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Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 6

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6: Capitulo 6: Desplazamiento.

6: Capitulo 6: Desplazamiento.

Pasaron los días.

Ahora Perla pasaba casi todo el tiempo a mi lado, pegada como una garrapata.

Incluso intenté escapar e ir con mi padre, pero lamentablemente tampoco funcionó.

Cuando volví a la casa para dormir, bueno…

mejor les cuento.

Estaba durmiendo, tranquilo, hasta que medio me desperté y quedé mirando el techo.

No sabría por qué, pero estos días siempre terminaba despertándome a la misma hora de la madrugada.

Giré la cabeza hacia la ventana y confirmé que, efectivamente, era la hora que pensaba.

Volví la vista al techo y, para matar el aburrimiento, me puse a observar las figuras que había comprado hace tiempo.

Había una figura de una serie que me dio mi padre, una caja donde guardaba mis cosas, mi televisor, mi consola de juegos esa misma que debería volver a usar para cansarme más y así dormir, todo eso formaba parte del paisaje de mi habitación.

Intentaba con eso evitar que mis pensamientos se volvieran cada vez más inquietos.

Hablando de eso…

en estos momentos había olvidado muchas cosas de mi vida pasada, y también varios recuerdos de la serie.

Quizá por eso entrenaba: para no tener problemas.

Y te preguntarás: ¿por qué no anotas tus recuerdos?

No lo sé.

Pero siempre que escribía algo, mis cuadernos aparecían de nuevo en la puerta, sin importar dónde los escondiera.

Y mientras no tuviera la melena de león, no tenía un lugar seguro.

Por suerte, solo puse datos irrelevantes en esos libros.

Saliendo de nuevo de mis pensamientos, me pregunté si no debería conseguirme una novia…

o al menos un amigo.

Volví la mirada hacia mi televisor y noté algo raro.

“Estoy alucinando”, pensé.

“Parece que Perla me está mirando fijamente”.

De repente, un silencio pesado cayó en mi mente, algo que no presagiaba nada bueno.

Giré lentamente hacia donde había visto aquella supuesta ilusión.

Y ahí estaba Perla.

Captada por mi mirada, totalmente tiesa, observándome como un perro a punto de arrancar partes del sillón.

Yo, que hasta hacía un segundo tenía una expresión tranquila, cambié a una cara completamente seca.

Pasaron unos segundos eternos en los que ninguno de los dos dijo nada.

Eee…

oye tartamudeó Perla.

Yo la miré fijamente sin responder.

Poco a poco me di la vuelta, fingiendo que no pasaba nada, ignorándola por completo.

Ella no se movió ni un centímetro durante varios minutos, hasta que decidí invocar mi escudo.

Al instante, Perla se puso tensa.

Vete dije secamente, o mi escudo te mandará a Rusia.

Perla frunció el ceño, confundida por ese nombre, pero en un instante, como un perro asustado, salió corriendo del cuarto.

Dios, qué incómodo…

Ni lo menciones dijo una voz a mi lado.

Asentí por inercia, pero entonces caí en la cuenta: yo no dormía con nadie.

Volteé lentamente y no había nadie.

“Definitivamente la esquizofrenia me consumió del todo”, pensé, antes de volver a cerrar los ojos para dormir.

Y así han sido mis días.

Esa tarde estaba con mi padre contándole lo sucedido; él era mi mejor amigo y escuchaba con paciencia.

Tras unos minutos asentía con la cabeza y, pensativo, dijo: Sabes, Stevo, deberías hablar con ellas.

Me miró con calma y añadió que entendía que no eran humanas, que su forma de proteger este lugar les hacía difícil comprender los límites de lo humano.

Le respondí con una expresión inexpresiva: les había intentado hablar, de verdad lo había intentado, pero no parecía funcionar.

Mi padre negó con la cabeza y, como si repasara posibilidades, comentó en voz baja que a veces una gema atacaba de un lado, otra respondía en otro, que una misión las enredaba o que tenían sus propios problemas en los cuartos.

No sabía exactamente, y en realidad tampoco le interesaba demasiado.

Volví la vista hacia la casa.

Allí, a lo lejos, estaba el cuarto de mi madre.

Quería investigarlo.

Al decirlo, vi una gota de sudor recorrer la sien de mi padre.

Él conocía mi curiosidad por todo lo relacionado con ella.

Después de un silencio, dijo: ¿Y si lo haces ahora?

Lo miré fijamente.

Una risa nerviosa se me escapó.

Aposté, medio en broma, que si entraba ahora mismo surgiría algún monstruo que se multiplicara o algo por el estilo.

Mi padre me miró preocupado y me preguntó con seriedad si no iba a meterme en líos.

Respondí con confianza, para darle calma: le aseguré que yo estaba preparado.

Le expliqué que mi escudo era mi arma base, que era como un tanque: primero tendrían que pasar por mi escudo, luego por mi burbuja, luego por las Gemas, y si, por alguna razón, aún así llegaban hasta mí, tendrían que derrotar a este joven fornido.

Terminé la frase haciendo una pose que dejaba ver mis tríceps, y en la sala quedó una mezcla extraña de orgullo y una sonrisa cómplice entre nosotros.

Él me miró con una sonrisa, aunque la preocupación seguía presente en su rostro.

Sin embargo, decidió dejarla a un lado y, más calmado luego de escucharme desahogarme sobre lo que había pasado en estos días, dijo: Bueno, padre, creo que tomaré lo que te dije.

¿Entrar al cuarto de tu madre?

preguntó de pronto, asustado.

¿Qué?

No, hablar con ellas.

Ah…

respondió llevándose una mano al corazón, aliviado.

En mi mente, sin embargo, pensaba otra cosa.

Por ahora no puedo entrar, pero sé que lo lograré.

Sacudí esos pensamientos y salí del carro.

Me volví hacia mi padre antes de despedirme.

¿Estás seguro de no venir a vivir conmigo y las chicas?

Incluso ellas no tienen problemas con eso.

Él me miró con seriedad y respondió: Siento que Perla me mata con la mirada.

Ah…

sí contesté secamente.

La verdad, Perla y mi padre nunca habían tenido una relación demasiado buena, aunque al menos lo intentaban.

Él había dado más pasos que ella, pero de alguna manera las cosas seguían siendo incómodas.

Me despedí con un saludo y me encaminé hacia la tienda de donas.

El olor me envolvió de inmediato.

Qué donas tan ricas…

Ahora entendía por qué al Steven original le encantaban.

Me sorprendió lo lleno que estaba, aunque en ese momento solo había tres clientes.

Cuando el último logró su complicada orden, llegó mi turno.

Hola, Sadie dije con una sonrisa.

Ella, visiblemente aburrida, alzó la mirada y al reconocerme esbozó una sonrisa cansada.

Hola, Steven.

¿Cómo estás?

Me fijé en sus ojeras.

No me gustaba verla así.

Todo bien.

¿Lo de siempre?

preguntó ella.

Definitivamente respondí con una sonrisa, pero esta vez dame un energizante.

Sadie levantó una ceja, sorprendida, aunque no dijo nada y solo asintió para continuar con el pedido.

Rápidamente me entregó las cuatro donas.

Siempre compraba esa cantidad, por si alguna de las chicas quería una, aunque, en realidad, casi siempre era Amatista quien me acompañaba en aquel pequeño ritual.

Cuando intentó darme la bebida, la rechacé con un gesto.

Ya la había pagado, y ella me miró confundida.

Es tuya le dije con una sonrisa tranquila.

Se nota que la necesitas.

Ella contempló la bebida como si fuera un tesoro y sus labios se curvaron en una sonrisa más luminosa.

Muchas gracias, Steven.

¿Y Lars?

pregunté, sorprendido de no verlo por allí.

Está atrás, como siempre respondió con un suspiro.

Deberías darte a respetar añadí, mirándola con firmeza.

Lo sé…

dijo ella, bajando la mirada, pero es que…

bueno…

Su voz temblaba, tímida, y pude leer sus pensamientos a la distancia.

No dejes que tus sentimientos te controlen.

Ella se sonrojó de inmediato y negó con la cabeza.

Te leo de lejos, ¿sabes?

le recordé en un tono suave.

Guardó silencio unos segundos, mordiéndose el labio.

¿Tan fácil es?

preguntó finalmente, aún con las mejillas encendidas.

Totalmente.

Ella apartó la mirada, tratando de escapar de su propio rubor.

Bueno…

te dejo, tengo que hablar con las chicas.

Ah, sí…

dijo, recuperando un poco la compostura.

Saluda a Bárbara de mi parte.

De acuerdo.

Con eso, me giré, justo cuando más clientes empezaban a entrar.

Ella, nerviosa pero sonriente, se apresuró a tomar la bebida entre sus manos.

Caminaba lentamente hacia la casa, perdido en mis pensamientos, como siempre.

Esta vez recordaba aquella incursión…

o desfile, no estaba seguro de cómo llamarlo.

Mi padre me había dado un respiro de su rutina, y se lo agradecí; juntos asistimos a ese evento.

La verdad, no recordaba bien de qué trataba.

¿Quién podría culparme?

Era un poco aburrido, algo relacionado con burbujas, creo.

Sin embargo, hubo un detalle que se quedó grabado en mí: vi a alguien que, sería clave para mi futuro.

Connie.

Una chica cuya vida parecía estar controlada casi por completo por sus padres.

Recuerdo que mi mirada se detuvo demasiado tiempo en ella, tanto que mi padre lo notó y, fiel a su estilo, no perdió la oportunidad de burlarse de mí.

Lo admito: funcionó un poco para sacarme una sonrisa.

Pero Connie tenía algo distinto.

Una chispa que no todas poseían.

Había en ella una formalidad inusual para su edad, una mirada firme y, al mismo tiempo, un aire de curiosidad hacia su entorno.

Ya se notaban en ella los primeros indicios de la pubertad, lo que le daba un toque de ternura que contrastaba con su seriedad.

Salí de mis pensamientos al verla marcharse, y asentí levemente hacia mi padre, fingiendo atención.

Él me hablaba sobre aquel desfile, aunque era evidente que lo hacía solo porque un amigo suyo nos observaba.

Quería dar la impresión de interés, y por eso mantenía la conversación conmigo.

Pero mis ojos volvieron a buscar a aquella chica que había capturado mi atención.

Fue entonces cuando noté un destello rojo en el suelo: su pulsera.

Le hice una seña discreta a mi padre y él, con una leve inclinación de cabeza, entendió lo que quería.

Caminé con rapidez hacia el lugar y recogí la pulsera.

Era una de esas que emitían luz, de las que se agotaban con el tiempo.

No pude evitar sonreír, aunque me reprendí en silencio: qué infantil…

pensé.

Aun así, la guardé en el bolsillo interno de mi chaqueta, como si fuera un pequeño tesoro.

Volví junto a mi padre, quien ya hablaba de otra cosa, y así continuó aquella salida, acompañado de mi mejor amigo…

y de una pulsera que parecía arder con un brillo secreto en mi chaqueta.

Salí de mis pensamientos, murmurando unas palabras para mí mismo.

Era extraño: ahora me observaba en tercera persona dentro de mis propios recuerdos, como si mi mente estuviera reconfigurándose, actualizándose de alguna forma.

Una sonrisa involuntaria se dibujó en mis labios mientras subía las escaleras.

Con ese aire extraño aún rondando en mi cabeza, abrí la puerta y entré en la casa.

FIN CAPITULO 6.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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