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Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 77

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Capítulo 77: Capitulo 77: Arrancado de la Tierra.

Nota del autor: A partir de ahora esto sera el peak de la historia, desde aqui esto estara al rumbo del final, asi que apoyen esta historia para que me den más ganas de escribir y terminarla por fin a la wea, además quiero ver este tipo de formato con el tinte negro a ver que ondas.

Continuemos.

Steven estaba abriendo los ojos y lo primero que notó fue que no estaba en su casa. Todo a su alrededor era distinto, desconocido, y por un instante su mente no supo dónde estaba ni cómo había llegado allí.

“Eh… ¿dónde estoy?” dijo, aún confundido, mientras sus manos tocaban el suelo húmedo.

Respiró hondo y se levantó lentamente, sintiendo cómo unas lágrimas rodaban por sus mejillas. No sabía por qué lloraba, ni siquiera podía explicar la sensación de vacío que le quemaba el pecho.

“¿Por qué lloro…?” murmuró, caminando sin rumbo, guiado solo por una sensación vaga de que había un camino frente a él.

Sus ojos estaban apenas entreabiertos, como si no hubiera descansado lo suficiente, y cada parpadeo le costara un esfuerzo. Se movía lentamente entre los árboles y arbustos, sin notar que cada paso lo acercaba a algo que podía ser peligroso, algo que no podía prever.

Corte a otra perspectiva:

“Oigan… ¿y Steven?” dijo Amatista, observando con cierta incomodidad cómo Rubí y Zafiro se daban cariño en el sillón. Su ceja se levantó un poco mientras trataba de entender la situación.

“No lo sé, le estoy haciendo el desayuno”, respondió Perla mientras volteaba un panqueque en la sartén con habilidad. Cada movimiento era calmado, como si la rutina ayudara a mantenerla centrada.

“Extraño…” dijo Amatista, mirando el horizonte, el mar delante de ella, sus ojos fijos en la espuma que rompía suavemente sobre la arena. Parecía filosófica, pensativa, pero había preocupación en su voz.

“Se fue”, dijo Lápiz, bajando la vista de su tablet y observando a las demás.

“Se fue?” preguntó Perla, levantando una ceja, confundida.

“Sí… estaba llorando”, respondió Lápiz, como si eso explicara todo.

“Con los ojos cerrados… algo que hacen los humanos, supongo.”

El silencio que siguió fue pesado.

Zafiro se quedó tensa, su mirada fija en el horizonte como si intentara anticipar algo que Steven aún no podía entender. Sus manos se cerraron ligeramente, y un escalofrío recorrió su espalda.

“Estaba llorando… y con una sonrisa?” dijo, con la voz apenas audible, como si no pudiera creerlo.

“Sí?” preguntó Lápiz, encogiéndose de hombros, un poco insegura.

“¡Mierda!” exclamó, tomando rápidamente a Rubí de la mano. En un instante, ambas se fusionaron, formando a Garnet, su presencia ahora imponente y cargada de determinación.

“Vamos a Corea”, dijo rápidamente Garnet, señalando hacia un portal que estaba cerca del palanquín.

Su voz no dejaba espacio para discusión, era urgente. comenzó a correr hacia él, cada paso firme y decidido.

Las demás reaccionaron de inmediato. Perla cerró el puño con fuerza, dejando a un lado los panqueques, y empezó a seguirla.

Lápiz flotó y se impulsó por el aire con una rapidez que sorprendió incluso a sí misma. Amatista no necesitó que le dijeran nada; su instinto la llevó a correr detrás de Garnet, dejando el mar y la arena atrás.

Mientras avanzaban, el viento agitaba el cabello y los ropajes de cada gema. La tensión era palpable, un silencio cortante solo roto por la respiración agitada de todas y el eco de sus pasos.

Ninguna decía nada, pero todas sentían que algo estaba pasando con Steven, algo que requería rapidez y precaución.

Steven, por su parte, todavía caminaba entre los árboles, sin darse cuenta de la rapidez con la que el resto del grupo había reaccionado. Sus lágrimas seguían cayendo, pero ahora había un hilo de claridad en su mente.

Sabía que debía llegar al portal, aunque no entendiera del todo por qué, y que debía hacerlo solo para enfrentar lo que viniera.

Al portal, se dijo a sí mismo, aún confundido. Steven observó el lugar con mayor atención, aunque su mente seguía dispersa, como si todavía no hubiera terminado de despertar del todo.

“¿Por qué lloro?”, pensó al notar las lágrimas resbalando por sus mejillas. Levantó una mano y las tocó con la yema de los dedos, sorprendido de que fueran reales.

“Qué más da”, se dijo mientras seguía caminando, con la cabeza en blanco, ese estado extraño en el que el cuerpo se mueve por costumbre mientras la mente va varios pasos atrás.

Era normal cuando no había dormido bien, o cuando algo dentro de él se había roto sin que lo notara.

Pasaron algunos minutos. Árboles altos, estructuras de Homeworld medio enterradas, el aire denso y pesado. Steven avanzaba sin rumbo claro hasta que una voz rompió el silencio.

“Oh, mi rosa”.

El mundo se detuvo.

Steven se tensó por completo, como si el suelo se hubiera vuelto frágil bajo sus pies. No se movió. Sintió cómo su gema latía con fuerza, aunque no brilló.

Giró lentamente la cabeza hacia la voz, y entonces la vio.

No había notado su presencia antes, como si su mente se negara a aceptarla. La figura grande no lo estaba mirando todavía, pero alguien más sí.

Una perla azul lo observaba con la cabeza ladeada, curiosa, como si intentara entender qué hacía un humano allí…

Steven levantó la mano de forma torpe, sin saber qué gesto era apropiado en una situación así. Un saludo no parecía suficiente. Un ataque era impensable. Su mente gritaba una sola pregunta.

“¿Qué mierda hago aqui? y a ¿demas voy a hacer?”

“Mi diamante, tenemos visitas”, dijo la perla azul después de unos segundos de silencio incómodo.

“¿Eh?”, respondió la figura grande, claramente confundida.

Diamante Azul giró la cabeza lentamente, primero revisando el entorno, como si pensara que se trataba de una ilusión más. Luego, su mirada se detuvo en Steven.

Sus ojos se abrieron apenas un poco más.

Steven la observó sin saber qué sentir. No era la imagen que había imaginado tantas veces. No era solo imponente; estaba rota. Sus facciones mostraban cansancio, pena acumulada durante bastante tiempo la verdad, y sus ojos estaban llenos de lágrimas que no terminaban de caer, en pocas palabras se veia de la verga.

Diamante Azul lo miró con una mezcla de confusión totalmente fuera de lugar.

Steven tragó saliva, todavía con la mano levantada.

“¿Qué onda?”, dijo finalmente, rompiendo el silencio de la forma menos elegante posible.

Diamante Azul se quedó en silencio durante varios segundos. Su mirada no se apartaba de Steven, como si estuviera observando algo imposible de descifrar.

Entonces, lentamente, alzó la mano y lo tomó con cuidado entre sus dedos. Steven no se resistió. No sintió hostilidad, ni presión, ni dolor. Solo una tristeza inmensa envolviendo todo.

“¿Eres un humano?”, preguntó Diamante Azul finalmente.

“¿Sí?”, respondió Steven, alzando una ceja con naturalidad fingida.

El silencio regresó.

Diamante Azul lo miró como si él tuviera escrito el código del universo en la frente, como si fuera una ecuación que no lograba resolver.

Steven tragó saliva y, sin saber por qué, dejó salir lo primero que se le ocurrió.

“Soy guapo, ¿no?”, dijo, porque su cerebro decidió traicionarlo en el peor momento posible.

Diamante Azul parpadeó.

La perla azul parpadeó.

Ambas se quedaron mirándose por un segundo eterno.

Y entonces ocurrió lo impensable.

Ambas comenzaron a reír.

Una risa real, fuerte, sin elegancia ni solemnidad. Una carcajada que rompió siglos de duelo acumulado. Diamante Azul se llevó una mano al rostro mientras reía, y la perla incluso tuvo que inclinarse un poco, incapaz de contenerse.

“JAJAJAJA”.

Steven se quedó quieto, todavía en la palma de Diamante Azul, con los ojos abiertos como platos.

“No puede ser”, pensó.

“Las hice reír el encanto universe es real que cojones”.

“Vaya, humano”, dijo Diamante Azul entre risas, secándose una lágrima.

“Hace… mucho que no reía así. Dime, ¿cómo te llamas?”

Steven respiró hondo.

“Me llamo… Justin”, dijo con tranquilidad ensayada, ni cagando le iba a dar su nombre real.

“Justin”, repitió Diamante Azul, probando el nombre.

“Es extraño”.

“Para mí no, para ti si supongo”, respondió Steven, encogiéndose de hombros lo mejor que pudo estando atrapado en una palma gigante.

“¿Y tú?”, añadió, mirando su rostro con cara de chibi..

“Diamante Azul” dijo ella con calma.

“Fua” murmuró Steven mientras bajaba la vista hacia la gema incrustada en su pecho.

“¿Es por esa gema que tienes ahí?”

La pregunta era deliberadamente inocente. Fingida. Steven sabía perfectamente la respuesta, pero no iba a cometer la estupidez de demostrarlo.

Diamante Azul miró su propia gema y asintió lentamente.

“Así es. Es un diamante azul. Es lo que soy”.

Steven alzó una ceja.

“Interesante”, dijo, observándola con aparente fascinación.

“¿Eres como… una jefa o algo así?”

Miró la diferencia de tamaño entre ambos, luego a la perla azul que estaba a su lado, aún conteniendo pequeñas risas.

Diamante Azul sonrió con suavidad.

“Así es”, respondió.

“Eres bastante perspicaz para ser un humano”

“¿Gracias?”, dijo Steven, dudando si eso era un cumplido o una observación de que no era estupido.

“Hacen muchos milenios los humanos no eran así de listos”, comentó Diamante Azul, llevando una mano a su mentón.

“La gente cambia”, respondió Steven con calma.

“¿Cambia?”, repitió Diamante Azul, ladeando la cabeza.

“Cambia”, afirmó Steven, manteniendo el tono tranquilo.

Por dentro, sin embargo, estaba completamente aterrorizado.

Su corazón latía con fuerza. Cada segundo que pasaba sin ser descubierto era un milagro. Estaba hablando con una Diamante, sosteniendo una mentira frágil como cristal, y aun así… ella lo estaba escuchando.

Diamante Azul lo observó durante varios segundos más, con una expresión diferente.

Era curiosidad.

Y eso, Steven lo sabía, podía ser incluso más peligroso.

“Me gustaste. Te llevaré conmigo”, dijo Diamante Azul con una sonrisa suave.

“¿Eh?”, dije confundido, sintiendo cómo el estómago se me hundía y mi forma de chibi se le salia el alma.

“Perla, alista la nave. Nos llevamos el palanquín”.

“Entendido, mi diamante”, respondió la perla mientras activaba una tableta y comenzaba a ejecutar varios comandos con rapidez.

De la nada, la mano de Diamante Azul, que en realidad era parte de la nave, comenzó a elevarse. Una luz azul intensa cubrió el palanquín y, en un instante, todo el terreno bajo nosotros fue arrancado de la superficie.

La tierra, las estructuras y nosotros mismos fuimos envueltos por la energía y transportados directamente hacia la nave.

…

“¿Qué carajos acaba de pasar?”, pensó Steven mientras observaba con horror cómo el paisaje desaparecía bajo sus pies. El suelo se alejaba, el cielo se volvía inmenso y, en cuestión de segundos, todo estaba ascendiendo a una velocidad absurda hasta atravesar la atmósfera.

“Adiós”, dijo Diamante Azul con una sonrisa tranquila.

“Despídete de este mundo”.

…

…

…

Yo me quedé en silencio, observando desde la cabina cómo la Tierra se hacía cada vez más pequeña. El azul del planeta contrastaba con el vacío infinito del espacio, y mi mente simplemente no lograba procesarlo.

“¿Qué carajos acaba de pasar?”, pensé otra vez, intentando reconstruir los hechos. Todo había ocurrido en menos de veinte minutos.

Me desperté, caminé sin rumbo y ahora estaba siendo secuestrado por una Diamante.

“Mierda”, murmuré, mientras Diamante Azul me sostenía contra su hombro como si fuera un peluche.

Al menos no me mató, pensé con un poco de alivio.

Pero ese alivio duró poco.

“¿Y ahora… a dónde iremos?”, pensé con una preocupación que no podía ocultar.

El silencio del espacio no respondió.

————————————————————————————————————————

2000 Palabras.

————————————————————————————————————————

Nota del autor: Aquí seguria con lo normal para que vean la diferencia.

“Y bueno…”, dije después de unos minutos que para mí se sintieron como un silencio incómodo demasiado largo.

“¿Qué hacemos aquí o qué?”, añadí, intentando mantener la calma aunque algo dentro de mí no dejaba de retorcerse.

Diamante Azul no respondió de inmediato. Su mirada estaba fija en el vacío, en el planeta que ya casi no observaba directamente, como si fuera un recuerdo borroso.

…

Cuando por fin habló, lo hizo con una tranquilidad que me erizó la piel.

“Este planeta no durará mucho”, dijo sin emoción.

Guardo silencio por unos segundos y continuó.

“Así que vine por lo único que me hace recordar a alguien que me dejó hace mucho tiempo”.

Me quedé en silencio y que más iba a decir ¿Qué se mejore?.

“Es fascinante, ¿no?”, añadió de pronto.

“¿El espacio?”, pregunté, tardando un segundo de más en reaccionar.

Ella asintió lentamente.

“Supongo”, respondí.

“Nunca lo había pensado de esa forma”.

Me acomodé un poco sin darme cuenta, sintiendo lo extrañamente cómodo que era su hombro. Eso solo hizo que me sintiera peor.

“Al menos no estoy peleando con Diamante Blanco”, pensé, sacudiendo levemente el cuerpo como si esa idea pudiera espantar el miedo.

Diamante Azul desvió la mirada hacia su perla, que me observaba con una curiosidad demasiado atenta.

“Perla, llévalo a cualquier lugar”, dijo con total naturalidad.

“Quiero tener una mascota presentable”.

…

…

Me quedé con una expresión completamente perdida y totalmente derrotado.

“Si Rosa pudo tener mascotas, ¿por qué yo no?”, añadió mientras volvía su atención a las pantallas, como si acabara de pedir algo trivial.

Antes de que pudiera decir nada, la perla me tomó y me cargó como si fuera un saco de papas. El mundo dio un pequeño giro cuando me levantó del hombro de Diamante Azul.

“Vamos”, dijo simplemente.

Y así, sin más explicación, empezó a llevarme por la nave, mientras yo intentaba procesar en qué momento exacto todo se había salido tan terriblemente de control.

Mientras caminaba, todavía sintiendo el leve balanceo del movimiento de la nave, observaba cómo atravesábamos distintos pasillos y salas imposibles para el ojo humano. Todo era azul, Como el mar azul, joder que buena rola, pulcro, silencioso, demasiado grande para algo que se suponía debía sentirse como un hogar.

“Oye, puedo caminar”, dije con tranquilidad, rompiendo el silencio.

La perla se detuvo y me bajó con cuidado, dejándome en el suelo pulido. Se quedó observándome fijamente, como si analizara cada detalle.

“¿Qué?”, dije, incómodo.

“Te me haces conocido”, respondió ladeando la cabeza.

“Hay gemas de mi color”, dije alzando una ceja.

En ese momento ya habia escuchado algunos protocologos de diamante azul asi que no era raro que yo supiera sobre esto.

“No debe ser tan raro”, añadi para no levantar sospechas.

“Más oscuro… y más rojo”, corrigió.

“Sí”.

Asentí, pero entonces añadió algo que me heló un poco la espalda.

“Aunque te pareces a otra. A una Diamante, no se por qué”, añadio perla con cara de saberlo todo y a la vez nada, hija de puta.

…

…

Me quedé con una expresión aún más perdida de lo normal.

Decidí cambiar el tema antes de que mi cara me delatara.

“¿Y qué te gusta hacer?”, pregunté, llenando el silencio incómodo como pude.

“Me gusta dibujar”, respondió la perla con naturalidad.

“¿Dibujar?”, repetí, genuinamente sorprendido, ya no recordaba mucho de la serie.

“Sí”, dijo mientras caminaba de nuevo y me hacía una seña para que la siguiera.

“Acompáñame”.

Avanzamos hacia una sala amplia, con paredes translúcidas y superficies que parecían responder al tacto. En una de ellas, la perla apoyó la mano y la superficie se iluminó, proyectando figuras, trazos y formas flotantes.

“Dibujo mapas”, explicó.

“Diseños. Recuerdos. Cosas que mi Diamante no quiere olvidar”.

Las imágenes cambiaban lentamente: estructuras, símbolos, jardines imposibles, estrellas vistas desde ángulos que nunca había imaginado.

“Es… bonito”, dije sin pensarlo demasiado.

La perla me miró de reojo.

“No muchos humanos dicen eso”.

“Bueno”, respondí encogiéndome de hombros,

“no muchos humanos ven esto”.

En mi mente estaba maldiciendo al inyector que la creó

Seguimos caminando. Me mostró salas enormes donde se almacenaban objetos antiguos, habitaciones vacías que parecían hechas para alguien que ya no estaba, y corredores donde el silencio pesaba más que el metal.

“Esta nave es vieja”, comentó.

“Ha viajado mucho. Antes era más… ruidosa”.

“¿Ruidosa?”, pregunté.

“Había más voces”, dijo simplemente.

No pregunté más, tal vez las gemas que antes estaban aqui sabian mucho y las mandaron con los politicos espaciales.

Pasamos por una sala con enormes ventanales que daban al espacio. Las estrellas parecían estar al alcance de la mano. Me quedé quieto unos segundos, mirándolas.

“¿Nunca te cansas de esto?”, pregunté ya que sabia que las perlas en este punto simplemente responden preguntas.

“No”, respondió la perla.

“Es lo único que no cambiaría”.

Asentí lentamente.

“Supongo que eso es bueno… y malo al mismo tiempo”.

La perla me observó otra vez, con esa misma curiosidad insistente.

“Hablas extraño para un humano”.

“Como si supieras lo que un humano piensa”, pense con 3 lineas negras de enojo pero guarde esos pensamientos y solo dije.

“Me lo dicen seguido”, respondí.

Continuamos el recorrido. Yo caminaba atento, memorizando rutas, puertas, alturas, todo lo que pudiera servirme después. Ella hablaba más de lo que esperaba, explicando funciones básicas, señalando lugares prohibidos, otros que simplemente ya no se usaban.

“Y aquí no debes entrar”, dijo al final, señalando una puerta cerrada con símbolos antiguos.

“¿Por qué?”, pregunté.

La perla dudó.

“Simplemente no entres”.

No insistí.

Seguimos caminando en silencio.

“Y bueno… ¿para qué me trajeron aquí?”, dije ahora con una ceja levantada.

“Bueno”, respondió la perla mientras revisaba su tableta sin mirarme

“Fuiste… cómo decirlo… un tercero. No fuiste planeado”.

“Puta madre”, pensé, recordando de golpe mi vida pasada, cómo yo tampoco había sido planeado. Aun así me quisieron. Negué con la cabeza, sacudiendo el recuerdo.

“Entonces, ¿qué?”, pregunté.

“¿Qué de qué?”, dijo la perla, todavía concentrada en la tableta.

“¿A dónde vamos o qué se supone que hago?”.

La perla guardó silencio mientras seguía caminando. Sus pasos resonaban suaves en el suelo de la nave.

“Tú irás a un zoológico, supongo”, dijo finalmente, con un tono neutro.

“¿Ok?”, respondí, alzando una ceja.

“Bueno, ¿eso es todo lo que necesitas?”, añadió, como si fuera una simple formalidad.

“¿Puedo caminar por todo el lugar?”, pregunté.

La perla se detuvo y pensó durante algunos segundos.

“Sí”, dijo al final.

“Pero no vayas a los lugares que te dije”.

“Entendido”, respondí.

La observé alejarse, caminando de regreso hacia la cabina, dejándome solo en medio de un pasillo enorme y silencioso.

…

…

…

Me quedé quieto. El ruido de la nave, tan lejano y constante, empezó a pesarme. Sentí cómo unas lágrimas comenzaban a caer sin que pudiera evitarlo.

“¿Cómo carajos llegué al monte?”, pensé, sintiendo esa desconexión extraña, como si hubiera saltado de mi cama directamente a este lugar imposible.

Un segundo estaba en la Tierra.

Al siguiente, estaba solo en una nave, camino para un zoológico espacial.

Cambio de perspectiva a un recuerdo:

Steven estaba soñando, algo que pocas veces ocurría. Caminaba sobre un lugar que recordaba con exactitud, como si su mente lo hubiera memorizado al milímetro. Cada paso lo acercaba a escenas conocidas, pero había algo extraño: se veía a sí mismo. Lo observaba con temor mientras avanzaba por aquella calle, aquella construcción.

Caminaba y caminaba, siguiendo su propia silueta, mientras su mirada se cruzaba con la de una chica que nunca había podido olvidar. Solo ella, la que siempre lo apoyó con su elocuencia y calma, aparecía en su recuerdo.

“¿Qué pensará de mí ahora?”, se preguntó a sí mismo dentro del sueño, con el corazón latiendo rápido aunque sabía que todo era irreal.

Lo que Steven no sabía era que mientras él caminaba en ese mundo, algo en el mundo real empezaba a moverse.

En la realidad, Steven se levantó de la cama con los ojos todavía húmedos de lágrimas.

Lapiz, que estaba a su lado peleando con Noobmaster666, alzó una ceja y lo observó en silencio. Steven se puso las chanclas con naturalidad, sin abrir los ojos, y comenzó a descender las escaleras paso a paso. Al llegar al portal, lo activó y desapareció sin decir palabra.

“…Es de humanos, supongo”, murmuró Lapiz mientras volvía a concentrarse en el juego.

“Tal vez esté entrenando los ojos… o algo así”, incluso le pregunto a noobmaster el cual solo le respondio con un jodete niña de 6 años a lo que lapiz no pudo dejar esa ofenza.

Volviendo a la mente de Steven, su recuerdo se volvió más intenso. Observaba sus últimos momentos con detalle: cómo una pared de roca gigante descendía sobre él.

Cada vez que la escena se repetía en su cabeza, siempre encontraba una manera de salvarse. No importaba cuántas veces el muro se precipitara, él encontraba un pequeño resquicio, un movimiento justo, un instante de suerte que le permitía sobrevivir.

El sueño y la memoria se entrelazaban, confundiéndolo, dejándolo atrapado entre lo que había sido y lo que todavía podía ser.

Cada paso que daba en aquel lugar familiar era una mezcla de miedo y aprendizaje, un recordatorio de que, aunque la realidad fuera dura, siempre existía una manera de seguir adelante.

Pero algo era clave. Después de morir, Steven notó la expresión de horror en el rostro de la chica que lo había salvado.

Sabía quién era, tenía su nombre en la punta de la lengua, pero no lograba recordarlo por completo. Esa sensación lo hizo vacilar por un momento, como si su mente estuviera atrapada entre la memoria y la incertidumbre.

Movido por la gema de su madre, Steven intentó buscar a alguien cercano, alguien que pudiera ayudarlo en ese instante.

Por un momento pensó en Perla, en Amatista, en Garnet… pero algo dentro de él le decía que no era el momento ni el lugar. La lógica de la situación era extraña, casi irreal: en vez de recurrir a las gemas que conocía y amaba, Steven se vio atraído hacia alguien más poderoso, alguien que, en circunstancias normales, jamás consideraría como apoyo cercano.

Y así, de manera inesperada, su instinto lo llevó hacia Diamante Azul. Era la más distante, la más imponente, la que siempre parecía intocable, y aun así, en ese momento, se convirtió en el objetivo de su búsqueda silenciosa.

Mientras caminaba y avanzaba sin pensar, Steven casi no notaba su propio cuerpo. Era como si estuviera sonámbulo, moviéndose a través de la Tierra con un propósito que él mismo apenas entendía.

Cada paso lo acercaba más a Diamante Azul, cada respiración estaba llena de tensión y una extraña sensación de seguridad al mismo tiempo.

No necesitaba palabras, no necesitaba explicaciones; solo quería acercarse lo máximo posible, sentirse cerca de alguien que pudiera comprender, aunque fuera solo por un instante, el peso de todo lo que estaba sucediendo.

El mundo a su alrededor parecía desvanecerse mientras sus ojos, entrecerrados, seguían la silueta azul que destacaba contra el cielo.

Todo era silencioso, todo estaba en calma, y sin embargo, cada pequeño detalle, cada reflejo de luz, cada sombra, parecía amplificar su vulnerabilidad.

Steven no lo sabía, pero cada movimiento suyo estaba guiado por algo más profundo que la lógica.

Era un impulso que nacía de la necesidad de consuelo, de la búsqueda de un ancla en medio del caos. Y así, paso a paso, casi sin darse cuenta, logró acercarse lo suficiente a Diamante Azul para sentirse… seguro, aunque solo fuera un instante breve antes de que la realidad lo alcanzara nuevamente.

Nota del autor: Espero que esta parte final haya quedado clara. Es steven y la gema de diamante Rosa buscando el consuelo que una igual deberia de darle, asi como las rubies van con otra rubi, las perlas se comunican entre si, las amatistas bromean, aqui steven como no queria molestar a las más cercanas su gema se puso en un modo que el no sabe pero es algo que en la serie deberia de haberse dado.

Fin capítulo 77.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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