Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 78
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Capítulo 78: Capitulo 78: Memorias de una Diamante.
Nota del autor: Capitulos diarios por la wea, me dio inspiración.
Steven estaba sentado en un lugar cualquiera de la nave, sintiendo cómo esta se movía y al mismo tiempo no lo hacía. El silencio era pesado. Se quedó inmóvil luego de recordar su sueño, el cuerpo tenso, rígido, y nadie había venido a buscarlo.
“Si al menos si soy su mascota, deberían de verla… ver si sigue viva”, pensé con un enojo silencioso que me duró varias respiraciones.
Bajé la mirada y observé el suelo. Había rastros de sangre, la que había dejado antes. Recordé cómo escupí sangre cuando sentí que aquella maldita piedra me cayó en la cabeza.
Negué con la cabeza, como si pudiera borrar esa sensación, y finalmente me levanté.
Seguía usando la pijama. Genial. En mi gema tenía varias cosas guardadas, pero no quería sacarlas todavía. No quería explicar de dónde demonios había salido ropa en medio de una nave espacial. Así que simplemente empecé a caminar.
Mientras avanzaba, observaba el lugar con más atención. Era enorme, absurdamente grande, lo suficiente como para que Diamante Azul caminara con total comodidad y aun así sobrara espacio. Las paredes brillaban con tonos azulados suaves, apagados, como si incluso la luz estuviera triste. El suelo estaba perfectamente pulido y reflejaba mi figura pequeña y fuera de lugar.
“Tremenda nave”, pensé.
Los pasillos parecían interminables. Algunos se abrían hacia salas gigantescas con columnas cristalinas que se perdían en el techo. Otros estaban llenos de pantallas flotantes que mostraban símbolos, mapas estelares y datos que no entendía en absoluto. Todo estaba ordenado, demasiado ordenado.
Entonces recordé lo rápido que había pasado todo. Lo inesperado, lo absurdo de la situación.
“Carajo, ¿traje mi teléfono?”, pensé de golpe, revisando mis bolsillos con urgencia.
Lo encontré.
“Lo tengo”, murmuré con una pequeña alegría. Revisé un poco más. “Tengo los cargadores… tengo el ultra ahorro de energía activado”.
“Qué listo que sos, Steven”, pensé con una leve sonrisa.
Seguí caminando. Cada nuevo lugar parecía más grande que el anterior. Ventanales enormes dejaban ver el espacio, estrellas lejanas y planetas suspendidos en la nada. No había ruido, solo un zumbido bajo y constante, como si la nave tuviera un corazón propio.
Algunas puertas se abrían solas cuando me acercaba, mostrando habitaciones vacías. Otras permanecían cerradas, silenciosas, como si no estuvieran hechas para mí.
Mientras observaba todo eso, la sensación volvió. Me sentí pequeño. No solo físicamente, sino de una forma más profunda. Un humano, mitad gema, caminando solo por la nave de una Diamante, sin saber qué era exactamente para ellos ni qué iba a pasar conmigo.
Y aun así seguí caminando, porque quedarme quieto en un lugar tan grande daba todavía más miedo.
De la nada observé unas pequeñas rocas apiladas junto a una pared que parecía viva, como si respirara con la nave.
“¿Eh?”, dije confundido mientras me acercaba con cautela.
Las figuras se movieron. No eran simples rocas. Tenían formas irregulares, pequeñas gemas incrustadas, ojos diminutos que me miraban con recelo desde el suelo.
“¿Qué onda?”, dije con tranquilidad, levantando un poco la mano para que no pareciera una amenaza.
“Mnn…”, murmuró la piedrita pequeña tras varios segundos de silencio, como si estuviera evaluando cada una de mis moléculas.
“Te me haces conocido”, dijo finalmente la gema, ladeando un poco su cuerpo.
“Carajo, ¿a quién?”, pensé, mientras tres líneas negras aparecían mentalmente sobre mi cabeza.
“No puedo decirlo”, respondió la gema con simpleza, como si eso fuera una respuesta completamente válida.
Me agaché un poco, intentando no parecer tan alto ni tan raro.
“¿Qué haces ahí, pequeña?”, pregunté con una sonrisa suave.
“Nada. Chambeo”, dijo con total tranquilidad.
…
…
Ambos nos quedamos viendo durante varios segundos. El silencio no era incómodo, solo extraño, como todo en esa nave.
“Bueno, sigue chambeando”, dije con calma mientras me daba la vuelta y comenzaba a caminar.
Di apenas unos pasos cuando algo me detuvo en seco.
“¿Rosa?”
Giré por puro reflejo. El nombre me atravesó como una descarga. En ese instante entendí que había hablado de más sin decir nada.
Nos vimos durante algunos segundos que parecieron eternos.
“No le digas a nadie”, dije seriamente, sin sonreír esta vez.
El guijarro asintió con la cabeza, mostrando una pequeña sonrisa antes de hundirse lentamente en el suelo, como si nunca hubiera estado ahí.
…
…
…
Seguí caminando.
La nave se abría ante mí como un mundo completo. No era solo un medio de transporte; era una ciudad flotante, un palacio en movimiento. Los pasillos cambiaban de forma sutil mientras avanzaba, adaptándose, como si supieran que no pertenecía allí pero aun así me permitieran pasar.
Las paredes no eran completamente sólidas. Algunas parecían hechas de energía cristalizada, con luces que fluían por dentro como corrientes marinas. Otras mostraban grabados antiguos, símbolos de gemas, constelaciones que no reconocía y figuras que parecían contar historias sin palabras.
“Esto es… demasiado”, pensé.
Pasé por una sala inmensa donde el suelo era transparente. Debajo de mis pies se veía el vacío del espacio, estrellas moviéndose lentamente mientras la nave avanzaba. Mi corazón dio un salto involuntario y retrocedí un paso.
“No te caigas, Steven. No te caigas”, me repetí en voz baja.
Más adelante había jardines artificiales. Plantas que no conocía flotaban suavemente en el aire, sostenidas por campos de energía. Algunas brillaban con tonos azules y violetas, otras emitían una luz cálida que contrastaba con el frío del metal. El ambiente era silencioso, casi sagrado.
“Diamante Azul vive aquí…”, pensé, sintiendo un escalofrío.
Vi estatuas enormes, representaciones de gemas que no conocía, alineadas como guardianes eternos. Algunas estaban agrietadas, como si hubieran visto demasiadas cosas. Otras estaban perfectamente intactas, orgullosas, mirando hacia un punto inexistente.
Mientras más avanzaba, más sentía esa extraña presión en el pecho. No era miedo exactamente. Era nostalgia. Una sensación de estar en un lugar que no era mío, pero que de alguna forma me reconocía.
Las luces se atenuaron ligeramente cuando pasé por otro pasillo. Pantallas se activaron al notar mi presencia, mostrando datos que no podía leer, mapas estelares y rutas marcadas hacia lugares que nunca había escuchado nombrar.
“Todo esto para una sola gema…”, pensé, como se nota que el modo nazi si funciona.
Y yo estaba ahí. En pijama. Con un teléfono casi sin batería. Caminando por la nave de una Diamante que me había llevado como si fuera un recuerdo con piernas.
Seguí avanzando, porque detenerme solo hacía que la nave se sintiera más grande… y yo más pequeño.
De la nada me vino un recuerdo, tan claro que por un momento dejé de sentir el suelo bajo mis pies.
El entorno cambió sin aviso.
La nave ya no era silenciosa ni fría. La luz era más suave, más antigua, y el aire parecía cargado de una calma que solo existía en el pasado.
Cambio a mi mente.
“¿A dónde vamos, Azul?”, dijo Diamante Rosa con evidente curiosidad mientras caminaba a su lado. Su voz tenía ese tono ligero, casi infantil, que contrastaba con la solemnidad del lugar.
“Te enseñaré cómo hago mis colonias”, respondió Diamante Azul con tranquilidad, avanzando con paso firme por el amplio corredor de la nave.
“Tendré una colonia por fin, ¿Azul?”, preguntó Rosa, deteniéndose un poco, con una sonrisa de emoción imposible de ocultar.
“Posiblemente”, respondió Azul sin darle demasiados detalles, aunque su mirada se suavizó apenas un poco.
Eso fue suficiente.
La sonrisa de Diamante Rosa se ensanchó de una forma tan sincera, tan luminosa, que incluso Azul lo notó. Por un instante, la expresión seria de la Diamante mayor se relajó. Ver a Rosa así siempre tenía ese efecto.
“Ven”, dijo Azul finalmente, extendiendo ligeramente la mano para indicarle que la siguiera.
Caminaron hasta una sala enorme. Hologramas se activaron al instante, mostrando un planeta girando lentamente frente a ellas.
“Primero observamos el mundo”, explicó Azul mientras el holograma se acercaba, mostrando océanos, continentes y vida orgánica moviéndose en la superficie. “Buscamos planetas con suficiente energía para sostener nuevas gemas”.
Rosa se acercó fascinada.
“Está vivo…”, murmuró.
“Sí”, respondió Azul.
“Y precisamente por eso es útil”.
Rosa ladeó la cabeza, curiosa.
“¿Y qué pasa después?”
Azul hizo un gesto, y el holograma cambió. Ahora se veían estructuras descendiendo desde el espacio.
“Instalamos proyectores”, explicó.
“Son estructuras que se clavan en el núcleo del planeta. Extraen su energía de forma gradual y la redirigen a las incubadoras”.
“¿Incubadoras?”, preguntó Rosa, inclinándose hacia adelante.
“Ahí nacen las gemas”, dijo Azul.
“Cada gema es creada a partir de los recursos del planeta. Su fuerza, su tipo, su función… todo depende de cómo y dónde se forme”.
Los ojos de Rosa brillaron.
“Entonces… el planeta ayuda a crear vida nueva”.
Azul guardó silencio unos segundos antes de responder.
“Sí… aunque el planeta no sobrevive al proceso”.
El holograma mostró cómo la vida orgánica comenzaba a desaparecer poco a poco.
Rosa frunció levemente el ceño.
“¿Siempre es así?”, preguntó con voz más baja.
“Siempre”, respondió Azul con firmeza.
“La vida orgánica interfiere con el desarrollo perfecto de las gemas. Para que el imperio crezca, debemos priorizar lo que perdura”.
Rosa observó en silencio mientras el planeta cambiaba, volviéndose más árido, más geométrico, más… controlado.
“Y cuando termina…”, dijo Rosa lentamente, “el imperio es más grande”.
“Exactamente”, respondió Azul.
“Más mundos, más gemas, más orden. Cada colonia refuerza nuestra presencia en el universo. Es así como protegemos lo que somos”.
Rosa bajó la mirada por un instante, pensativa.
“Es… impresionante”, dijo al final, aunque su sonrisa ya no era tan amplia como antes.
Azul la observó de reojo.
“Con el tiempo lo entenderás mejor”, dijo con suavidad.
“Un día, cuando tengas tu propia colonia, verás que todo esto tiene sentido”.
Rosa levantó la vista de nuevo y asintió lentamente.
“Quiero hacerlo bien”, dijo con determinación.
“Quiero que sea perfecta”.
Azul, por primera vez en ese recuerdo, sonrió apenas.
Y entonces el recuerdo comenzó a desvanecerse, como luz filtrándose entre los dedos, dejándome con una sensación pesada en el pecho… y la certeza de que ese pasado seguía afectándolo todo.
Steven volvió en sí mientras se tambaleaba un poco, llevando una mano al pecho como si algo invisible le pesara demasiado. Apenas tuvo tiempo de estabilizarse cuando otro recuerdo lo golpeó sin aviso, arrastrándolo de nuevo hacia un pasado que no era suyo, pero que sentía demasiado cercano.
El espacio se extendía infinito alrededor.
Diamante Rosa caminaba por los pasillos de la nave de Diamante Azul, lejos del planeta madre, rodeada únicamente por estrellas y estructuras colosales de metal y luz. A sus ojos, todo aquello era extrañamente hermoso. Los pasillos eran amplios, limpios, con superficies pulidas que reflejaban tonos azules y violetas. Para Rosa, ese lugar tenía una calma distinta, casi artística.
Mientras avanzaba, varias peridot pasaban de un lado a otro, cargando dispositivos, revisando paneles, proyectando hologramas técnicos. Al verla, todas se detenían de inmediato y realizaban el saludo de diamante con precisión absoluta.
Rosa suspiraba, levantando la mano una y otra vez.
“Está bien, sigan”, repetía con evidente fastidio.
Para ella, ese ritual constante era innecesario. No quería ser interrumpida cada cinco pasos, pero aun así continuó avanzando hasta que una figura más alta llamó su atención.
“Mi Diamante Rosa”, dijo una bismuto, inclinando ligeramente la cabeza mientras sostenía una enorme herramienta integrada a su brazo.
“Sigue”, respondió Rosa sin detenerse, todavía un poco irritada por la acumulación de encuentros.
Cuando finalmente el pasillo se abrió a una sala de trabajo mucho más amplia, su expresión cambió. El enojo se disipó y fue reemplazado por una curiosidad silenciosa.
Se quedó a un lado, observando.
Decenas de peridot trabajaban en filas organizadas, proyectando planos holográficos del planeta en colonización. Ajustaban cálculos, modificaban trayectorias de perforación y corregían patrones energéticos con una eficiencia casi mecánica. Sus movimientos eran rápidos, precisos, carentes de emoción, pero increíblemente efectivos.
Más adelante, varias bismuto reforzaban estructuras internas de la nave. Martillaban, soldaban y reconfiguraban piezas enteras con sus propias manos, creando y destruyendo herramientas según lo necesitaban. Cada golpe resonaba con fuerza, marcando un ritmo constante que llenaba la sala.
Rosa observó en silencio, fascinada por la coordinación.
En una plataforma elevada, una sola gema destacaba por su quietud absoluta. Una safiro permanecía sentada, con la mirada fija en un punto inexistente, rodeada de pequeños fragmentos de hielo suspendidos en el aire.
Una peridot se acercó con cautela.
“¿Algún inconveniente?”, preguntó.
La safiro abrió lentamente los ojos.
“En tres ciclos habrá una sobrecarga menor en el proyector secundario”, respondió con calma.
“Nada crítico, pero conviene ajustarlo ahora”.
La peridot asintió de inmediato y transmitió la información. Rosa observó con atención. Le resultaba extraño ver a alguien tan tranquila en medio de tanto movimiento, como si ya hubiera vivido ese momento antes.
Más lejos, cerca de los hangares, dos esmeraldas supervisaban formaciones enteras de gemas soldado. Sus miradas eran firmes, calculadoras. A su alrededor, tropas completas esperaban órdenes, alineadas con una disciplina impecable.
“Las unidades están listas”, dijo una de las esmeraldas, revisando un panel.
“Si ocurre cualquier alteración en la colonia, podemos desplegarlas en segundos”.
“Que se mantengan en espera”, respondió la otra.
“La probabilidad de resistencia orgánica es mínima, pero no inexistente”.
Rosa sintió un ligero escalofrío al escuchar eso.
Caminó unos pasos más, deteniéndose cerca de una de las plataformas de observación. Desde ahí podía ver el planeta en la distancia, aún intacto, girando lentamente. Azul y verde, lleno de vida, sin saber lo que se avecinaba.
Durante varios segundos, nadie le habló. Nadie la interrumpió. Simplemente la dejaron observar.
Rosa apretó ligeramente los puños.
Todo funcionaba. Todo era eficiente. Todo estaba perfectamente diseñado para crecer, expandirse, dominar.
Y aun así, algo en su interior se sentía extraño.
Miró de nuevo a las peridot, a las bismuto, a la safiro, a las esmeraldas con sus tropas listas para cualquier inconveniente. Todas cumplían su función sin cuestionar nada. Era el orden absoluto del imperio.
Rosa respiró hondo.
“Es increíble”, murmuró para sí misma.
Pero en el fondo, una idea comenzó a tomar forma, silenciosa, incómoda, como una grieta diminuta en una estructura perfecta.
El recuerdo empezó a difuminarse poco a poco, dejando atrás el eco de maquinaria, cálculos y disciplina, mientras Steven sentía cómo ese pasado seguía presionando su mente, recordándole que incluso en la perfección… siempre había algo que no encajaba del todo.
Steven volvería en sí de golpe, respirando con dificultad mientras apoyaba la espalda contra una pared azulada de la nave. Sus piernas aún temblaban levemente, como si el recuerdo le hubiese drenado la fuerza por unos segundos.
“¿Qué carajos?”, dijo Steven en voz baja, manteniéndose firme solo gracias a la pared fría detrás de él.
Se llevó una mano a la frente, cerrando los ojos con fuerza, intentando ordenar lo que acababa de ver. No eran sueños normales. No eran recuerdos suyos. Y eso era justamente lo que más le molestaba.
“Si esta mierda me va a estar dando recuerdos a cada rato, me bajo en el próximo planeta”, dije para mí mismo con un claro tono de fastidio.
Solté un suspiro largo y abrí los ojos. La nave seguía ahí, enorme, silenciosa, como si nada hubiera pasado. Nadie parecía notar que a Steven se le estaba cayendo el mundo por dentro poco a poco.
Me separé de la pared y comencé a caminar otra vez, más lento ahora, más atento a cada sensación. El suelo vibraba apenas bajo mis pies, recordándome que estaba muy lejos de casa, muy lejos de cualquier lugar seguro.
“Tal vez debería preguntarle algo al guijarro”, pensé mientras avanzaba por el pasillo. “Ese pequeño sabe más de lo que aparenta… y claramente no me vio como un simple humano”.
Mis ojos recorrieron el entorno con mayor cautela. Cada pared, cada luz, cada sombra parecía esconder algo. Si los recuerdos seguían apareciendo sin aviso, necesitaba entender por qué, y sobre todo, hasta dónde podían llegar.
Tragué saliva.
“No voy a perderme aquí”, murmuré con determinación mientras seguía explorando la nave, sin saber que ese sería apenas el comienzo de algo mucho más grande.
Fin capítulo 78.
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