Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 56

  1. Inicio
  2. Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga
  3. Capítulo 56 - 56 Capitulo 56 Reflejos del Rosa
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

56: Capitulo 56: Reflejos del Rosa.

56: Capitulo 56: Reflejos del Rosa.

Steven se miraba flotando en el aire en su forma rosa.

Desde la plática con Garnet, ahora se sentía más libre.

Garnet pasaba de vez en cuando, vigilando más que nada a Peridot, la cual siempre se veía nerviosa.

Yo siempre estaba cerca, ya que no sabía dónde guardaba el contacto diamante, así que debía estar atento, aunque no creía que fuese antes del cluster.

Steven abriría los ojos mientras miraba a Lapiz, la cual estaba a su lado jugando Minecraft.

“¿Ya te pasaste el juego?”, dijo Steven mientras bajaba hasta el techo, ya que estaba por encima del mismo.

“¿Pasarme el juego?”, dijo Lapiz, confundida.

“¿Se puede?” …

Steven no dijo nada y bajó al suelo, ya que quería ver cómo iban con el cluster.

“¡Oye!

¡Me dejas así!”, dijo Lapiz mientras bajaba y caminaba al lado de Steven, pero notó cómo él miraba fijamente la pizarra.

“¿Ah?”, dijo Lapiz mientras observaba las ecuaciones y dibujos de un taladro.

“Aburrido”, dijo Lapiz mientras volaba de nuevo hacia el techo.

Steven solo miraba algunas ecuaciones, las cuales entendía, pero notó que en algún punto se volvían diferentes, con otras ecuaciones matemáticas y físicas mezcladas.

“¿Qué pasa?”, dijo Perla mientras se acercaba desde una placa de hierro sólida.

“Nada”, dijo Steven mientras observaba la pizarra.

steven se quedaría unos segundos más frente a la pizarra, observando en silencio esas ecuaciones que no terminaban de cuadrarle del todo.

No dijo nada.

Cerró los ojos un instante y dejó escapar un suspiro tranquilo, de esos que no cargan peso, solo cansancio.

perla se acomodó a su lado, cruzando los brazos con postura recta, como si el simple hecho de estar cerca del proyecto la obligara a mantener compostura.

“el taladro va avanzando bien”, dijo con cuidado, midiendo cada palabra.

“peridot ha hecho ajustes importantes en la perforación.

no es perfecto, pero es funcional.” peridot, que estaba sentada en el suelo con varias piezas metálicas alrededor, levantó la cabeza de golpe al escuchar su nombre.

su visera brilló con orgullo contenido.

“obviamente va bien”, dijo intentando sonar segura.

“es tecnología de perforación adaptada a un núcleo inestable.

no cualquiera puede hacer eso.” luego bajó un poco la voz.

“aunque…

todavía hay margen de error.” amatista estaba recostada contra una de las paredes del granero, mordiendo algo que probablemente no era comida.

observaba la escena con media sonrisa, balanceándose de un lado a otro.

“o sea, que no va a explotar…

¿mucho?”, dijo con total tranquilidad.

peridot la miró horrorizada.

“¡no debería explotar en absoluto!”, respondió alterada, moviendo las manos.

“si explota significa que todos morimos, amatista.” “ah, bueno”, respondió ella encogiéndose de hombros.

“entonces todo normal.” perla cerró los ojos un segundo, respirando hondo antes de volver a hablar.

“el objetivo del taladro no es destruir el cluster”, explicó, más calmada, “sino llegar lo suficientemente cerca como para que steven pueda intervenir.

la precisión es crucial.” steven escuchaba todo sin interrumpir, apoyado contra una viga.

su forma rosa ya no estaba presente, pero la energía tranquila seguía ahí, casi imperceptible.

“el núcleo sigue reaccionando”, continuó peridot, señalando unos gráficos improvisados.

“no se mueve como antes, pero sigue…

consciente.

eso lo hace impredecible.” amatista dejó de bromear por un momento y miró a steven de reojo.

“oye”, dijo más suave, “no tienes que hacerlo ya, ¿sabes?

si sientes que algo no está bien, paramos.” steven negó con la cabeza lentamente.

“no”, respondió con calma.

“solo quiero que esté lo mejor posible antes de bajar.

no quiero improvisar ahí abajo.” perla asintió, comprendiendo de inmediato.

“entonces seguiremos ajustando”, dijo.

“sin prisas.

esta vez lo haremos bien.” peridot volvió a concentrarse en sus herramientas, murmurando cálculos en voz baja, mientras amatista regresaba a su posición relajada, aunque sin dejar de observar de reojo.

el ambiente se mantuvo tranquilo.

no había tensión, ni gritos, ni prisas.

solo gemas trabajando, hablando, existiendo juntas.

y por primera vez en mucho tiempo, steven sintió que todo avanzaba…

como debía.

peridot se quedó quieta unos segundos, sosteniendo una pieza metálica entre las manos.

ya no estaba temblando, pero su postura era rígida, como si en cualquier momento esperara que algo saliera mal.

steven se acercó despacio y se agachó a su lado, sin invadir su espacio.

“¿qué pasa?”, preguntó con tono tranquilo.

peridot dudó antes de hablar.

sus dedos apretaron la pieza con fuerza.

“no es el taladro”, dijo más bajo de lo normal.

“es…

todo esto.

la tierra.

el proyecto.

ustedes.” levantó la mirada solo un poco.

“si fallo aquí, no hay imperio que me respalde.

no hay…

nada.” steven guardó silencio un instante, escuchando de verdad.

“cuando llegué aquí”, continuó peridot, “este planeta era solo barro inútil.

ahora…” frunció el ceño.

“ahora no sé qué es.

y eso me asusta.” steven sonrió de lado, una sonrisa cansada pero sincera.

“eso significa que ya no lo ves como un objetivo”, dijo.

“lo ves como un lugar.” peridot parpadeó, confundida.

“no tienes que ser perfecta”, siguió steven.

“ni salvar el planeta, ni demostrar nada.

solo…

hacer lo que sabes hacer.

equivocarte si es necesario.” peridot lo miró con más atención.

“aquí no eres una herramienta”, añadió.

“eres peridot.

y aunque suene raro, eso basta.” peridot tragó saliva.

su visera brilló un poco más tenue.

“¿y si aún así fallo?”, preguntó en voz baja.

steven se encogió de hombros.

“entonces fallamos juntos”, respondió sin dudar.

“pero no te van a desechar por eso.

aquí nadie hace eso.” hubo un silencio corto.

peridot bajó la mirada, respiró hondo y dejó la pieza sobre el suelo con más cuidado del habitual.

“este planeta sigue siendo raro”, murmuró.

“pero…

supongo que puedo intentar sentirme segura aquí.” steven se levantó lentamente.

“con eso es suficiente por ahora”, dijo.

peridot asintió una sola vez y volvió a su trabajo, esta vez con las manos un poco menos tensas.

y steven, al alejarse, supo que esa pequeña charla había pesado más que cualquier ecuación en la pizarra.

steven se inclinó un poco más antes de irse y, con cuidado de que nadie más escuchara, se acercó al lado de peridot.

“ah, sí”, dijo en un susurro apenas audible, solo para ella.

“si alguna vez te sientes incómoda por tu apariencia…

o por lo de la fusión, o por cualquier cosa que no entiendas todavía, ven conmigo.” peridot se quedó rígida un segundo, sorprendida.

“estaré cerca”, continuó steven en el mismo tono bajo.

“no tienes que cargar eso sola, ni fingir que no te afecta.

puedes hablar conmigo cuando quieras.” peridot no respondió de inmediato.

solo asintió muy despacio, con las mejillas ligeramente tensas, como si no supiera bien qué hacer con esas palabras.

“gracias…

steven”, murmuró al final.

steven se enderezó y se alejó como si nada, dejándola ahí, trabajando en silencio…

pero esta vez, con una pequeña sensación de respaldo que no había tenido nunca.

espero que esté tranquila, me dije en mi mente.

estar en mi forma rosa se siente estremecedor, pero desde que hablé con garnet me siento mejor.

miré hacia el granero, observando a una lápiz jugando sin preocupación alguna, a una perla discutiendo con una amatista como si el mundo no pudiera acabarse hoy, y a garnet, que había llegado en algún momento sin que me diera cuenta.

negué con la cabeza y me alejé bastante, dirigiéndome a un lugar que ya conocía bien.

no porque quisiera estar solo, sino porque sabía que debía estarlo para lo que pensaba hacer.

quise llamar a perla, pero el miedo me detuvo.

miedo de decir algo incorrecto, miedo de romperla más de lo que ya estaba.

entonces el recuerdo volvió, claro y pesado.

mi gema mostrándome una imagen que no quería ver, diamante rosa perdiendo el control, destrozando a su antigua perla, dejándola reducida a algo que después terminaría bajo la disposición de diamante blanco.

apreté los puños sin darme cuenta.

tal vez por eso dudaba tanto.

tal vez por eso el miedo seguía ahí.

Llegué a un claro tranquilo, un pequeño lago se extendía frente a mí, su superficie reflejando los tonos cálidos del atardecer.

El viento movía apenas la hierba, y por un instante, todo parecía silencioso.

Dejé caer mis pies hasta tocar la tierra húmeda, sintiendo la frescura del césped y el aroma a agua y tierra mojada.

Me senté frente al lago, cruzando las piernas, y cerré los ojos lentamente.

“Respira, Steven…

respira…” murmuré para mí mismo, mi voz sonaba extraña en mi forma rosa, un murmullo agudo y un poco más potente de lo normal.

Sentía cómo mi energía vibraba a través de todo mi cuerpo, recordándome que cada emoción, cada pensamiento reprimido o ignorado, estaba listo para salir.

Empecé a sentir imágenes atravesando mi mente.

Primero recuerdos de mi madre, Rose, antes de que todo se volviera un desastre con las gemas.

La veía sonriendo, acariciando mi rostro cuando era pequeño, mientras su voz me susurraba que todo estaría bien.

Me recordaba lo fuerte que era, no solo como líder, sino como alguien capaz de amar a pesar del dolor.

Pero de inmediato la imagen cambió.

La vi enojada, destrozando a su antigua Perla por no cumplir sus órdenes.

Esa visión me hizo tensar los puños, y un murmullo escapó de mis labios: “Maldita sea…

qué mierda…” La forma rosa de mi cuerpo se agitó un poco, vibrando con la intensidad de mis emociones.

Era incómodo, sí, pero necesario.

Tenía que enfrentar cada pieza de mí mismo, incluso la furia que sentía hacia el legado de Rose y las expectativas que había heredado.

Respiré hondo y traté de calmar la vibración interna.

Me concentré en el sonido del agua del lago, en cómo el viento movía la hierba.

Recordé momentos de mi infancia que nunca había valorado del todo.

Momentos con Greg, donde todo lo que importaba era una canción, un helado o simplemente una tarde tranquila juntos.

Esa simplicidad me recordó que no toda emoción tenía que ser dolorosa o intensa; podía ser ligera, incluso frágil, y aun así formar parte de lo que soy.

El recuerdo se mezcló con otros.

Veía a Perla, siempre tan nerviosa, tan dependiente, intentando cumplir órdenes que no entendía del todo.

Recordé cómo la había forzado a situaciones difíciles, y sentí una mezcla de culpa y gratitud: culpa por hacerla sentir así, gratitud porque todavía confiaba en mí.

Susurré, casi inaudible: “Lo siento, Perla…

lo siento…

y gracias.” La forma rosa de mi cuerpo pareció asentir, como si comprendiera que estaba aprendiendo a aceptar mis errores sin dejar que me consumieran.

Luego, imágenes de Amatista aparecieron.

Su risa, su despreocupación, su forma de burlarse de mí cuando intentaba ser serio.

La veía entrenando conmigo, caótica pero valiosa, enseñándome que no todo podía controlarse, y que eso también estaba bien.

“Maldita sea, Amatista…” murmuré con una sonrisa amarga, recordando cómo su energía me obligaba a relajarme aunque no quisiera.

Mi mente se llenó entonces de recuerdos más recientes: Peridot trabajando en el granero, nerviosa y eficiente, Lapiz flotando sobre los techos como siempre, indiferente pero presente.

Garnet observándonos, seria, firme…

y sin embargo, increíblemente comprensiva.

Todo esto me recordaba que, aunque la presión fuera enorme y mis emociones desbordadas, no estaba solo.

Nunca lo había estado.

Con cada respiración, sentí que mi forma rosa empezaba a asentarse, a sincronizarse con mi interior.

No solo era un poder, sino una extensión de mí mismo, y la única forma de dominarlo era comprender quién era realmente.

Mi mirada interna buscó otra vez la imagen de Rose, no la perfección, no la fuerza inhumana, sino la vulnerabilidad que había ocultado bajo tantas capas de poder.

“Mierda…

eras humana en algún momento…” murmuré, y la frase se sintió como un suspiro liberador.

El lago frente a mí reflejaba mi estado interno.

A veces tranquilo, otras veces agitado.

Cerré los ojos y visualicé cómo la forma rosa de mi cuerpo absorbía cada emoción, dejándome sentirlas sin que me controlaran.

Ira, tristeza, alegría, miedo…

cada una pasaba como agua corriente, entrando y saliendo, sin quedarse atrapada en mi mente.

“Está bien sentir…

está bien ser yo…” dije en voz baja.

Luego llegaron recuerdos más antiguos, mezclándose con los recientes.

Vi momentos de Rose cuidando el planeta, tomando decisiones que afectaban a miles de vidas, incluso sin que nadie lo supiera.

La vi cometer errores, fallar, llorar sola en el espacio, y entendí algo que nunca había comprendido antes: incluso los que parecen perfectos tienen miedo, incluso los poderosos se sienten vulnerables.

Y yo, con mi forma rosa, no tenía por qué ser distinto.

Respiré hondo y abrí un poco los ojos, observando cómo el cielo empezaba a oscurecerse aún más.

Las estrellas comenzaban a aparecer tímidamente, reflejándose en el agua del lago.

Me sentí pequeño ante la inmensidad, pero al mismo tiempo, más grande que nunca.

“Soy Steven…

soy yo…

y está bien…” murmuré, dejando que la frase fluyera dentro de mi pecho como un mantra.

El murmullo de mis palabras se mezcló con un recuerdo final: Perla, mirando mi forma rosa, con los ojos llenos de dudas y confianza al mismo tiempo.

Me recordó que parte de mi entrenamiento no era solo dominar el poder, sino también proteger y guiar a quienes confiaban en mí.

“No voy a romperlos…

no a ellos, no a nadie…” dije, y la forma rosa pareció asentir, más firme y estable que al principio.

Pasaron horas en esa meditación.

Algunas imágenes entraban y salían: risas, llantos, furia, alegría, miedo, amor…

cada una trataba de tocarme, pero yo estaba aprendiendo a recibirlas sin perderme.

Cada emoción era una lección, cada recuerdo una herramienta.

Y aunque murmuré un par de veces maldiciones suaves, frustrado por lo difícil que era sentir tanto a la vez, también sentí que avanzaba, que cada instante me hacía más fuerte y consciente.

Finalmente, sentí que el lago frente a mí, la hierba bajo mis manos y la brisa en mi cara eran extensiones de mi interior.

No necesitaba huir de nada ni de nadie.

Cerré los ojos por última vez, respiré hondo y, en silencio, dije: “Está bien…

puedo hacerlo…

puedo ser yo…

y aún así protegerlos a todos.” Un suspiro escapó de mi boca, y cuando abrí los ojos, la calma del lago y el cielo nocturno me recibieron, reflejando a un Steven más fuerte, más seguro, y listo para continuar su entrenamiento.

Mire mi reflejo en el agua y me detuve.

Algo no estaba bien, o mejor dicho, algo era demasiado…

evidente.

Mis ojos brillaban con destellos de diamante, los tonos rosados más intensos que había sentido desde que empecé a entrenar.

Mi figura era más robusta, más firme, fruto de las horas que había pasado en el lago, meditando y dejando que mi forma rosa absorbiera cada emoción, cada recuerdo, cada trozo de mí mismo que había ignorado durante tanto tiempo.

Pero no era solo mi reflejo.

Si mirabas con atención, allí estaba ella.

Diamante Rosa.

Su imagen surgía al borde de la mía, etérea, casi como un eco de mi propia forma rosa.

Sus facciones eran familiares, cada detalle recordándome a mi madre holográfica y a las historias que había escuchado.

Pero al mismo tiempo, había distancia, un abismo invisible que separaba lo que era yo de lo que ella fue, y probablemente de lo que nunca podría ser.

Mis ojos se encontraron con los de ella, o al menos con el reflejo de los suyos.

Había amor, sí, pero también exigencia, dolor y decisiones que nunca comprendí del todo hasta ahora.

Era extraño: me reconocía en ella, podía ver cada gesto, cada curva de su expresión que alguna vez fue mía, y sin embargo, era imposible tocarla, imposible alcanzarla.

Como si estuviéramos reflejados en el mismo lago, compartiendo espacio, pero separados por una barrera invisible que ni mi forma rosa podía atravesar.

Suspiré, dejando que la sensación de cercanía y distancia me atravesara.

“Maldita sea…

qué mierda…” murmuré, mis palabras flotando sobre el agua, y un destello rosa recorrió todo mi cuerpo.

La furia no era destructiva esta vez; era un recordatorio, un empujón para seguir adelante, para aceptar que esa mezcla de lo que fui, lo que soy y lo que ella fue, era parte de mí, pero no me definía por completo.

El reflejo de Diamante Rosa se movió ligeramente, casi como si intentara acercarse, y en ese instante, percibí su soledad, la misma que siempre me enseñaron a ocultar detrás de la perfección y la autoridad.

Me sentí extraño, vulnerable.

Nunca había pensado que entender a mi madre implicara también sentir su vacío.

Pero allí estaba, justo frente a mí, y por primera vez, no me daba miedo.

“Está bien…

puedo ser como soy, puedo avanzar…” murmuré de nuevo, y noté cómo mi reflejo respondía.

No era exactamente un eco, ni un duplicado perfecto.

Era como mirar a alguien que es parte de ti y, al mismo tiempo, alguien que nunca podrás cambiar.

Su mirada era firme, intensa, pero también comprensiva.

Y aunque la distancia entre nosotros se sentía como un abismo, la sensación de familiaridad era reconfortante.

Cerré los ojos un momento, respirando hondo, dejando que la forma rosa en mí absorbiera esa mezcla de emociones.

Ira, nostalgia, miedo, amor…

todo fluía entre nosotros, reflejado en el agua tranquila del lago.

Mi cuerpo vibraba ligeramente, y por primera vez, sentí que esa forma no me controlaba, sino que estaba sincronizada conmigo.

Abrí los ojos y miré nuevamente al lago.

La imagen de Diamante Rosa se desvanecía lentamente, dejando solo mi reflejo, más fuerte, más seguro, más consciente.

Pero en algún lugar, sabía que esa conexión, esa cercanía y distancia, seguiría allí, recordándome que el legado que llevaba dentro no era solo un poder, sino también una responsabilidad, un recuerdo y un camino que debía recorrer por mí mismo.

“Maldita sea…

esto…

esto es demasiado…” susurré, y aun así, la sonrisa que apareció en mi rostro no era de miedo ni de frustración.

Era de alguien que estaba aprendiendo a estar en paz consigo mismo, incluso con lo que parecía imposible de reconciliar.

Fin capitulo 56.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo