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Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 83

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Capítulo 83: Capítulo 83: Objetivo: Diamante Blanco (spoiler: mala idea).

Diamante Azul bajó de la burbuja junto a Diamante Amarillo, ambas tomadas con una elegancia calculada, casi perfecta, como si cada movimiento estuviera diseñado para recordarles a todos quiénes mandaban.

Imponentes.

Intocables.

Un montón de gemas comenzó a celebrar de forma ordenada. Algunas tenían formas de diamante, de distintos colores, todas alabando como si su existencia dependiera de ello… que, siendo sinceros, probablemente sí.

Aunque algunas se veían… forzadas.

Sonrisas tensas.

Movimientos mecánicos.

Pero claro, ¿quién iba a cuestionar a las Diamantes? Nadie con ganas de seguir existiendo.

Las Diamantes no les prestaron atención y continuaron avanzando mientras sus Perlas las presentaban con esa perfección irritante que solo ellas tenían.

Al final de la presentación, apareció una figura.

Perla Blanca.

“Bienvenidas, Diamante Amarillo, Diamante Azul. ¿Cómo les fue?”

Ambas se tensaron apenas.

Un detalle pequeño.

Casi imperceptible.

Pero estaba ahí.

Aun así, asintieron.

Perla Blanca las observó fijamente.

En pose T.

Sí.

Literalmente en pose T.

Dominancia absoluta… o un bug del universo, no estaba seguro.

Miró al Imperio, hizo una reverencia perfecta…

Y se fue.

Así.

Sin más.

Como si fuera un jumpscare elegante.

…

…

Las Diamantes llamaron a sus palanquines: uno amarillo y otro azul.

Entraron junto a sus Perlas sin decir una sola palabra.

Y se fueron.

Como si todo ese espectáculo…

No hubiera sido nada.

Sin darse cuenta de Steven… ni de la guijarro.

Ambos estaban justo debajo de donde se encontraban las Diamantes.

Literalmente bajo el suelo.

Ocultos.

Esperando.

Varias guijarros cercanas los miraron confundidas, como si intentaran procesar qué demonios estaba pasando ahí abajo.

Guijarro 1 rodó un poco hacia adelante, llamando la atención.

“Eh… no entren en pánico,” dijo con total naturalidad. “Traigo invitado.”

Silencio.

Miradas.

Muchas miradas.

“…¿Invitado?” repitió una guijarro.

“Sí,” respondió Guijarro 1. “Versión rara de Rosa.”

“¡Steven!” corregí desde mi forma pequeña, levantando una mano.

Las guijarros se quedaron en silencio unos segundos.

Procesando.

Procesando fuerte.

“…Se ve chiquito,” dijo una.

“Y brillante,” añadió otra.

“Y sospechoso,” remató una tercera.

“Gracias, muy amables todas,” murmuré.

Guijarro 1 suspiró.

“Escuchen, no hay tiempo. Él es importante.”

“Eso dicen todos antes de que algo salga mal,” respondió otra guijarro.

“Pues perfecto, porque esto va a salir mal,” dije. “Pero necesito su ayuda.”

Más silencio.

Más miradas.

“Es Rosa,” dijo una.

“Es Steven,” corrigió otra.

“Es un problema,” concluyó una tercera.

“Confirmo,” murmuré.

Guijarro 1 intervino antes de que se armara más caos.

“Va a ir con Diamante Blanco.”

…

…

…

Ahora sí.

Silencio total.

Del que pesa.

“…Ah,” dijo una guijarro.

“…Entonces sí estamos jodidas,” añadió otra.

“Correcto,” respondí.

Suspiraron.

“Bueno,” dijo una al final. “Si ya llegó hasta aquí… supongo que lo mínimo es ayudar.”

“Además,” añadió otra, “quiero ver cómo termina esto.”

“Yo también,” dijo una tercera.

Asentí.

“Perfecto.”

Porque sí.

Claramente esto solo podía empeorar.

Y todos lo sabíamos.

“Bueno… solo déjenme descansar un poco,” dije, mirando a todos lados.

Necesitaba un respiro.

Mi cerebro ya iba en modo sobrecalentado nivel dios.

“Oigan… ¿pueden crear un lugar de, más o menos, tres por tres metros?” pregunté, rascándome la cabeza.

“Ahuevo,” dijo una guijarro sin dudar.

Las guijarros empezaron a trabajar de inmediato.

Literal.

Se pusieron a laburar como si fueran un equipo de construcción exprés. La piedra se movía, se acomodaba, se moldeaba con precisión sorprendente.

En cuestión de segundos…

Había un espacio.

Simple.

De piedra.

Pero cómodo.

Más de lo que esperaba, siendo honestos.

“Joder… servicio cinco estrellas,” murmuré.

Sin perder tiempo, me acosté, dejando escapar un suspiro largo.

Mi cuerpo lo necesitaba.

Mi mente lo suplicaba.

Giré un poco la cabeza hacia Guijarro 1.

“No me despierten… por si acaso.”

“Entendido,” respondió ella.

Cerré los ojos lentamente.

Por primera vez desde que llegué al Planeta Madre…

Me permití relajarme.

Aunque fuera un poco.

Aunque fuera peligroso.

Porque en este lugar…

Dormirse tranquilo probablemente era otra mala decisión.

Pero, bueno.

Ya llevaba varias.

Una más no iba a hacer la diferencia.

Dejaria descansar a mi cuerpo haciendo que volviera a su tamaño original mientras dormia.

Steven despertó… o, mejor dicho, abrió los ojos dentro de ese vacío negro.

Otra vez.

El mismo lugar.

Silencioso. Infinito.

“Cada día controlo más esto…” pensé con una pequeña sonrisa.

Miré a mi alrededor, pero rápidamente negué con la cabeza.

No había tiempo para distraerse.

“Necesito concentrarme.”

Cerré un poco los ojos y pensé en alguien.

Una cara.

Una energía.

Alguien específico.

Amatista.

El tirón fue inmediato.

Sentí cómo algo me jalaba, como si mi cuerpo —o lo que sea que era esto— fuera arrastrado a través del espacio.

El vacío se llenó de estrellas.

Miles.

Pero pronto se volvieron borrosas por la velocidad.

No luché.

Simplemente me dejé llevar.

Como siempre.

Al llegar, todo se estabilizó.

Y, como siempre…

Estaba en otro lugar.

Miré a mi alrededor.

Una habitación.

Extraña.

Metálica.

“…¿Una nave?” murmuré.

Observé mejor.

Ahí estaban.

Perla. Amatista. Garnet. Bismuto. Lapis. Peridot.

Todas.

Reunidas frente a lo que claramente era un panel de control.

Y entonces lo noté.

Las estrellas moviéndose afuera.

Rápido.

Demasiado rápido.

Estaban en el espacio.

No.

Yendo a algún lado.

“Si mis cálculos no me fallan, llegaremos en dos días terrestres,” dijo Peridot, claramente frustrada. “Hice lo que pude, pero esto es lo mejor.”

“Tranquila,” respondió Lapis, con una calma poco habitual, apoyando una mano en su hombro.

Garnet observaba las coordenadas fijamente.

Sus puños se apretaron.

No decía nada.

Pero no hacía falta.

Yo miré en la misma dirección.

Hacia donde se dirigían.

Y sentí cómo mis propios puños se cerraban.

Planeta Madre.

…

“Genial,” murmuré.

“Todos teniendo la misma idea suicida al mismo tiempo.”

“Perfecto.”

Definitivamente esto no iba a terminar bien.

De la nada, sentí un jalón.

Abrí los ojos de golpe mientras todo se distorsionaba a mi alrededor… y regresaba a mi cuerpo.

“…Qué mierda,” murmuré.

Era extraño.

Pero rápidamente entendí el porqué.

Un aura azul se hizo presente.

Pesada.

Abrumadora.

Se interponía con la mía, como si aplastara todo a su paso.

Me quedé en ese vacío negro otra vez, forzado a retroceder, cerrando los ojos mientras esperaba que pasara.

“…Azul,” pensé.

Al abrirlos de nuevo, todo volvió.

El suelo.

El escondite.

Las guijarros.

Llorando.

Todas.

Sin excepción.

Las lágrimas caían sin control, como si no pudieran detenerse aunque quisieran.

Yo también tenía lágrimas en los ojos… pero las aparté con cuidado, forzándome a mantener la calma.

Esperé.

Un segundo.

Dos.

Hasta que el aura desapareció.

El peso se fue.

El silencio volvió.

“…¿Están bien?” pregunté, mirando alrededor.

“Ok… solo comeré algo,” dije mientras agarraba un poco de comida. “Hay que estar nutritivo… o al menos no morirme en el intento.”

Porque prioridades.

Lo bueno de las guijarros era que simplemente iban a donde se les necesitaba. Sin quejarse. Sin dudar.

Eficientes.

Me puse a la par de Guijarro 1.

“¿Estás segura de esto, Rosa?” preguntó.

“Completamente,” respondí, serio.

“…Eso no me tranquiliza.”

“Ni a mí,” admití.

“Bueno, vamos,” dijo, mientras varias guijarros se apartaban para dejarnos pasar.

Me encogí hasta su tamaño y comenzamos a avanzar por los pasillos.

Silenciosos.

Largos.

Demasiado ordenados.

“…Este lugar me da mala espina,” murmuré.

“Es normal,” respondió Guijarro 1. “El Imperio está hecho para eso.”

La miré de reojo.

“¿Para dar miedo?”

“Para controlar,” corrigió. “El miedo es solo una herramienta.”

Seguimos caminando.

“Las Diamantes no necesitan estar en todos lados,” continuó. “Para eso están las Ágatas. Ellas organizan todo.”

“Asumo que son las que mandan en el día a día,” dije.

“Exacto. Controlan colonias, castigan errores, asignan funciones… básicamente, si respiras mal, ellas lo anotan.”

“Genial… ya me caen mal.”

“Después están las Perlas,” añadió. “Son… asistentes. Pero no las subestimes. Ven todo. Escuchan todo.”

“Sí, ya me di cuenta… dan miedo en silencio.”

Guijarro 1 asintió.

“Las Amatistas y demás soldados hacen el trabajo pesado. Patrullan, pelean, mantienen el orden.”

“¿Y ustedes?” pregunté.

“Nosotras… observamos,” respondió. “No somos importantes, así que nadie nos presta atención.”

“Perfecto para esconderse,” murmuré.

“Exacto.”

Giramos por otro pasillo.

El ambiente se sentía cada vez más… limpio.

Más perfecto.

Y eso solo lo hacía peor.

“¿Y Diamante Blanco?” pregunté.

Guijarro 1 tardó un poco en responder.

“Es diferente.”

“Eso no suena bien.”

“No lo es,” dijo. “No grita como Amarillo. No llora como Azul.”

“…Entonces, ¿qué hace?”

“Corrige.”

Esa palabra se quedó en el aire.

“¿Corrige?” repetí.

“Si algo no es perfecto… lo hace perfecto.”

Fruncí el ceño.

“Eso suena bastante jodido.”

“Lo es.”

Seguimos avanzando.

Cada paso me acercaba más a ella.

“¿Y si no le gusta lo que ve?” pregunté.

Guijarro 1 no me miró.

“Entonces deja de existir como eres.”

…

“Ah.”

Silencio.

“…Bueno,” murmuré. “Nada de presión entonces.”

Guijarro 1 soltó una pequeña risa.

“Rosa…”

“Steven.”

“…Steven,” corrigió. “Si alguien puede hacer esto…”

Negué con la cabeza.

“No. No soy especial.”

Miré al frente.

“Solo soy el idiota que decidió intentarlo.”

Y sinceramente…

Eso ya era suficiente problema.

Caminamos durante horas.

Horas.

Yo comía de vez en cuando, descansaba un poco —aunque realmente no lo necesitara—, pero quería guardar toda la energía posible antes de cometer… bueno, el error más grande de mi vida.

Suicidio con pasos extra.

Genial.

Después de un buen rato, llegamos a una zona diferente.

Más silenciosa.

Más… limpia.

“Ya casi llegamos,” dijo Guijarro 1.

Los minutos que siguieron fueron probablemente los más tensos de mi vida.

Cada paso pesaba.

Cada sonido parecía demasiado fuerte.

Hasta que finalmente…

Nos detuvimos frente a una pared.

…

…

…

“Aquí es,” dijo la guijarro.

Asentí lentamente.

Ok.

Hora de hacer la peor decisión posible.

Me preparé mentalmente.

Respiré hondo.

Una vez.

Dos.

Guijarro 1 me miró.

“¿Estás lista, Rosa?”

“Steven,” corregí por reflejo… aunque ya sin ganas.

La miré serio.

“Vete de aquí. Por si las cosas salen mal.”

Pausa.

“No quiero que te involucres más de lo que ya estás.”

Guijarro 1 dudó un segundo.

Pero al final asintió.

Sin discutir.

“…Buena suerte.”

Se alejó rápidamente y abrió un pequeño hueco en el suelo, desapareciendo en silencio.

Y ahí me quedé.

Solo.

Frente a esa pared.

“Ok…” murmuré.

“Vamos a tocar la puerta de la entidad más peligrosa del universo.”

Levanté la mano.

“Plan perfecto.”

…

“Qué mierda estoy haciendo.”

Entré por el hueco.

Y ahí estaba.

Una figura imponente.

Alta.

Perfecta.

Blanca.

A su lado, una Perla Blanca, observando lo que parecían ser colonias, como si estuviera revisando datos en tiempo real.

Yo… negué con la cabeza.

No había vuelta atrás.

Suspiré.

Guardé silencio.

Respiré otra vez.

Y volví a mi forma normal.

Aún no me notaban.

Bien.

Caminé lentamente hacia ellas.

Un paso.

Luego otro.

La Perla fue la primera en girarse.

Y en cuanto me vio…

Su sonrisa desapareció.

Al mismo tiempo, Diamante Blanco dejó de sonreír.

Ambas me miraron.

Directamente.

Diamante Blanco alzó una ceja.

“Oh… ¿una criatura orgánica?” dijo, sin el más mínimo tacto. “¿Qué haces por aquí, desperdicio?”

Levanté una ceja.

Ok.

Empezamos fuerte.

Aun así, seguí adelante.

Levanté una mano en un pequeño saludo.

“Hola, Blanco. Cuánto tiempo.”

Diamante Blanco alzó aún más la ceja.

“Qué familiaridad tan inapropiada,” respondió. “¿Acaso nos conocemos?”

Todavía no me aplasta con una pierna. Eso es bueno.

“Soy el hijo de alguien que conoces,” dije, avanzando hasta quedar frente a ella.

Cara a… bueno, más o menos cara.

Porque estaba enorme.

Ridículamente enorme.

Pero ahí estaba.

Frente a la Diamante más poderosa.

Sin plan B.

Sin escape claro.

Solo palabras.

“Interesante,” murmuró Blanco, inclinando ligeramente la cabeza. “No recuerdo haber aprobado la existencia de algo como tú.”

La Perla Blanca no decía nada.

Solo miraba.

Analizando.

Como si ya estuviera calculando cómo desarmarme pieza por pieza.

“Tu forma es… incorrecta,” continuó Blanco. “Tu presencia… desordenada.”

Sonrió apenas.

Pero no era una sonrisa bonita.

Era de esas que te hacen pensar ya valiste.

“Corrijámoslo.”

…

“Espera,” dije rápido, levantando la mano.

Milagrosamente…

Se detuvo.

“Soy el hijo de Rosa.”

Silencio.

Total.

Absoluto.

Ni la Perla se movió.

Ni el aire.

Nada.

Por primera vez…

Diamante Blanco no habló de inmediato.

Solo me miró.

Fijamente.

Como si estuviera viendo algo imposible.

Algo que no encajaba.

Algo que no debería existir.

Y eso…

Era probablemente peor que si me hubiera atacado.

“Oh… Rosa. Eres tú. Fascinante,” dijo Diamante Blanco, observándome de arriba abajo como si fuera… un experimento interesante.

No una persona.

Steven, por si acaso, levantó su camisa para mostrar la gema.

La Perla Blanca se acercó de inmediato, inclinándose ligeramente para verla mejor.

La analizó en silencio.

Demasiado tiempo.

Demasiado cerca.

Diamante Blanco asintió.

“Ninguna cuarzo posee ese color en su gema,” dijo con total naturalidad, como si estuviera clasificando un objeto.

Yo bajé la camisa lentamente.

Esto iba exactamente como no quería.

“¿Terminaste tu berrinche, Rosa?” continuó Blanco. “Debo admitir que este… jueguito tomó bastante tiempo.”

Sonrió.

Esa sonrisa.

“Te castigaría… pero me divertí.”

…

Ok.

No.

Esto no.

“Sabes que no eres la perfecta,” añadió, con un tono casi burlón. “La perfecta soy yo.”

Soltó una pequeña risa.

“Jajaja…”

Silencio.

La miré.

Y negué con la cabeza.

“…No,” dije.

Simple.

Directo.

“Primero, no soy Rosa.”

Di un paso al frente.

“Segundo… esto no es un juego.”

La Perla Blanca se tensó apenas.

Diamante Blanco no cambió su expresión.

“Soy Steven,” continué. “Y no estoy aquí para seguirte la corriente.”

Pausa.

“Estoy aquí para que escuches.”

Eso sí llamó su atención.

Solo un poco.

Lo suficiente.

“Porque todo esto,” señalé alrededor, al Imperio, a las colonias, a todo, “no está funcionando.”

La sonrisa de Blanco no desapareció.

Pero se volvió… más fría.

“Qué interesante,” murmuró. “Rosa siempre tuvo problemas para aceptar la perfección.”

Inclinó la cabeza.

“Y ahora… incluso fragmentada… sigue igual.”

Apreté los puños.

“Te equivocas.”

Silencio.

“No soy un error que tienes que corregir,” dije. “Y tampoco lo es nadie más.”

La Perla Blanca me miró fijamente.

Diamante Blanco…

Seguía sonriendo.

Pero sus ojos…

Esos ya no estaban jugando.

“Entonces explícame,” dijo suavemente. “¿Qué se supone que eres?”

Respiré hondo.

Aquí iba.

“Soy lo que pasa cuando alguien deja de intentar ser perfecto…”

La miré directo.

“Y empieza a ser mejor.”

…

Ok.

Sí.

Definitivamente esto podía salir muy mal.

Diamante Blanco sonrió.

“Oh, Rosa… parece que no lo entiendes.”

Me miró nuevamente, como si ya hubiera decidido qué era yo.

“Este cuerpo orgánico tuyo… hace que, bueno, no seas tú. No te preocupes… te liberaré.”

En esta línea temporal…

Fue directa.

Demasiado directa.

Se acercó y trató de tomarme.

Pero no me dejé.

Le aparté la mano de un manotazo.

El sonido resonó por toda la sala blanca.

Seco.

Claro.

Diamante Blanco abrió los ojos de par en par.

Sorpresa pura.

Yo mantuve la mirada, con la mano aún levantada.

Sin bajar la guardia.

“Oh… vaya,” dijo, con una sonrisa que ya no era tan natural. “Eso es nuevo.”

“No me quitarás mi gema,” dije, firme.

“Oh, Rosa… suficiente tengo contigo.”

Pero su sonrisa solo se amplió.

Más tensa.

Más… equivocada.

“¿Sabes por qué te dejé hacer tu jueguito?” preguntó, sin importarle realmente mi respuesta.

No dije nada.

“Sabes… la rebelión fue la excusa perfecta para fragmentar gemas.”

…

…

…

Guardé silencio.

Sin reacción.

Sin darle nada.

“Ah…” soltó Blanco, casi molesta por eso. “Bueno, me imagino que ya sabes lo del Clúster.”

Ni siquiera me miraba ya.

Solo hablaba.

Como si estuviera recordando algo entretenido.

“Digamos que yo le di la idea a Amarillo para hacer eso.”

Pausa.

“¿Sabes por qué?”

Silencio.

Yo no respondí.

La miré fijamente.

Esperando.

“¿Sabes por qué odio la fusión, Rosa?” dijo Diamante Blanco.

…

…

…

“Porque yo no puedo hacerla con otros.”

Eso sí me sorprendió.

La miré fijamente, con una ceja levantada.

“Bueno… sí puedo,” corrigió, señalando a su Perla, que seguía completamente rígida. “Pero solo con quienes controlo.”

La Perla no reaccionó.

Ni un movimiento.

Nada.

“Me fusioné con ella… pero no es lo mismo. No es perfecto,” dijo, haciendo una mueca.

Su voz tenía algo raro ahora.

Más tensa.

Más… obsesiva.

“Y yo…” continuó, llevándose una mano al pecho. “Yo soy perfecta.”

Silencio.

“Y el Clúster me ayudaría en eso.”

Sentí un sudor frío recorrer mi espalda.

No me gustaba hacia dónde iba esto.

Para nada.

“Claro que me dio la idea,” siguió, mirándome fijamente ahora. “Si pudiera tomar fragmentos de las tres Diamantes… y unirlos a mí por la fuerza… eso sería una fusión, ¿no es así?”

Esta vez sí di varios pasos hacia atrás.

“Y como yo estaría completa… yo tendría el control,” continuó. “Sus conciencias estarían ahí, claro… ayudándome a alcanzar la perfección absoluta.”

“¿Qué mierda…?” murmuré, abriendo los ojos de par en par.

Esto ya no era solo jodido.

Esto era otro nivel.

Diamante Blanco levantó ligeramente la mano, como si imaginara algo frente a ella.

“Estaba esperándote, ¿sabes?”

Su mirada se clavó en mí.

“Esperando el momento adecuado para cumplir mi objetivo.”

Otro paso atrás.

Mi cuerpo ya reaccionaba solo.

“Unirnos como debería ser,” dijo, alzando ambos brazos lentamente. “Ser uno… y yo, la perfección.”

Su sonrisa se deformó.

Ya no era elegante.

Era… inquietante.

“¿No te parece genial, Rosa?” preguntó. “Serás parte de la perfección. Ayudarás a completarla.”

Su voz bajó un poco.

Casi susurrante.

“¿No te llena eso de gloria?”

La miré.

Y por primera vez desde que llegué…

Sentí algo claro.

No duda.

No miedo.

Rabia.

“…No.”

Mi voz salió firme.

“Eso no es perfección.”

Apreté los puños.

“Eso es control. Es obligar. Es romper a otros para sentirte completa.”

La sonrisa de Blanco no desapareció.

Pero sus ojos…

Se endurecieron.

“Y no voy a dejar que hagas eso,” añadí.

Silencio del pesado.

“Oh, Rosa…” dijo Diamante Blanco con una sonrisa.

“No tienes elección.”

Y de la nada—

Un rayo blanco salió disparado directo hacia mí.

“¡Mierda!” grité.

Fin del Capítulo 83

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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