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Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 80

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Capítulo 80: Capitulo 80: Nave de decisiones y la llegada al zoo.

Nota del autor: Ultimo cap del dia, me dio esquizofrenia y estos eran unos borradores que complete hoy, de nada, sigan esta historia y dejen sus piedras de poder carajo que ya vamos para el rumbo final.

“¡AYYYYYYY!”, se escucharía la voz de una Diamante Rosa cuando su cuerpo fue arrojado sin cuidado dentro de la nave de Diamante Azul en una habitación que ya era una costumbre para la diamante pequeña. El impacto no le dolió tanto como el gesto en sí.

Diamante Azul permanecía en la entrada, erguida, con los brazos detrás de la espalda, observándola con una mirada cansada, pesada, como si aquel episodio fuera solo otro problema más que debía resolver.

“¿Qué te dije?”, pronunció con un tono firme, cargado de autoridad.

“Haz más gala de ese respeto que tanto dices tener.”

“Pero…”, intentó responder Diamante Rosa, incorporándose con dificultad, la frustración claramente marcada en su voz.

“No me interesa lo que tengas que decir”, la interrumpió Azul sin titubear. Su mirada dejaba claro que no habría discusión.

“Dile a tu perla que te ayude si necesitas algo fuera de esta sala. De lo contrario, no puedes salir.”

La puerta se cerró frente a ella con un sonido seco, definitivo. Diamante Rosa se quedó observando el lugar donde segundos antes estaba Azul, como si todavía esperara que regresara y dijera que todo había sido un error.

No ocurrió.

Diamante Rosa permaneció inmóvil durante varios segundos, escuchando cómo el eco de la puerta sellada se perdía en los pasillos de la nave. El silencio no era nuevo para ella; había vivido rodeada de él desde que su estatus comenzó a desmoronarse.

Aun así, este silencio era distinto, más pesado, como si cada pared estuviera ahí para recordarle que había sido reducida a algo que no comprendía del todo.

Se sentó lentamente en el suelo, apoyando la espalda contra una de las estructuras frías del lugar. Cerró los ojos y respiró hondo, intentando ordenar el nudo de emociones que llevaba acumulando desde hacía ciclos enteros.

No era justo. No lo había sido desde el principio.

Todo había comenzado con algo tan simple, tan pequeño que ahora le parecía absurdo. Un saludo. Un gesto que, para las demás gemas, representaba orden, jerarquía, obediencia.

Para ella, en cambio, era una barrera. Ver a aquellas aguamarinas inclinarse ante ella con una reverencia rígida, mecánica, la hacía sentir distante, separada de todo lo que decía querer comprender. Por eso les había pedido que no lo hicieran. No como una orden, sino como una petición. Quería ser vista, no venerada.

Pero justo ahí estaba el problema.

La perla.

Su perla… o lo que quedaba de ella.

Diamante Rosa apretó los dedos contra la superficie del suelo al recordarla. Sabía perfectamente que ya no le pertenecía.

Blanco la había reclamado hacía tiempo, no solo en forma, sino en voluntad. Aun así, aquella perla seguía observándola, silenciosa, presente en lugares donde no debería estar. Y fue ella quien llevó el mensaje. No a Blanco, como Rosa hubiera esperado o incluso deseado, sino a Amarillo y Azul.

¿Por qué no había ido directamente con Blanco? Esa pregunta le daba vueltas una y otra vez. Tal vez por miedo. Tal vez porque, incluso controlada, esa perla todavía recordaba quién era Blanco realmente. Con Azul y Amarillo, en cambio, el castigo era seguro, pero predecible. Blanco era otra cosa. Blanco era absoluto.

Rosa dejó escapar una risa breve y sin humor. Qué ironía. Había intentado hacer algo distinto, algo mínimo, y había terminado encerrada como si fuera una gema defectuosa. Azul la había mirado con cansancio, no con odio, y eso dolía más. No la habían castigado por destruir, sino por cuestionar COSAS DEL IMPERIO.

Se llevó una mano al estomago, donde su gema latía con una luz tenue. Ella no quería desafiar al imperio. Al menos no de esa forma. Quería entenderlo, cambiarlo desde adentro, hacerlo menos rígido, menos cruel. Pero cada intento parecía alejarla más de sus hermanas, más de ese lugar que se suponía debía llamar hogar.

“Tal vez soy el error”, pensó, sin atreverse a decirlo en voz alta.

Recordó el planeta madre, aquel hueco desde donde podía observar, aunque fuera un poco, algo que no fuera metal y perfección geométrica. Aquí no había ni eso. Solo paredes lisas, oscuridad controlada y vigilancia constante. Un recordatorio de que incluso una diamante podía caer si se desviaba del camino establecido.

Aun así, entre la tristeza y la frustración, algo seguía firme en su interior. No era rebeldía, ni orgullo. Era convicción. La sensación de que, aunque no supiera cómo ni cuándo, aquello que sentía tenía un propósito. Que los orgánicos, las gemas sin jerarquía, las voces que no encajaban… todo eso significaba algo.

Diamante Rosa abrió los ojos y observó la nada frente a ella.

Podían encerrarla. Podían vigilarla. Podían reducirla.

Pero no podían borrar lo que ya había aprendido a sentir.

Y eso, lo supo en ese instante, era lo que más temían.

Diamante Rosa no supo cuánto tiempo permaneció llorando. En la oscuridad de aquella sala de la nave de Azul, el tiempo parecía carecer de sentido. No había luz, no había referencias, solo el eco apagado de su respiración y el peso de sus propios pensamientos. Permaneció allí, en silencio, con los brazos rodeándose a sí misma, como si eso pudiera evitar que se rompiera del todo.

Había sido castigada, sí, pero no por algo que considerara verdaderamente grave. Todo había comenzado de forma tan simple que ahora resultaba absurdo. Solo había pedido a unas aguamarinas que no realizaran el saludo de diamante. No lo había hecho con desprecio ni con rabia, solo con cansancio. Estaba harta de ver cómo cada gema se arrodillaba, cómo cada mirada se llenaba de temor o veneración. Quería caminar entre ellas sin sentirse una figura lejana, sin ser tratada como algo intocable.

Pero una perla había visto. No cualquier perla. La perla que una vez fue suya, la misma que ahora estaba bajo el control absoluto de Diamante Blanco. Rosa lo sabía desde el primer instante. Lo había sentido en la forma rígida de su postura, en la mirada vacía, en esa obediencia que no dejaba espacio para la duda.

Ella no pudo decirle nada. No pudo enfrentarse directamente a Blanco. Nunca podía. Blanco no escuchaba, no preguntaba, no dudaba. Así que la perla hizo lo único que podía hacer: informar. No a Blanco directamente, sino a Amarillo y a Azul. Y Azul, con su autoridad fría y su cansancio acumulado, decidió que Rosa necesitaba

“aprender”.

Diamante Rosa apretó los dientes en la oscuridad. No era la primera vez que la confinaban, pero esta vez dolía distinto. No estaba en el Planeta Madre, no había un hueco por donde observar la luz distante, no había nada. Solo vacío.

Cuando finalmente pudo moverse, cuando el llanto dejó de ahogarla, murmuró para sí misma que…

“Ya casi llegaban”. Sabía perfectamente a dónde iba la nave después de la presentación de las diamantes. Eso no la tranquilizaba, pero le daba una dirección a su ansiedad.

Se secó las lágrimas con el dorso de la mano y se puso de pie. Sentía un cansancio extraño, pesado, algo que no debería afectarle, pero la ausencia de luz comenzaba a pasar factura. Las gemas no necesitaban dormir, pero sí necesitaban luz, y ella llevaba demasiado tiempo sin ella.

Negando con la cabeza, caminó hacia la puerta. Dudó un instante antes de abrirla, como si temiera lo que encontraría del otro lado, pero finalmente lo hizo.

“Mi diamante”, dijo una perla al instante.

No era la misma. Rosa lo supo de inmediato. Aun así, le resultó imposible no comparar. Aquella perla tenía la postura correcta, la voz correcta, incluso un atisbo de la personalidad que Rosa había moldeado en la suya. Una copia casi perfecta, con algunos ajustes, como siempre hacían sus hermanas.

“Reporte de la nave”, dijo Diamante Rosa, con frustración contenida.

La perla bajó la mirada hacia su tableta, desplazando información con rapidez.

“La nave se encuentra en proceso avanzado de mejora, mi diamante. Actualmente el progreso total es del ochenta y seis por ciento.”

Rosa frunció ligeramente el ceño.

“¿Tan rápido?”

“Sí”, respondió la perla con una leve nota de orgullo.

“Las Peridot han optimizado los sistemas de energía y cálculo. Han actualizado los proyectores de colonización y recalibrado los núcleos de luz para aumentar su eficiencia.”

Diamante Rosa cruzó los brazos.

“¿Y la estructura?”

“Las Bismuto están a cargo de eso. Han reforzado el casco, los corredores internos y los puntos de aterrizaje. La nave podrá soportar condiciones extremas sin comprometer su integridad.”

Rosa asintió lentamente, escuchando.

“Además”, continuó la perla.

“dos Agatas regulan con sus tropas los sistemas de enfriamiento y control gravitacional. Una Esmeralda supervisa la coordinación de tropas asignadas a la nave, y una Zafiro analiza posibles inconvenientes futuros durante el trayecto.”

Diamante Rosa dejó escapar un suspiro largo.

Todo funcionaba. Todo avanzaba. Todo estaba perfectamente en orden como odiaba el maldito orden de este lugar.

“Entonces… pronto estará lista”, murmuró.

“Así es, mi diamante. Cuando el proceso alcance el cien por ciento, la nave cumplirá con los estándares más recientes del imperio.”

Rosa guardó silencio unos segundos, observando el pasillo frente a ella. Aquella nave no le pertenecía realmente, aunque llevara su nombre grabado en algunos registros. Era del imperio. Siempre lo había sido.

“Gracias”, dijo al final, con una voz más baja, más cansada.

La perla inclinó la cabeza.

“Siempre es un honor, mi diamante.”

Diamante Rosa se dio la vuelta y comenzó a caminar. La nave avanzaba, el imperio avanzaba, y ella… ella solo podía seguir adelante, intentando no perderse a sí misma en medio de todo aquello.

“¿Cuánto falta en llegar?”, dijo Diamante Rosa con una ceja levantada.

“En seguida, mi diamante”, respondió Perla con tranquilidad mientras se comunicaba con la otra perla mediante su tableta.

“En aproximadamente medio ciclo”, añadió tras unos segundos.

“¿Me tengo que alistar, no?”, dijo Diamante Rosa con una mueca de frustración evidente.

Perla hizo una pequeña expresión incómoda, casi imperceptible.

“¿Le ayudo, mi diamante?”

“Por favor”, respondió Rosa, dándose la vuelta y caminando de regreso hacia la habitación en la que había estado antes.

Perla la siguió en silencio. Una vez dentro, comenzó a ajustar pequeños detalles en su forma.

Pulió con cuidado la gema de Diamante Rosa, ubicada en el estómago, cerca del ombligo. Era un gesto reservado para muy pocas gemas, un privilegio que casi nadie tenía permitido, pero a Rosa no parecía importarle en lo más mínimo. Su mente estaba lejos de ahí, atrapada en una frustración constante que no lograba disiparse.

“Tendré que ir con Spinela”, pensó, haciendo una mueca apenas visible.

De pronto, todo se volvió oscuro.

Steven volvió en sí de golpe, sintiendo cómo la Perla de Azul lo sujetaba con firmeza y prácticamente lo empujaba hacia adelante. Estaba atontado, con la cabeza pesada, sin entender del todo dónde estaba ni qué acababa de pasar.

“¿Llegó al fin de su vida útil?”, preguntó Diamante Azul con un dejo de tristeza en la voz mientras lo observaba.

“Para nada, mi diamante”, respondió la Perla Azul con calma.

“Según los datos básicos, aún tiene pulso. Así lo llamaban aquellos de ese planeta. Me costó encontrar dónde estaban esos latidos, pero los localicé.”

“¿Eh?”, murmuré, apartando con torpeza la cara de la perla, que no estaba siendo tan sutil como seguramente creía.

“¿Qué pasa?”, dije con cansancio, llevándome una mano a la cara.

“¿Ya llegamos, mami?”, añadí medio dormido mientras me frotaba los ojos.

pero luego me daria cuenta de lo que dije y me di una abofetada mental.

“Para nada”, dijo Diamante Azul soltando un suspiro. No quería que su mascota durara tan poco.

Pasaron unos segundos de silencio hasta que finalmente habló de nuevo.

“Ya llegamos.”

Levanté la vista desde la cabina y sentí cómo el aire se me atoraba en la garganta al ver lo que había frente a nosotros. Una estructura colosal dominaba el espacio, atravesándolo como una herida eterna. Una enorme espada rosa flotaba imponente, clavada en el corazón de aquel lugar.

“Carajo”, murmuré sin poder pensar en nada más.

“Genial, ¿no es así?”, dijo Diamante Azul con cierto orgullo.

“Aquí te llevaré con tus primos. Aunque puede que te quede conmigo si te portas bien.”

Me guiñó un ojo antes de ponerse de pie. La Perla Azul me levantó de inmediato como si fuera un saco de papas. Por reflejo, bajé rápidamente la camisa para cubrir mi pecho, ocultando mi gema.

Nadie pareció notarlo.

Aun así, pensé con rapidez. Dentro de mi gema tenía una prenda especial, una especie de conjunto que funcionaba como camisa y short al mismo tiempo, todo en una sola pieza. La había guardado justamente para evitar problemas como este. Si me llevaban a donde creía que me llevarían, iba a necesitarla.

Tragué saliva mientras la nave se acercaba cada vez más a su destino, con la sensación clara de que nada de esto iba a terminar bien… pero que ya no había vuelta atrás.

Fin capítulo 80.

Nota del autor: tenia este borrador tambien, ni cuenta me di, JAJAJA, lo publico asi nomas por que es corto, que más da, ¿no?.

“Ponlo presentable”, dijo Diamante Azul mientras ajustaba su forma de luz para verse más imponente y elegante, como si cada línea y curva de su cuerpo reflejara autoridad y poder. Su brillo iluminaba la estancia con una intensidad que obligaba a todos a girar la mirada, y Steven, por su parte, no podía evitar sentirse pequeño frente a ella.

“Ok”, dijo la Perla de Azul mientras rápidamente se acercaba a mí. Mis manos se tensaron cuando pasó cerca de mi estómago; algo en su gesto hizo que se detuviera en seco y me mirara fijamente. Con naturalidad le guiñé un ojo.

“¿Qué pasa?”, dije con tranquilidad, tratando de no delatar mi incomodidad.

La Perla de Azul bajó la mirada hacia mi estómago y levantó una ceja.

“Tienes un estómago fuerte”, dijo finalmente, con un ligero tono rosado que apenas se notaba en su expresión.

“Qué carajos”, pensé mientras mi cabeza daba vueltas con tres líneas negras surcando mi mente. Sin pensarlo demasiado, me alisté rápidamente: me peiné un poco y metí la camisa por dentro para evitar cualquier otra mirada indiscreta.

“Ya es hora, Perla”, dijo Diamante Azul, mientras ambas se levantaban con elegancia. Yo me quedé a su lado, rígido y sin saber exactamente qué hacer, pero intentando mantener la calma.

De la nada, una burbuja azul se formó alrededor de nosotros, aislándonos del resto de la nave. El aire dentro se volvió más pesado, cargado de anticipación.

Sentí cómo el espacio a nuestro alrededor cambiaba, y un instante después me encontré frente a frente con un grupo de gemas. No eran muchas, pero su presencia imponía respeto. Sus ojos se enfocaron inmediatamente en la burbuja que nos cubría.

La Perla de Azul avanzó un paso, levantando la tableta frente a ella y tocando una serie de comandos. Una luz luminosa se expandió desde la burbuja, proyectando un resplandor que hacía brillar a todas las gemas reunidas, destacando su presencia ante la sala.

“Diamante Azul les da la bienvenida”, dijo con un tono firme pero ceremonial, mientras su voz resonaba en cada rincón.

Las gemas del zoológico humano, entrenadas para obedecer y reconocer a sus superiores, reaccionaron de inmediato. Cada una hizo un gesto de saludo: levantaron sus manos siguiendo el patrón del saludo de Diamante, manteniendo la postura recta y la mirada fija. Era un espectáculo impresionante, lleno de disciplina y sincronía.

“Estas en la presencia de Diamante Azul”, continuó Perla, señalando el resplandor que rodeaba a la figura de su diamante.

“Y estas son las gemas bajo su supervisión directa”, agregó, mientras las Peridot y Bismuto técnicas hacían movimientos coordinados, mostrando que cada acción estaba estudiada para transmitir orden y lealtad.

Yo me quedé observando, boquiabierto, mientras la luz de Diamante Azul bañaba la sala. Cada gema parecía una extensión de su poder y autoridad. Había una mezcla de respeto, temor y admiración en el aire, y yo no podía evitar sentirme aún más pequeño ante la magnitud de lo que estaba presenciando.

La Perla se acercó a mí una vez más, asegurándose de que estaba firme y listo para lo que vendría.

“Todo está en orden, mi Diamante. Ellos han reconocido su presencia”, dijo suavemente, con un tono que mezclaba orgullo y cuidado.

El silencio se hizo absoluto por unos segundos, roto solo por la respiración contenida de cada gema.

Luego, como si todo el grupo esperara una señal, la Perla hizo una ligera inclinación con la cabeza, dando paso a que la atención de todos se centrara en nosotros. La luminosidad de Diamante Azul se intensificó, dejando en claro que su autoridad no era discutible, y que cualquier interacción que sucediera bajo su mirada debía ser tomada con la máxima seriedad.

Yo me mantuve firme, aunque por dentro mi corazón latía a mil por hora.

“Prepárense”, dijo la Perla mientras ajustaba su tableta.

“Este es el momento de mostrar respeto, disciplina y conocimiento. La Diamante Azul está presente, y su atención es absoluta”.

Todo el grupo respondió con un silencio respetuoso.

Luego de unos gestos innecesarios, claramente diseñados para resaltar lo grandiosa que era Diamante Azul, finalmente me dejaron con una cuarzo.

“Llévala con los demás, al final me lo llevaré”, dijo Diamante Azul mientras caminaba junto a Perla, su luz imponente iluminando el camino.

Las tres Amatista que me escoltaban me miraron con una mezcla de curiosidad y desconfianza. Una de ellas frunció la ceja mientras me acercaba.

“Qué onda”, dije con tranquilidad, intentando romper el hielo mientras avanzábamos.

“¿Cómo van aquí? ¿Es genial o solo siguen la rutina?”

Las Amatista permanecieron en silencio, aunque noté que una de ellas tenía ganas de hablar.

“Tranquilo, los entiendo”, continué con tres líneas negras marcando mis pensamientos, recordando cómo tres Peridots habían estado haciendo figuras extrañas de Diamante durante casi veinte minutos.

“Cualquiera se aburriría con algo así, ¿verdad?”

La Amatista que parecía más curiosa asintió, pero de inmediato fue golpeada por su amiga.

“¡Cállate! No tenemos que hablar con los reclusos”, dijo mientras ajustaba sus manos alrededor de mí con firmeza.

“Oye”, murmuré mientras sentía un pequeño dolor en la mano, pero solo lo ignoré.

Observé el lugar al que nos acercábamos: filas ordenadas de cuarzos y otras gemas de rango bajo, todos ocupados en distintas tareas, algunos con la mirada perdida, otros concentrados en su labor. La luz tenue del corredor proyectaba sombras largas que hacían que todo se sintiera aún más solemne.

“Oigan, si por alguna razón me lastiman, le diré a la gema grande”, advertí con un tono serio, aunque un poco juguetón.

Las tres Amatista palidecieron, claramente sorprendidas por mi comentario.

“Era broma”, dije mientras reía suavemente, sintiendo cómo la tensión se relajaba un poco.

Las gemas me miraron con reproche, pero yo solo sonreí, manteniendo la calma.

“Tranquis”, continué.

“De igual manera, si tenemos chance hablamos. Si los humanos que están aquí son de hace cinco mil años o algo así, realmente caería en la locura antes de poder hablar con alguno de ellos”, añadí con tranquilidad, intentando que entendieran mi perspectiva.

“Ok”, respondió finalmente la Amatista más cercana, inclinando ligeramente la cabeza.

Yo solo sonreí, observando cómo las demás gemas del lugar continuaban con sus tareas, mientras me preparaba mentalmente para conocer a los otros cuarzos y gemas que estaban bajo la vigilancia de Diamante Azul.

De la nada, sentí un empujón y miré a las tres Amatista por última vez antes de ser arrastrado hacia un lugar completamente blanco.

La puerta extraña se cerró de golpe tras de mí, dejándome solo en aquel espacio impoluto y silencioso.

“Hola, orgánico”, dijo una voz que se parecía al 99% de las Perlas que había conocido, las cuales apenas habían sido tres, pero eso decía mucho de la creatividad del Imperio.

“Te cambiaré de ropa, orgánico tonto”, añadió la voz con una sonrisa sarcástica.

Sin pensarlo demasiado, me quité la ropa para no darle oportunidad de burlarse más de mí.

“¿Eh?”, dijo la voz, confundida al verme moverse con naturalidad, pero pronto se concentró en la tarea. Observó cómo me quitaba toda la ropa, notando mi gema, aunque claramente no estaba programada para preguntar nada al respecto, así que le daba completamente igual.

“¿Me la guardas? Esta es exclusiva”, dije con tranquilidad mientras señalaba mi gema.

“Te la guardo”, respondió la voz con un tono burlón que me hizo rodar los ojos.

Mi vieja pijama se despedía silenciosa, y no pude evitar sentir una ligera tristeza: adiós, pijama.

De la nada, una nueva ropa apareció frente a mí: cómoda, ajustada, con colores que combinaban entre sí, y además, dos aritos morados se colocaron en mis orejas. Todo sucedió tan rápido que apenas tuve tiempo de reaccionar antes de ser jalado hacia otro lugar por la fuerza de la Perla encargada.

Y finalmente, sin previo aviso, caí de cabeza en un lago. El frío me hizo reaccionar de inmediato, y mientras flotaba y miraba el cielo, no pude evitar pensar: “Genial… ¿ahora qué sigue?”

Fin capítulo 81.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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