Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 68
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68: Capitulo 68: Forja de Confianza.
68: Capitulo 68: Forja de Confianza.
Nota del Autor: Hola, una disculpa por el anterior capitulo, era un borrador, de hecho este y el anterior eran uno solo, mala mía, al parecer lo programe para que se subiese y cuando quise borrarlo ya tenia como 28 estrellas en wattpad y si lo borraba la gente se iba a confundir, asi que trate de traerles este otro cap lo mas antes posible.
y tambien subi este a webnovel.
tengo una meta de 100 piedras de poder para el siguiente ya que al parecer la gente ya no apoya mucho esta novela xd, si veo que ya ni llega a los 80 sinceramente la abandonaré, sin nada mas que agregar, Disfruten el capitulo.
Continuemos.
Los días pasaron y Bismuto se adaptó bastante bien aquí.
Con la que más se llevaba era con Perla y Garnet, junto a Amatista, quien solo hablaba con ella para conocer un poco sobre su pasado.
Y bueno…
aquí estábamos.
Observábamos la forja.
Estábamos todos, menos Peridot, que dijo que estaba haciendo algo más interesante que armas inutiles de una bismuto anticuada, aunque eso si lo dijo de una forma sarcastica, al parecer.
Lapiz estaba a mi lado, junto a Amatista, mientras las que iban al frente eran Perla, Bismuto y Garnet.
Las tres hablaban animadamente mientras Bismuto abría la forja, mostrándonos cada rincón.
Todos nos adentramos en el lugar, pero noté que Lapiz estaba un poco nerviosa.
“¿Te afecta el calor chica?”, susurré mientras le daba unas en el hombro.
“Sí, el calor me tiene hasta la gema”, respondió Lapiz, observando cómo sus alas comenzaban a liberar vapor.
Con cuidado, las recogió para no sufrir por el calor.
Luego de caminar durante algunos minutos con charlas amenas y con amatista comiendo carbon de una manera nada elegante.
Bismuto paro en seco en una semi cueva y haria un saludo gigante.
“Es la forja, muchachos y gemas.
Bienvenidos a mi humilde hogar el cual parece que tiene la misma cerradura”, dijo Bismuto, abriendo los brazos con orgullo.
“Ademas…”, dijo bismuto haciendo un pequeño suspenso para que las que no conocian tuvieran mas intriga.
“Es este lugar donde se crearon la mayor parte, si no es que todas, las armas y mejoras durante la guerra”, agregó con una sonrisa.
“Obviamente creadas por su servidora y Bismuto de confianza”, añadio con un guiño.
“Increíble”, dijo Lapiz, mirando a su alrededor con los ojos abiertos.
“Nunca habia visto a una Bismuto desde que fui creada”, penso lapiz con un poco de admiracion por el trabajo de la gema la cual no paraba de presentarse.
“No ha cambiado nada”, comentó Perla, mientras paseaba a los alrededores mientras le daba alguna que otra mirada a Bismuto.
La observada miraria hacia todos lados mientras una sonrisa de suficiencia se hacia presente.
“Eso es lo mejor”, dijo Bismuto, mientras caminaba hacia un punto central y hundía sus puños en la base de la forja.
“Como quema esto nena”, dijo Bismuto.
De repente, una corriente de lava surgió, corriendo por el suelo hasta llegar a la zona principal de trabajo.
“Fua”, dije, observando cómo el calor subía y haciéndome sudar un poco, un poco como cerdo por que la mierda estaba como yuca pelada en 1000 grados.
“Increíble, ¿no?”, dijo Bismuto con entusiasmo, comenzando a fundir algunos materiales mientras explicaba cada detalle del proceso.
Su dominio de la herrería era asombroso cada movimiento, cada chispa que salía del metal, demostraba años de práctica y dedicación.
“Esto…
esto es arte, siempre pense en que pasaria sin ti en esta forja”, susurró Perla, fascinada mientras observaba cómo Bismuto moldeaba el metal incandescente.
“Pero ahora se que este lugar ahora contigo permanecera tranquilo y muy activo a la vez”, añadio con una sonrisa mientras se apoyaba en la pared observando como Bismuto trabajaba.
Bismuto tuvo una sonrisa.
“Oh y esto apenas empieza”, dijo la bismuto.
Rapidamente.
Bismuto nos mostró cómo transformaba los materiales básicos en armas, herramientas y mejoras que habían sido esenciales durante la guerra.
Cada pieza que creaba parecía casi viva, un reflejo de su fuerza y creatividad.
“Lo que hace la herrería no es solo crear armas”, dijo Bismuto mientras levantaba un enorme martillo candente, “es darle alma a cada pieza, hacer que cada arma tenga un propósito y una historia”.
Garnet y Perla observaban con atención, asintiendo ante cada explicación.
Amatista, aunque algo más relajada, no podía ocultar su fascinación por la habilidad de Bismuto.
Garnet aunque callada se notaria la sonrisa que tendria mientras miraba sin gafas a Bismuto, por poco y lloraba.
“Miren cómo se comporta el metal bajo el calor”, continuó Bismuto.
“Cada aleación tiene su propio carácter.
Una espada no es solo acero; es paciencia, técnica y corazón”.
“Nunca había visto algo así”, dijo Lapiz, acercándose un poco más, todavía impresionada por el calor y la magnitud de la forja.
“Y lo mejor”, agregó Bismuto, con una sonrisa orgullosa, “es que todo esto sigue siendo útil.
Cada arma que ven aquí podría volver a la acción si fuera necesario.
Cada mejora, cada detalle, sigue teniendo un propósito”.
Yo solo me quedé observando, asimilando todo lo que Bismuto mostraba.
Era más que herrería; era historia viva, era memoria de lo que habían luchado y de lo que habían creado para protegerse.
La pasión de Bismuto por su trabajo era contagiosa, y por un momento, incluso olvidé el calor y el sudor que recorría mi espalda.
“Esto es…
simplemente impresionante”, murmuré, mientras veía a Bismuto transformar otro bloque de metal en algo que parecía casi mágico.
Aunque esto lo había visto en la serie, aquí era otra cosa.
Sentir el calor intenso que emanaba de la forja, el retumbar de los martillos sobre el metal, el chisporroteo de las herramientas en acción…
era fascinante.
Cada sonido, cada onda de calor y cada aroma a metal fundido me envolvía, y aunque lo disfrutaba, lo guardaba solo para mí, admirando en silencio el arte de Bismuto.
“Esto es tuyo, Perla”, dijo Bismuto mientras lanzaba unos picos metálicos hacia ella.
Perla reaccionó rápidamente, invocando su arma y colocando las púas sobre ella con precisión.
Una mejora casi instantánea, que hacía que su arma fuera más versátil y letal.
Sus ojos brillaban mientras ajustaba los detalles finales, sintiendo la diferencia en el peso y el balance.
“Esto es tuyo, Garnet”, continuó Bismuto, lanzando dos mejoras para sus guantes.
Ahora tenían más fuerza y filo, permitiéndole golpear con más impacto sin perder control.
Garnet no podía ocultar la sonrisa que se le dibujaba de oreja a oreja; estaba satisfecha y sorprendida por la utilidad de las mejoras.
“¿Y ustedes tres, qué tienen?”, preguntó Bismuto, girando su mirada hacia nosotros, observando cada uno con curiosidad y una chispa de desafío en sus ojos.
“Tengo este látigo”, dijo Amatista con tranquilidad mientras invocaba su arma y la hacía girar con destreza.
“Esto te servirá”, dijo Bismuto mientras buscaba algo más, y de pronto lanzó unas pequeñas pelotas con púas hacia Amatista.
“En la guerra, una gema tenía algo parecido, solo que más largo.
Recuerda, esto requiere práctica, pero es útil si lo sabes manejar”.
Yo solo miraba todo, evaluando cómo Amatista combinaba la nueva herramienta con su látigo, cómo cada movimiento se sentía fluido y poderoso, pero también con precisión.
Años de experiencia de Bismuto se notaban en cada detalle el equilibrio, el peso, la manera en que la punta podía controlar ataques sin comprometer la velocidad.
“Y tú, hijo de Rose, ¿qué tienes?”, preguntó Bismuto, dirigiéndose a mí con una mirada que parecía atravesarme, evaluando si yo estaba listo para algo más.
“Lo mismo que mi madre”, dije mientras invocaba mi escudo.
El metal brillaba con un reflejo rosado, casi cálido al tacto.
El escudo parecía tener vida propia, como si reconociera mi energía y se adaptara a mis movimientos.
“Mmm…”, dijo Bismuto mientras observaba con atención, inclinando ligeramente la cabeza, midiendo cada detalle del escudo.
“Creo que tengo algo para ti”, añadió mientras rebuscaba entre varias piezas esparcidas por la forja.
Finalmente, me lanzó cinco picos.
Cada uno tenía un brillo especial, una energía contenida en su estructura.
“Cada pico hace lo de la estrella, ya sabes, como en las Crystal Gems.
Pero…
para decirte las cosas claras, evita invocarlos todos al mismo tiempo.
Son repugables, si es que lo hice bien y lo recuerdo”.
Me agaché, recogiendo cada pico y examinándolos cuidadosamente.
La textura, la forma, la densidad…
cada uno estaba pensado para complementar mi escudo, permitiendo ataques ofensivos o defensivos sin comprometer mi movilidad.
“Cada uno tiene su función”, continuó Bismuto, caminando entre nosotros.
“No se trata solo de fuerza bruta.
Tienen que aprender a sentir el metal, ser el metal, sentir el metal, lamer el metal”, lo dijo mientras lamia el metal haciendo sacar algunas gotas de sudor.
Luego de lo que sea que fue eso.
Observé cómo Perla ajustaba los picos en su arma, cómo Garnet probaba la fuerza de sus nuevos guantes, y cómo Amatista giraba su látigo con fluidez.
Cada uno estaba enfocado, pero había un brillo de emoción en sus ojos.
Incluso yo, con los cinco picos en mis manos y mi escudo, sentí un hormigueo de anticipación.
“Listos para probarlos?” dijo Bismuto, con una sonrisa de satisfacción.
“Recuerden, lo importante no es solo usar estas armas…
es sentirlas, conocerlas, hacer que se conviertan en parte de ustedes”.
Asentí, mirando a mis amigos.
Todos estábamos listos, conscientes de que lo que acabábamos de recibir no era solo equipo, era confianza, era historia, era fuerza concentrada en nuestras manos.
Y mientras el calor de la forja nos abrazaba, supe que algo nuevo había comenzado.
Observe a Lapiz, la cual, por obvias razones, hacía tiempo le había explicado a Bismuto que no tenían alguna Lapislázuli en la guerra, así que le haría algo diferente otro día.
“Por mí todo joya”, dijo Lapiz con tranquilidad.
“Aunque…”, añadio rapidamente.
“Te enseñare algunas herramientas muy chulas que tal vez te sirvan de referencia”.
Bismuto tuvo una sonrisa mientras asentia.
“Oh queria, claro que si yo acepto sugerencias”, dijo mientras señalaba algunos cuadros los cuales se mirabam algunas bases de armas un poco toscas”.
“Cada una de esas”, dijo bismuto.
“Son sugerencias de las anteriores gemas, asi que date gusto”.
Lapiz asentiria emocionada.
yo viendola masomenos sabria lo que pensaba.
“espero que no le diga una espada de minecraft”, pense con gotas de sudor.
Así nos dirigimos a una zona de arena donde podíamos entrenar un poco.
Pasaron las horas y todos probamos las armas.
Sinceramente, no recordaba que el Steven original tuviera púas en el escudo, pero estas eran retráctiles, formando un círculo dentro del escudo, y podía activarlas desde adentro cuando lo necesitara.
Era una combinación perfecta entre defensa y ataque.
Así transcurrió el entrenamiento hasta que todos se retiraron, menos Bismuto y yo.
La mencionada quería darme algo más, aunque Perla me lanzó una mirada que claramente decía: “Sé amable con ella o no te cocino hijo de puta”.
Ahora estábamos en una zona llena de lava, y podía sentir cómo el calor comenzaba a afectarme un poco.
“Oye, no es por molestar, pero soy mitad humano.
Si me quedo mucho tiempo aquí me deshidrataré”, dije con un poco de precaución.
Bismuto asintió distraídamente mientras buscaba algo entre las herramientas y materiales de la forja.
“Oye, tengo una duda”, dijo de repente Bismuto.
Steven solo levantó una ceja, como diciendo que continuara.
“¿Recuerdas…
recuerdas algo sobre Rose?
¿Sobre su gema?”, preguntó Bismuto, con un tono más serio que antes.
Vi lo que se venía y decidí hablar con sinceridad.
“Recuerdo partes…
no es un recuerdo completo.
Es como…
¿te acuerdas de cuando ves algo en la tele?
A veces lo sientes en primera persona, otras veces en tercera”, le expliqué.
Bismuto asintió, sin comprender del todo cómo eso podía ser parecido a algo.
“Te recuerdo de algo…
pero no vi cómo te metió en la burbuja, la verdad”, añadí, mirando sus ojos, notando cómo se tensaba un poco.
Bismuto respiró hondo y suavizó un poco su postura.
“Eso no importa, solo fue un desacuerdo”, dijo con claridad, dejando implícito que no quería que siguiera profundizando en el tema.
Yo asentí, entendiendo perfectamente su posición y respetando el límite que había marcado.
El silencio se hizo cómodo por unos segundos, mientras observábamos las brasas y la lava que chispeaba alrededor.
Era un momento extraño, mezclado entre tensión y curiosidad.
Bismuto continuó buscando entre sus herramientas mientras yo me mantenía alerta, consciente de que lo que viniera a continuación dependería de su decisión.
“Sabes”, dijo finalmente Bismuto, “hay muchas cosas que no entendí en su momento…
pero ahora puedo intentar ayudarte de la mejor manera”.
“Lo sé”, respondí con tranquilidad, observando cómo movía sus manos entre los materiales, concentrada.
“Solo quiero aprender y entender…
y creo que contigo puedo hacerlo”.
Ella asintió.
Mientras la lava chispeaba a nuestro alrededor y el calor nos envolvía, ambos sabíamos que ese momento marcaría el comienzo de algo más grande.
No había prisa, no había juicio, solo el presente y lo que podíamos construir juntos a partir de lo que quedaba del pasado.
Pero una pregunta me sacó de mis pensamientos.
“¿Qué opinas sobre romper gemas?” Levanté la vista y observé cómo ahora Bismuto sostenía un arma que reconocí de inmediato.
La había visto antes, aunque nunca tan cerca.
“¿Romper gemas?”, dije, haciéndome el desentendido.
Bismuto asintió lentamente.
“Sí.
Digamos que si el Planeta Madre viene…
¿romperías sus gemas?” La miré fijamente por unos segundos.
No fue una respuesta difícil.
“No”, dije con claridad.
Bismuto abrió la boca para preguntar el por qué, pero me adelanté antes de que pudiera hacerlo.
“Hace poco vinieron unas gemas del Planeta Madre”, continué.
“Conociste a Peridot, ¿no?” Bismuto asintió de inmediato.
“Bueno, ella fue una de ellas.” Pude notar la sorpresa en su expresión, no por la información en sí, sino por la facilidad con la que habíamos terminado trayendo a alguien del otro bando.
Pero aún no había terminado.
“La otra gema…
Jasper”, dije, bajando un poco la mirada.
“Digamos que no fue la mejor visitante en esta Tierra.” Recordé el dolor con demasiada claridad y eso me hizo apretar los puños mientras maldecia a cualquier ser superior por hacer mas perra a esta jasper.
Pero me calmé.
“Me dio la mayor paliza que he recibido”, añadí.
“Obligó a fusionarse a Peridot con dos gemas corruptas.” Los ojos de Bismuto se abrieron de par en par.
Claramente recordó las gemas corruptas que había visto en la habitación de Garnet.
“Qué desagradable osea ¿que diablos?”, dijo con evidente repulsión.
“Lo sé”, respondí, mirándola de nuevo.
Guardé silencio un momento antes de continuar.
“Créeme, se me pasó por la mente romperla”, confesé.
“Pero no…
no quiero hacerlo.” La lava fluía frente a nosotros, lenta y constante, y mis ojos la siguieron mientras hablaba.
“Tengo mis motivos”, añadí con calma.
Pasaron unos segundos antes de que volviera a hablar.
“Siento su dolor.” Bismuto me miró, visiblemente confundida.
“Si tú te rompieras aquí”, continué, ahora mirándola fijamente, “yo sentiría cómo tus fragmentos intentarían unirse.
Suplicándose unos a otros, queriendo volver a ser una sola…
sin poder hacerlo.” Los ojos de Bismuto se abrieron aún más, esta vez con algo distinto.
No era sorpresa, era inquietud.
“No le desearía ese final a nadie”, concluí.
“Ni a mi peor enemiga”, dije mientras miraba hacia el techo.
El silencio recorrió todo el lugar.
No era incómodo.
Era pesado.
Denso.
Como si incluso la lava hubiera reducido su murmullo para escucharnos.
Bismuto no dijo nada de inmediato.
Solo bajó la mirada hacia el arma que sostenía, como si por primera vez dudara de su peso, de su propósito.
Y yo, desde mi lugar, entendí que esa conversación había dejado una marca.
No sabía si buena o mala, pero real.
Y a veces, eso era más importante que cualquier respuesta.
“Eres diferente a tu madre”, dijo finalmente Bismuto mientras guardaba su arma, el punto de quiebre que había sostenido con firmeza ahora reposando a su costado.
Su voz tenía un tono más suave, casi reflexivo, como si midiera cada palabra antes de decirla.
Puse una ceja en alto.
“Pensé que eras ella”, dijo, tratando de ocultar la mezcla de sorpresa y alivio que sentía.
“Solo fingías, pero con esa respuesta…
bueno, ahora sé que realmente ella se ha ido.” Bismuto bajó la mirada unos segundos, como si revisara sus pensamientos.
Luego la levantó nuevamente, con un ligero sonrojo en sus mejillas.
“Lo siento por eso…
solo quería lo mejor para todos.
Que tú…
digo, Rose…
no dejases algo así sin resolver.” Su voz temblaba un poco al final, como si le costara hablar del pasado.
“¿La creías posible?”, pregunté, cruzando los brazos mientras observaba su expresión, buscando entender su perspectiva.
“Sí”, respondió sin dudarlo, con firmeza.
Sus ojos brillaban con la seguridad de alguien que había visto mucho, alguien que había sobrevivido a lo imposible y aún mantenía una brújula moral intacta.
No pude evitar soltar una risa ligera y negar con la cabeza.
Era curioso, pensaba, cómo cada gema que había conocido tenía esa fuerza interior que las diferenciaba.
Y Bismuto no era la excepción.
“Te quedas aquí, ¿no?”, pregunté finalmente, queriendo confirmar lo que intuía.
“Aquí me gusta”, dijo Bismuto, recorriendo con la mirada la forja, las herramientas, el calor de la lava cercana y el aroma metálico que impregnaba el aire.
“Aunque no dudes que llegaré a la base más tarde.
Tengo cosas pendientes, y no me gusta dejar nada sin revisar.” “Entendido”, respondí mientras le hacía un gesto con la mano, una señal simple de acuerdo y respeto.
Por un instante, ambos nos quedamos en silencio, escuchando el crepitar de la lava y el eco de nuestras respiraciones, el ambiente pesado pero tranquilo.
Me di cuenta de que, a diferencia de muchas otras veces, no había tensión entre nosotros.
No había conflictos ni juicios, solo una comprensión mutua.
Finalmente, Bismuto guardó un paso más firme, su postura se relajó y una pequeña sonrisa asomó en su rostro.
“Gracias por confiar en mí…
incluso con tu historia familiar tan complicada.” “Es algo que tengo que aceptar”, respondí.
“Y tú eres parte de esto ahora, aunque sea de manera diferente.
Por eso mismo quería que supieras cómo estaban las cosas.” Ella asintió, como entendiendo perfectamente, y ambos permanecimos en silencio unos segundos más, mirando la lava que pasaba lentamente, sintiendo la misma paz que tantas veces habíamos buscado en el templo y la arena celestial.
Con eso, supe que el conflicto, al menos por ahora, había quedado resuelto.
Steven se retiró unos pasos, dejando que Bismuto se acomodara y respirara.
No había necesidad de palabras extra; todo estaba claro.
La confianza se había establecido, y la comprensión mutua daba paso a una calma inesperada.
“Entonces…
hasta luego, Bismuto”, dije finalmente, con una sonrisa tranquila.
“Aquí me quedo…
por ahora”, respondió ella, mientras una ligera risa escapaba de sus labios.
Y así, evitando cualquier conflicto innecesario, la situación se resolvió de manera silenciosa, confiando en que el futuro tendría sus propias respuestas.
Fin del capítulo 68.
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