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Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 60

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60: Capitulo 60: Cinco Minutos.

60: Capitulo 60: Cinco Minutos.

Nota: hola!, solo para decirles, esta bien la historia?, tengo borradores y vi que en el anterior capitulo costo incluso llegar a 80, ven algo raro?, no les gusta como escribo?, creen que deberia de cancelar la historia?, haganlo notar en los comentarios realmente me gusta leerlos.

Continuemos.

“Mnn?”, dije mientras abría los ojos, notando cómo la nave descendía ahora por un corredor lleno de lava incandescente.

“Eh?

¡Tan rápido!”, dije frotándome los ojos, sintiendo el calor que se filtraba incluso por las paredes metálicas de la nave.

“¿Qué pasa?”, dijo Amatista mientras se acomodaba a mi lado, su expresión reflejaba un ligero nerviosismo.

“Nada”, respondí mientras sentía que mi gema brillaba intermitentemente, una señal familiar que me recordaba a Rose y a todo lo que aún tenía que aprender.

“Carajo”, murmuré, un poco más para mí mismo que para ella, mientras mi cuerpo se tensaba levemente.

“¿Estás bien, viejo?”, preguntó Amatista con suavidad, acercándose un poco más.

“Tranqui”, le dije levantando las manos para tranquilizarla.

“Solo…

son cosas de mi madre, ya sabes.

No me dejó manual para esta gema”.

Amatista asintió lentamente, aunque todavía se notaba cierta incertidumbre en su mirada.

Mientras la lava brillaba como un océano líquido bajo nosotros, unas sombras empezaron a moverse entre los cristales incrustados en la roca.

“Eh…

¿ves eso?”, preguntó Amatista, apuntando con un dedo hacia unas formas que se movían con gracia entre el calor.

Miré mejor y noté algo extraño: eran gemas, pero diferentes.

Algunas parecían fusionadas, pero no por voluntad propia.

Se movían juntas, como si la lava las hubiera obligado a combinarse de manera temporal.

Sus movimientos eran lentos y cautelosos, y aunque sus miradas parecían curiosas, no mostraban agresión alguna.

“¿Están fusionadas a la fuerza?”, murmuré, frunciendo el ceño mientras analizaba sus formas.

“Sí…

y parecen…

inestables”, respondió Amatista, frunciendo el ceño mientras las observaba.

“Si se asustan, podrían hacer cualquier cosa”.

Mientras hablábamos, una de las fusiones empezó a inclinarse peligrosamente hacia la nave, como si quisiera explorarla más de cerca.

Mi corazón se aceleró.

“¡Espera!”, dije, señalando hacia ella.

Lapiz, que estaba controlando parte del sistema desde un panel cercano, reaccionó al instante.

Con un rápido movimiento de su brazo, presionó el control remoto que llevaba en la otra mano, y un pequeño cañón mecánico emitió un rayo que empujó a la gema fusionada hacia atrás, asegurando que no entrara en contacto con la nave.

“¡Wow!

Casi…”, murmuró Amatista, claramente impresionada y un poco asustada.

“Tranquilas, están lejos y no quieren pelear.

Solo…

exploran”, dije, tratando de calmar a ambas.

Mi gema parpadeaba con fuerza, como si respondiera al peligro que sentía, aunque yo intentaba mantener la calma.

Lapiz suspiró, su mirada fija en la pantalla mientras controlaba los mecanismos que mantenían a la fusión de gemas alejadas de la nave.

“Estas fusiones son…

complicadas.

Nunca antes vi algo así.

Si no las controlamos, podrían lastimarse o lastimarnos.

Pero por ahora…

están calmadas”.

Amatista cruzó los brazos, aunque se notaba que su curiosidad la superaba un poco.

“Oye, Steven…

¿eso significa que…

podrían ser peligrosas más tarde?” “No necesariamente”, respondí, observando cómo las fusiones se movían con cierto equilibrio entre la lava y los cristales.

“Están obligadas a fusionarse por la fuerza, no tienen intenciones de atacarnos.

Solo debemos asegurarnos de mantenerlas controladas mientras pasamos”.

Una de las fusiones se inclinó demasiado, pero antes de que llegara a un cristal de la nave, Lapiz activó de nuevo su control remoto.

El pequeño rayo las separó suavemente, guiándolas de vuelta a una posición más segura.

“Lapiz, eres increíble”, dije con una sonrisa, aunque mi forma rosa estaba tensa.

“Gracias a ti, no hemos tenido problemas mayores”.

“Solo estoy haciendo mi trabajo”, respondió Lapiz, con un brillo de orgullo en sus ojos mientras ajustaba algunos parámetros del control remoto.

“Pero sí, casi se me escapa una”.

Las fusiones parecían entender, en cierta manera, que la nave era un límite que no debían cruzar.

La lava brillaba a su alrededor, iluminando sus cuerpos mientras permanecían alineadas entre los cristales.

La sensación de tensión disminuyó, aunque no del todo; cualquier movimiento incorrecto podía causar un desastre.

“Esto…

es raro”, murmuré, observando cómo una de las fusiones se movía con una gracia que parecía casi etérea, el agua de la lava reflejando su luz en tonos verdosos y azulados.

“Nunca había visto algo así…

y no quiero que nadie salga lastimado”.

Amatista asintió, aunque todavía mantenía la guardia alta.

“Sí…

es raro.

Pero por lo menos no están atacando…

aún”.

“Exacto”, dije, respirando profundo mientras intentaba relajarme.

“Debemos mantenernos atentos y unidos.

Lapiz, controla la distancia, yo las mantendré bajo observación, y ustedes…

solo estén listas por si algo cambia”.

Lapiz asintió, sus manos moviéndose rápidas sobre los controles, ajustando cada parámetro mientras las fusiones seguían su camino entre la lava y los cristales.

Esto es horrible, pensé mientras Perla se tapaba la boca, incapaz de mirar.

Garnet, por su parte, parecía completamente ajena al entorno, y sinceramente, esto debía ser lo peor que había visto en toda su vida como gema.

Es horrible, dije para mí mismo mientras nos adentrábamos en otra sección de la capa terrestre.

Solo faltaban treinta minutos para llegar, y aunque bajaba sin sentir nada físico, la presencia de mi gema se hacía notar con un cosquilleo extraño, como si el lugar estuviera reaccionando a mí de alguna forma.

Me daba igual, aunque no dejaba de resultarme extraño; en la serie se suponía que esto debería provocar depresión, visiones, algo que afectara la mente.

Pero aquí, nada de eso sucedía…

hasta que, de la nada, la oscuridad se apoderó de todo el lugar.

Mierda, dije mientras sentía un tirón brutal, como si alguien me arrastrara hacia abajo, igual que aquella vez que fui jalado hacia Diamante Blanco.

Sentí cómo la gravedad cambiaba a mi alrededor, como si el suelo se hubiera convertido en vacío y me estuviera tragando.

Mi gema vibraba con fuerza, un latido constante que parecía gritarme que algo estaba mal, que no debía estar allí.

Intenté moverme, resistirme, pero era inútil; cada intento solo me hacía sentir más arrastrado hacia lo desconocido.

El aire se volvió frío, casi sólido, y el eco de mis propios pensamientos retumbaba en mi cabeza como si alguien más los escuchara.

La oscuridad no era solo ausencia de luz, era presencia, una masa que presionaba mis sentidos y me hacía sentir pequeño, vulnerable.

Perla gritaba a lo lejos, su voz distorsionada, como si viniera de otra dimensión, y Garnet permanecía en silencio, como si estuviera esperando algo que yo no podía ver.

De repente, una sensación extraña me recorrió la espalda.

No era miedo, no exactamente; era algo más profundo, algo que resonaba con la esencia de mi gema.

Por un instante, todo el mundo se volvió silencio absoluto, y pude escuchar un murmullo débil, como si la tierra misma estuviera hablando.

Mi mente intentó aferrarse a recuerdos, a la serie, a cualquier cosa familiar, pero incluso eso se sentía distante, como si estuviera flotando fuera de mí mismo.

Y entonces, caí.

No había fin, no había suelo ni techo, solo la sensación de ser arrastrado hacia el núcleo de algo gigantesco y antiguo, algo que parecía conocerme más que yo mismo.

Cada vibración de mi gema se multiplicaba, y por un momento pensé que iba a romperse, que todo lo que soy podría desaparecer en esa oscuridad.

Pero incluso en ese abismo, había algo…

un hilo de curiosidad, un impulso que me decía que tal vez esto era solo el comienzo.

De la nada, volví a mi cuerpo.

Respiré profundo mientras mi forma rosa se manifestaba claramente.

“¿Qué pasa?”, preguntó Perla, entregándole el control de su mando a Garnet.

La miré a los ojos.

Por un instante, solo Perla pudo notar un destello extraño en ellos: los diamantes aparecieron por un segundo, lo que la hizo abrir los ojos de par en par.

Negué con la cabeza y, en seguida, mis ojos volvieron a la normalidad.

“Mi gema…” dije mientras la tocaba y me sentaba en el suelo, sintiendo cómo vibraba.

“Cada vez que siento que nos acercamos, siento algo”, agregué, mirando mis manos, incapaz de desaparecer mi forma rosa ni aunque lo intentara.

“Extraño…” murmuré, observando mi mano antes de ponerme de pie.

“¿Estás bien, Steven?”, preguntó Perla, ahora con más preocupación.

“Solo cosas de mi gema”, respondí, dándole una mirada profunda para que entendiera.

Perla abrió los ojos con más atención; no tenía elección, era la única que sabía lo suficiente sobre esto por el momento.

“Estaré con Steven, por si acaso”, gritó Perla para que todos supieran su decisión.

“Está bien”, dijo Peridot, ajustándose el visor mientras un poco de sudor le corría por la frente.

Amatista estaba en otra zona junto a Lápiz, lista por si se encontraban con alguna gema, y Garnet simplemente nos dio un pulgar hacia arriba, tranquila y confiada.

Mientras nos desplazábamos por otra sección más amplia de la nave, Perla y yo buscábamos un lugar donde nadie nos escuchara.

El ambiente metálico y silencioso aumentaba la tensión, y cada paso resonaba con un eco sordo que parecía acompañar a mis pensamientos.

“Está bien, Steven?”, preguntó Perla, ahora con la voz cargada de preocupación, casi un susurro tembloroso.

La miré, notando cómo su expresión reflejaba miedo y confusión al mismo tiempo.

Antes de poder responder, sentí un tirón familiar, como si otra vez algo me jalara hacia abajo, profundo y sin control.

“Agarra bien, Perla…

voy de nuevo”, advertí, preparando mi concentración mientras intentaba no dejarme llevar por el pánico.

“Eh…?” dijo Perla, confundida, mientras me miraba con los ojos muy abiertos.

Un escalofrío recorrió su espalda al ver cómo mis ojos se transformaban en diamantes, brillando intensamente mientras caía frente a ella, completamente inmóvil y vulnerable.

Su respiración se volvió agitada, y por un instante, el mundo parecía detenerse.

“Eh…”, repitió, más temblorosa, mirando mi cuerpo como si no pudiera creer lo que estaba viendo.

Sus manos se aferraban al borde de su mando, pero no podía intervenir; sus dedos se cerraban y abrían en un gesto inconsciente de frustración y miedo.

“Steven…”, murmuró, casi sin fuerza, mientras un nudo de ansiedad le subía por la garganta.

Sus ojos no podían apartarse de mí, como si cualquier parpadeo la hiciera perderme para siempre.

Respiré hondo y volví al mundo real, sintiendo cómo mi conciencia regresaba a mi cuerpo.

Miré a Perla directamente, notando cómo su rostro se suavizaba apenas un poco mientras intentaba recomponerse, aunque su preocupación era evidente.

Respiraba con fuerza, sus pulmones subiendo y bajando de manera desigual.

“Carajo”, dije, apoyándome contra la pared mientras trataba de estabilizar mi respiración y calmar el cosquilleo constante de mi gema.

Mi mano se llevó al pelo, tirando levemente de él por la tensión.

“Esas mierdas…

están vivas.” Perla se acercó con cautela, sus ojos abiertos y llenos de alarma.

Se inclinó un poco, sobándome los hombros con delicadeza para intentar aliviar el estrés que me recorría todo el cuerpo.

“Vivas…?”, dijo, incrédula, como si no pudiera procesar lo que acababa de presenciar.

Asentí, sin poder apartar la mirada del suelo.

“Sí…

y sienten todo.

Cada movimiento que hacemos, cada pensamiento…

es como si nos leyeran.” Mi voz sonaba más grave de lo normal, cargada de tensión y un poco de miedo que ni yo sabía que tenía.

Perla frunció el ceño, respirando lentamente mientras trataba de organizar sus pensamientos.

“¿Cómo…

cómo sabes eso?”, preguntó, con la voz temblorosa, casi susurrando, mientras sus manos seguían sobre mis hombros, como si de alguna manera pudiera transmitirme calma a través del contacto.

“Lo siento en mi gema”, respondí, tocándola con cuidado.

“Es diferente a cualquier cosa que hayamos enfrentado.

No es solo poder…

es conciencia.

Siento que…

que me observan, que saben lo que pienso antes de que lo piense.” Sus ojos se agrandaron.

“Eso…

eso es…

demasiado, Steven.” Se apartó un poco, pero sin perderme de vista.

“Tenemos que mantener la calma.

Si entras otra vez en eso…

podrías no volver tan rápido.” “Lo sé”, dije, respirando hondo otra vez, tratando de tranquilizarme mientras mi forma rosa parecía querer desvanecerse, pero no podía.

“Es solo que…

cada vez que nos acercamos, siento que…

algo quiere salir, o entrar…

no sé.

Es como si el lugar respirara conmigo.” Perla asintió lentamente, frunciendo los labios.

“Entonces…

tenemos que estar atentos.

Yo…

yo me quedaré contigo.

Nadie más sabe cómo manejar esto, y nadie más debería meterse.” Su voz adquirió firmeza mientras se plantaba frente a mí, decidida.

“Gracias, Perla”, dije, esbozando una pequeña sonrisa, aunque mis ojos seguían reflejando la tensión.

“Significa mucho que estés aquí.” Se inclinó levemente, asegurándose de que entendiera la seriedad de sus palabras.

“No importa qué pase, Steven.

No te voy a dejar solo.

Y si tienes que ir de nuevo…

yo estaré aquí, observando, lista para ayudarte.” Respiré profundo y asentí.

Miré mis manos, aún sintiendo el cosquilleo de mi gema, y luego a Perla.

La nave seguía silenciosa a nuestro alrededor, pero esa quietud ya no parecía tranquila; era la calma antes de la tormenta.

Amatista y Lápiz estaban vigilando otras áreas, Peridot miraba su visor con cuidado, y Garnet, como siempre, daba un pulgar hacia arriba desde la distancia, confiada en que podríamos manejarlo.

Sabía que lo que nos esperaba era peligroso, pero mientras Perla estuviera a mi lado, sentí que quizás, solo quizás, podría controlar lo que mi gema sentía y volver de nuevo, sin perderme por completo en la oscuridad.

“Estaré aquí…

¿tienes una venda?”, dije mientras miraba a Perla, tratando de mantener la voz firme, aunque un poco temblorosa.

“Siempre”, dijo ella rápidamente, sacando una manta larga de algún rincón y dándomela con cuidado.

“¿Esta es con la que me limpiabas de pequeño?”, pregunté, dejando escapar una risita que me traía recuerdos lejanos.

Perla se sonrojó un poco, y su gesto hizo que sonriera más.

“¿Te acuerdas de eso?

No se supone que los humanos recuerden esas cosas”, dijo ella, un poco sorprendida.

“Lo recuerdo, claro”, respondí, mientras mi forma rosa se hacía más intensa, reflejando el estado emocional que me recorría.

“Recuerdo buenas cosas…

y malas”, añadí, y por un instante mis ojos se transformaron en diamantes.

Pero negué con la cabeza rápidamente; gracias a mi entrenamiento, tenía el control de esta forma, y gracias a los cielos, porque si no hubiera entrenado, estoy seguro de que no habríamos llegado hasta aquí.

Miré a Perla, que estaba un poco apenada por mis recuerdos.

Sentí la necesidad de tranquilizarla, así que negué con la cabeza mientras me ponía el trapo sobre los ojos.

“¿Qué haces?”, preguntó Perla, confundida, su voz cargada de cuidado y curiosidad.

“No quiero que vean mis ojos”, dije, como si fuese lo más obvio del mundo.

Me guías…

solo di que necesito concentrarme y que mi gema me está diciendo algo, algo de Rose…

inventate algo”, añadí, con un toque de confianza y humor, para que no se preocupara demasiado.

Perla asintió, comprendiéndome sin necesidad de más explicaciones.

Se inclinó un poco hacia mí y susurró: “Está bien…

estaré contigo.

Lo que tu gema te diga, lo sentiremos juntas.” Respiré profundo, sintiendo cómo la manta cubría mis ojos y el calor de Perla a mi lado me daba calma.

Mi forma rosa vibraba suavemente, como si mi emoción y mi concentración se fusionaran, lista para lo que fuera que mi gema estuviera tratando de decirme.

“Vale…

vamos a hacer esto juntas”, dije finalmente, intentando sonar seguro.

Perla me sonrió, y por un momento, incluso en medio de todo el caos y la oscuridad de la nave, se sintió como si estuviéramos en casa.

Rápidamente, Perla me guió hacia el centro de la nave.

Cada paso resonaba contra el metal y, al mirar el reloj, noté que solo nos quedaban cinco minutos para llegar.

El tiempo se sentía aplastante, y cada segundo que pasaba aumentaba la presión sobre todos nosotros.

“¿Estás bien?”, preguntó Peridot, observándome desde el suelo con los ojos vendados, claramente preocupada por mi equilibrio y mi estado.

“Joya”, respondí con actitud, aunque casi caigo de frente varias veces.

Resistí el impulso de desplomarme; quería estar lo más cerca posible del cluster para intentar hablar con esas gemas, para sentir lo que mi gema me estaba diciendo.

Peridot me lanzó una mirada rápida, todavía enfocada en su visor, murmurando algo entre dientes mientras seguía en lo suyo.

Su expresión era la misma de siempre: concentrada, rígida, pero con un toque de tensión que no podía ocultar.

Lápiz la miró con una mezcla de incredulidad y diversión, arqueando una ceja como diciendo, “En serio…

¿te creíste esa mierda?”.

La expresión de Amatista era casi idéntica: brazos cruzados, ojos entrecerrados y la clásica mezcla de desdén y diversión que siempre tenía cuando alguien exageraba.

Garnet, en cambio, simplemente se quitó las gafas, mirándome fijamente, aunque era obvio que no podía realmente ver mucho debido a la manta cubriéndome los ojos.

Su silencio lo decía todo; incluso sin palabras, su presencia era suficiente para mantenernos alerta y enfocados.

Perla, viendo todo esto, se colocó detrás de mí, recostándose suavemente sobre mi espalda mientras cerraba los ojos.

Su contacto me dio un poco de calma y estabilidad, como si su peso y su confianza fueran un ancla en medio de la tensión de la nave.

Sus manos descansaban ligeramente sobre mis hombros, firmes pero tranquilas, guiándome sin necesidad de palabras.

“Perla…

gracias”, dije, aunque solo fuera en mi mente.

Su presencia era suficiente para mantener mi concentración y permitir que mi gema comenzara a hablar, a enviar señales, sin que la presión del resto del equipo me desestabilizara.

El ambiente alrededor seguía siendo tenso.

El zumbido de los sistemas de la nave, el leve crujido del metal bajo nuestros pies y el tic-tac del reloj se mezclaban con la expectativa de lo que encontraríamos.

Cada mirada, cada gesto de mis compañeros, me recordaba que estábamos juntos en esto.

Que, aunque mi gema me arrastrara hacia algo desconocido, no estaba solo.

“Vamos a hacerlo…”, susurré, tratando de concentrarme mientras Perla ajustaba suavemente la manta sobre mis ojos.

Su respiración, tranquila y constante, me ayudaba a centrarme.

Sabía que lo que estaba por venir sería intenso, que sentiría cosas que no podía controlar por completo, pero tenerla a mi lado hacía que todo pareciera un poco más manejable.

Fin capitulo 60.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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