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Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 47

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47: Capitulo 47: La suerte que tengo.

47: Capitulo 47: La suerte que tengo.

Nota del autor: Hola!

Este es un especial por las 130k de vistas y por haber llegado a las 120 piedras de poder.

Gracias por el apoyo constante.

Si quieren más capítulos, pueden esperar a que lleguemos a la meta en Wattpad o dejar aquí 140 estrellas… o incluso más, quién sabe.

Depende de ustedes.

Gracias por su apoyo constante <3 Continuemos.

“Entonces, déjenme ver si entendí.

¿Tenemos a una Jasper absolutamente loca que no las atacó y que solo se llevó a Peridot?” “Sí”, respondió Perla mientras anotaba en una pizarra, como si estuviera diseñando un plan militar y no una explicación totalmente preocupante.

“También pudimos investigar un poco sobre algo llamado Cluster, o eso dijo antes de ser pufeada.” “Así es”, añadió Amatista, cruzándose de brazos como si la palabra no le importara nada.

“Parecería que le tiene bastante miedo…

yo digo, a mí me vale verga.” Perla la miró con una decepción silenciosa digna de una madre que ve a su hijo comerse tierra en público, pero Amatista ni se inmutó; le valía tres madres y quizá un postre extra.

“Para mí que eso es súper importante.

Yo digo que deberíamos investigar en algo…

o en alguien”, comentó Steven, dejando caer la frase con cierta preocupación.

Todos se quedaron callados, como si el aire se congelara justo antes de una revelación.

“Hay un lugar”, dijo Garnet con calma, mirando a todos.

“¿Cuál?”, preguntamos todos al mismo tiempo.

“La base lunar.” “¡¿Qué?!” gritaron Amatista y Perla al unísono.

A Steven y Lápiz les daba igual, y más a la última, que en ese momento estaba demasiado ocupada jugando Minecraft tratando de que su gato virtual no se muriera.

El gato parecía tener un instinto suicida, empeñado en dormir en la cama de Lápiz sin su permiso.

Concentra­dísima, movía el control con la precisión de una cirujana frustrada.

Steven solo suspiró, observando cómo Lápiz jugaba.

Él mismo le había comprado otro teléfono después de que el viejo quedara inundado de imágenes de Piolín y cadenas de buenos días que enviaba a desconocidos en Discord.

Negando con la cabeza, volvió a mirar a las chicas, quienes ahora lo veían como si él tuviera los números ganadores de la lotería estampados en la frente.

“¿Qué?”, preguntó Steven confuso.

“¿Crees que puedas traer a León?

Necesitamos saber si puede ir a la luna.” …

Steven miró hacia la cama de León, donde siempre estaba durmiendo…

pero la cama estaba vacía.

“¿Ustedes qué creen?”, dijo con un sarcasmo tan seco que casi crujió al salir.

Las tres suspiraron al mismo tiempo, como si ya hubieran perdido la esperanza antes de empezar.

“Bueno”, dijo Steven mientras iba hacia su cama, con la voz apagada y un par de ojeras que parecían tatuadas.

“Ahí se ven, realmente necesito dormir.” “Buenas noches”, dijeron los tres.

Lápiz solo caminó detrás de él, sin quitar la vista de su teléfono, con el Minecraft aún abierto.

Ambos dormirían…

bueno, Steven dormiría.

Lápiz estaría peleando con su gato virtual, tratando de impedir su muerte por estupidez felina.

A la mañana siguiente, Steven abrió los ojos con la pesadez de alguien que no descansó nada, notando que tenía una pata en la cara.

…

…

La quitó con una resignación absoluta y se levantó para empezar su rutina matutina.

Entrenar.

Comer.

Bañarse.

Una rutina totalmente seria…

XD.

Luego de esa rutina exageradamente exhaustiva, Steven salió de su habitación del templo.

Sí, del templo, la habitación de su madre, pero ya no diremos eso porque suena como si Rose aún estuviera viva en algún lugar del ático, así que simplemente será “el templo”.

Aún con el traje de entrenamiento, Steven miró hacia donde normalmente dormía León y su cara se volvió completamente seca.

León estaba acostado, muy tranquilo, con una pieza de Peridot entre sus patas, como si fuera un trofeo.

Steven no tenía idea de cómo la consiguió y sinceramente tampoco quería saber.

“¿De dónde…?

Nah, no quiero saber.

¿Quieres pizza?

Compré una para ti”, dijo, sacando una pizza del congelador y metiéndola al microondas.

León rugió suavemente y se acomodó a su lado, como si hubieran tenido una conversación intelectual.

“Eres bien guapo, hijo de tu madre.

¿Quién es el guapo?

Tú, tú lo eres”, dijo Steven mientras lo acariciaba.

León, completamente indiferente, aceptaba las caricias como el rey que era.

Así estuvieron, hasta que Steven le dio la pizza.

Luego de comerla, León lo miró fijamente.

“¿Qué?”, preguntó Steven, confundido.

Rugido de león macho…

:v “Dios mío, creo que me va a dar algo escribiendo esta wea.” “Ruar”, dijo León.

“¿Quieres qué?

No te entiendo, mamón.” “Ruar.” “¿Qué?” León se agachó.

“…

¿Qué?” “Ruar.” “¿Me subo?” “Ruar”, afirmativo.

“Ruar, hijo de tu puta madre, subete”, pensó Steven mientras se acomodaba arriba.

Apenas se sentó, León salió disparado, casi lanzándolo por los aires.

“¡Carajo, León, con cuidado que soy actor!” Steven, encima de León, caminaba por los mares como si fuera Moisés abriendo el océano a puro rugido rosado.

“Carajo, y no te puedo preguntar a dónde vamos, porque solo me dirás ‘ruar’.” “Ruar”, dijo León, seco, sin emoción alguna.

“¿Ves?

No puedo tener una conversación seria contigo”, dije cruzándome de brazos.

Justo después, un salto inesperado hizo que me aferrara a su melena como si fuera una vida extra en un juego.

León seguía corriendo por el agua sin teleportarse, y yo no tenía idea del por qué.

Entonces, mi teléfono sonó.

“¿Eeh?”, dije con dudas, sacándolo como pude mientras esquivaba salpicones y sol.

Contesté sin ver el contacto.

“¿Hola?” “¡Hola Steven!” respondió Connie, con energía, casi como si estuviera haciendo ejercicio.

“Hola, Connie”, dije mientras esquivaba un ave que parecía buscar venganza personal.

La desgraciada se lanzó varias veces contra mí.

“Ave de mierda”, gruñí, lanzándole una piedra que había guardado en León.

El pájaro me miró por última vez, indignado, y se fue volando como si me guardara rencor.

“¿Qué pasa?” preguntó Connie desde el teléfono, preocupada por mis ruidos de batalla.

“Nada”, dije mirando con sospecha, vigilando que el pajarraco no regresara.

“Solo…

no sé, ¿sabes?

León me está llevando al One Piece o yo qué sé.” “¿One qué?” dijo Connie totalmente confundida.

“Referencias, Connie.

Referencias”, dije con orgullo absurdo.

“Bueno, espero que esas referencias te ayuden en lo que sea que estés haciendo”, respondió, sin comprender nada.

“Ah sí”, dije recordando algo como si mi cerebro fuera una computadora con retraso.

“¿Cómo te va en tu viaje a Estados Unidos?” levanté una ceja curiosa mientras el mar parecía aplaudir alrededor.

“Vamos bien.

Estar de intercambio es genial, nunca había pensado en las tantas oportunidades que perdí por mi timidez.” “Me encantó escuchar eso”, dije sincero y alegre.

Steven apoyó a Connie muchísimo, animándola a dejar la timidez atrás.

Eso la llevó a tener grandes amigos y muchas oportunidades.

Conocimiento es poder, dicen los sabios…

o internet, no sé.

“Espero que te vaya bien en lo que sea que León te lleve.

Yo me tengo que ir, ahora tengo Cálculo.” “¿A Cálculo?”, dije casi con un signo de interrogación en la frente.

“Voy avanzada”, respondió feliz.

“Ah, ok”, dije con cara de chibi invisible.

“Bueno, cuídate.

Te quiero”, dijo Connie antes de colgar de golpe.

“Ni me dejó despedirme”, murmuré, mientras le mandaba mensaje a su papá y a Lápiz, que era la única gema con número telefónico.

Sí, la única que tenía teléfono.

Y también cientos de imágenes de piolines y ‘buenos días’, pero eso es otra historia.

A lo lejos distinguí una isla que aparentaba tener cierta belleza, aunque solo era apariencia; estaba casi destruida, como si hubiera sido masticada por un huracán y escupida después.

Solté un susurro incrédulo mientras miraba a León, el cual solo respondió con un simple asentimiento.

Me quejé mentalmente por no haber traído a las demás y, sin perder tiempo, empecé a mandar mensajes desesperados.

Apenas aterrizamos, me bajé de León, pero él abrió un portal y desapareció como si no tuviera responsabilidad alguna en mi supervivencia.

Alcancé a insultarlo en mi cabeza, pero una explosión interrumpió mi intento de maldecirlo verbalmente.

Me puse en guardia, floté hacia los cielos para evitar cualquier ataque sorpresa y, cuando alcancé algo de altitud, me quedé petrificado.

Jasper estaba delante de mí con la gema de Peridot y otras dos en burbujas.

Alzó la mirada, me observó con una sonrisa desagradable y, sin dudarlo, rompió la burbuja de Peridot, obligándola a abrir los ojos con terror.

Me lancé para impedir lo que fuera que pretendía hacer, pero ya era tarde.

La gema de Peridot comenzó a brillar para formar su cuerpo, pero Jasper saltó dentro de la luz, mezclándose con ella hasta formar una sola.

Por un instante vi a Peridot intentando escapar, pero la luz la absorbió por completo.

Un golpe aplastante impactó en mi estómago.

Escupí sangre como si mi cuerpo hubiera decidido dejar de colaborar conmigo.

Salí volando mientras insultaba al León que me había traído.

Curé la herida escupiéndome encima, aunque el dolor permaneció como si alguien me hubiera atravesado con una tapa de alcantarilla caliente.

Levanté la vista y el miedo me heló la sangre.

Frente a mí se erguía una fusión gigantesca, al menos quince metros de altura, mirándome con soberbia.

Su voz retumbó acusándome como si fuera Rose Cuarzo, y anunció mi muerte con una seguridad tan absurda como su existencia.

Solo pude responder con un sincero y respetuoso “mierda” mientras invocaba mi escudo.

Apenas pude esquivar el siguiente ataque, pues venía a una velocidad que solo podría describir como injusta.

Salté para flotar, pero algo se lanzó sobre mí desde arriba.

Dejé de volar, invoqué mi escudo y recibí un golpe que me estampó contra el suelo con un estruendo ensordecedor.

Una nube de humo cubrió el impacto.

La fusión sonreía con malicia, pero de repente su expresión cambió.

Se habló a sí misma, discutiendo.

Una voz exigía silencio, otra suplicaba no querer fusionarse.

Su cara se deformaba como si intentara dividirse sin éxito.

Una parte lloraba, la otra sonreía con locura, alimentada por una obsesión antigua y retorcida.

Me escondí entre los árboles mientras la fusión se peleaba consigo misma.

Aproveché para ponerme más saliva sanadora, murmurando que mi suerte era una auténtica basura.

La fusión amenazó a Peridot, jurando que al volver al Planeta Madre solicitaría su cosecha por defectuosa.

Luego rompió en carcajadas maníacas que reverberaron en toda la isla.

Comenté en voz baja que estaba perdiendo la cabeza, aunque no sé si hablaba de ella o de mí mismo.

Finalmente decidió que, si la otra gema era inútil, ella merecía un nombre propio.

Descartó ideas con soberbia infantil hasta elegir uno que gritó con entusiasmo absurdo.

Se autoproclamó Criscola, lo repitió con orgullo y, apenas invocó su casco, comenzó a destruir aún más la isla.

Yo me pregunté si mi mala suerte podía empeorar y recibí la respuesta en el mismo instante en que su voz resonó encontrándome.

Me gritó que me había encontrado.

Respondí con la palabra más realista que existía en la situación.

Mierda.

Fin del capítulo 47.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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