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Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 84

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Capítulo 84: Capitulo 84: El verdadero Blanco.

Me cubrí instintivamente.

El rayo blanco pasó rozándome y se estrelló contra la pared, iluminando toda la sala como si el mismo espacio se quebrara.

…

…

Diamante Blanco me miró con desprecio.

“Oh, Rosa… solo estás alargando lo inevitable.”

“Veremos,” murmuré.

Activé mi forma rosa.

La energía brotó de mi cuerpo, envolviéndome. Mis ojos brillaron con ese tono intenso, los diamantes reflejándose en ellos como fragmentos de algo… más grande.

“Patético,” dijo Blanco.

Y disparó otra vez.

Esta vez no esquivé.

Planté los pies y levanté una barrera.

El impacto fue brutal.

El rayo chocó contra el escudo, haciendo vibrar todo a mi alrededor. El suelo crujió, el aire tembló.

Apreté los dientes.

“Joder… sí pega fuerte.”

Mientras resistía, algo se movió detrás de mí.

La Perla.

Rápida.

Silenciosa.

Intentó golpearme por la espalda—

La detuve.

Tomé su brazo justo antes del impacto.

Pero en cuanto la toqué…

Sus ojos brillaron.

“…Mierda.”

Me puse en guardia—

¡BOOM!

El rayo explotó contra mí.

Instintivamente me encerré en una burbuja.

El impacto me lanzó fuera de la sala de Diamante Blanco como si fuera una bala.

Atravesé la entrada.

Salí disparado.

Las gemas afuera apenas tuvieron tiempo de reaccionar.

Sus ojos se abrieron de par en par al ver una burbuja rosada cruzar el aire a toda velocidad.

Me detuve en seco.

Flotando.

La burbuja vibraba, comprimida por la presión.

“Ok… mi turno.”

La burbuja empezó a deformarse.

A expandirse.

Y entonces—

Se conectó con otra.

Una segunda burbuja apareció, envolviendo algo más.

Diamante Blanco.

Por primera vez…

No lo vio venir.

Su expresión cambió.

Apenas.

Pero suficiente.

“¿Qué—?”

No le di tiempo.

Con una fuerza que ni yo sabía que tenía, jalé.

Las dos burbujas se tensaron como si fueran cuerdas.

Y empecé a girar.

Una vez.

Dos.

Tres.

Cada vuelta más rápida.

Más violenta.

El aire silbaba.

La energía crujía.

“¡Esto es por— todo!” grité.

Y la solté.

Diamante Blanco salió disparada.

Pero no terminé.

Formé picos.

Decenas.

Cientos.

Diamantes rosados que aparecieron a mi alrededor como una tormenta.

Los lancé.

Uno tras otro.

Como una lluvia imparable.

Los impactos resonaban mientras Blanco era arrastrada hacia el suelo—

¡BOOM!

El choque sacudió toda la estructura.

El suelo se agrietó.

El aire explotó en una onda de choque.

Silencio.

Pesado.

Tenso.

Yo flotaba, respirando agitado.

Mirando hacia abajo.

“…Ok,” murmuré.

“Eso definitivamente la enojó.”

De la nada—

Un rayo blanco atravesó el aire directo hacia mí.

“¡Mierda!”

Apenas tuve tiempo.

Invoqué mi escudo.

El impacto fue inmediato.

Brutal.

Sentí la presión aplastándome, como si todo el peso del planeta cayera sobre mí. El suelo bajo mis pies se resquebrajó mientras mis brazos temblaban intentando sostener la barrera.

“…Joder…”

Esto era mucho más fuerte de lo que pensé.

Mucho.

…

…

…

Perspectiva de Diamante Azul

No sabía cómo iría su día.

Pero regresar al planeta donde ella y sus hermanas habían surgido…

Era, de alguna forma, reconfortante.

Familiar.

Tranquilo.

Se encontraba sentada en su palanquín, su postura elegante como siempre, mientras esperaba nuevos informes de sus colonias.

Su Perla permanecía a su lado, organizando datos menores, aquellos que no requerían atención inmediata.

Todo… en orden.

Llegaron a su zona asignada.

El palanquín se detuvo en su lugar habitual.

Y Diamante Azul comenzó a trabajar.

Horas pasaron.

Informes.

Solicitudes.

Correcciones.

Una Jade incluso se presentó para pedir suministros destinados a guarderías donde se formarían futuras Ágatas de su colonia.

Azul escuchó.

Asintió.

Y le entregó un permiso con límite de tiempo.

Eficiente.

Sin complicaciones.

Como siempre.

Hasta que—

BOOM

Una explosión.

Fuerte.

Lo suficiente para romper la calma.

Diamante Azul levantó la cabeza, una ceja ligeramente alzada.

“…¿Otra Peridot explotando cosas?” pensó. “Eso no pasaba desde hace… cincuenta ciclos.”

Pero algo no encajaba.

Esto… se sentía diferente.

Más… intenso.

Se levantó lentamente.

Su mirada se dirigió hacia el origen del impacto.

Y entonces lo vio.

A lo lejos—

Energía.

Brillante.

Violenta.

Y en medio de todo eso…

Un destello.

Rosa.

No cualquier rosa.

Ese rosa.

Sus ojos se abrieron lentamente.

Su respiración se detuvo por un instante.

“…No…”

No podía ser.

Pero lo era.

Ese tono.

Esa energía.

Esa presencia—

“Rosa…”

La palabra escapó de sus labios casi en un susurro.

Su expresión cambió.

Ya no era calma.

Ya no era control.

Era… algo más.

Algo que no había sentido en mucho tiempo.

Y sin pensarlo—

Dio un paso al frente.

Porque si eso era lo que creía…

Entonces todo acababa de cambiar.

Perspectiva de Diamante Amarillo

Regresar a ese lugar…

Siempre le dejaba un peso incómodo en el pecho.

Pero no era el aura de Azul.

No.

Era otra cosa.

Algo más profundo.

La sensación constante de no ser suficiente.

Ni para sus hermanas.

Ni para Azul.

Con Blanco… era diferente.

Ahí no había validación.

Solo cumplimiento.

Obediencia disfrazada de perfección.

Desde que Blanco le sugirió usar fragmentos de gemas para crear un arma geopolítica…

Amarillo dejó de cuestionar.

Dejó de pensar en lo que significaba.

Lo hizo.

Porque era lo correcto.

Porque era útil.

Porque era… lo que se esperaba de ella.

Pero aun así…

El Clúster…

No encajaba del todo en su lógica.

No servía como inyector.

No expandía colonias.

Solo era…

¿bonito?

Frunció ligeramente el ceño ante ese pensamiento.

Patético.

Eso era lo único que parecía aportar… si llegaba a completarse.

Y aun así…

Lo aprobó.

Amarillo estaba sentada, revisando informes.

Peridots.

Jades.

Ágatas.

Aguamarinas.

Incluso… Rubíes.

Se detuvo un segundo.

“¿Rubíes?”

Raro.

Sin interés, le pasó el informe a su Perla.

“No tengo tiempo para esto.”

Volvió a lo importante.

Hasta que—

BOOM

Una explosión.

Amarillo reaccionó al instante.

Se levantó de golpe.

Apartó a su Perla sin miramientos y adoptó una postura de combate.

Precisa.

Firme.

Lista.

De las cuatro Diamantes…

Ella era la mejor peleadora.

Y lo sabía.

Incluso mejor que Blanco… en técnica.

Aunque en poder bruto…

Blanco la aplastaba.

Recordó.

Un instante.

Un recuerdo antiguo.

Cuando recién habían nacido las cuatro.

Un momento… extraño.

Casi absurdo.

Blanco había disparado uno de sus rayos.

Directo.

Al diamante que en ese entonces era rojo.

El impacto fue inmediato.

Y tras el golpe—

Ese diamante cambió.

Se volvió rosa.

Y entonces—

Un puño.

Rosa.

Holográfico.

Apareció de la nada.

Y golpeó a Blanco.

La lanzó volando.

A Diamante Blanco.

Amarillo y Azul no reaccionaron.

No le dieron importancia.

Pero lo recordaban.

Cómo olvidarlo.

El holograma de Rosa cayó después.

Ya no era roja.

Era rosa.

Menos imponente…

Pero su aura…

Era innegable.

Poderosa.

Y su carácter…

Completamente diferente.

Alegre.

Ligero.

Errático.

Nada que ver con ellas.

Por eso…

La subestimaron.

Le dieron libertad.

No le asignaron tareas durante milenios.

La dejaron existir.

Error.

Porque cuando “murió”…

El miedo llegó.

Frío.

Real.

¿Qué clase de gema podía destruir a una Diamante?

A una que había mandado a volar a Blanco de un solo golpe.

No tenía sentido.

Y eso…

Era lo peor.

Sin decirlo en voz alta…

Las tres Diamantes hicieron lo mismo.

Un ajuste.

Un cambio.

Un movimiento silencioso.

Para evitar…

Que algo así volviera a pasar.

—

El presente volvió de golpe.

Amarillo miró hacia el origen de la explosión.

Y lo vio.

Energía.

Caos.

Y ese color—

Rosa.

Sus ojos se abrieron apenas.

“…No puede ser.”

Pero su cuerpo ya se estaba moviendo.

Porque si eso era lo que pensaba…

Entonces esto no era una simple explosión.

Era un problema.

Uno enorme.

Y Amarillo…

No iba a quedarse mirando.

Perspectiva de Steven (el gordo mamón):

Miré hacia abajo.

Muy abajo.

Ahí estaba.

Diamante Blanco.

Enorme.

Imponente.

Como si todo el lugar le perteneciera… porque básicamente así era.

“Oh… estrellita,” dijo, inclinando ligeramente la cabeza. “¿Por qué me atacaste tan rápido?”

No respondí.

No valía la pena.

Apreté los puños…

Y me lancé.

Activé mi aura rosa y salí disparado hacia ella, volando directamente a su rostro.

Blanco no se movió.

Solo levantó una mano.

Gigante.

Intentando aplastarme—

“¡NO!”

Me impulsé en el aire y giré, esquivando por poco.

Su mano chocó contra el suelo.

BOOM

La onda expansiva me lanzó hacia atrás.

“Joder—”

Me estabilicé en el aire.

Respiré.

Y volví a cargar.

Esta vez no fui directo.

Formé picos de energía rosa en mis manos y los lancé como proyectiles.

Salieron disparados.

Rápidos.

Precisión total.

Blanco apenas movió los dedos.

Los rayos blancos los desintegraron antes de tocarla.

“Insuficiente.”

Apareció frente a mí en un instante.

Demasiado rápido para su tamaño.

Su mano se cerró—

Me atrapó.

“Te tengo.”

“¡—!”

La presión fue inmediata.

Como si me estuvieran aplastando entre placas tectónicas.

“Tu forma es inestable,” dijo, acercándome a su rostro. “Déjame corregirlo.”

Sus ojos brillaron.

Blanco puro.

Sentí cómo algo intentaba invadirme.

Cambiarme.

“¡SUÉLTAME!”

Escupí sobre mi mano.

La energía curativa reaccionó al instante.

Mi aura explotó.

CRACK

Me liberé.

Su agarre cedió lo justo.

Y aproveché.

Formé un escudo—

Y lo estampé contra su cara.

¡BOOM!

No la dañé.

Pero la hice retroceder.

Un paso.

Pesado.

El suelo tembló.

“…Interesante,” murmuró.

No esperé.

Subí más alto.

Y desde arriba…

Disparé múltiples ráfagas de energía rosa.

No eran picos ahora.

Eran oleadas.

Como lluvia.

Como metralla.

Todo dirigido a ella.

Blanco alzó ambas manos.

Un campo blanco se formó.

Bloqueando.

Absorbiendo.

Pero la presión la obligó a moverse.

A cubrirse.

A reaccionar.

“¡No puedes controlar todo!” grité.

Me lancé otra vez.

Directo.

Velocidad máxima.

Ella bajó el campo.

Y sonrió.

“Pero puedo controlarte a ti.”

Rayo.

Directo.

No tuve tiempo.

Me cubrí con el escudo.

El impacto me atravesó.

Sentí cómo mi cuerpo vibraba.

Cómo mi forma se distorsionaba.

“¡GH—!”

Salí disparado contra el suelo.

Rodé.

Reboté.

Me detuve con dificultad.

Respiración pesada.

Dolor.

Pero…

Me levanté.

“…Sigo aquí,” dije.

Blanco descendió lentamente.

Gigante.

Intocable.

“¿Por cuánto tiempo?” respondió.

Su sombra me cubrió por completo.

Apreté los puños.

Mi aura volvió a encenderse.

Más intensa.

Más inestable.

“El tiempo suficiente.”

Y volví a lanzarme.

Porque si iba a caer…

No iba a ser sin pelear.

Steven miró fijamente al frente…

Pero algo lo hizo girarse.

“¡Rosa!” gritó Diamante Azul, acercándose.

Ese instante—

Fue suficiente.

Diamante Blanco no dudó.

Un rayo blanco salió disparado directo a su gema.

No hubo tiempo.

No hubo defensa.

El impacto fue limpio.

Directo.

Steven abrió los ojos—

Y todo se volvió oscuro.

—

Perspectiva de Diamante Blanco

Patético.

Es más débil que antes.

Me preocupé por nada.

Pensó mientras esquivaba con facilidad los ataques previos, como si todo esto hubiera sido apenas… una molestia.

Lanzó a Rosa por los aires.

Ambas impactaron el suelo con fuerza.

Solo necesitaba una oportunidad.

Un segundo.

Y ese segundo llegó.

“¡Rosa!” gritó Azul.

Inútil.

Aproveché.

El rayo salió directo a la gema.

Mi sonrisa creció.

Amplia.

Satisfecha.

Diamante Azul retrocedió, horrorizada.

Perfecto.

Después de controlar a Rosa…

Seguirían ellas.

Paso a paso.

Me acerqué al cuerpo.

Inerte.

De pie.

Vacío.

“Por fin.”

—

Y entonces—

Algo cambió.

Una cápsula blanca apareció de la nada.

Encerró el área.

Dejando fuera a Azul… y a Amarillo, que aún no reaccionaba del todo.

“¿Eh?”

No di esa orden.

Mi visión se distorsionó.

Borrosa.

Inestable.

Y entonces—

Oscuridad.

—

Abrí los ojos.

Pero ya no estaba ahí.

El espacio era… diferente.

Vacío.

Extraño.

Silencioso.

“¿Eh?” dije, mirando a mi alrededor.

“¡Hola!”

La voz.

Giré de inmediato.

No puede ser.

Ahí estaba.

Steven.

Sonriendo.

De pie.

Frente a mí.

Como si nada hubiera pasado.

Como si… esto fuera su terreno ahora.

“¿Quieres controlarme?” dije, con una ceja levantada.

Diamante Blanco no respondió.

Silencio.

“Ven. Sígueme,” añadí, dándome la vuelta.

Y ella…

Me siguió.

Por reflejo.

…

…

…

Caminaron durante minutos.

Sin darse cuenta.

Hasta que—

“¿Cómo…?” dijo de repente. “¿Cómo te has resistido?”

Me detuve.

La miré.

“No soy Rosa, ¿sabes?” dije con calma. “Soy mitad humano y mitad gema… y al parecer eso tiene sus beneficios.”

Sonreí un poco.

Diamante Blanco guardó silencio.

¿Se había equivocado?

No.

Eso era imposible.

Ella no se equivocaba.

Nunca.

Pero algo interrumpió sus pensamientos.

“Oye, Blanco… ¿alguna vez has jugado póker?” pregunté, con una sonrisa.

Se quedó mirando alrededor.

Confundida.

Analizando cosas que no entendía.

“…¿No?” dije, con falsa lástima. “Bueno, mejor vamos con algo más fácil.”

Caminé hacia una mesa.

Blanco me siguió.

Se sentó frente a mí.

Su sonrisa seguía ahí…

Pero era forzada.

Ambos miramos la mesa.

Saqué un tablero.

Fichas.

Aparecieron de la nada.

“Estas son las reglas.”

Le expliqué.

Movimiento.

Captura.

Turnos.

Simple.

“Y eso es todo… ¿alguna duda?”

“Ninguna,” respondió Diamante Blanco.

Aunque claramente…

No entendía qué estaba pasando.

Ni por qué…

Tenía la ligera sensación de que estaba perdiendo algo más que un simple juego.

Fuera de la cápsula

“¿Qué carajos está pasando?” dijo Diamante Amarillo, golpeando la superficie blanca.

La cápsula ni se inmutó.

Intacta.

Como si sus golpes no significaran nada.

“La maldita Rosa…” murmuró, con rabia contenida. “Se suponía que estaba muerta.”

Diamante Azul no respondió.

Sus ojos estaban fijos.

En un detalle.

La camisa rasgada.

Y debajo…

La gema.

Brillante.

Rosa.

Su respiración se volvió más lenta.

Más pesada.

Entonces—

Un sonido.

Una nave descendiendo.

Ambas alzaron la mirada.

“¿Y esa mierda qué es?” dijo Amarillo, levantando la mano lista para atacar.

Pero Azul la detuvo.

Sujetó su brazo.

“Espera.”

“¿Qué pasa?” respondió Amarillo, molesta.

La nave aterrizó.

La compuerta se abrió.

…

…

…

Y entonces—

Una figura emergió.

Gigante.

Imponente.

Una fusión.

Azul abrió los ojos.

Amarillo también.

“¿Una… fusión?” dijo Azul, confundida.

“¿Y?” respondió Amarillo, con desprecio. “Sigue siendo patético.”

Levantó la mano—

Disparó.

La fusión reaccionó al instante.

Un martillo apareció en sus manos.

Lo estrelló contra el suelo.

BOOM

La onda del impacto bloqueó el ataque.

“¿Qué carajos—?” alcanzó a decir Amarillo.

El suelo bajo ella se deformó.

Se movió.

Se abrió.

Y la arrastró.

“¡—!”

Diamante Amarillo salió despedida.

La fusión fue tras ella.

Sin dudar.

…

…

…

Diamante Azul giró la cabeza.

En otra dirección.

Ahí estaban.

Perla.

Amatista.

Lapis.

Las tres la miraron.

Y asintieron.

Como si ya no hubiera vuelta atrás.

Una luz las unió.

Otra figura apareció.

Tan grande como una Diamante.

Imponente.

Silenciosa.

Alas de luz se desplegaron a su espalda.

Un arco se formó en sus manos.

Y luego—

Flechas.

Decenas.

Cientos.

“…¿Qué?” murmuró Azul.

Instintivamente creó una cápsula protectora a su alrededor.

Las flechas se dispararon.

Una lluvia.

Precisa.

Imparable.

Azul observaba desde dentro de su barrera.

Entre la fusión…

Y la cápsula.

Donde estaba Rosa.

Donde estaba Steven.

Y por primera vez en mucho tiempo…

No sabía qué hacer.

Dentro de la cápsula

“Te gané… otra vez,” dije tranquilo, dejando la ficha en su lugar.

Diamante Blanco miró el tablero.

Silencio.

Otra derrota.

Y aun así no decía nada.

Después de un rato me levanté.

Ella también… pero más por curiosidad que por otra cosa.

Y entonces—

Todo cambió.

El blanco desapareció.

La mesa se fue.

Y en su lugar apareció una playa.

El sonido del mar llegó primero.

Suave.

Constante algo definitivamente hermoso.

Ese tipo de sonido que no te das cuenta que necesitas hasta que lo escuchas.

Me agaché y tomé un poco de arena.

La dejé caer entre mis dedos.

“…Está bonito, ¿no?” dije, como si nada.

Las olas iban y venían sin apuro.

El agua brillaba con la luz.

Había peces moviéndose cerca, pequeños, rápidos… vivos.

Todo se movía, pero no de forma caótica.

Solo… natural nada de gemas quitando esto.

“Esto no está intentando ser perfecto,” continué, mirando el mar. “Ni le importa si lo es.”

Una ola llegó hasta mis pies.

Fría.

“Y aun así esta en un constante cambio, estos peces antes no eran esto, simplemente evolucionan sin hacer daño.”

Solté una pequeña risa por la nariz.

“Tampoco los peces están formados en filas, ni el agua sigue órdenes, ni el viento pide permiso para moverse… simplemente esto es natural blanco”

Me levanté despacio.

“Y mira esto…”

Señalé alrededor.

“Todo sigue aquí. Todo sigue vivo, como deberia de ser”

La miré.

Ahora sí, directo.

“No tienes que controlarlo todo para que tenga sentido, no tienes que ser perfecta”

El mar siguió sonando.

Como si estuviera de acuerdo.

O como si simplemente…

No le importara.

Dentro de la cápsula

“Ja…”

“Jaja…”

“JAJAJAJA…”

“JAJAJAJAJA—”

Diamante Blanco empezó a reír.

Pero no era una risa normal.

Era… demasiado.

Demasiado fuerte.

Demasiado larga.

Como si algo dentro de ella se hubiera roto… o liberado.

Nunca había reído así.

Nunca.

“Rosa…” dijo entre risas, llevándose una mano al rostro. “¿En serio crees que voy a cambiar de un día para otro?”

Su risa bajó… pero la sonrisa seguía.

Peor.

Más torcida.

“¿Crees que esto…?” hizo un gesto hacia la playa. “¿Esto significa algo?”

Soltó otra carcajada.

“JAJAJA… patética.”

Me miró.

De arriba abajo.

“Pensé que eras más que esto… pero mírate.”

Su expresión cambió.

La sonrisa se volvió… fea.

Fría.

“Fuiste algo que me preocupaba,” continuó. “Pero ahora…”

Se inclinó un poco hacia mí.

“¿Qué quieres? ¿Que te perdone?”

Pausa.

“¿O que yo cambie por ti?”

Sus ojos brillaron.

“No me hagas reír.”

La voz subió.

“¿Quieres salvarme?”

Silencio.

Y luego—

“¡PATÉTICA!”

El eco de su voz rompió el sonido del mar.

Y por un momento…

La playa misma pareció quedarse en silencio.

“Ja…”

“JAJAJAJAJAJA—”

Ahora era Steven el que se estaba riendo.

Se dejó caer sentado en la arena, agarrándose el estómago.

Risa real.

De esas que duelen.

Diamante Blanco dejó de reír.

La miró.

Confundida.

“…¿Qué te pasa?”

Steven levantó la mirada hacia ella.

Aún sonriendo.

Pero ya no era una sonrisa ligera.

Había algo más.

Algo… firme.

“Tienes dos opciones,” dijo, limpiándose una lágrima de la risa.

Se puso de pie lentamente.

La miró directo.

Sin dudar.

“O me sigues a mí…”

Pausa.

El sonido del mar volvió a escucharse.

Su voz bajó.

Más seria.

Más pesada.

“O destrozo tu gema.”

Silencio.

Total.

Por primera vez…

Diamante Blanco se tensó.

El mundo se quebró.

Literalmente.

La playa se partió en miles de fragmentos, como si fuera vidrio.

El cielo se agrietó.

El mar se deshizo.

Y detrás de Steven…

Apareció.

Otra figura.

Rosa.

Más grande.

Más pura.

Más… peligrosa.

Diamante Blanco retrocedió un paso.

Por primera vez—

Horror.

Real.

—

Fuera

La cápsula cambió.

De blanco…

A rosa.

Ambas presencias dentro se tensaron.

La presión empezó a filtrarse hacia afuera.

—

Dentro

Steven no apartó la mirada.

Blanco tampoco.

Ya no había sonrisa.

Ya no había burla.

Solo… seriedad.

Steven escupió en su mano.

La energía reaccionó al instante.

Su aura explotó.

“¿Cuál eliges?” preguntó.

…

…

…

“Usaré tus fragmentos,” dijo Diamante Blanco, con una frialdad absoluta, “para destruir todas las gemas bajo mi control.”

Silencio.

Y entonces—

Todo colapsó.

La presión explotó en todas direcciones.

El espacio mental no pudo sostenerlo.

Y la cápsula—

Se rompió.

—

Realidad

La cúpula rosa estalló en una onda expansiva brutal.

Azul y Amarillo fueron empujadas hacia atrás.

El suelo se fracturó.

El aire vibró.

Y en el centro—

Dos figuras.

Una gigantesca.

Perfecta.

Blanca.

La otra—

Pequeña.

Rosa.

Pero ardiendo como una estrella.

Diamante Blanco no esperó.

Descendió con una velocidad absurda para su tamaño, su mano atravesando el aire con la intención de aplastar.

Steven salió disparado hacia un lado, apenas esquivando, sintiendo cómo el impacto detrás de él destrozaba el suelo en una explosión de polvo y grietas que se extendían como venas.

No se detuvo.

Giró en el aire, lanzó una oleada de energía rosa que chocó contra el brazo de Blanco, desviando su siguiente ataque lo justo para no ser alcanzado de lleno.

Pero no la dañó.

Ni cerca.

Blanco avanzó.

Cada paso suyo era un temblor.

Cada movimiento… abrumador.

“Sigues resistiéndote,” dijo, extendiendo ambas manos.

La luz blanca estalló.

No como antes.

Más intensa.

Más concentrada.

Steven levantó su escudo.

El impacto fue inmediato.

La presión lo empujó hacia atrás, arrastrándolo por el aire, su barrera temblando mientras la energía blanca intentaba atravesarla, deformarla, corregirla.

“¡GH—!”

Apretó los dientes.

Su aura respondió.

El rosa explotó desde dentro, empujando contra el blanco.

Dos fuerzas opuestas.

Chocando.

Distorsionando el espacio entre ellas.

Steven descendió de golpe, usando el impulso para impulsarse otra vez hacia arriba, directo al rostro de Blanco.

No buscaba fuerza.

Buscaba ángulo.

Velocidad.

Impactó.

Su escudo chocó contra el rostro de la Diamante.

El golpe resonó.

No la dañó…

Pero la hizo retroceder lo suficiente.

Lo suficiente para que Steven creara picos de energía rosa en el aire.

Decenas.

Suspendidos.

Y los lanzó.

No como proyectiles directos—

Sino rodeándola.

Desde todos los ángulos.

Blanco respondió.

Su aura blanca se expandió.

Desintegrando varios.

Pero no todos.

Algunos impactaron.

Explosiones de luz rosa contra su superficie perfecta.

Su expresión se tensó.

Apenas.

Pero fue suficiente.

Steven cayó al suelo.

Rodó.

Se levantó.

Respirando pesado.

Blanco descendió otra vez.

Más seria.

Más… enfocada.

“Entonces lo forzaré.”

Su energía se concentró.

Más densa.

Más peligrosa.

Steven lo sintió.

El peligro real.

“…Ven entonces,” murmuró.

Su aura volvió a arder.

Más inestable.

Más intensa.

El suelo bajo él comenzó a fracturarse solo por la presión.

Y cuando Blanco volvió a atacar—

Steven no retrocedió.

Se lanzó.

Directo.

Contra ella.

Y esta vez—

El choque no fue una simple pelea.

Fue una colisión de voluntades.

De control contra libertad.

De perfección contra caos.

Y el planeta entero…

Lo estaba sintiendo.

Algo cambió.

No fue el aire.

No fue la energía.

Fue… él.

Steven.

En ese instante—

Accedió más profundo.

Más allá del cuerpo.

Más allá del poder.

Directo al lugar donde las voluntades chocan.

Y ganó.

No solo ahora.

No solo aquí.

Ganó para lo que venía.

Porque este Steven…

No era el mismo.

El original quería ser amable.

Este también.

Pero entendía algo que el otro no tuvo que aprender así:

Este mundo no era el mismo.

Aquí…

La amabilidad no bastaba.

Steven Future quiso ser un monstruo.

Él…

Iba a serlo.

Pero no cualquiera.

Un monstruo humano.

—

Su cuerpo empezó a cambiar.

No de golpe.

Sino como si siempre hubiera estado ahí… esperando.

Su entrenamiento.

Sus intentos.

Todo encajó.

Poder potenciando poder.

Instinto mezclándose con control.

Partes de algo más.

Algo salvaje.

Algo suyo.

Y en el centro de todo—

Identidad.

Steven Universe.

El reencarnado.

En sobrecarga.

—

Si una gema corrupta ganaba poder…

¿Por qué él no?

Pero esto no era corrupción normal.

No.

Steven estaba corrompiéndose…

Sin perderse.

Sin romperse.

Sin desaparecer.

Controlando el caos.

Y haciéndolo crecer.

—

Diamante Blanco lo sintió.

El ambiente cambió.

La presión.

La presencia.

Todo.

“¿Qué… carajos acabas de hacer, Rosa?” dijo, con los ojos abiertos.

Y entonces lo vio.

Steven.

Más grande.

Mucho más.

Manos negras cubiertas de energía rosa.

Cuernos emergiendo de su frente.

Cuatro alas extendiéndose detrás de él.

Su cuerpo marcado por manchas irregulares.

Su mirada…

Firme.

Fría.

Decidida.

…

…

…

“¿QUIÉN ERES?” exclamó Diamante Blanco.

Por primera vez—

Con horror real.

…

…

…

Steven la miró.

Sin dudar.

Sin temblar.

“Soy un monstruo.”

—

Fin del Capítulo 84

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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