Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 73
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Capítulo 73: Capitulo 73: La locura consume al autor.
Nota del autor: Me mamé en este capítulo. Me puse bien mamón con los detalles y me estaba cagando de risa con la gente de Discord mientras lo escribía. Sin nada más que decir…
Continuemos:
Diamante Azul mantuvo la postura erguida en su asiento, las manos apoyadas con elegancia sobre los reposabrazos mientras la pantalla terminaba de estabilizarse.
La luz amarilla inundó la sala de mando y, poco a poco, la figura imponente de Diamante Amarillo tomó forma.
Su silueta era rígida, angulosa, como si incluso a través de una transmisión siguiera marcando territorio.
Durante unos segundos no dijo nada, observando con detenimiento, analizando cada mínimo gesto de su hermana.
Diamante Azul ladeó ligeramente el rostro, con una serenidad casi ensayada.
La Perla Azul permanecía a un costado, en silencio absoluto, con la mirada baja y la atención fija en la transmisión.
Finalmente, Diamante Amarillo habló.
“Azul…”, dijo con una voz firme, pero menos cortante de lo habitual.
“Hace ciclos que no recibimos informes directos tuyos. Tus apariciones en los consejos han sido… escasas.”
Azul parpadeó despacio, como si la observación no tuviera peso alguno.
“El imperio no se ha detenido por mi ausencia. Todo sigue funcionando con precisión, como siempre.”, claramente se notaba que esto no era la primera vez.
Amarillo frunció ligeramente el ceño.
“Eso no responde a mi pregunta.”, amarillo tenía una cara de que a quien crees subnormal.
Un silencio breve se instaló entre ambas.
El tipo de silencio que no incomodaba, pero sí tensaba. Azul suspiró con suavidad, inclinándose apenas hacia adelante.
“He estado ocupada”, respondió con calma azul.
“Asuntos pendientes. Antiguos. Cosas que requieren… atención personal ya sabes cosas que he hecho desde la segunda era.”
Amarillo cruzó los brazos.
“¿Asuntos personales? ¿Segunda era?”, repitió Amarillo, con un dejo de incredulidad.
“No es propio de ti dejar de lado responsabilidades imperiales por… sentimientos, o ¿Me equivoco?”
Azul esbozó una sonrisa casi imperceptible.
“Curioso que lo menciones. Pensé que comprenderías mejor que nadie que algunas cosas no desaparecen solo porque decidamos ignorarlas.”
La mirada de Amarillo se endureció un instante, pero luego se suavizó.
“No estoy aquí para discutir filosofía humana, Azul. Estoy… preocupada.”
Esa palabra quedó flotando en el aire. Azul alzó una ceja, genuinamente sorprendida, aunque no lo demostró del todo.
“¿Preocupada?”, repitió azul un poco con interés.
“Has estado distante”, continuó Amarillo.
“Inactiva. Delegando más de lo habitual. Incluso Blanco ha notado tu ausencia.”
Azul bajó la mirada un segundo, lo justo para que no pareciera evasión, sino reflexión.
“Tengo que calcular esto, no quiero que me controle blanco”, lo pensó con un poco de miedo pero continúo.
“Blanco siempre lo nota todo”, dijo con voz neutra azul.
“Eso no significa que siempre deba intervenir.”
“Significa que tu estado es relevante”, replicó Amarillo.
“Eres un pilar del imperio. Cuando uno de nosotros se desestabiliza, el sistema entero lo resiente, como paso con Rosa”
Azul negó lentamente con la cabeza.
“No estoy desestabilizada, ademas”, dijo con un poco de hostilidad.
“No menciones a Rosa”, lo dijo con desdén.
“Entonces explícamelo”, exigió Amarillo, aunque su tono ya no era tan agresivo por el último comentario de azul.
“Explícame por qué llevas tanto tiempo sin emitir órdenes directas, por qué tus cortes están en pausa, por qué has pasado más tiempo fuera del núcleo que dentro.”
Azul entrelazó los dedos, observando el reflejo del espacio en la pantalla, como si las estrellas fueran una distracción conveniente.
“Porque necesitaba distancia.”
“¿De qué?”, preguntó Amarillo sin rodeos.
Azul tardó un poco más en responder.
“De decisiones que no tomé yo. De errores que seguimos pagando. De… recuerdos que simplemente no se van aunque pasen las décadas.”
El silencio volvió, esta vez más pesado. Amarillo la observó con atención, como si buscara fisuras, grietas, algo que justificaría una intervención más directa.
“¿Tiene esto que ver con la Tierra?”, preguntó finalmente.
Azul no respondió de inmediato. Sus ojos se fijaron en un punto indefinido, más allá de la pantalla.
“La Tierra es… un vestigio”, dijo con lentitud.
“Uno de los últimos.”
“De Rosa”, completó Amarillo.
Azul asintió, apenas.
Amarillo exhaló con fuerza.
“Azul, ya hemos hablado de esto. El planeta es ineficiente. Consume recursos, alberga vida innecesaria y simboliza una desviación que Blanco dejó clara que no debe repetirse.”
“Y aun así sigue ahí”, replicó Azul con suavidad.
“Intacto. Vivo, como Rosa quería”
“Por indulgencia”, respondió Amarillo.
“Por paciencia. No por utilidad.”
Azul la miró entonces directamente.
“¿Y tú crees que todo debe existir solo por utilidad?”
Amarillo apretó la mandíbula.
“Creo que el imperio no puede construirse sobre nostalgia.”
“Tal vez no”, concedió Azul.
“Pero tampoco puede sostenerse solo con órdenes que no podemos negar, o no siempre.”
Amarillo negó con la cabeza.
“Estás hablando como Rosa.”
La frase cayó como un golpe sutil. Azul no se inmutó, pero algo en su expresión se endureció por un instante.
“Rosa también era un Diamante”, dijo con firmeza contenida.
“Aunque a muchos les convenga olvidarlo.”, lo dijo con furia.
Amarillo guardó silencio unos segundos.
“No he venido a reprochar nada”, dijo finalmente.
“He venido a saber si sigues siendo… tú.”
Azul dejó escapar una breve risa, casi triste.
“Nunca dejé de serlo.”
“Entonces demuestra que sigues comprometida”, dijo Amarillo.
“El tema del zoológico humano ha vuelto a la mesa. Hay… discusiones.”
La Perla Azul alzó la vista un segundo, pero volvió a bajarla de inmediato.
“Lo imaginé”, respondió Azul.
“Por eso estoy en camino.”
Amarillo arqueó una ceja. “¿En camino?”
“Al sector”, aclaró Azul.
“Quiero observar personalmente el estado del zoológico. Evaluar. Decidir.”
Azul miro hacia la nada.
“Si todavía merece estar activo en los próximos siglos”.
“Eso puede interpretarse como interferencia”, advirtió Amarillo.
“También como responsabilidad”, replicó Azul.
“Fue una creación vinculada a Rosa. Es lógico que yo me encargue, como alguien que se comprometió con la mayoría de gemas de Rosa.”
Amarillo la estudió con detenimiento.
“No te opondrás a una corrección si se determina necesaria.”
Azul sostuvo su mirada.
“No me opondré a una conversación.”
“Azul”, dijo Amarillo con un tono más severo.
“Blanco no tendrá paciencia infinita.”
“Nadie la tiene”, respondió Azul con calma.
“Por eso debemos hacer las cosas bien.”
Un nuevo silencio se formó, menos tenso, más reflexivo. Amarillo bajó ligeramente los brazos.
“Hace tiempo que no hablamos así”, admitió.
“Sin órdenes. Sin juicios o lo máximo que hemos llegado con la presencia de blanco”.
Azul asintió. “Tal vez hacía falta.”
Amarillo dudó un instante. “Si esto te afecta más de lo que admites…”
“Lo manejaré”, interrumpió Azul con suavidad.
“Siempre lo hago.”
Amarillo suspiró.
“Muy bien. Si vas a involucrarte, hagámoslo de frente.”
Azul inclinó la cabeza. “Eso pensaba.”
“Entonces dime”, dijo Amarillo.
“¿Cuándo?”
Azul miró un panel lateral, como si ya tuviera la respuesta preparada.
“En tres ciclos o menos depende de mi humor. En el zoológico humano.”
Amarillo frunció el ceño.
“Es humor sensible.”
“Precisamente”, respondió Azul.
Amarillo guardó silencio unos segundos más. Luego asintió lentamente.
“De acuerdo.”
La Perla Azul levantó apenas la cabeza, sorprendida por presenciar nuevamente a dos diamantes en un solo punto.
“Estaré ahí”, continuó Amarillo.
“Pero no esperes indulgencia.”
“Nunca la he pedido”, dijo Azul.
Amarillo la observó una última vez.
“Cuídate, Azul.”
La transmisión comenzó a desvanecerse.
“Siempre lo hago”, respondió ella, mientras la imagen de Diamante Amarillo desaparecía por completo.
La sala quedó en silencio, acompañada solo por el suave zumbido de la nave. Diamante Azul cerró los ojos un instante, respirando hondo, antes de volver a abrirlos y fijarlos en el vacío del espacio, donde la Tierra aguardaba, pequeña, frágil y cargada de recuerdos que el imperio nunca supo cómo borrar.
Diamante Azul observó a su Perla durante unos segundos, evaluándola en silencio, como si organizara ideas que no terminaban de tomar forma.
El brillo de las pantallas se reflejaba en su rostro, frío y sereno, aunque por dentro su mente no dejaba de moverse.
“Perla, primero vamos a la Tierra, tal como lo tenías planeado”, dijo finalmente con voz tranquila.
“Eso será más que suficiente antes de dirigirnos al zoológico.”
“Como ordene, mi Diamante”, respondió la Perla Azul sin dudar, deslizando los dedos con precisión sobre los paneles de control mientras introducía nuevas coordenadas. Su tono era suave, automático, pero eficiente.
Azul apoyó el codo en el brazo del asiento, llevando una mano al mentón.
“Ah… cierto”, añadió como si acabara de recordar algo de poca importancia.
“Del planeta madre deja tres esmeraldas, si es posible.”
La Perla asintió mientras anotaba con rapidez.
“Y también dos morganitas”, continuó Azul con un leve gesto distraído.
“Quiero algo nuevo en mi base. Siento que… deberíamos actualizarnos.”
No había reproche ni urgencia en sus palabras, solo una necesidad silenciosa de cambio un capricho de una gema gigante y culona.
“Entendido, mi Diamante”, respondió la Perla, registrándolo todo en su tableta.
Azul hizo una breve pausa, observando el vacío frente a la nave.
“Y una aguamarina”, agregó.
“Solo… porque sí.”
La Perla no preguntó. Simplemente asintió una vez más.
Ambas continuaron trabajando en silencio, cada una inmersa en su rol. Sin embargo, la mente de Diamante Azul estaba lejos de los controles y las órdenes.
Sus pensamientos regresaban, una y otra vez, a Rosa. A lo que fue, a lo que no supo hacer, a lo que quizá habría podido corregir si el tiempo hubiese sido más indulgente.
“Si Rosa siguiera viva”, pensó.
“habría intentado enmendar cada error”, cada palabra dura, cada decisión tomada desde la autoridad y no desde la guía.
Pero Rosa no estaba viva. Solo quedaban fragmentos, recuerdos y un planeta que se negaba a desaparecer.
Esos eran los pensamientos de Diamante Azul, pensamientos que llevaba repitiendo por milenios, siempre los mismos, siempre regresando como una marea que nunca se retira del todo. Ideas que volvía a revivir una y otra vez, como si pensarlos pudiera traerla de vuelta.
A su hermana.
¿Su hija?
¿Un interés amoroso?
Ni ella misma lo sabía con certeza.
Solo sabía que Rosa había sido algo irrepetible en su existencia, algo que rompió la rigidez del Imperio y dejó un vacío que ni el tiempo, ni la obediencia, ni el silencio lograron llenar.
Azul apretó ligeramente los dedos contra el brazo del trono, sintiendo ese nudo eterno en el pecho que jamás se había desatado.
“Tal vez, solo tal vez”, pensó con una amarga esperanza que no se permitía mostrar, alguna fuerza superior, algún dios del que apenas había oído rumores entre especies inferiores, decidiera darle una respuesta. No para borrar el pasado, no para corregirlo, sino al menos para entenderlo.
La nave avanzaba imperturbable por el vacío, mientras Diamante Azul seguía atrapada en el mismo recuerdo que la había acompañado durante milenios, esperando, aunque fuera en silencio, que esta vez el destino tuviera algo distinto preparado para ella.
Fin capítulo 73.
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