Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 57
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- Capítulo 57 - 57 Capitulo 57 Entre el lago y las estrellas
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57: Capitulo 57: Entre el lago y las estrellas 57: Capitulo 57: Entre el lago y las estrellas “¿Necesitas ayuda?”, dije mientras me sentaba junto a Peridot, sin querer meterme demasiado.
Peridot me miró, sorprendida de que apareciera de repente.
“Eh…
bueno…
sí…
algunos detalles todavía no los tengo claros.” “Está bien”, dije, acomodándome un poco.
“Mira, no sé mucho de cómo hacer que todo sea perfecto, pero desde la última vez que me fusioné con Perla…
aprendí algunas cosas sobre cómo se conectan los mecanismos y cómo sentir si algo está fuera de lugar.” Peridot arqueó una ceja.
“¿En serio?” “Sí”, respondí con un suspiro.
“No es que sea experta ni nada…
pero puedo darte ideas, sugerir cosas pequeñas.
Cosas como cómo organizar los compartimientos para que no se estorben, o revisar que los engranajes principales tengan espacio para moverse.” Peridot asintió lentamente, volviendo a concentrarse en la estructura.
“Hmm…
eso podría funcionar…
tal vez si los paneles se alinean así, puedo conectar el sistema de energía sin que choque con los controles internos.” “Exacto”, dije, señalando con cuidado.
“Y…
si quieres, puedo probar un par de cosas contigo, solo para ver cómo reacciona todo.
No para decirte qué hacer, solo para ayudarte a ver cómo se mueve.” Peridot respiró hondo, más tranquila.
“Está bien…
entonces estarás ahí solo como apoyo, ¿verdad?” “Sí”, murmuré.
“No quiero hacer todo yo…
solo acompañarte.
Si algo se siente raro, me dices, y vemos juntos qué pasa.” Ella asintió y volvió a concentrarse.
Yo me mantuve cerca, revisando detalles aquí y allá, dando pequeñas sugerencias cuando Peridot dudaba, pero dejando que ella tomara el control.
Lapiz desde el techo la observaba, pero esta vez se mantuvo en silencio, dejándonos trabajar.
“Creo que por hoy terminamos”, dijo Peridot mientras miraba alrededor, evaluando cómo la nave casi estaba completa.
“¿Quieres hablar un poco?”, pregunté después de unos segundos, suavemente.
Peridot dudó, pero finalmente asintió.
“Supongo…
sí.” La tomé con cuidado del brazo y la llevé hacia el lago cercano.
El agua reflejaba los últimos rayos del sol, creando un juego de luces naranjas y moradas sobre la superficie tranquila.
Nos sentamos al borde, dejando que nuestros pies tocaran el agua fría.
“Peridot…”, empecé, mirando cómo sus manos jugaban con las ondas que formábamos.
“Sé que todo esto puede ser…
extraño.
Este planeta, la forma en que todo funciona, incluso yo…
sé que no te enseñé tanto como debería sobre la Tierra.” Ella bajó la mirada, pero me escuchaba.
“Si en algún momento te sientes incómoda…
por tu apariencia, por todo esto…
incluso por la fusión…
solo quiero que sepas que puedes hablar conmigo.
Estoy cerca, siempre.
No dudes en pedirme ayuda.” Suspiré un momento antes de continuar.
“Este planeta es…
complicado, y sé que todavía es difícil sentirte segura aquí.
Pero lo importante es que ahora tú sabes que no estás sola.
El Cluster es la clave, Peridot.
Antes de que el planeta llegue a su límite, necesitamos asegurarnos de que todo salga bien.
Y tú eres parte fundamental de eso.” Ella asintió lentamente, con un brillo tímido en los ojos.
“Entiendo…
Gracias, Steven.
Lo intentaré.” “Eso es todo lo que necesito”, le dije, dándole una pequeña sonrisa.
“Solo confía en ti misma.
Confía en lo que hemos construido aquí, y confía en que estamos haciendo lo correcto.
No tienes que cargar con todo sola.” Peridot soltó un pequeño suspiro, dejando que sus hombros se relajaran por primera vez en horas.
Se sentía más tranquila, más segura, y yo supe que este momento le ayudaría a sentirse más conectada con el planeta…
y conmigo.
“Y bueno, ¿qué es esa tal Connie de la que me hablaste?
O cosas del planeta, ya que quiero anotarlo en esta libreta”, dijo Peridot mientras mostraba un cuaderno grande que sacó de su gema, pasando las hojas con cuidado.
La miré por unos segundos antes de responder.
No porque no supiera qué decir, sino porque no quería decirlo mal.
“Connie es mi mejor amiga”, dije al final, con una sonrisa pequeña.
“No es gema, es humana como yo.
Nos conocimos hace tiempo y…
supongo que desde entonces nos ayudamos a crecer.
Ella me escucha, me dice cuando me equivoco y también cuando hago algo bien.
No intenta cambiarme, solo…
está ahí.” Peridot levantó la vista del cuaderno y me observó con atención, como si intentara analizar cada palabra.
Anotó algo despacio antes de volver a mirarme.
“Ella me enseñó que no tienes que ser fuerte todo el tiempo”, continué con calma.
“A veces solo tienes que ser honesto.
Connie entrena conmigo, pero no porque quiera pelear, sino porque quiere entender este mundo, igual que tú ahora.” Peridot asintió levemente.
“Humana…
que decide entrenar”, murmuró, escribiendo otra nota.
Respiré hondo y seguí.
“Y sobre el planeta…
bueno, la Tierra no funciona como el planeta madre.
Aquí nadie nace con un propósito fijo.
Tú eliges qué hacer con el tiempo que tienes.
A veces eso es aterrador, pero también es liberador.” Caminamos un poco más cerca del lago mientras hablaba.
El agua estaba tranquila, reflejando el cielo que ya empezaba a oscurecer.
“Mi papá”, dije después de un silencio corto, “se llama Greg.
No es perfecto, ni fuerte como una gema, ni sabe de tecnología avanzada…
pero siempre hizo lo que pudo por mí.
Me dejó ser quien soy, incluso cuando no entendía nada de gemas, de guerras o de diamantes.” Peridot dejó de escribir por un momento.
“¿No te obligó…
a seguir un camino?”, preguntó con cautela.
Negué con la cabeza.
“No.
A veces se equivocó, claro, pero nunca me dijo quién debía ser.
Me enseñó que está bien disfrutar cosas simples.
Música, comida, dormir tarde, equivocarse.
Creo que por eso sigo siendo humano, incluso con todo lo demás alrededor.” Ella bajó la mirada hacia el lago.
“Eso es…
extraño”, dijo en voz baja.
“Pero no suena…
mal.” Sonreí un poco.
“Eso pensé yo también.” Se sentó en una roca cercana y abrió de nuevo su cuaderno.
“¿Y Ciudad Playa?”, preguntó.
“Es un lugar pequeño”, expliqué.
“No pasa mucho la mayoría del tiempo.
Hay tiendas, casas, el faro…
personas normales viviendo su vida.
No saben todo sobre gemas, pero tampoco necesitan saberlo.
Solo viven.
Cuando tengamos tiempo, podría llevarte.
No para enseñarte todo, solo para que observes.” Peridot escribió despacio, como si quisiera recordar cada palabra.
“Observar…
sin órdenes.” “Exacto”, dije.
“Aquí nadie te va a decir qué tienes que ser.
Puedes cambiar de opinión, equivocarte, aprender.
Incluso yo sigo aprendiendo.” El viento movió un poco la hierba.
Peridot cerró el cuaderno por un momento.
“Steven…”, dijo dudando, “¿crees que yo pueda…
encajar aquí?” La miré con suavidad.
“No tienes que encajar.
Solo tienes que existir.
Lo demás llega solo.” Se quedó en silencio, mirando el reflejo del cielo en el agua.
Después asintió lentamente.
“Gracias…
por no tratarme como una herramienta.” “Gracias por confiar”, respondí.
Nos quedamos ahí unos minutos más, sin hablar, dejando que el lago y el silencio hicieran su parte.
No había prisa.
El Cluster podía esperar un poco más.
Este momento también era importante.
“Espero encajar”, dijo Peridot, con la voz un poco temblorosa mientras miraba su reflejo en el lago.
Sus manos se movían nerviosas, jugando con la orilla del cuaderno.
“Lo harás”, le respondí con suavidad, acercándome un poco más y sentándome junto a ella.
El viento movía la hierba y hacía que el reflejo del agua brillara como espejos fragmentados, mezclando el cielo naranja y morado con las luces verdes de Peridot.
Ella suspiró profundamente, bajando la cabeza.
“No lo sé…
todo esto…
no es como yo esperaba”, murmuró.
“Mira mi apariencia…
verde, con partes corruptas…
me siento…
rota.
Como si no perteneciera aquí.
Tal vez si alguien me viera ahora pensaría que soy un error, un experimento fallido.
Todo lo que hice en Homeworld parece…
inútil.” La miré fijamente, notando cómo sus ojos verdes reflejaban sus inseguridades, y un nudo se me formó en el pecho.
“Peridot…
mira”, dije suavemente, señalando el reflejo del agua.
“Ese verde que ves, esas…
partes diferentes, esa corrupción…
son parte de ti.
Pero no te definen por completo.
Eres mucho más que eso.” Ella soltó un suspiro más profundo, casi un sollozo contenido.
“A veces siento que…
si me fusiono, si me esfuerzo, si hago algo bueno…
tal vez pueda compensar todo esto.
Pero no es suficiente…
¿cómo puedo sentirme normal con esto en mí?” Me acerqué y le puse una mano en el hombro.
“No tienes que ser normal, Peridot.
Ninguno de nosotros lo es.
Ni yo, ni Amatista, ni siquiera Garnet.
Lo que eres ahora…
eso también está bien.
No tienes que ocultarte, ni fingir ser otra.
Yo te acepto tal cual eres.” Sus ojos parpadearon, y un hilo de lágrimas cayó por su mejilla.
“¿De verdad…
Steven?
¿De verdad me aceptas así?” “Sí”, dije con firmeza.
“Verde, con partes corruptas, torpe a veces, con miedo…
todo eso eres tú.
Y me alegra que estés aquí.
No porque tengas que ser perfecta, sino porque eres tú.
Cada pequeño gesto tuyo…
tu inteligencia, tu curiosidad, tu forma de preocuparte por los demás…
eso importa mucho más que cualquier defecto que puedas ver en ti.” Peridot bajó la mirada, mordiéndose el labio inferior, y dejó escapar un pequeño suspiro de alivio.
“Siempre he pensado…
que los demás no verían más que defectos.
Que…
si no fuera por lo que puedo hacer, nadie querría estar cerca de mí.
Y…
siempre me comparo con los demás, con las otras gemas…
y siento que no alcanzo.” La tomé suavemente de la mano.
“No tienes que compararte con nadie.
Cada gema, cada ser, es diferente.
Tú eres única, Peridot.
Y eso está bien.
Si dejas de intentar ser perfecta, tal vez veas todo lo increíble que ya eres.” Ella cerró los ojos por un momento, respirando hondo.
“No sé si…
puedo dejar de preocuparme por cómo me ven los demás…”, dijo con un hilo de voz.
“No tienes que hacerlo de golpe”, le dije, sonriendo.
“Paso a paso.
Hoy estás aquí, estás intentando, y eso ya es suficiente.
Estás aprendiendo a aceptar tu cuerpo, tu apariencia, tus emociones…
incluso esa parte verde corrupta.
Eso también eres tú.
No un error.
Ni un accidente.
Simplemente tú.” Peridot abrió un ojo y me miró, dudosa pero escuchando.
“Y si…
alguien más me rechaza…
si ve lo que soy…
y no me acepta…” “Entonces…
no importa”, dije con firmeza.
“Si te rechazan por algo que no puedes cambiar, esa persona no merece tu confianza ni tu amistad.
Pero yo sí.
Yo te acepto.
Siempre.” Sus ojos se llenaron de lágrimas nuevamente, pero esta vez con una chispa distinta, como si un peso comenzara a levantarse de su pecho.
“Nunca…
nadie me dijo eso así…”, murmuró.
“Siempre estaba la presión de ser perfecta, de ser útil, de no fallar…” “Y ahora no tienes que cargar con eso sola”, le aseguré.
“Estoy aquí.
Estoy contigo.
Y mientras estés aquí, no necesitas fingir ni ocultarte.
Todo lo que eres…
es valioso.
Cada parte de ti, incluso la que crees que es un defecto, tiene un propósito.
Incluso esas partes verdes y corruptas…
te hicieron fuerte, te hicieron aprender, te hicieron capaz de cosas que nadie más podría.” Ella respiró profundo y por primera vez se permitió sonreír un poquito, aunque con un dejo de timidez.
“Steven…
gracias…
de verdad.
No sé cómo decirlo…” “No necesitas decir nada”, dije mientras le apretaba suavemente la mano.
“Solo recuerda esto: si alguna vez te sientes insegura, si la apariencia, los recuerdos o la corrupción te abruman…
habla conmigo.
No estás sola.
Puedes confiar en mí.” Peridot bajó la cabeza y murmuró algo casi inaudible: “Nunca pensé…
que alguien pudiera…
aceptarme así…” “Y yo lo hago”, insistí.
“Sin condiciones.
Porque eres mi amiga.
Y eso es suficiente.” Un silencio cómodo se instaló entre nosotros mientras mirábamos el lago.
El reflejo del agua mezclaba su verde con el mío, el rosa que todavía llevaba en mi forma de entrenamiento, y la luz del atardecer creaba un paisaje que parecía suspendido entre lo posible y lo imposible.
Finalmente, Peridot levantó la vista y me sonrió tímidamente.
“Creo…
que puedo intentarlo.
Intentar sentirme cómoda…
aquí.
Y confiar más.” “Eso es todo lo que puedes hacer ahora”, le dije, sonriendo con suavidad.
“Paso a paso.
Nadie se convierte en alguien seguro de la noche a la mañana.
Incluso yo sigo aprendiendo cada día.
Pero estamos juntos en esto.” Ella asintió, apretando mi mano y dejando que un suspiro de alivio se escapara.
“Gracias, Steven.
No solo por aceptar quién soy…
sino por ayudarme a aceptarme yo misma.” “Siempre”, susurré, sintiendo cómo algo en ella se relajaba.
“Siempre estaré cerca.
Y recuerda…
incluso cuando todo parezca demasiado, incluso con esta apariencia, incluso con la corrupción…
sigues siendo increíble.
Tal cual eres.” Peridot respiró profundo, como si estuviera liberando todo un año de preocupaciones y miedo, y finalmente se recostó un poco en la hierba, dejando que el lago y el atardecer la tranquilizaran.
Yo me senté junto a ella, observando el agua y pensando que…
incluso con tanto caos a nuestro alrededor, pequeños momentos como este eran los que hacían que todo valiera la pena.
“Te prometo que el Cluster será más fácil de enfrentar si seguimos así”, le dije, dándole un apretón amistoso en el hombro.
“Confío en ti, Peridot.
Y tú también deberías confiar en ti misma.” Ella asintió, por primera vez con una seguridad suave pero firme.
“Lo intentaré…
por mí, y por todos los demás.” Nos quedamos allí, en silencio, viendo cómo el cielo se oscurecía poco a poco, sabiendo que incluso con la presión del mundo, de la corrupción y de lo desconocido…
la confianza, la amistad y la aceptación podían ser un refugio tan real como cualquier poder.
Bueno, dije mientras bostezaba un poco luego de hablar cosas sin importancia con Peridot después de esa charla.
Me estiré mientras un brillo rosa recorría mi figura.
Cerré los ojos, sintiendo la forma rosa hacerse parte de mí.
Eso era lo que quería inconscientemente, aceptarla sin forzarla.
Abrí los ojos y miré a Peridot, la cual observaba el lago en silencio, como si el reflejo le devolviera pensamientos que no quería soltar.
“¿Conoces el camino?”, pregunté con calma.
“Parece que te gustó este lugar.” Peridot levantó la vista por un instante, pero volvió a bajar la mirada casi de inmediato.
“Lo conozco”, respondió con voz baja.
“Bueno”, dije mientras estiraba un poco más mi cuerpo, ya dejando que la forma rosa se disipara poco a poco.
“Soy humano y necesito descansar.
Si necesitas algo, pídele a Perla o a Amatista.
Lápiz no creo que esté disponible, ya que ella viene conmigo a dormir a la casa.” Lo dije mientras comenzaba a caminar por el mismo sendero por el que había venido, sintiendo cómo el brillo rosa se apagaba por completo.
“Nos vemos mañana, Peridot.” Ella solo levantó la mano en señal de despedida y se quedó ahí varios segundos más, observando cómo la última traza rosada desaparecía entre los árboles.
El silencio se quedó con ella.
Pasaron algunas horas más.
El cielo se oscureció por completo y las estrellas comenzaron a reflejarse en el lago.
Entonces Peridot llevó la mano a su gema y sacó algo.
Miró fijamente el artefacto que sostenía.
Un comunicador.
“Puedo llamar a Diamante Amarillo”, pensó.
Sus dedos se tensaron alrededor del objeto.
“Pero no lo haré.
No me aceptarían.” Levantó la vista hacia el cielo estrellado.
“Pero aquí…”, murmuró para sí misma mientras observaba el reflejo del universo en el agua tranquila.
“Aquí sí me aceptan.” Con un pequeño gruñido, más de decisión que de enojo, arrojó el artefacto al lago.
El comunicador cayó con un leve sonido y comenzó a hundirse lentamente, desapareciendo poco a poco hasta que solo quedó el reflejo del cielo, como si nunca hubiera estado ahí…
si no te fijabas bien.
Peridot se quedó mirando el agua unos segundos más, respiró hondo y luego se dio la vuelta.
Caminó hacia el granero, aceptando que a partir de ahora sería alguien diferente.
Tal vez incluso podría ponerse un nombre nuevo.
Steven2…
no, Steven2.0…
tal vez no.
Esos eran los pensamientos de nuestra gema verde mientras se perdía de vista, avanzando con pasos firmes, dejando atrás una parte de su pasado junto al lago.
Fin del capítulo 57.
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