Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 7
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7: Capitulo 7: Algo verde.
7: Capitulo 7: Algo verde.
Al llegar a la puerta de mi casa, la abrí con calma.
Para mi sorpresa, las chicas estaban reunidas en la sala, conversando entre ellas.
Sin embargo, percibí una ligera preocupación en sus rostros, aunque la charla se interrumpió de inmediato cuando me vieron entrar.
¡Hola, viejo!
exclamó Amatista con una sonrisa traviesa al notar las donas en mis manos.
Hola, Steven…
dijo Perla, apenas con voz suave, aún marcada por lo ocurrido días atrás.
Garnet, en cambio, solo levantó una mano y saludó con su habitual serenidad: ¿Qué hay?
Sonreí levemente y caminé hacia la cocina, guardando las donas en el refrigerador.
El movimiento bastó para que Amatista corriera detrás de mí, intentando atrapar una antes de que desaparecieran.
¿Van a querer?
preguntó, señalando a Amatista, que ya se había quedado con una en la mano.
No, gracias respondió Perla, con la formalidad de siempre.
Dame una pidió Garnet, mirando a Amatista.
Amatista, sin dudarlo, le lanzó una dona, y Garnet la absorbió con naturalidad en su gema.
La miré arqueando una ceja.
Primera vez que te veo pedir algo así…
dije, levantando las manos en un gesto de desconcierto, como queriendo remarcar mi punto.
Yo consumo de forma diferente contestó Garnet, ajustándose las gafas con calma.
De acuerdo…?
musité, girándome ahora hacia Perla.
¿Y tú?
¿Quieres una dona?
No la replicó de inmediato, negando con un gesto firme.
Las gemas no necesitamos comer y…
Pero no alcanzó a terminar su eterna explicación.
Una criatura semejante a un gusano de piel verdosa, con mechones blancos como nieve sobresaliendo de su lomo, cayó de improviso sobre el rostro de Perla.
El silencio que reinaba en la sala se volvió absoluto, tan denso que incluso el crujido de la dona en la boca de Amatista se detuvo por un segundo.
Ella, sin embargo, no tardó en soltar una carcajada al ver la extraña escena.
¿¡Una gema… en tu cabeza!?
dijo entre risas, casi atragantándose con su segunda dona.
Perla, saliendo del aturdimiento, reaccionó de inmediato: de un manotazo lanzó aquella babosa fuera de su rostro, con el ceño fruncido de disgusto.
La criatura se arrastró en dirección a Steven, pero él, con firmes, invocó su escudo y lo dejó caer sobre ella, aplastándola contra el suelo.
El grupo contuvo la respiración, esperando ver la familiar luz de una gema liberada… pero nada ocurrió.
¿Eh?
Murmuró Steven con desconcierto, inclinándose hacia el resto.
No…
no hay gema.
Garnet, con expresión seria, se incorporó.
Sus guantes surgieron con un destello carmesí, y en un movimiento ágil atrapó otra babosa que había caído sobre su hombro.
La partió en dos sin dudarlo… y, ante la sorpresa de todos, se desvaneció como una mera ilusión.
Afuera, ahora ordenado con voz firme.
No hubo réplica.
Los cuatro salimos apresuradamente, y el aire cálido del sol nos golpea el rostro.
Frente a nosotros se alzaba un gusano colosal, una bestia que parecía surgir de las entrañas de la tierra.
Su cuerpo serpenteaba y cada movimiento hacía vibrar el suelo bajo nuestros pies.
Está como… grande comentario Amatista, llevándose una mano a los ojos para cubrirse de la luz, como si intentara bromear con naturalidad.
¿La atacamos o la dejamos convivir con nosotros como mascota?
—añadió Steven desde atrás con una sonrisa.
Ni bromeando respondió Perla con frialdad, tensando los hombros.
Se me fue una mascota gigante… murmuró Steven con un dejo de ironía, como si intentara convencerse de que aquello no era tan grave.
Pero antes de que nadie más pudiera añadir palabra, Garnet saltó hacia adelante, sus guantes brillando intensamente, dirigiéndose directo hacia la gema que brillaba incrustada en el monstruo.
La gema, al percibir el peligro, rugió con un sonido profundo que sacudió el aire, y de inmediato decenas de aquellas criaturas comenzaron a salir desde la casa, colocándose frente a ella como un ejército de guardianes retorcidos.
Amatista intentó correr para unirse a Garnet, pero varios de los gusanos se lanzaron sobre ella, enredando sus cuerpos viscosos alrededor de sus brazos y piernas.
¡Qué asco!
exclamó forcejeando, arrancándose de encima la piel babosa con una mueca de repulsión.
Steven observaba la escena con atención, entrecerrando los ojos como si quisiera reconocer a aquellas criaturas.
“Me parecen conocidos…” , pensó en silencio.
Uno de los gusanos se arrastró hasta mí.
Lo vi acercarse, y con una mezcla de curiosidad y torpeza extendí la mano.
Hola, bonito… susurré.
La criatura abrió la boca y me escupió de golpe.
Por puro reflejo, esquivé la descarga viscosa, que impactó a unos centímetros de mis pies.
Perla, que estaba a mi lado, observará la escena con una rigidez alarmante.
Nuestros ojos siguieron la trayectoria del líquido hasta ver cómo la arena comenzaba a chisporrotear y derretirse, hundiéndose como si un ácido mortal la devorara.
Ambos levantamos la mirada lentamente, y la pequeña babosa nos devolvió una mirada que, en mi confusión, solo pude describir como asesina.
¿Qué carajos…?
murmuré, con un nudo en la garganta.
“Es la babosa con la que Steven suele hacerse amigo…” pensé, pero al mirar hacia la colosal que dominaba el campo, comprendí que esta versión estaba lejos de ser amistosa.
De inmediato, Perla invocó su lanza y, con un movimiento certero, deshizo en un destello a la criatura que estaba más cerca.
Sin detenerse, corrió hacia Amatista, que saltaba de un lado a otro esquivando chorros de baba corrosiva que pasaban rozándole el cabello.
¡Pero qué les pasó!
¿Acaso tienen baba infinita?
¿¡Nunca se cansan!?
gritó Amatista, con una mezcla de frustración y asco.
Perla no respondió; simplemente se colocó a su lado.
Con una coordinación precisa, ambas comenzaron a acabar con los pequeños monstruos uno tras otro, hasta que el terreno quedó cubierto de polvo luminoso y ningún gusano menor siguió moviéndose.
Me encontraba perdido en mis propios pensamientos, en ese momento de esquizofrenia mental que a veces me atrapaba.
Seguía dando vueltas a la babosa.
“Ahora que lo pienso…
¿no tenía baba curativa?
Nunca he probado ese poder…
tal vez luego lo intente” , reflexioné mientras trataba de ignorar el caos que nos rodeaba.
Al salir de mis cavilaciones, mi atención se centró en Garnet.
Desde la distancia notaba que estaba en desventaja contra la bestia.
Sin embargo, algo no encajaba: sus movimientos eran demasiado medidos, demasiado lentos.
Observándola con atención me di cuenta… se estaba dejando ganar.
¿Eh?
Me quedé congelado, confundido.
Garnet me miró directamente, con esa inexpresividad que la caracterizaba, como si su rostro fuese de piedra.
Y aún así, una gota de sudor me recorrió la sien cuando entendí el mensaje oculto en esa mirada: quería que la ayudara.
Ahuevo… experiencia laboral pensé, intentando darme valor, con una media sonrisa nerviosa.
Sin dudar, corre hacia ella.
Garnet, al notar mi reacción, esbozó una leve sonrisa de suficiencia, como si lo hubiera planeado todo.
Yo solo pude devolverle la mirada con una expresión seca y otra gota de sudor resbalando por mi frente.
La bestia se fijó en mí, rugiendo con furia.
Su cuerpo tembló, y en un instante comenzó a lanzar ráfagas de aquellas criaturas pequeñas directamente hacia nosotros.
Por instinto, invoqué mi escudo.
En segundos, la superficie se cubrió de baba verde y radioactiva que chisporroteaba como ácido sobre un metal ardiente.
Lo bueno… es que recuerdo que mi escudo aguanta esta cosa… murmuré, tratando de convencerme, mientras sentía cómo la tensión me hacía sudar cada vez más.
Rápidamente expandí el escudo, haciéndolo más grande, lo suficiente para cubrirme por completo.
La baba golpeaba contra él como una lluvia corrosiva interminable.
Garnet alzó sus guantes hacia el vacío, y comprendí al instante.
Cuando la bestia finalmente cesó su ataque, encogí mi escudo y lo lancé con todas mis fuerzas hacia el aire.
En ese momento, Garnet proyectó sus guantes con una precisión milimétrica, impactando contra el escudo.
Yo, concentrado, giré el escudo en pleno vuelo hasta colocarlo en posición horizontal.
El choque resonó como un trueno.
El estruendo fue tan intenso que el suelo vibró bajo nuestros pies.
La onda expansiva sacudió el aire, y el grito de la criatura retumbó en todo el lugar, un rugido de dolor que pareció partir los cielos.
La criatura rugía, retorciéndose en dolor tras el estruendo.
Perla, que ya había terminado de ayudar a Amatista, no perdió un segundo: invocó su lanza y la arrojó con una precisión impecable hacia el rostro del monstruo.
El destino, caprichoso como siempre, jugó de nuestro lado… aunque no para la criatura.
Justo en el instante del impacto, el gusano gigante giró su cabeza y fijó sus ojos en el proyector.
Por un momento, lo juro, me pareció ver algo imposible: una mueca de odio… un susurro de maldición atravesando sus grifos antes de ser atravesado.
“Definitivamente es mi esquizofrenia en su máximo esplendor” , pensé, sintiendo la esquizofrenia dándome poderes que nadie más podría ver.
La lanza atravesó de llena la boca de la criatura, rozando con fuerza brutal la gema que escondía en su interior.
Por fortuna —o por desgracia, aún no lo sabía— no llegó a partir dela.
El cuerpo del gusano brilló intensamente y en un destello quedó hinchado.
En ese mismo instante, todas las babosas pequeñas que habían salido de la casa se desvanecieron como humo en el viento.
Amatista, que todavía estaba rodeada y saltando para esquivar descargas de baba corrosiva, soltó un largo suspiro al verlas desaparecer.
Te jurado que cada día son más raras… murmuró, limpiando la frente.
Definitivamente respondió Perla, llegando a su lado con expresión seria.
Y lo curioso es que estas cosas diferentes siempre aparecen justo cuando Steven se una a las misiones.
Su voz sonaba más preocupada de lo normal.
Vamos, Perla… replicó Amatista, rodando los ojos.
Steven puede defenderse.
¿Recuerdas?
Tiene la gema de Rose.
Estoy seguro de que debe tener algún tipo de código de seguridad o algo así para evitar que se muera.
Aquellas palabras me llegaron de lleno.
Me quedé pensativo, rascándome la cabeza.
“¿Código de seguridad…?
Eso me suena demasiado al Omnitrix…” pensé con una sonrisa torcida.
“Bueno, será cuestión de probarlo”.
No lo hagas interrumpió Garnet de repente, mirándome fijamente desde sus lentes oscuros.
¿Eh?
solté, quedándome quieto, con una expresión de chibi totalmente descolocado.
No lo hagas repitió con voz firme.
No se vende bien.
Bueno…
murmuré bajando la cabeza, idea menos.
Garnet ajustó sus lentes con calma, sin quitarme la mirada de encima, y luego desvió apenas su atención hacia Steven, como si estuviera evaluandolo de una forma que ninguno de nosotros podía comprender del todo.
No lo voy a hacer repetí, ahora con gotas de sudor resbalando por mi frente.
Garnet se acercó levemente con la cabeza, sus ojos ocultos tras las lentes oscuras.
Su mirada se movió en silencio hacia los alrededores, como si evaluara los daños.
Yo la seguí con la vista… y de pronto me quedó petrificado, con cara de palo.
L-la casa… susurré con la voz entrecortada.
La arreglaremos respondió Garnet, esta vez con un tono un poco más compasivo de lo habitual.
El suelo… añadí aún más desanimado, señalando las grietas y manchas corrosivas.
Eso se arregla solo intervino Amatista con indiferencia, apareciendo detrás de mí mientras se estiraba los brazos como si nada hubiera pasado.
La miré de reojo con molestia.
Maldita cosa verde… murmuré, recordando al gusano.
Perla, que ya tenía la gema atrapada dentro de su respectiva burbuja, suspir con cansancio.
Bueno, al menos parece que tenemos buen trabajo por hacer.
De repente, la camioneta de mi padre llegó y la puerta se abrió y mi padre apareció.
Observó en silencio el desastre a su alrededor, con los ojos muy abiertos.
Yo lo miré fijamente y le solté con una media sonrisa: Te lo dije, ¿no?
Él solo dejó caer una gota de sudor, encogiéndose de hombros.
Qué eres específico, Stevo.
La vida es dura… termina en mis pensamientos: pero más dura será cuando encuentre a Diamante Azul añadí en mi cabeza con una risa maníaca que resonó rara en medio del silencio.
Las chicas me miraron de inmediato con cara de “¿qué demonios?”, mientras mi padre, acostumbrado de sobra a mis ataques de locura, simplemente se quedó viendo los restos de la casa.
Bueno…les ayudo.
Su voz sonó tranquila, como si limpiar ruinas fuera parte de la rutina.
Empecemos respondió Garnet.
Y así transcurrió el resto del día: un gusano verde derrotado, una charla que no llevó a nada, y mi propia esquizofrenia acompañándome, porque, al final, seguía hablando solo.
Fin del capítulo 7 .
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