Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 66

  1. Inicio
  2. Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga
  3. Capítulo 66 - 66 Capitulo 66 El regreso de Bismuto
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

66: Capitulo 66: El regreso de Bismuto.

66: Capitulo 66: El regreso de Bismuto.

Steven se despidió de la señora Maheswaran con un abrazo sincero, de esos que no se dan por compromiso sino por gratitud real.

Ella correspondió sin dudar, apoyando una mano en su espalda con la serenidad de quien confía plenamente.

“Gracias por cuidar a mi hija, Steven”, dijo con una voz calmada pero cargada de aprecio.

Steven asintió apenas, separándose con una pequeña sonrisa antes de girarse hacia Connie.

Esta vez el abrazo fue más largo, más apretado, como si ninguno tuviera demasiadas ganas de soltar.

“Adiós, Connie”.

“Ni que me fuera del país, tontito”, respondió ella, riendo suavemente mientras lo abrazaba con la misma intensidad, sin soltarlo de inmediato.

Tras unas palabras ligeras y promesas vagas de verse pronto, Steven y Perla observaron cómo el auto se alejaba poco a poco por la carretera.

Perla se mantuvo al margen, despidiéndose con gestos educados, correcta como siempre, sin interferir en ese momento tan humano.

Cuando el vehículo desapareció, Steven dirigió la mirada al océano.

Las olas rompían con un ritmo tranquilo, distinto al de otros días.

Había algo en el ambiente que se sentía más ligero, como si el mundo hubiera decidido tomarse un respiro.

Después de unos segundos en silencio, Steven habló con un tono más bajo.

“Oye, Perla…

quiero hablar contigo en privado”.

Perla alzó una ceja, sorprendida pero no incómoda.

Asintió con elegancia, aceptando sin preguntas.

Caminaron hacia la casa del templo con calma.

León, como si hubiera estado esperando ese preciso instante, yacía recostado en una esquina, completamente relajado.

Steven se detuvo y lo miró.

“León, vienes conmigo”.

El león rosa se estiró perezosamente, bostezó sin ningún pudor y se levantó para seguirlos, caminando detrás de ellos con absoluta naturalidad.

Steven abrió la puerta de su habitación en el templo y los tres entraron.

El ambiente era tranquilo, familiar.

Con movimientos suaves, Steven creó una pequeña cama para León, asegurándose de que estuviera cómodo.

León se acomodó de inmediato, cerrando los ojos mientras el holograma de su madre aparecía brevemente.

La figura no dijo nada; simplemente se sentó junto al león y comenzó a acariciarlo con delicadeza, como si ese gesto fuera suficiente.

Perla observó la escena de reojo.

No dijo nada al principio, pero su expresión se suavizó apenas, casi imperceptiblemente.

Steven se sentó en el suelo y tomó aire antes de hablar.

No había prisa.

“Perla…

últimamente he estado pensando mucho”, comenzé, jugando distraídamente con sus manos.

“Sobre las fusiones, sobre lo que sentimos cuando estamos con otras gemas…

incluso sobre lo que no entendemos del todo”.

Perla se sentó frente a él, manteniendo una postura elegante pero relajada, algo poco común en ella.

“Te escucho, mi niño”.

Steven sonrió levemente al oír eso.

“A veces siento que todos esperan que yo tenga respuestas solo porque…

soy yo.

Pero la verdad es que muchas veces solo estoy intentando entender las cosas igual que los demás”.

Perla bajó la mirada por un instante.

“No hay nada de malo en eso.

Aprender también es parte de lo que te hace diferente”.

El silencio que siguió no fue incómodo.

Era uno de esos silencios que permiten pensar, respirar, ordenar ideas.

Steven levantó la vista hacia Perla, con una expresión más tranquila.

“Me alegra poder hablar contigo así”.

Perla lo miró con una sonrisa suave, sincera, sin rigidez.

“A mí también, Steven”.

Y en ese pequeño espacio, entre el murmullo lejano del mar y la respiración tranquila de León, la conversación continuó sin necesidad de grandes palabras, solo con la certeza de que ambos estaban aprendiendo juntos.

Steven, después de decir unas cuantas cosas más, respiró hondo y finalmente llevó la conversación al punto que realmente le rondaba la cabeza desde hacía rato.

“Perla, tengo una gema en la melena de León, pero no sé qué es…

aunque se me hace conocida”, dijo con dudas medidas, sabiendo perfectamente de qué gema se trataba, pero consciente de que Perla aún no debía saberlo.

Perla levantó una ceja, claramente sorprendida.

“¿En serio?” “Sí”, respondió Steven con seriedad.

“¿La quieres ver?

Está dentro de una burbuja”.

El holograma de su madre lo miró con evidente cansancio, como si supiera exactamente lo que Steven estaba a punto de hacer.

Sin pensarlo demasiado, Steven se metió rápidamente en la melena de León.

Apareció en una pradera rosada, muy similar a la habitación del templo, solo que en lugar de nubes, todo estaba formado por pelaje suave que se extendía hasta donde alcanzaba la vista.

Steven ya había invocado una burbuja alrededor de su cabeza para poder respirar con tranquilidad, y observó el lugar con calma, notando detalles en los que casi nunca se detenía.

Siempre que entraba ahí sentía una familiaridad reconfortante, algo que lo relajaba de inmediato.

Sin embargo, también tenía claro que si visitaba ese lugar con demasiada frecuencia, esa sensación terminaría por desvanecerse.

Por eso avanzó con cuidado, sin prisas, dirigiéndose al único punto que destacaba en aquel espacio.

Allí estaba la gema, encerrada en una burbuja y sostenida cerca del árbol.

Era una gema con un patrón de arcoíris incrustado, hermosa a la vista, con un brillo suave que parecía cambiar según el ángulo desde el que se mirara.

Steven la observó durante varios segundos en silencio, dejando que las sensaciones se acomodaran solas.

Luego apartó la mirada hacia el cofre cercano.

Ahí estaban el videocassette que su madre había dejado, junto con otras pertenencias suyas y algunos objetos de Steven que se habían acumulado con el tiempo.

Todo permanecía quieto, como si ese lugar se encargara de conservar cada cosa exactamente como debía estar.

Finalmente, Steven tomó la burbuja que contenía la gema con cuidado, casi con respeto, y regresó por el mismo camino por el que había llegado, dejando atrás la pradera rosada y esa calma especial que solo existía dentro de la melena de León.

Antes de que Steven saliera de la melena, no alcanzó a escuchar la conversación que comenzaba a darse fuera de ella.

Perla observaba en silencio al holograma, esa proyección que Steven había descrito como una copia casi idéntica de su madre, una presencia que existía solo si Steven así lo deseaba.

En ese momento, el holograma estaba ahí, arrodillado junto a León, acariciándole con suavidad la melena rosada.

La Rose holográfica levantó la mirada y le dedicó una sonrisa cansada, una de esas sonrisas que parecían cargar más recuerdos que palabras.

“Hola, Perla”, dijo con voz tranquila.

“Hola, Rose”, respondió Perla, con un ligero nerviosismo que no logró ocultar del todo.

Rose volvió su atención a León, pasando los dedos por su pelaje con gestos lentos, casi meditativos, como si ese simple acto le permitiera ordenar pensamientos que llevaban siglos esperando ser dichos.

“La gema que está ahí…”, comenzó, haciendo una pausa breve.

“está encerrada por mi culpa.

O, mejor dicho, por culpa de la Rose verdadera”.

Perla tensó ligeramente los hombros, pero no interrumpió.

“Yo solo soy un conjunto de fragmentos, recuerdos incompletos y decisiones ya tomadas”, continuó Rose, sin dejar de acariciar a León.

“Pero sé lo suficiente para decirte que esa gema es alguien que conoces muy bien.

Alguien importante”.

Perla bajó la mirada, como si esas palabras despertaran algo que llevaba demasiado tiempo guardado.

“Cuando llegue el momento”, añadió Rose con suavidad, “trátala bien.

No la apresures.

Cuéntale todo si así lo deseas, no te lo guardes…

pero tenle paciencia”.

León soltó un pequeño sonido, acomodándose bajo la mano de Rose, y ella sonrió apenas, con un dejo de melancolía.

“Cargar con el pasado no es sencillo”, concluyó.

“Y despertar después de tanto tiempo…

menos aún”.

Perla asintió despacio, sin confiar del todo en su voz para responder.

En su mente ya se agolpaban recuerdos, culpas y preguntas, pero también una certeza silenciosa: cuando esa gema despertara, nada volvería a ser igual.

Al siguiente momento, Steven salió de la melena de León, retirándose la burbuja de la cabeza con un gesto tranquilo.

En sus manos flotaba la gema, protegida dentro de otra burbuja rosada, intacta, brillante.

“Vaya…”, murmuró Perla, abriendo los ojos de par en par mientras la emoción le nublaba la vista.

“Bismuto…”.

Antes de que Steven pudiera reaccionar, Perla tomó la gema de sus manos con una velocidad sorprendente.

La sostuvo con cuidado, como si temiera que incluso el aire pudiera dañarla.

El silencio se extendió entre ambos.

Steven la observó, pero no dijo nada.

Solo permaneció ahí, atento.

Perla fue la primera en romper el silencio.

“Ella era…

increíble”, dijo en voz baja, sin apartar la mirada de la gema.

“No solo fuerte, sino brillante en su manera de pensar.

Bismuto no veía las armas como simples herramientas, sino como extensiones de quienes las empuñaban”.

Steven asintió despacio, el ya sabia algo sobre los recuerdos de la serie.

“Fue la herrera de la rebelión”, continuó Perla, con un tono que mezclaba orgullo y nostalgia.

“Cada arma que creó tenía un propósito.

No solo para pelear, sino para proteger, para resistir.

Ella creía de verdad que podíamos ganar”.

Steven volvió a asentir, escuchando con atención.

“A veces discutíamos”, confesó Perla con una pequeña sonrisa triste.

“Ella pensaba en soluciones directas, contundentes.

Yo…

yo siempre fui más cuidadosa.

Pero nunca dudé de su lealtad.

Bismuto amaba a las Crystal Gems, amaba la Tierra”.

Steven inclinó un poco la cabeza, como absorbiendo cada palabra.

“Tenía una risa fuerte”, añadió Perla, cerrando los ojos por un instante.

“Y una forma muy suya de animar a las demás.

Cuando todo parecía perdido, ella seguía trabajando, martillando, creando algo nuevo…

como si mientras pudiera forjar, aún hubiera esperanza”.

Steven apretó suavemente los labios y asintió otra vez.

“Perderla fue…

difícil”, dijo Perla al fin, con la voz apenas quebrándose.

“Durante mucho tiempo pensé que había fallado como compañera.

Que no había hecho lo suficiente”.

Steven dio un paso más cerca, sin hablar, y colocó una mano sobre el antebrazo de Perla.

Ella respiró hondo.

“Pero si está aquí”, concluyó mirando la gema con determinación renovada, “entonces tal vez aún tengamos la oportunidad de hacer las cosas bien.

Esta vez…

mejor”.

Steven asintió una última vez, en silencio, sabiendo que aquella historia no era solo sobre el pasado, sino sobre lo que estaba a punto de regresar a sus vidas.

Perla volvió la vista hacia mí con una expresión que rara vez le veía, una mezcla de esperanza contenida y miedo puro.

“La puedo liberar”, preguntó, aunque en el fondo ya conocía la respuesta.

Respiré hondo antes de hablar.

“Puedes”, dije con calma, “pero si algo sale mal, si se altera o intenta explotar algo sin pensar…

la vuelvo a burbujear.

Sin discusiones”.

Perla asintió de inmediato, aceptando las condiciones sin dudar.

Durante unos segundos más, observó la gema suspendida dentro de la burbuja, como si estuviera reuniendo valor.

Sus dedos temblaron apenas, pero su postura se mantuvo firme.

“Atentos”, dijo finalmente.

Con un movimiento rápido y decidido, rompió la burbuja.

La gema cayó al suelo con un sonido seco.

Por un instante, no pasó nada.

El silencio se volvió pesado, casi insoportable.

Pude sentir cómo mi corazón se aceleraba, cómo la energía del lugar comenzaba a reaccionar.

Entonces la gema empezó a brillar, primero débilmente, luego con más intensidad, hasta que se elevó en el aire como si hubiera estado esperando este momento durante siglos.

La luz explotó en un destello intenso.

La forma se construyó con rapidez, como si cada parte supiera exactamente dónde ir, como si no hubiera dudas ni vacilaciones.

Un cuerpo robusto, marcado por cicatrices que parecían tatuajes de estrellas, un cabello de colores vibrantes que caía libre y salvaje, y en el centro de su pecho, la gema incrustada brillando con fuerza renovada.

Bismuto estaba de vuelta.

Aterrizó con los pies firmes, como alguien que jamás perdió el hábito de estar lista para una pelea.

Miró a su alrededor con los ojos bien abiertos, procesando el entorno a una velocidad impresionante.

La casa del templo, Perla, yo…

y entonces lo vio.

El holograma de mi madre.

Sus ojos se clavaron en ella como si el tiempo se hubiera detenido.

“¡Tú…!”, dijo con una voz cargada de incredulidad, rabia y algo más profundo que no supe identificar al instante.

Mierda, exclamé.

No tuve tiempo ni de reaccionar cuando Bismuto se lanzó hacia adelante.

Su movimiento fue puro instinto, una explosión de emociones acumuladas durante años de encierro.

Su cuerpo se impulsó con una fuerza brutal, directo hacia el holograma de Rose.

Fin del capítulo 66.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo