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Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 70

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70: Capitulo 70: Reflejos de un futuro.

70: Capitulo 70: Reflejos de un futuro.

Nota del autor: ¡Hola!

Perdón por la demora, andaba en unos asuntos de la universidad.

Vi que cumplieron con las 50 estrellas en Wattpad y las 150 piedras de poder en Webnovel, nuevo récord la verdad.

Incluso llegamos a 176 piedras en Webnovel, es increíble, sinceramente.

Siempre estoy agradecido con ustedes por el apoyo que le dan a este fanfic.

Trataré de traerles nuevos capítulos cuando pueda y cumplir con lo que prometo.

Además, mañana les subiré el otro capítulo prometido.

Y si quieren otro capítulo extra, debemos llegar a 50 estrellas en Wattpad y 120 piedras de poder en Webnovel.

Espero que no sea mucho pedir.

Continuemos: “Steven, esto no será fácil”, dijo Garnet mientras nos sentábamos en la sala de estrategia del templo.

Su voz estaba cargada de seriedad, algo que rara vez mostraba.

“He visto múltiples futuros, y en algunos de ellos no vuelves.

No todos son iguales, pero ninguno es perfecto”.

Me recosté un poco, tratando de procesar lo que decía.

“¿No vuelvo?

¿Qué quieres decir exactamente?” pregunté, intentando mantener la calma, aunque mi corazón latía con fuerza.

Garnet suspiró.

“En todos los futuros posibles donde Diamante Azul llega, la Tierra queda en peligro si no actúas.

En algunos, tu padre o incluso yo intentamos intervenir, pero…

tu presencia es lo que marca la diferencia.

Por eso necesitamos que vayas tú”.

“No entiendo…” dije, con la ceja levantada.

“¿Entonces estoy solo en esto?” “Sí”, dijo Garnet con firmeza.

“Serás el único que pueda resistir la influencia directa de un Diamante.

Nadie más tiene tu combinación de humanidad y mitad gema que permita sostenerlo”.

Peridot, que se había quedado callada hasta ese momento, intervino.

“Y con Bismuto de nuestro lado, podemos construir una nave que soporte el viaje.

No será perfecta, pero será suficiente para entrar y salir.

En un mes podría estar lista, y luego en otros dos te rescataríamos si algo sale mal”.

Observé a todos.

La magnitud de la situación me golpeó: estaba a punto de embarcarme en algo que podría cambiarlo todo, y no había margen para errores.

“Steven, necesitamos tu compromiso total”, añadió Garnet, mirándome fijamente.

“No es opcional.

Si esto falla, el planeta está en riesgo”.

Respiré hondo.

“Lo haré”, dije finalmente.

“Pero al menos…

necesito que me traigan comida, herramientas, todo lo que pueda guardar en mi gema para sobrevivir el tiempo que dure esto”.

Todos asintieron, y mientras Garnet empezaba a detallar la logística del viaje, Perla bajó la cabeza y susurró.

“Espero poder ser útil esta vez…

no quiero sentirme inútil de nuevo”.

Garnet colocó una mano en su hombro.

“No te culpes, Perla.

Haces todo lo que puedes, y eso es más de lo que muchos podrían soportar.

Esta misión es diferente.

La mayor parte del trabajo dependerá de Steven, pero todas nosotras haremos nuestra parte”.

Perla, sin embargo, miró al suelo.

“Pero siento que…

que solo estoy observando.

Que no puedo hacer nada útil”.

Amatista asintió levemente, con una sonrisa cansada.

“Yo tampoco soy la más útil en esto.

Siento que todo lo que hago es mínimo comparado con lo que Steven tiene que hacer”.

Perla cerró los ojos.

“No es justo.

Todo esto…

y no puedo hacer nada”.

Garnet miró alrededor, evaluando la moral de todas.

“Todos aportamos, incluso si no lo notamos.

Bismuto, Lápiz y Peridot serán clave en la construcción y logística, y tú y Amatista están aquí para mantener el equilibrio y apoyo.

No subestimes lo que significa estar preparadas”.

Mientras Garnet hablaba, Bismuto ya había comenzado a inspeccionar los materiales que reuniríamos para la nave.

“Necesitaré acero especial, algunas aleaciones de la forja de lava, y refuerzos que puedan absorber energía de gema”, dijo, su voz firme y concentrada.

“Si hacemos esto bien, la nave será lo suficientemente resistente como para entrar y salir del planeta madre sin ser detectada”.

Peridot estaba a su lado, ajustando pantallas holográficas y calculando trayectorias posibles.

“Si colocamos los estabilizadores en estos puntos, podremos manipular la gravedad local para que la nave pueda evadir sensores de energía”, explicó.

“No será perfecto ya que en el planeta madre es mucho mas avanzado, solo necesitamos velocidad para esto, intentaremos llegar a una proximidad de una nave de las rubies, funcionará”.

Yo observaba todo, guardando mentalmente cada paso.

Mientras Peridot y Bismuto discutían sobre el diseño y lapiz observaba desde el fondo siempre atenta aunque preocupada si las miradas que me lanzaba era algo que significara algo.

Perla se acercó y tocó mi brazo suavemente.

“Sé que no es lo mismo que estar en el campo de batalla, pero…

confío en ti”.

Su voz tenía un peso, una mezcla de temor y esperanza.

Me giré y les sonreí.

“Lo entiendo, y lo haré por todos.

Pero recuerden…

voy a necesitar cargadores, comida, agua, y…

paciencia mucha paciencia, es como que me lleven los zetas a un lado”, dije mientras me recostaba en un sillón cercano.

El ambiente era tenso, pero estaba lleno de propósito.

Garnet cruzó los brazos, y aunque no dijo nada más, su mirada lo decía todo: el futuro estaba sobre nosotros, y solo juntos podríamos tener alguna oportunidad.

Bismuto ya se movía, preparando herramientas, ajustando matrices de energía para soldaduras y pruebas de resistencia.

Peridot ajustaba códigos y coordenadas en la pantalla.

Perla y Amatista revisaban suministros y armamento que debía viajar conmigo.

Yo observaba todo, consciente de que en poco tiempo este proyecto dejaría de ser un entrenamiento o un juego.

Esto era real.

Esto era la diferencia entre un planeta intacto y una invasión que no podríamos detener.

El sol comenzó a ocultarse, y mientras la luz dorada bañaba la base, supe que este sería mi último día de relativa calma antes de enfrentar lo inevitable.

“Vamos a hacerlo bien”, dije finalmente, mirando a cada una de ellas.

“Si esta es la única forma de mantener la Tierra…

entonces hagámoslo”.

Después de dar mis últimas indicaciones sobre la nave y asegurarme de que cada una supiera su papel, me levanté con tranquilidad.

“Bueno, voy a mi cuarto a prepararme un poco”, dije, intentando sonar relajado.

Garnet me miró fijamente, sin decir palabra, y noté un destello de preocupación en sus ojos.

Perla cruzó los brazos, tratando de disimular la inquietud, pero el temblor leve en sus dedos delataba su tensión.

Amatista miraba hacia otro lado, jugueteando con un fragmento de metal de prueba, tratando de distraerse de la sensación de impotencia.

Bismuto estaba callada, con la mirada fija en la puerta, y su respiración era más pesada de lo normal.

Incluso Peridot, normalmente fría y meticulosa, bajó la cabeza, ajustando una de sus pantallas como si eso pudiera desviar la realidad: Steven iba a ir solo, y ellas no podían hacer nada para detenerlo.

“¿Va a estar bien?” murmuró Amatista, apenas audible, mientras sus ojos seguían cada paso que daba.

“No es solo una misión más, es algo mucho mas dificil, solo esperemos lo mejor”, respondió Perla, con la voz cargada de un peso que no podía ocultar.

“Si algo le pasa…

no podemos interferir directamente.

Solo…

tenemos que confiar”.

Garnet simplemente asintió, su expresión rígida, pero sus ojos seguían la silueta que avanzaba hacia el pasillo.

Cada uno de sus movimientos parecía medido, consciente de que esta vez no habría margen de error.

Yo caminé lentamente, dejando que cada uno absorbiera la tensión.

Sentía la mirada de cada gema, el miedo silencioso, la preocupación que no necesitaba palabras para mostrarse.

La nave, las pruebas, Diamante Azul…

todo estaba sobre mis hombros, y ellas lo sabían.

Cuando llegué a la puerta de mi cuarto, me detuve un momento.

“No se preocupen, voy a estar bien”, dije con una sonrisa ligera, aunque dentro sentía el peso de la situación.

Cerré la puerta detrás de mí, y un silencio pesado cayó sobre el grupo.

El eco de mis pasos parecía prolongarse en el pasillo, dejando a cada gema con su propio pensamiento.

Perla apoyó la frente contra la pared, sus dedos apretando ligeramente.

“No puedo hacer nada…

es frustrante”, murmuró, aunque nadie respondió.

Garnet respiró hondo, intentando canalizar su control habitual, pero incluso ella no pudo ocultar un leve estremecimiento.

Bismuto seguía rígida, mirando la puerta cerrada, y Peridot finalmente levantó la vista, con un destello de ansiedad en sus ojos normalmente calculadores.

Amatista se cruzó de brazos, balanceándose ligeramente, como si el movimiento pudiera aliviar la sensación de impotencia que la llenaba.

Todas sentíamos lo mismo: Steven iba a enfrentarse a algo enorme, solo, y ninguna de nosotras podía intervenir directamente.

El silencio se prolongó, pesado, mientras cada una procesaba la realidad de la situación.

La tensión no era solo miedo; era respeto por lo que Steven tenía que hacer, por la responsabilidad que llevaba sobre sus hombros.

Y aunque nadie lo dijera en voz alta, sabíamos que el destino de la Tierra, por ahora, estaba en manos de su mitad humana, mitad gema.

Desde mi cuarto, escuchaba sus respiraciones y pequeños movimientos aunque era mas su mente dandole una mala jugada: cada suspiro, cada gesto, marcaba el ritmo de la tensión que llenaba el templo.

No había risas, ni bromas; solo la conciencia compartida de que lo que venía era serio, y que yo debía estar preparado para todo.

Steven miró las nubes rosas que flotaban lentamente a su alrededor, esas nubes que siempre habían sido un refugio, un lugar seguro donde pensar sin interrupciones.

Esta vez no funcionó.

De golpe, todo su cuerpo se tiñó de rosa, como una reacción involuntaria, un reflejo de algo que no estaba logrando controlar.

Las piernas le fallaron y cayó de rodillas al suelo, con las manos temblando, sintiendo cómo la frustración le apretaba el pecho.

Todo estaba bien.

Eso era lo peor.

El Cluster seguía estable, Lápiz y Peridot estaban bien, cada una a su manera.

Sí, una de ellas aún cargaba con traumas que no se iban a borrar fácilmente, pero estaba viva, estaba libre.

Bismuto ya no estaba atrapada en una burbuja, caminaba de nuevo bajo el mismo cielo que había defendido en la guerra, y aunque no todo era perfecto, estaban en los mejores términos posibles.

Incluso eso había sido gracias a su madre, le gustara o no admitirlo.

Steven apretó los dientes.

Al fondo del lugar, casi como una presencia constante que nunca se iba del todo, estaba el holograma de su madre.

Rose lo observaba con una expresión que parecía mezcla de tristeza y preocupación, como si supiera exactamente lo que estaba pasando por su mente.

“No me hables”, dijo con seriedad, sin levantar la voz, pero cargando cada palabra de peso.

Entonces volvió a pasar.

Las voces.

Pensó que ya se habían ido, que aquel ruido constante en su cabeza había quedado atrás después de la paliza, después del entrenamiento, después de obligarse a crecer demasiado rápido.

Pero no.

Regresaron, claras, hirientes, como cuchillas bien afiladas.

“¿Qué pasa?…

eres patético…

no puedes ni descansar en paz.” Steven se llevó una mano a la cabeza, respirando con dificultad.

“Moriste una vez y aun así sigues siendo patético…

deberías dejar que te caiga nuevamente una roca en la cabeza, al menos ahí salvaste a alguien.” Cerró los ojos con fuerza.

No eran recuerdos exactamente buenos, tampoco voces externas si no Eran pensamientos, fragmentos de culpa, miedo y auto desprecio que se colaban cuando bajaba la guardia.

Cuando no estaba entrenando, cuando no estaba salvando a nadie, cuando simplemente era Steven y nada más.

Su cuerpo temblaba mientras permanecía en el suelo de su habitación, el único lugar donde se permitía caer de esa manera.

No quería que nadie lo viera así.

No Garnet con su serenidad, no Perla con su culpa silenciosa, no Amatista con sus bromas defensivas.

Nadie.

Necesitaba ayuda, eso lo sabía.

No era ignorancia ni orgullo, era una certeza incómoda que le pesaba en el pecho.

Pero explicar el porqué era otra cosa.

No sabía cómo ponerlo en palabras sin que sonara trivial o exagerado.

No sabía cómo decir que, incluso cuando todo estaba “bien”, su cabeza seguía siendo un campo de batalla.

Steven se quedó ahí, respirando despacio, dejando que el color rosa comenzara a desvanecerse poco a poco.

No estaba curado.

No estaba resuelto.

Pero seguía de pie, al menos por ahora, y eso tendría que ser suficiente.

Por el momento.

Solo haré lo que pueda.

Y si eso no es suficiente, daré el ciento veinte por ciento.

Si aun así no alcanza, daré el doscientos.

Y si tampoco funciona…

bueno, siempre existe la opción de acuchillar a Diamante Blanco con el machete en mi mochila.

Una de dos.

Steven miró a la nada, dejando que esa idea flotara unos segundos más de lo debido.

“Qué puta mierda estoy pensando”, murmuró para sí mismo mientras invocaba un espejo frente a él.

El reflejo no tardó en aparecer.

Su forma rosa estaba completamente activa, la piel teñida de ese tono intenso y los ojos brillando como diamantes, demasiado luminosos para resultar cómodos.

Se observó fijamente, buscando algo en su propia mirada que no supo identificar.

Determinación, tal vez.

O cansancio.

O ambas cosas al mismo tiempo.

Entonces lo notó.

En el espejo, detrás de él, una figura comenzó a tomar forma.

Steven no se giró de inmediato.

Miró el reflejo con atención, sabiendo perfectamente quién era, o mejor dicho, qué era.

Sabía que ese lugar le pertenecía, que él mandaba ahí dentro.

Y sabía también que, si esa figura estaba frente a él, era porque una parte de sí mismo lo había permitido.

Aun así, se levantó.

Las lágrimas de frustración le ardían en los ojos, pero no cayeron.

No todavía.

“¿Alguna vez pensaste en tus fracasos?”, dijo con seriedad, mirando de frente al reflejo de la diamante que ahora ocupaba todo el espejo.

Era su madre.

Rose.

Diamante Rosa.

En su verdadera forma, alta, imponente, perfecta.

Un holograma, nada más.

De ella solo quedaba la gema…

y aun así, su presencia seguía pesando como si nunca se hubiera ido.

“No”, respondió la figura sin emoción alguna.

Steven apretó los dientes.

“El único error que no cometí fue tenerte”.

El golpe fue seco, directo, incluso sabiendo que esas palabras no eran del todo reales.

Steven la miró fijamente a los ojos.

Ojo a ojo.

Diamante contra diamante.

Durante unos segundos que parecieron eternos, ninguno apartó la mirada.

Finalmente, Steven resopló, más cansado que enojado.

“Ya”, dijo, apartando un poco la vista.

“Ahora dime algo útil”.

Comenzó a caminar hacia el vacío rosado que rodeaba el lugar, sintiendo cómo su respiración se iba calmando poco a poco.

“Recuérdame cómo son los tres Diamantes.

Quiero cada detalle.

No importa si tienes que buscar en esta gema que tengo, quiero todo.

Sus formas, sus actitudes, sus errores.

Todo”.

El holograma de Diamante Rosa lo siguió, flotando a su lado, mientras comenzaba a hablar.

Su voz era constante, casi clínica, describiendo a Diamante Blanco con su control absoluto y su visión distorsionada de la perfección.

A Diamante Azul con su dolor eterno, su melancolía convertida en autoridad.

A Diamante Amarillo con su rigidez, su obsesión por el orden y la eficiencia, incapaz de tolerar la debilidad.

Steven escuchaba en silencio, asintiendo de vez en cuando, grabando cada palabra.

No lo hacía por curiosidad.

Lo hacía porque pronto tendría que enfrentarlos, de una forma u otra.

Y esta vez, no como un niño confundido, sino como alguien que entendía exactamente a qué se estaba enfrentando.

Mientras el relato continuaba, Steven sintió algo acomodarse dentro de él.

No era paz.

No era confianza plena.

Era preparación.

Y eso, por ahora, era suficiente.

Fin del capítulo 70.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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