en vez de controlarla.
…
…
…
Miró con asombro la esfera líquida flotando entre sus manos y una sonrisa se dibujó en su rostro.
Era agua pura, surgida de cero.
“Parece ser que tenemos un nuevo poder”, dijo emocionada.
Desde que se habían desahogado con Steven…
o consigo misma…
dependiendo de cómo lo quieras ver…
ahora se sentía más libre.
Más viva.
Más ella.
O más ellas.
Sinceramente, ya era confuso hablar en plural, así que la fusión decidió pensar en una sola mente con dos ideas.
Qué lista era.
“Pero antes de experimentar, mi nombre”, dijo con emoción repentina.
Steven siempre nombraba sus fusiones, así que ella, siendo la primera Lápiz en fusionarse, o eso creía, debía tener el suyo.
Se rascó la cabeza con ese gesto tan característico de Steven mientras miraba el mar como si buscara inspiración.
“Steven…
Lápiz…
Estela.
Sí, eso es.” “¿Qué dijiste?”, preguntó a la nada, respondiéndose ella misma.
“Estela.” “Mmm…
Estela.” “Me gusta Estela.
Me gusta ese nombre.” Y así, la fusión ahora llamada Estela extendió sus alas líquidas y comenzó a surcar el mar.
No estaba entrenando, solo explorando por curiosidad.
Si querían entrenar luego, podrían volver a formar a Estela.
Por ahora, era un momento de descubrimiento.
Mientras sobrevolaban en armonía sobre las olas, Estela vio algo en las profundidades.
“¿Vamos?” “Claro que sí.” Rápidamente se formó una burbuja alrededor de su cabeza y se lanzó al océano.
Avanzaba como una mezcla rara entre nadar y volar, moviéndose a toda velocidad mientras pasaba junto a corales, peces de colores y algas…
una de las cuales terminó metiéndose en su boca.
“¡Qué asco!”, se quejó mientras escupía.
“¡Espera!
¿Cómo carajos se nos metió algo a la boca si tengo una burbuja?” “Ni puta idea”, se respondió ella misma mientras decidía ignorar aquel detalle estúpidamente curioso.
Siguió nadando y explorando, disfrutando del mar como si fuera parte de su cuerpo.
Claro, solo podía ver una gota comparada con el océano entero.
Pero era un inicio.
Un hermoso inicio.
Mientras volaba de regreso a la playa, Estela no podía ocultar la sonrisa que se dibujaba en su rostro.
Jamás imaginó que fusionarse terminaría así, tan liberador, tan…
perfecto.
Lápiz lo había esperado desde hace mucho y Steven, bueno, Steven siempre encontraba la manera de convertir lo imposible en algo hermoso.
Se quedó flotando en el aire, sin alas, solo suspendida como si la brisa la sostuviera.
Las alas eran parte del poder de Steven, y aun así sentía que podía quedarse ahí por horas.
Alzó la mirada y se dio cuenta de que era prácticamente de madrugada; el mar brillaba con tonos fríos y el cielo parecía un lienzo a medio pintar.
Descendió con tranquilidad hacia la casa, emocionada, ya queriendo contarles a las chicas cómo había sido todo.
Buscó las llaves en uno de los bolsillos sin dejar de sonreír, pero no notó el destello súbito del portal activándose a sus espaldas.
Cuando abrió la puerta, la sonrisa se borró.
Una sensación pesada, casi triste, llenaba toda la sala.
Era como si la casa entera no respirara.
“¿Qué?”, murmuró Estela completamente confundida.
Tres gemas estaban frente a ella, exhaustas, sucias, y con una expresión extraña entre derrota y urgencia.
La miraron como si no supieran si debían alegrarse o preocuparse más.
“Este…
¿sorpresa?”, dijo sin saber qué hacer ni cómo presentarse.
No recibió ninguna sonrisa.
Garnet la observaba con seriedad, demasiado seria incluso para Garnet.
“Jasper escapó y se llevó a Peridot”, dijo con un tono tan seco que pareció congelar el aire.
Estela no necesitó más explicación.
En un destello intenso, su cuerpo se separó en dos formas, regresando a Steven y Lapis.
La sorpresa desapareció por completo del rostro del chico.
“Cuéntenme todo”, dijo Steven con una gravedad que contrastaba con la dulzura de siempre.
Lapis lo miró en silencio, pero no despegó los ojos de Garnet.
Algo en su mirada ardía.
Fin del capítulo 46.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com