Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 53
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53: capitulo 53: herencia que duele 53: capitulo 53: herencia que duele Perla estaba en pánico.
En su mente, había cometido errores estos días, sí, pero lo que acababa de decir superaba con creces todo lo anterior.
Aquello no era una simple metida de pata, era una catástrofe.
Había revelado demasiado frente a Steven, cosas que estaban directamente ligadas a las Diamantes.
Algo que, siendo honesta consigo misma, nunca había querido hacer…
o tal vez sí, pero no de esta forma.
Y eso implicaba a su Diamante.
Diamante Rosa.
Una verdad que no podía pronunciar, no porque no quisiera, sino porque una orden directa de ella misma se lo impedía.
Una orden que seguía grabada en su núcleo como una cadena invisible.
Mientras todos bajaban del lomo de León, Perla apenas podía concentrarse en el tema del Cluster.
Claro que le preocupaba, pero había algo mucho peor.
Las miradas que Steven le lanzaba de vez en cuando.
No eran acusadoras, no eran frías…
y eso era lo más inquietante.
La ponían completamente nerviosa.
No sabía qué hacer, ni qué decir, ni cómo justificar lo que había soltado sin pensar.
Observó cómo Garnet se marchaba con total calma, como si nada pasara, dejándola atrás.
“Traición”, pensó con furia contenida, más dirigida hacia sí misma que hacia nadie más.
Aun así, reaccionó rápido.
Tenía que salir de ahí.
“Yo me voy”, dijo mientras empezaba a caminar hacia su habitación.
No llegó lejos.
Una mano se posó en su hombro.
Perla no necesitó girarse.
Su cuerpo se tensó al instante.
Hubo un breve intercambio de palabras que apenas logró procesar, porque al siguiente segundo ya estaba siendo levantada del suelo como si no pesara nada.
Antes de que pudiera protestar, la puerta se cerró de golpe.
Desde afuera, Amatista le dedicó una mirada burlona, claramente disfrutando el momento.
Lápiz frunció el ceño, incómoda y molesta por la escena.
Y Peridot…
Peridot entró en pánico absoluto al quedarse sin Steven como intermediario.
Perla, por su parte, solo podía pensar una cosa mientras era cargada sin dignidad alguna.
Esta vez sí la había cagado.
La dejé caer sin ningún cuidado.
Aquí, en esta habitación, yo mandaba.
Perla lo sabía.
No podía hacer nada.
“Bien”, dije con calma.
El holograma de mi madre apareció a mi lado, proyectándose con esa luz suave y familiar.
Perla se quedó completamente rígida al verla.
“Ro…
Rose…”, murmuró, casi sin voz.
El holograma la miró con una tristeza profunda, una de esas miradas que pesaban más que cualquier regaño.
“Ya es la hora, ¿no, hijo?”, dijo.
“Sí”, respondí mientras creaba una silla y me sentaba con tranquilidad.
Rose hizo lo mismo.
Materializó otra silla y, con un simple gesto, hizo que Perla tuviera una frente a ella.
Perla la miró como si fuera una orden divina.
No dudó.
Se sentó de inmediato, como si su cuerpo funcionara en automático.
Los tres quedamos frente a frente.
…
…
…
“Y entonces”, dije rompiendo el silencio mientras miraba directamente a Perla.
“Me vas a contar qué son las Diamantes”.
Perla asintió con nerviosismo, lanzando una mirada rápida al holograma de Rose, como buscando permiso.
Y sí, querido lector, sé lo que estás pensando.
¿Por qué dejé el holograma de mi madre aquí?
Fácil.
Rose le ordenó a Perla que no dijera nada.
Pero esto…
esto era una representación casi exacta de ella.
Para Perla, era prácticamente lo mismo que tenerla enfrente.
Así que hablar no le resultaría tan imposible.
Y quién sabe, quizá yo también descubriría algo que no sabía.
“Bueno…”, dijo Perla, incómoda.
“Las Diamantes son…”, suspiró y levantó la vista hacia las nubes holográficas del techo, como si estas fueran a darle una respuesta.
Volvió a suspirar.
“Las Diamantes son las gemas de mayor nivel en el Planeta Madre”.
La miré apoyando la mejilla en mi mano, completamente concentrado.
El holograma de Rose me imitó de forma casi automática.
Perla nos miró a ambos y esbozó una sonrisa triste.
“Son las que ordenan.
Son las que…
mandan, ¿sabes?” “¿Y qué ordenan?”, pregunté sin cambiar de postura.
…
“Ordenan la colonización de otros planetas”, respondió Perla, mirándome con seriedad.
Guardé silencio durante unos segundos.
Podía notar cómo se ponía más nerviosa, seguramente pensando que estaba enojado con ella.
Levanté la vista.
“La colonización supongo que es para crear aún más gemas, ¿no?” Perla asintió.
“Entiendo”, dije mientras tarareaba suavemente, procesando la información.
La silla crujió un poco cuando me acomodé mejor.
Esto apenas estaba empezando.
“¿Cuál es la escala de las Diamantes?”, pregunté con una ceja levantada.
Perla guardó silencio.
Noté cómo su cuerpo se estremecía apenas, como si la pregunta pesara más de lo que aparentaba.
“Bueno…”, dijo al fin.
“Había cuatro Diamantes.
Diamante Azul, Diamante Amarillo, Diamante Blanco y…
y…
Diamante Rosa”.
Me quedé mirándola fijamente.
“¿Y qué hace cada una?” “Cada una controla un sector diferente”, explicó mirando hacia abajo.
“No podría decirte cuáles exactamente, porque cambian constantemente, pero cada Diamante cumple una función”.
“Dijiste que había”, remarqué, alzando un poco más la ceja.
Perla asintió, con un temor evidente.
“Entonces…
¿ya no hay alguna?”, pregunté.
El silencio se apoderó de la habitación durante largos segundos.
Levanté la vista hacia el techo.
“¿Sabes, Perla?”, dije finalmente.
“De verdad pensé que ya éramos una familia”.
Perla alzó la mirada de golpe, confundida, pero no le di tiempo de responder.
“Pensé que ustedes, Garnet, Amatista y tú, ya confiaban en mí.
De verdad creí que habíamos llegado a un punto en el que podían contarme sobre el Planeta Madre”.
Mi voz empezó a cargarse de veneno sin que pudiera evitarlo.
“Pero no.
No me dicen nada.
Me mantienen en la ignorancia”.
Mi mano comenzó a teñirse de rosa.
Lo noté.
Ella también.
Perla me miró en shock, con un arrepentimiento evidente mientras yo me desahogaba.
Negué con la cabeza y respiré hondo, intentando recuperar la calma.
“Pero da igual”, continué con voz más baja.
“Si ustedes no confían en mí…
¿cómo se supone que yo confíe en ustedes?” Perla intentó hablar, pero no le salieron las palabras.
“Lo sé, Perla”, dije con suavidad.
Se quedó helada.
Intentó disimularlo, pero no lo logró.
“¿Saber qué, Steven?”, preguntó, tratando de ocultar el temor.
La miré de reojo.
“Que aun así no me lo quieres contar”, respondí con un dejo de furia, esforzándome por controlarme.
“Esta forma rosa…
está amplificando demasiadas de mis emociones negativas”.
…
…
…
“He tenido sueños”, continué tras unos segundos.
“Sueños en los que no soy yo, ¿sabes?” Miré al holograma de mi madre.
Ella permanecía en silencio, esperando.
Sabía que ese momento iba a llegar.
“He visto a mi madre, ¿lo sabías?”, dije finalmente.
Perla miró de inmediato al holograma.
“No.
Al holograma no”, aclaré.
Perla frunció el ceño.
De la nada, una esfera con forma de reloj apareció en mi mano.
“Sabes qué es esto, ¿no?” “El reloj del tiempo”, dijo con sorpresa.
“La vi, Perla.
Sé cómo era.
Sé quién fue.
Sé por qué se enamoró de mi padre.
Lo sé todo”, dije con absoluta seriedad.
“Sé lo que fue”.
La miré fijamente.
“¿Lo que fue…?”, repitió Perla con los ojos abiertos.
“Házlo”, le dije al holograma.
El holograma cambió.
Su forma se volvió más grande, más imponente, más…
real.
Perla abrió los ojos de par en par.
El pánico la golpeó de lleno.
Cayó de la silla y dio varios pasos hacia atrás.
“¿Qué…?” “¿Qué…?” “Esto…
no…” Alzó la vista lentamente hacia aquella figura que, durante catorce años, jamás pensó volver a ver.
“Mi Diamante…”, susurró Perla con la voz temblorosa.
“Mi Perla”, respondió el holograma de Rose Cuarzo.
Perla se derrumbó.
Las lágrimas brotaron sin control mientras abrazaba lo más cercano que tenía a quien había sido su mejor amiga, su alma gemela, su todo.
Yo permanecí en silencio, esperando.
Confiando en que lo que había planeado fuera lo correcto.
Después de lo que parecieron horas, Perla levantó la vista hacia mí.
“¿De verdad lo sabías?” “Lo he tenido en cuenta desde hace varios años”.
Perla abrió aún más los ojos.
“¿Por qué no dijiste nada?”, preguntó con la voz rota.
“Esperé, Perla”, respondí con firmeza.
“Esperé…
y esperé…
y esperé.
Esperé a que ustedes, o al menos una de ustedes, pudiera responder mis dudas”.
Me levanté lentamente.
“Cada vez que intenté saber algo sobre mi madre, sobre alguien que me entendiera, sobre este poder…”, dije mientras levantaba la mano, que comenzó a teñirse de rosa.
“Este poder del que no sé sus límites.
No sé si me lastimará, si me cambiará el carácter, si tendré hambre, si perderé la consciencia, si necesito algún requisito para usarlo”.
La bajé con lentitud.
“Ninguna de esas preguntas me las respondieron.
La única que intentó ayudarme fue Amatista…
y aun así hizo lo que pudo, porque tampoco tenía información”.
Miré a Perla, que seguía en el suelo.
“S sé que la extrañas.
Sé lo que intentaste hacer cuando yo era pequeño”.
Perla se tensó de una manera casi dolorosa.
Pasaron unos segundos cargados de silencio.
Entonces se escuchó una risa.
Era mía.
“Ja…” “Ja…
ja…” “Jajajaja…” “JAJAJAJAJA”.
“¡JAJAJAJAJA!” La risa salió sola.
No era burla.
No era alegría.
Era el desahogo de alguien que había cargado demasiado tiempo con preguntas sin respuesta.
“¿Qué esperaba, no?”, dije mientras seguía riendo…
pero las lágrimas comenzaron a caer sin permiso.
“Son gemas.
No son humanos”.
Me agarré la cabeza con ambas manos, sintiendo cómo todo lo que había reprimido durante años empezaba a salir de golpe.
“No tienen los mismos sentimientos.
Y aun así dicen que protegen la Tierra, que protegen a los humanos…
pero no veo cómo, si ni siquiera pueden convivir con ellos, entenderlos”.
Mi respiración se volvió pesada.
“No lo entiendo.
Cinco mil años, ¿no?
Cinco mil malditos años y aun así no lo entiendo”.
Levanté la vista con rabia contenida.
“Ni tú, ni Garnet.
Amatista es un caso perdido y…”.
Mis ojos se clavaron en la figura gigante frente a mí.
“Y tú”, dije con veneno puro en la voz.
El Diamante Rosa no dijo nada.
Ya estaba acostumbrada a esas partes de mí.
“Trajiste a un niño al mundo sin saber si iba a cargar con tus problemas, con tus miedos, con miles de errores que ni siquiera eran suyos”.
Señalé con fuerza.
“Mira”, dije apuntando a Perla.
Ella seguía en shock, pero al escucharme levantó la vista lentamente hacia mí.
“Me dejaste una Perla dependiente.
Deprimida.
Totalmente atada a ti.
La dejaste así…
enamorada de ti, y luego simplemente desapareciste”.
Perla se puso roja al instante, las lágrimas brotaron sin que pudiera detenerlas.
Suspiré largo.
“Realmente no quiero esta mierda”.
Miré hacia arriba, como si el cielo pudiera darme una respuesta que nadie más quiso darme.
“Perla”, dije con voz más baja pero igual de firme.
“Sé lo que has hecho.
Y te voy a decir algo”.
El silencio se volvió pesado.
“Diamante Rosa aceptó el Cluster”.
…
…
…
Los ojos de Perla se abrieron de par en par.
“¿Qué…?
No”.
Negó con la cabeza, incapaz de aceptarlo.
“Ella no pudo aceptar eso”.
“Lo aceptó”, respondí sin rodeos.
“Porque ni siquiera miró esa información.
Estaba demasiado ocupada con su alter ego de Rose Cuarzo”.
Perla guardó silencio.
Su cuerpo temblaba.
“¿En serio?”, susurró.
“En serio”, dije.
La habitación quedó completamente en silencio, como si incluso el templo estuviera conteniendo el aliento.
“¿Y qué quieres que haga?”, dijo Perla con mucho cuidado, como si cualquier palabra pudiera romper algo.
“No quiero que le cuentes a nadie todavía que mi madre es Diamante Rosa”, respondí con voz firme.
“Solo cuando terminemos con lo del Cluster”.
Perla asintió lentamente.
“Además”, añadí mientras me secaba las lágrimas que aún quedaban.
“Te lo cuento en confianza.
Tú eras su Perla, así que confío en ti.
Eres la gema más confiable que tengo”.
Eso no ayudó.
Perla empezó a llorar aún más.
“Y no llores, Perla”, dije, aunque claramente no funcionó.
Entonces la vi acercarse y supe exactamente lo que estaba pensando.
“No me fusionaré”, dije de inmediato, mirándola fijamente.
“¿Eh?”, soltó Perla, completamente confundida.
“Conozco esa cara”, continué sin rodeos.
“Si me fusiono, será después.
No en esta situación”.
…
“Está bien”, respondió Perla con evidente desánimo.
La miré en silencio por unos segundos.
“Realmente no saben cómo funcionan los humanos”, pensé, mientras tres líneas negras aparecían en mi cabeza.
Fin del capítulo 53.
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