Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 48
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48: Capitulo 48: ¡Ayudame!
48: Capitulo 48: ¡Ayudame!
Nota del autor: Lleguemos a las 60 piedras de poder y traeré el próximo capítulo lo más pronto posible.
¡Gracias por el apoyo constante!
💖✨.
Steven intentó esquivar el primer golpe, pero no alcanzó a evitar el siguiente, el cual impactó directo contra su casco.
Sintió cómo la vibración le sacudía el cráneo y, en un instante, escupió una gran cantidad de sangre mientras salía volando sin control.
Pensó que todo era una completa estupidez, aunque no tuvo tiempo para reflexionar nada, porque terminó estrellándose contra el agua.
Soltó un insulto antes de sumergirse, y mientras el líquido helado lo envolvía, abrió los ojos solo para encontrar una visión borrosa que lo llenó de pánico.
Una figura gigantesca se movía bajo la superficie, deformada por la refracción, pero aun así completamente amenazante.
Le dio igual si aquello era ridículo, porque en cuanto pudo reaccionar, nadó con la ayuda de su poder para flotar y, aunque quería salir del mar, esa fusión monstruosa lo seguía como si fuera un perro persiguiendo gatos.
La forma grotesca parecía casi emocionada por cazarlo.
Pensó rápido, necesitaba poner los pies en tierra firme, aunque fuera el fondo marino.
Se acomodó como pudo, clavando los talones contra la arena, y canalizó toda la fuerza posible en sus piernas.
De inmediato corrió hacia la fusión, que abrió los ojos sorprendida al ver semejante locura.
Sin embargo, en lugar de prepararse para recibir un golpe en la mandíbula, abrió la boca como si estuviera esperando algo.
A Steven no le pudo importar menos lo que intentaba.
Invocó su escudo justo un segundo antes del impacto y, en ese instante crítico, expandió a su alrededor una burbuja de protección repleta de picos.
El choque generó un doloroso estallido contra la fusión, que soltó un gruñido desgarrador.
Entre la sangre y las fracturas, Steven vio claramente cómo su rostro se deformaba entre dos expresiones distintas: Peridot y Jasper.
Era evidente que Peridot no quería seguir siendo parte de esa unión.
No tuvo oportunidad de pensar demasiado, porque tuvo que esquivar un golpe inmediato.
Se impulsó hacia arriba, cayendo sobre la mano de la criatura, y comenzó a correr por su brazo enorme como si estuviera en una autopista viva.
Al levantar la vista, notó cómo aquella loca fusión intentaba aplastarlo con un cabezazo usando el casco.
Invocó nuevamente su escudo, le añadió púas y lo lanzó directo al ojo.
La criatura giró la cabeza por reflejo, desviando por poco el ataque, pero aun así logró golpearlo con suficiente fuerza para hacerlo sentir que el mundo giraba otra vez.
Steven soltó un gruñido ahogado y sintió cómo su cuerpo temblaba de rabia.
Jasper Maldijo a Rose Cuarzo con un grito ahogado justo cuando, de manera repentina, una infinidad de piedras comenzó a flotar a su alrededor.
Pensó en lo absurdo de la escena justo antes de gritar una grosería, porque esas mismas rocas, cargadas de hierro, cayeron sobre él como una lluvia asesina.
El impacto levantó una nube de polvo tan espesa que incluso la fusión se detuvo, sorprendida.
Aquello no era un ataque común; las piedras vibraban, gravitaban, parecían obedecer a una fuerza oculta.
La fusión carcajeó ante la visión, encantada con el espectáculo, y con un entusiasmo casi infantil afirmó lo increíble que era su propio poder mientras seguía lanzándole más y más rocas.
Dijo entre risas que Peridot no era tan inútil como había creído, y aquella burla sólo provocó que Steven apretara los dientes con rabia.
Desde abajo, Steven resistía el bombardeo, tanqueando como podía, sintiendo cómo la piel se abría, cómo la sangre empezaba a correrle por el rostro y el pecho.
Era un dolor peor que enfrentar a Sugilite, quizá peor que cualquier golpe que hubiera recibido antes.
Pensó, casi desesperado, que si tan solo tuviera con quién fusionar la violencia disminuiría, pero de inmediato lo rechazó.
No quería depender de nadie.
No ahora.
Necesitaba fuerza, poder, algo nacido de sí mismo.
Su gema comenzó a brillar con una luz rugiente, tan intensa que parecía desgarrar la tormenta de piedras.
Era la ira.
Era la desesperación.
Era la responsabilidad de cargar con un planeta entero sobre los hombros.
Cada sentimiento oculto, cada colapso, cada lágrima guardada a lo largo del tiempo se concentraba ahora como un rugido en su interior.
Gritó que no moriría, que su cuerpo podía romperse hasta quedar reducido a polvo, pero si su gema sobrevivía, aunque fuera un fragmento diminuto, él seguiría luchando.
Juró salvaguardar todo lo que pudiera, juró proteger aquel planeta estúpido al que terminó llamando hogar.
La fusión, perdida en su locura, no escuchó nada de eso.
La gema de Steven brilló más fuerte, y sus manos se cubrieron de un tono rosa que él ni siquiera notó, porque estaba tan absorto que se olvidó de sí mismo.
Sin darse cuenta, aquel poder reprimido durante tanto tiempo ahora se liberaba.
Su cuerpo completo se tornó rosado y, con un impulso brutal de energía, las piedras que aún flotaban en el aire cayeron hechas polvo.
La fusión, que antes reía con demencia, ahora lo miraba con los ojos completamente abiertos, confundida.
Preguntó qué era eso, aunque la respuesta estaba frente a ella.
Era Steven, no del todo.
El tono rosado, la gema misma, manifestada en un tono rosado puro.
Y en sus ojos se reflejaban formas cambiantes: cuadrado, triángulo, diamante, todas fragmentándose hasta terminar en una forma redonda, firme, imperfecta y real.
Steven escupió sangre, se untó saliva en las heridas visibles intentando sellarlas como podía y observó su propio cuerpo teñido de rosa.
Preguntó si había llegado al punto, aunque no lo dijo para nadie en particular.
Parecía haber despertado antes de lo necesario, y no parecía asustado.
Sentía la presencia de esa forma recorriéndolo, nutriéndolo, envolviéndolo con un poder nuevo que antes no era accesible.
Era una fuerza tan extraña que parecía imposible de contener.
La fusión lo miró ahora con furia.
Él sonrió con una locura controlada, apenas sostenida por algo más que concentración.
Agradeció a Jasper con una sonrisa irónica, admitiendo que nunca creyó llegar a este punto tan pronto.
Creó una plataforma de energía rosada bajo sus pies y subió al aire.
Allí quedaron, ambos frente a frente.
Una voz desesperada se coló desde el interior de la fusión.
Suplicaba ayuda.
Era Peridot, rogando, llorando, sin poder separarse.
Steven abrió los ojos sorprendido, pero antes de intervenir, Jasper la obligó a volver a unirse.
La voz se apagó como si la hubieran sofocado a la fuerza.
Steven susurró que la encerraría en una burbuja durante los próximos milenios.
Su furia era fría, indignada, horrorizada de cómo Jasper usaba la fusión como un arma.
Sin más titubeos, se lanzó hacia ella invocando dos escudos.
La fusión corrió también, con una sonrisa psicótica.
Sus puños chocaron.
Uno, dos, cuatro, cinco, ocho, diez, quince, noventa, cien golpes.
Una lluvia de puñetazos imposibles.
Ambos recibían daño, ambos se hundían en la locura, pero Steven se adaptaba.
Cada golpe le enseñaba algo nuevo de su fuerza, una fuerza absurda y desbordante.
La fusión lo mandó volando con un impacto brutal, y se lanzó detrás de él como un meteorito humano.
Steven creó un escudo bajo sus pies, usándolo como plataforma flotante, y observó su aproximación con una sonrisa aún más desequilibrada.
Movió ambas manos y creó otra plataforma, lanzándola como proyectil.
La fusión la esquivó sin darse cuenta de lo esencial: Steven no la había lanzado para golpearla, sino para impulsarse.
Aprovechó ese instante.
Voló hacia ella, con las manos cubiertas de una burbuja de espinas rosadas que vibraban como una sierra viva, dispuesto a atravesar cualquier obstáculo.
La fusión lanzó un golpe bestial que impactó directo en el rostro de Steven.
El impacto lo sacudió entero y lo hizo tambalear, pero antes de que la fusión pudiera siquiera celebrar, el brazo de Steven se estiró de golpe como un látigo rosado, alargándose más de lo normal y devolviendo el ataque con un puñetazo tan brutal que la cara de la fusión vibró al impacto, escupiendo saliva con violencia.
Ambos retrocedieron, uno escupiendo sangre, el otro jadeando con la mandíbula temblando.
La fusión sonrió como si hubiera encontrado algo exquisito en todo ese caos.
Sus palabras sonaron entrecortadas, llenas de cansancio, pero cargadas con un odio que hervía.
Parecía haber descubierto algo.
Aseguró que ya entendía cómo Steven había destruido a su diamante, o mejor dicho, a su diamante.
Había rencor puro en cada palabra, como un veneno que llevaba años acumulándose.
Steven no respondió.
Permaneció inmóvil, escuchando el zumbido de poder corriendo dentro de él, como si una corriente eléctrica rosa lo recorriera.
Quería sentir cada fibra de esa energía, cada burbuja de fuerza desconocida.
Quería dominarla, entrenarla, moldearla.
Sus ojos se cerraron lentamente, respirando con calma, con la intención de absorber todo aquello antes de perder el control.
Pero en ese instante, la fusión levantó una mano, como si pronunciara un mandato silencioso.
A su alrededor, aparecieron las Topacio que Steven había visto antes, encerradas aún dentro de las burbujas.
Dos gemas que apenas recordaba, que apenas reconocía.
Sus ojos se entrecerraron, confundido.
No tuvo tiempo ni de formular una pregunta.
Las burbujas explotaron de golpe, liberando a las gemas con una violencia que desató destellos de luz en el aire.
La fusión las atrapó con un agarre que no parecía físico, sino sofocante, y en un parpadeo otra luz aún más intensa envolvió a la fusión entera.
Steven lanzó un insulto sin poder contenerse y envió una lluvia de púas rosadas hacia la luz, pero no sirvió de nada.
La luz creció, y creció, y creció más, haciéndose gigantesca, tan brillante que Steven tuvo que cubrirse los ojos con el antebrazo.
Un golpe de terror lo atravesó el cuerpo cuando escuchó aquella risa.
Una risa completamente desquiciada.
JA…
JAJA…
¡JAJAJAJAJAJA!
La voz resonó con un orgullo monstruoso.
Declaró con júbilo que era poderosa, como si la simple idea la excitara.
La luz se disolvió, y ahí estaba ella: una fusión de cuatro gemas, deformada, enorme, saturada de manchas de corrupción que se extendían por sus brazos, piernas y rostro como una enfermedad devorando su cordura.
Era grotesca.
Era abrumadora.
Y tres de esas gemas estaban obligadas a ser parte de esa masa.
Steven miró con los ojos abiertos como platos, incapaz de comprender del todo lo que tenía enfrente.
Y entonces esa cosa habló.
Su voz era de Jasper, era obvio que solo ella tenía control.
Las otras estaban atrapadas, ahogadas dentro de la monstruosidad que ahora formaban.
La fusión proclamó que Steven debía observarla, que debía ver el poder de su perfección.
A su alrededor, rocas gigantescas comenzaron a ascender como si el aire hubiera adquirido gravedad invertida.
Era un espectáculo aterrador.
Steven alcanzó a soltar un “puta madre”, pero el insulto murió en su garganta cuando un montón de piedras cayó hacia él como meteoritos miniatura.
Corrió a esquivarlas con puro pánico, rebotando, lanzándose, destruyéndolas a golpes cuando no tenía otra opción.
Cada roca viajaba a una velocidad aún más brutal que antes; cada impacto contra su escudo vibraba hasta sus huesos.
Mientras fragmentaba piedras con su fuerza recién adquirida, su mente divagó en el caos.
Pensó en el mensaje que había enviado antes.
Pensó en Lápiz.
Pensó en su padre.
Pensó en todo lo que estaba dejando sin respuesta mientras su vida corría peligro en un océano lleno de locos y monstruos fusionados.
Y aun así, siguió peleando.
La perspectiva cambió hacia Lápiz, quien despertó con calma, como si nada en el mundo pudiera alterar su paz matutina.
Miró a su lado, esperando ver a Steven hecho bola o completamente extendido como un cadáver cómodo.
Pero la cama estaba vacía.
Resopló, no especialmente sorprendida, aunque sí un poco molesta, y se levantó como si aún le pesaran los sueños.
Caminó hacia el baño y se observó en el espejo con una seriedad ridícula, como si analizara su reflejo buscando respuestas existenciales.
Intentó recordar qué hacía Steven a esa hora.
Su mirada descendió al cepillo de dientes del chico.
Lo tomó entre los dedos, fijando la vista en él como si fuera un artefacto sagrado, el secreto del conocimiento universal.
Después de tres segundos, su cerebro llegó a la conclusión más profunda.
“No sé qué mierda hago”, murmuró, dejando el cepillo exactamente donde estaba.
Salió del baño y subió de nuevo a la habitación, medio adormilada aún.
Su teléfono vibró.
Toda la rareza del mundo se concentró en ese instante: Steven era prácticamente la única persona que tenía su número, o eso le había repetido quince veces.
Él mismo había dicho que no tenía sentido dárselo a alguien más porque nadie más le importaba tanto.
Y ahora tenía un mensaje.
Tomó el celular sin emoción…
hasta que lo leyó.
¡Me llegaron los Zeta!
Si puedes ven a esta ubicación.
La pantalla mostraba una dirección insana, perdida en medio del océano, justo cerca de la isla de las sandías.
Lápiz parpadeó una sola vez.
“Carajo”, dijo de inmediato.
Corrió por la casa, subiendo y bajando escaleras sin razón.
Golpeó puertas con urgencia.
“¡PERLA!
¡AMATISTA!
¡GARNET!
¡STEVEN ESTÁ EN PELIGRO!” Silencio.
Ni un ruido.
Ni un movimiento.
Ni una tos.
Nada.
El pánico le recorrió la espalda.
Se preparó para arrancar puertas si era necesario, miró al suelo tratando de ver si desde la rendija podía entrar cuando notó una nota pegada perfectamente como si fuera una burla.
“Nos fuimos a una misión.
Cuídense.
Att: Perla.” …
…
…
“Carajo”, repitió con furia contenida.
Corrió al portal, intentando usarlo para transportarse a la ubicación, presionando botones que ni entendía.
…
…
No pasó nada.
“¿Se rompió, no?”, preguntó al aire, en voz plana, sin que nadie pudiera confirmarlo.
Ya harta, salió disparando de la casa.
Miró su teléfono, alzó la vista al mar, y sin perder tiempo colocó las manos en el agua, sintiendo como si el océano fuera una extensión de su propio cuerpo.
Cerró los ojos, enfocándose.
En cuanto sintió la dirección adecuada, su expresión se transformó en determinación absoluta.
Invocó alas masivas de agua, que estallaron hacia atrás con fuerza, levantando espuma.
Y sin pensarlo más, salió volando a toda velocidad, como si la velocidad misma dependiera de cuánto quería salvar a Steven.
“Ya voy, Steven”, murmuró entre dientes, y aceleró incluso más.
Minutos después, a lo lejos, vio lo que solo podía describir como un desastre natural con complejo de kaiju.
Una figura gigantesca se movía entre restos de tierra y roca, distorsionada, grotesca.
Y algo rosa se deslizaba entre las piedras, moviéndose como un rayo inquieto.
“¿Y Steven?”, preguntó, frunciendo el ceño mientras buscaba desesperadamente su figura.
Lo descubriría un segundo después.
Y su corazón se hundiría.
Me llamo Steven, fusión de porquería.
Eso gritó la voz rosada en el aire mientras una lluvia de púas se formaba alrededor de su cuerpo y salían disparadas contra la monstruosa fusión frente a él.
¿Steven?
Se lo preguntó Lápiz totalmente confundida.
Era rosa, gritaba como si fuera otra persona y le había dicho algo extraño a la fusión.
¿Por qué la llamaba así?
¡¡Rose Cuarzo, te destrozaré!!.
Ese tono, ese odio, esa forma de escupir el nombre no le dejaron ninguna duda.
Lápiz estrechó la mirada y observó con más atención.
Era Jasper, era Peridot y también dos gemas que no reconocía.
Todas mezcladas a la fuerza.
Tenía que ayudar a Steven.
No había tiempo para pensar en otra cosa.
Elevó el mar con un movimiento brusco de sus manos y lanzó enormes cadenas líquidas que envolvieron a la fusión, quien rugió con sorpresa.
Esa súbita restricción la tomó fuera de guardia y la obligó a mirar frenética a los alrededores hasta encontrar a Lápiz.
Tú, rebelde.
Jasper escupió el insulto con furia mientras la fusión forcejeaba.
Lápiz solo resopló y apretó aún más el amarre de agua.
La criatura era enorme y fuerte, pero ella no iba a soltarla.
Steven vio que no estaba solo y dejó escapar un suspiro antes de impulsarse en una estela rosada hacia la fusión.
Jasper reaccionó con un bramido que hizo vibrar incluso el aire, su tamaño aumentó de golpe y una tormenta de rocas salió despedida contra Lápiz.
Eso la obligó a soltar las cadenas para esquivar, perdiendo el control sobre la restricción.
La fusión se liberó, destrozando el mar endurecido como si nada.
Steven alcanzó a golpearla, pero la patada que recibió a cambio fue titánica.
Además, la fuerza se multiplicaba con las seis patas que la criatura tenía ahora.
Steven salió disparado como un proyectil en la dirección de Lápiz, quien, desconcertada por su nueva forma pero aún así concentrada, logró atraparlo justo antes de caer ambos al mar.
Antes de tocar el agua, Steven creó una burbuja que los protegió al hundirse.
La fusión recuperó el control completo de sí misma, mientras Peridot y las Topacios intentaban separarse.
Jasper no lo permitió.
Rugió con una furia casi animal y obligó a las tres a permanecer dentro de su control.
En el interior de la burbuja flotando bajo el agua, Steven se incorporó encima de Lápiz, todavía jadeando.
Ambos miraron hacia la superficie donde la fusión tenía un episodio de puro delirio, gritando sin sentido como si discutiera consigo misma.
La criatura temblaba, se sacudía, reía y gruñía, atrapada entre sus propias mentes y el control de Jasper.
Lápiz no sabía qué era peor.
Steven transformado y gritando como Rose, o una fusión gigante que discutía consigo misma con voz múltiple.
Solo supo una cosa con absoluta claridad.
Esa pelea estaba lejos de terminar.
¿Qué?
Lápiz se dio cuenta al fin de la apariencia de Steven.
Lo observó con mayor detenimiento y notó que su cuerpo estaba cubierto por un brillo rosado.
Su ropa estaba completamente destrozada, solo le quedaban los pantalones y apenas podía reconocerse la camiseta que alguna vez tuvo.
¿Qué pasa?
Lápiz preguntó con urgencia.
Jasper.
Steven habló con furia contenida.
Ella obligó a Peridot y a dos gemas a fusionarse.
Las últimas dos estaban corrompidas.
Dijo esto mientras miraba fijamente a Lápiz, quien sostuvo su mirada sin pestañear.
Hay que detenerlas.
Podrían corromperse por completo.
Además, necesitamos información sobre el Clúster.
Steven habló mientras observaba a la fusión en la superficie, una criatura gigantesca que lanzaba rocas en todas direcciones con manchas más oscuras extendiéndose por su piel.
Lápiz guardó silencio.
Su rostro no cambió, pero algo en sus ojos se volvió firme.
Sin decir palabra alguna, extendió su mano hacia Steven.
Él la miró, entendiendo perfectamente lo que deseaba hacer.
¿Segura?
Steven tomó su mano con cautela, aunque sabía la respuesta.
No quiero ver a alguien sufriendo de esa forma.
La voz de Lápiz sonó firme, sin dudas.
Ambos comenzaron a bailar.
Sus movimientos fueron rápidos, elegantes y cargados de una fuerza emocional intensa.
La combinación de furia, empatía y decisión hizo que la energía entre ambos creciera como un río desbordado.
Cuando realizaron el último paso, una explosión de luz los envolvió.
Sobre la isla, Jasper no tuvo tiempo de reaccionar.
Un gigantesco puño compuesto de agua la golpeó de lleno en la mandíbula, enviándola a volar a gran distancia.
La fusión monstruosa chilló de rabia antes de recuperar el equilibrio.
¿Qué demonios?
Gruñó confundida mientras miraba hacia abajo.
Una figura femenina flotaba con alas de agua.
Su cuerpo era rosado, como Steven antes de fusionarse, pero con la elegancia acuática de Lápiz y una presencia que parecía dominar la tormenta.
La fusión estaba en su máximo potencial.
Nada la detenía.
Su poder parecía romper sus propios límites.
Rose Cuarzo.
Jasper rugió con un odio visceral y se lanzó directamente hacia ella.
La fusión de Steven y Lápiz solo sonrió.
El nombre no le importaba.
Ni el rugido.
Ni el miedo.
Ella solo era Estela.
Fin del capítulo 48.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com