Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 72
- Inicio
- Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga
- Capítulo 72 - 72 Capitulo 72 Silencio Azul
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
72: Capitulo 72: Silencio Azul.
72: Capitulo 72: Silencio Azul.
Nota del autor: ¡Hola!
Este capítulo es esencial para la trama, así que pido lo mismo para Wattpad y Webnovel: 50 estrellas y 170 piedras de poder.
Siempre estoy muy agradecido por su apoyo, y por casi 400k vistas en Webnovel y 40k en Wattpad.
Ustedes son unos cracks, ¡sigan así!
Si ven algún error, coméntenlo; a veces me pega una dislexia de miedo.
Dejen sus reseñas y comentarios, que me gustan muchísimo.
Sin nada más que decir… Continuemos: Diamante Azul permanecía inmóvil frente al cristal de observación de su nave.
El espacio se extendía ante ella como un océano sin fondo, silencioso, eterno, indiferente a cualquier conflicto.
Las estrellas no juzgaban, no obedecían, no exigían.
Simplemente existían.
En eso, el vacío siempre le había resultado cruelmente honesto.
Sus manos descansaban juntas, tensas, como si contuvieran algo que no debía escapar.
La conversación con Diamante Blanco regresó a su mente sin pedir permiso.
No había sido una discusión.
Ni siquiera podía llamarse diálogo.
Diez palabras exactas.
Diez palabras después de varios ciclos solares sin verse.
Un nuevo récord, irónicamente inútil.
Nada se había resuelto.
Nada se había concedido.
Rosa no fue mencionada como persona, solo como antecedente, como error histórico, como variable cerrada.
Diamante Azul apretó los dedos con lentitud.
“No sirve de nada”, pensó.
Si Rosa estuviera allí, no habría aceptado ese silencio.
No habría permanecido quieta mirando estrellas como si el universo fuera una respuesta suficiente.
Rosa habría hablado, habría insistido, habría desafiado.
No por orgullo, sino por convicción.
Siempre por convicción.
La proyección del espacio se desplazó ligeramente cuando la nave ajustó su trayectoria.
Diamante Azul apenas lo notó.
Su mente ya estaba en otro lugar.
En la Tierra.
En ese pequeño planeta que el Imperio había catalogado como fallido, ineficiente, prescindible.
Allí estaba el palanquín.
Esa estructura que no servía para nada estratégico, que no producía recursos, que no imponía autoridad.
Para el Imperio era un objeto inútil.
Para ella, era un recuerdo intacto.
Uno de los pocos que no había sido contaminado por informes, reconstrucciones o mentiras piadosas.
No era nostalgia lo que sentía.
Tampoco debilidad, aunque Blanco seguramente lo llamaría así.
Era algo más preciso.
Conservación.
La voz de Diamante Amarillo apareció en su mente, clara, firme, como siempre.
El planeta sería destruido.
No por crueldad, sino por eficiencia.
El Imperio no podía permitirse anomalías.
Diamante Azul cerró los ojos.
“No esta vez, no dejare que me quiten lo poco que tengo de ella”.
La decisión no fue explosiva ni heroica.
No hubo un instante dramático en el que todo cambiara.
Fue más bien como una grieta que llevaba siglos formándose y que, por fin, se hacía visible.
Si la Tierra debía desaparecer, al menos algo de Rosa debía sobrevivir.
Algo que no pudiera ser reducido a una nota al pie ni eliminado por orden superior.
El palanquín no era un símbolo político para ella.
Era un espacio importante.
Un lugar donde Rosa había sido Rosa sin máscaras, sin títulos extravagantes, obvio solo para ella, sin expectativas impuestas por el Imperio por ellas…
Un lugar donde había reído, pensado, dudado.
Diamante Azul abrió los ojos y observó el reflejo de su propia figura en el cristal.
Por un instante, no vio a una Diamante.
Vio a alguien cansado de obedecer en silencio a diamante blanco.
“Si estuvieras aquí”, murmuró en voz baja, sabiendo que nadie la escucharía, “no te estaría dejando sola otra vez”.
La nave avanzaba con suavidad, casi con respeto.
Los sistemas no requerían intervención.
Todo estaba funcionando con precisión impecable gracias a las gemas que chambearon para la nave.
Diamante Azul se apartó del cristal y caminó lentamente por la sala de mando.
Cada paso resonaba con una calma artificial ni modo que organica verdad.
Recordó a Diamante Amarillo, siempre devota al orden, siempre ejecutando sin dudar.
Amarillo había encontrado su forma de desahogo tras la muerte de Rosa.
Trabajo.
Acción.
Control.
Ella no.
Ella había llorado.
Durante siglos.
En silencio.
Se detuvo frente a una proyección parcial del planeta.
Azul y blanco, pequeño, frágil.
Tan distinto a las colonias perfectas del Imperio.
Rosa lo había amado por eso mismo.
“No voy a desafiar a Blanco”, pensó con amargura.
“Pero tampoco voy a entregarte al olvido Rosa”.
La nave comenzó a desacelerar.
La Tierra estaba cada vez más cerca.
Diamante Azul sintió algo que no había sentido en mucho tiempo.
“Tengo esperanza de algo”, penso con un poco de sarcasmo.
Si Amarillo tenía razón y el planeta debía ser destruido, entonces el palanquín no podía quedarse allí.
No sería testigo de otra pérdida.
No permitiría que lo último que quedaba de Rosa se perdiera entre escombros y fuego.
El silencio volvió a envolver la sala.
Un silencio distinto.
No vacío.
No estéril.
Un silencio cargado de intención.
Diamante Azul regresó al cristal y observó el planeta una última vez antes de la maniobra final.
Sus labios se curvaron apenas, no en una sonrisa, sino en algo parecido a una promesa.
“Espérame”, susurró.
“Tendre lo poco que queda de ti”.
Y la nave continuó su curso.
Diamante Azul se volvió a acomodar en su asiento gigante, diseñado para una autoridad que nunca debía dudar.
“Perla”, dijo diamante azul.
La Perla Azul se giró de inmediato, con la postura perfecta, la espalda recta y las manos juntas frente a su cuerpo.
No había temor en su expresión, solo atención absoluta.
Si su diamante decidía incendiar el Imperio, ella sería la primera en traer la antorcha para invadir alemania.
“Sí, mi diamante”.
Diamante Azul observó la proyección del espacio frente a ella durante unos segundos antes de hablar.
No porque necesitara pensar la pregunta, sino porque necesitaba la respuesta correcta, no la obediente.
“¿Cómo va el zoológico humano?”.
La Perla Azul guardó silencio.
No por nervios, hace tiempos habia quitado eso sino por cálculo.
Giró ligeramente la cabeza y desplegó una serie de pantallas holográficas, datos desplazándose con rapidez mientras accedía a registros que muy pocas gemas tenían permitido consultar sin autorización directa.
“Mi diamante…
el sistema sigue operativo”.
Diamante Azul entrelazó los dedos.
“Eso no responde lo que pregunté”.
La Perla Azul asintió levemente.
“Los humanos siguen vivos.
Se reproducen.
Se adaptan.
Pero el mantenimiento es deficiente”.
Una nueva proyección apareció.
Cápsulas, estructuras suspendidas, campos de contención antiguos.
“Diamante Amarillo ha bloqueado el envío de gemas técnicas.
El zoológico se sostiene únicamente gracias a una Peridot solicitada hace aproximadamente cinco mil años”.
Diamante Azul levantó una ceja.
“¿Una sola?”.
“Sí, mi diamante.
Una Peridot de primera generación.
Solicitó refuerzos técnicos hace milenios, pero la orden nunca fue aprobada”.
Diamante Azul observó la imagen con atención.
Una sola gema manteniendo con vida a toda una instalación diseñada para miles de años.
Aquello no era eficiencia imperial.
Era negligencia.
“¿Está rota?”.
La Perla Azul negó con suavidad.
“Es improbable.
Las Peridot de primera generación son notablemente resistentes.
Sin embargo…
presenta patrones de comportamiento erráticos”.
Diamante Azul exhaló despacio.
“Rosa habría estado furiosa”.
No lo dijo con reproche.
Lo dijo como un hecho.
La Perla Azul bajó ligeramente la mirada.
No por vergüenza, sino por respeto a un nombre que aún pesaba incluso en ausencia.
Diamante Azul activó otra pantalla mientras comenzaba a revisar juicios pendientes, colonias en evaluación, conflictos menores que normalmente habría resuelto sin pensar.
Hoy, sin embargo, todo parecía secundario.
“¿Qué debería hacer, Perla?”.
La pregunta quedó suspendida en el aire.
La Perla Azul se quedó quieta.
No respondió de inmediato.
Miró hacia el vacío proyectado más allá de los cristales de la nave, como si pudiera encontrar allí una respuesta que no estuviera condicionada por protocolos.
Pensó.
Pensó como gema.
Pensó como herramienta.
Pensó, sobre todo, como alguien que conocía a su diamante mejor que nadie.
“Yo diría…
que deberíamos enviar refuerzos”.
Diamante Azul no levantó la vista, pero su atención estaba completamente en ella.
“Gemas de etapa dos y etapa uno.
No demasiadas.
Solo las necesarias.
Eficientes.
Silenciosas por el tipo de instalacion mi diamante”.
Diamante Azul asintió lentamente.
“Cinco Peridot más…
¿y otra Ágata?”.
La Perla Azul negó con calma.
“Ya hay una Ágata asignada al zoológico, mi diamante.
Su desempeño es adecuado”.
Diamante Azul hizo un gesto con la mano y las órdenes comenzaron a transmitirse.
“Cinco Peridot, entonces”.
Se detuvo un segundo.
“Y suministros adicionales”.
La Perla Azul inclinó la cabeza.
“¿Esencia de diamante?”.
Diamante Azul parpadeó, sorprendida.
“¿Tambien?”, respondio con dudas.
“Si desea mantener por otros milenios si mi diamante”, dijo la perla con firmesa.
…
…
“Esta bien”, dijo finalmente diamante azul.
la perla asentiria mientras trabajaba en las ordenes.
diamante azul guardo silencio pero una pregunta tonta vendria a su cabeza.
“¿Siguen vivos?”.
La diamante permitió que una mínima curiosidad se filtrara en su voz.
“Sí mi diamante.
Aunque no son los mismos individuos.
Son sus descendientes.
Según los registros humanos…
se les llama hijos”.
Diamante Azul observó la proyección con una atención distinta.
Curiosa.
Rosa había hablado de ellos.
De su fragilidad.
De su capacidad de cambiar en periodos absurdamente cortos.
De cómo, a pesar de todo, seguían adelante.
“Rosa quería protegerlos”, pensó.
Y ese pensamiento, aunque no lo expresó, le apretó algo en el núcleo.
“Envíen la esencia”, dijo finalmente.
“La mínima necesaria”.
La Perla Azul asintió y ejecutó la orden sin dudar.
Ambas continuaron trabajando en silencio durante varios ciclos.
La nave avanzaba sin esfuerzo, regenerándose constantemente, ajustándose sola, perfecta en su función.
No requería tripulación extensa.
Era una nave de diamante.
Diamante Azul apoyó la barbilla sobre una mano, observando cómo las estrellas se desplazaban lentamente.
Solo dos gemas a bordo.
Ella y su Perla.
Por dos razones muy simples.
La primera, porque era una diamante, y nadie tenía autoridad real para decirle a dónde podía o no ir.
El Imperio se construyó alrededor de ellas, no al revés.
La segunda, porque aquella nave no podía fallar.
Y si lo hacía, se repararía sola.
Como siempre.
La Perla Azul observó a su diamante de reojo.
La conocía lo suficiente para notar el cambio.
No era tristeza.
No exactamente.
Era resolución.
“Mi diamante”, dijo con suavidad.
“¿Nos dirigimos a la Tierra?”.
Diamante Azul tardó unos segundos en responder.
“Sí”.
La Perla Azul asintió, satisfecha.
No necesitaba saber más.
Mientras la nave ajustaba su curso, Diamante Azul cerró los ojos un instante.
“Rosa…
qué desastre dejaste”, pensó.
“Y aun así…
sigo queriendo salvar lo poco que queda”.
Y esta vez, no iba a dejar que se la arrebataran.
Ambos continuaron con sus trabajos en el imperio.
De la nada, una llamada entrante interrumpió la calma.
“¿Eh?”, murmuró Azul, confundida, al notar que la señal no iba dirigida a ella, sino a su Perla.
“¿Quién es, Perla?”, preguntó, girando ligeramente la cabeza.
“Enseguida se lo confirmo, mi Diamante”, respondió Perla con absoluta tranquilidad mientras revisaba el canal.
Sus ojos se entrecerraron apenas un segundo.
“Es mi Diamante Amarillo.” Fin del capítulo 72.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com