Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 86
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Capítulo 86: Capitulo 86: Un mundo nuevo.
Steven miró fijamente los fragmentos.
Blancos.
Inertes.
Lo que quedaba de Diamante Blanco.
Se agachó.
En silencio.
Y empezó a recogerlos uno por uno.
Con cuidado.
Sin apuro.
Nadie dijo nada.
Nadie se atrevió.
Cada pedazo desaparecía en su mano… y luego en su gema.
Guardados.
Sellados.
Como si el acto en sí pesara más que la pelea.
Steven se quedó de pie.
Miró al cielo.
Nada.
Sin cambios.
Como si el universo no tuviera problema con lo que acababa de pasar.
Bajó la mirada.
Azul.
Amarillo.
Ambas quietas.
Sin palabras.
Más allá, las chicas intentaban juntar los fragmentos de Bismuto.
Con cuidado.
Con miedo.
Y más lejos aún, miles de gemas observando.
En silencio.
Steven se escupió en la mano.
La energía reaccionó.
Se estabilizó.
Respiró.
Y caminó.
Se detuvo frente a una Peridot.
La más cercana.
La más aterrada.
“¿Tienes algo para transmitir a todo el Imperio?” preguntó.
La Peridot asintió de inmediato.
Manos temblando.
Le entregó la tableta.
Activó la transmisión.
Pantallas.
Conexión global.
Steven la tomó.
Miró la cámara.
La Peridot le hizo una señal.
En vivo.
Silencio.
“Hola.”
Pausa.
“Mi nombre es Steven.”
Otra pausa.
“Steven Universe.”
Respiró.
“Sucesor de Diamante Rosa.”
El Imperio entero reaccionó.
Steven levantó su camisa.
La gema brilló.
Visible.
Innegable.
“Tengo su gema.”
Pausa.
“Soy parte de Diamante Rosa.”
Otra.
“Y también… Rose Cuarzo.”
Silencio.
Pesado.
Steven bajó la camisa.
Su mirada no cambió.
“Desde ahora… yo mando en este Imperio.”
Directo.
Sin adornos.
“Y quien tenga alguna duda…”
Pausa.
“Que venga a decírmelo.”
La transmisión se cortó.
Steven devolvió la tableta.
Y caminó.
Hacia ellas.
Azul.
Amarillo.
La barrera desapareció.
“¿Rosa…?” dijo Azul.
Steven negó con la cabeza.
“Murió hace una década y media.”
Golpeó suavemente su gema.
“Soy su hijo.”
Amarillo lo miró fijo.
“¿Y por qué te das el derecho de mandar a todo el Imperio?” preguntó.
Steven ladeó la cabeza.
“¿Quieres pelear?”
Silencio.
Amarillo apartó la mirada.
Azul no.
Caminó hacia él.
Lento.
Temblando.
Miró sus ojos.
Y lo abrazó.
Fuerte.
Llorando como no lo había hecho en siglos.
Steven apenas se movió.
Solo le dio unas palmadas.
Su mirada seguía en Amarillo.
Que fingía dureza.
Pero no completamente.
No después de todo.
Silencio.
Y en medio de ese silencio, una verdad quedó clara.
Diamante Blanco siempre buscó la perfección.
No por capricho.
Sino porque creía que todo lo imperfecto era un error que debía corregirse.
Y ahora, ese sistema había muerto con ella.
Y alguien más había tomado su lugar.
“¿Quieren saber por qué lo hice… no?” dije, serio.
Amarillo asintió lentamente.
Azul… solo lloró más.
“Diamante Blanco quería unirnos. Literalmente.”
…
…
Ambas me miraron con una ceja levantada.
Giré hacia Amarillo.
“¿Recuerdas el Clúster?”
Asintió.
Lento.
Pesado.
“Entonces adivina quiénes iban a ser los fragmentos.”
El color se le fue del rostro.
Silencio.
“No te perdono por eso, por cierto,” añadí sin emoción.
Luego miré a Azul.
Se tensó.
“A ninguna.”
La aparté suavemente de mí.
“Quiero que controlen este lugar por ahora. Tengo cosas que hacer… y necesito esencia de Blanco. Quiero intentar algo.”
No esperé respuesta.
Caminé hacia las chicas, reduciendo mi tamaño.
—
Lapis abrazaba los fragmentos de Bismuto con cuidado.
Como si se fueran a romper más.
Las demás estaban más tranquilas.
Confiaban.
Sabían.
Steven podía arreglarlo.
—
Me arrodillé.
Las manos temblaban.
Y empecé.
Las lágrimas cayeron.
Sobre la gema.
La luz respondió.
Lenta.
Constante.
Reparando.
Uniendo.
Sanando.
—
La gema volvió a estar completa.
Intacta.
Pero…
No se regeneró.
Fruncí el ceño.
“Tardará un poco,” dijo Azul detrás de mí.
La miré de reojo.
“Por el rayo.”
Asentí.
“Entonces mantenla contigo,” dije. “No la sueltes.”
—
Creé una superficie rosa.
Elevé a todos.
Y nos movimos.
—
Regresamos al lugar donde antes estaba el cuarto de Diamante Blanco.
Los dejé en el suelo.
En silencio.
—
Saqué la gema blanca.
Ya no era blanca.
Era… rosa.
—
Miré a Perla.
Ella entendió al instante.
Sin palabras.
Le entregué la gema de su Perla.
“Cuídala.”
Asintió.
Firme.
—
Y me fui.
—
Llegué al lugar donde Blanco mandaba.
Donde todo empezó.
Y me quedé ahí.
De pie.
En silencio.
—
Pasos.
—
Amatista.
Se acercó.
Se sentó a mi lado.
Sin invadir.
Sin apurar.
Solo… estando.
—
“…La cagaste duro, ¿sabes?” dijo, mirando al frente.
No con burla.
Con honestidad.
—
No respondí.
—
“Pero… tampoco tenías muchas opciones,” añadió, rascándose la nuca.
“Esto no era como en la Tierra.”
Pausa.
—
“Allá podíamos arreglar cosas hablando… aquí…”
Suspiró.
—
“…aquí era otro nivel de locura.”
—
La miré de reojo.
—
Amatista cruzó los brazos.
“Sigues siendo tú, ¿ok?”
Silencio.
—
“Aunque hayas hecho algo… así.”
—
Se giró un poco hacia mí.
“No eres ella.”
—
Pausa.
—
“Y tampoco eres Blanco.”
—
Miró al frente otra vez.
“Solo eres… tú. Haciendo lo que puedes con lo que tienes.”
—
Se encogió de hombros.
—
“Y la verdad… he visto versiones tuyas peores en mi cabeza.”
—
Pequeña sonrisa.
—
“Esta no es la peor.”
—
Silencio.
—
“…No te quedes solo en esto, Steven,” añadió más bajo. “Porque si te quedas aquí…”
No terminó la frase.
—
No hacía falta.
—
Se levantó.
—
“Cuando estés listo… hablamos.”
—
Y se fue.
—
El lugar quedó en silencio otra vez.
—
Pero esta vez…
No se sentía tan vacío.
10 años después — Ciudad Playa
Steven caminaba por Ciudad Playa.
Un lugar… tranquilo.
Bonito.
Normal.
Algo que hace años no significaba mucho… pero ahora sí.
Miró a su alrededor mientras sostenía una caja de pizza.
Era para su padre.
Ya estaba viejo… pero seguía teniendo los mismos gustos.
“Eso no cambia,” pensó.
Negó con la cabeza mientras se acercaba a la casa.
La casa de Greg.
Ya no era la van.
Había construido una de verdad.
Y hasta la había puesto a nombre de Steve.
Steven todavía se sorprendía al recordar que tenía acta de nacimiento.
Legalmente existía.
Irónico.
Se detuvo frente a la puerta.
Tocó tres veces.
Esperó.
…
…
…
La puerta se abrió.
Un anciano con barba apareció.
Greg.
Lo miró.
Y sonrió.
“¡Oh, Stevo! ¿Qué haces aquí?… o espera—”
Sus ojos bajaron a la caja.
“¿Eso es pizza?”
Se hizo a un lado inmediatamente.
“Pasa, pasa.”
Steven negó con la cabeza mientras entraba.
Dejó la pizza sobre la mesa.
“¿Cómo estás, padre?” dijo, recostándose en una silla.
“Todo bien, Stevo,” respondió Greg, cerrando la puerta. “Fui a Las Vegas.”
Pausa.
“Créeme… no te lo recomiendo.”
Steven alzó una ceja.
“Esas lacras me quitaron un montón de dinero.”
Silencio.
Steven lo miró.
Fijo.
“…Sé que te dije que gastaras el dinero como quisieras, pero… ¿Las Vegas?”
Su expresión era completamente plana.
Greg levantó las manos.
“¡Oye, vamos, Stevo!”
Steven dejó la caja de pizza sobre la mesa.
Greg ya la estaba abriendo antes de que terminara de sentarse.
“…No han pasado ni cinco segundos,” dijo Steven, mirándolo.
“Oye, hay prioridades en la vida,” respondió Greg, sacando un pedazo. “Y esta es una de ellas.”
Le dio una mordida.
Se quedó en silencio un segundo.
“…Ok, valió la pena que vinieras.”
Steven soltó una pequeña exhalación por la nariz.
“Fui hasta otro planeta, derroqué un sistema entero… y esto es lo que valida mi existencia.”
“Exacto,” dijo Greg, sin dudar. “La pizza.”
Silencio corto.
Steven se recostó en la silla.
“Entonces… ¿Vegas?”
Greg hizo una mueca.
“Sí… no fue mi mejor decisión.”
“Claramente.”
“Oye, al principio iba bien,” se defendió. “Ganaba, me sentía increíble, pensé ‘Greg, eres un genio’…”
“Y luego perdiste todo.”
“Y luego perdí todo,” confirmó, señalándolo con la pizza. “Exactamente eso.”
Steven negó con la cabeza.
“Te dije que podías gastar el dinero como quisieras… no que lo regalaras.”
“No lo regalé,” respondió Greg. “Fue una… inversión emocional fallida.”
“Claro.”
“Además,” añadió, “no es como si me fuera a morir de hambre.”
Steven lo miró.
Un segundo más de lo normal.
“…No hagas eso,” dijo Greg, bajando un poco el tono.
“¿Qué cosa?”
“Esa mirada.”
Steven apartó la vista.
“Solo… no te metas en problemas.”
Greg suspiró.
“Stevo… he vivido en una van la mitad de mi vida. Esto es progreso.”
“Perder dinero en un casino no es progreso.”
“Depende de a quién le preguntes.”
Steven sonrió apenas.
Pequeño.
Casi imperceptible.
Greg lo notó.
“Ahí está,” dijo, señalándolo. “Ese eres tú.”
Steven rodó los ojos.
“Sí, sí.”
Silencio.
Más cómodo esta vez.
Greg se apoyó hacia atrás.
“Oye…”
Steven lo miró.
“Te ves… mejor.”
Steven no respondió de inmediato.
“Han sido años,” dijo al final.
“Lo sé.”
Pausa.
“Pero igual…”
Greg lo miró con una sonrisa más suave.
“Me alegra verte así.”
Steven asintió.
Lento.
“…A mí también.”
Greg levantó otra rebanada.
“Entonces, ¿trajiste más o solo esto?”
Steven suspiró.
“Sabía que debía traer dos.”
“¡Eso estoy en crecimiento!” dijo Greg.
“De panza tal vez”, dijo steven con una sonrisa.
Y por un momento…
Todo se sintió normal.
“¿Y cómo vas con Connie?” preguntó Greg, alzando las cejas.
…
…
…
“Quieres nietos, ¿no?” respondí.
“Quiero cuidarlos, sí,” dijo Greg con total convicción.
“Si te hago inmortal, puedes verlos, ¿sabes?”
Greg negó con la cabeza de inmediato.
“No, no, no. Estoy bien así. No quiero ser inmortal.”
Negué con la cabeza.
“¿Estás seguro? Connie ya aceptó, ¿sabes?”
Greg parpadeó.
“¿En serio?”
“Sí. Tengo dos opciones para ella.”
“¿Dos?”
“Sí. Una es ser Stevonnie para siempre,” dije con tranquilidad.
Greg hizo una mueca.
“…Ok, eso suena raro.”
“Y la otra es usar tecnología de rejuvenecimiento. La investigué gracias a las Peridots.”
Greg asintió lentamente.
“Oye, espera… entonces, ¿por qué me hiciste esa broma de que tenía que morir para ser inmortal?”
Negué con la cabeza.
“Era para el bait, padre. Esa era la noticia que te traía.”
Greg soltó una pequeña risa.
“Oh… eso sí es impresionante. Cuando esté en mi lecho de muerte, me lo pensaré.”
“Hablas muy fácil de tu muerte, padre,” dije.
Greg bajó un poco la mirada.
“Lo sé, hijo…”
…
…
…
“La extraño,” dijo al final.
Silencio.
“Sé que tú la conociste por eso… pero yo la extraño de verdad. Siento que no puedo vivir sin ella.”
Asentí.
“Te entiendo,” respondí.
Greg también asintió.
Pausa.
“Pero en serio quiero nietos.”
Solté una risa.
“Claro que sí.”
Seguimos hablando.
De muchas cosas.
De nada importante.
De todo al mismo tiempo.
Hasta que, eventualmente, Greg se fue a dormir.
Y yo…
Salí de la casa.
Steven caminaba.
Saludaba a la gente.
A los que vio crecer.
A los que crecieron con él.
La abuela Yoyo… ya no estaba.
Pero saludó a sus nietas.
Y a su hijo, que ya iba para esa edad.
El tiempo no se detuvo.
Nunca lo hace.
Saludó al de las papas fritas.
Como siempre.
Y también a gemas de múltiples colores.
Algunas lo saludaban normal.
Otras hacían el saludo de Diamante.
Steven simplemente asentía y seguía.
No le gustaba eso.
Caminó hasta la playa.
Recorrió toda la orilla.
Tranquilo.
Miró la casa.
La casa mejorada.
Seguía siendo de madera.
Pero ahora era más grande.
Más viva.
Más hogar.
Steven sonrió.
Y caminó hacia ella.
—
Al entrar, lo primero que vio fue a Lapis.
Sentada frente a la computadora.
Totalmente concentrada.
“Eres débil… ¿dormirte a esta hora?” decía con seriedad. “Me importa un huevo que tengas hijos… ajá… sí… bueno, chao.”
Colgó.
Se quedó en silencio un segundo.
Con una gota de sudor.
Lentamente giró la cabeza.
Y vio a Steven.
Sonrió.
“Steven,” dijo.
Y sin pensarlo, saltó hacia él.
Lo abrazó.
Le dio besos en los cachetes.
“Ya, ya…” dijo Steven, incómodo. “Luego Connie se pone celosa.”
“¿Celosa de qué?” respondió Lapis, seria.
Steven negó con la cabeza.
“La bajas, por favor.”
La bajó suavemente.
Miró hacia un lado.
Spinel.
Sentada.
Viendo Looney Tunes.
Tranquila.
Steven se acercó y se agachó a su lado.
“¿Cómo estás?” preguntó.
“Estoy bien,” respondió Spinel sin apartar la vista de la pantalla.
Steven también miró un momento.
Luego le revolvió el cabello.
Suave.
“Gracias, Steven,” dijo ella, con una sonrisa sincera.
” No tienes que agradecerme,” respondió él.
Silencio.
Tranquilo.
Cómodo.
Como debía ser.
Steven caminó por la casa con calma.
El ambiente era… tranquilo.
Normal.
Algo que antes se sentía lejano.
Lapis seguía sentada, cruzada de brazos, mirando la pantalla apagada.
Spinel seguía viendo caricaturas, aunque claramente ya no estaba tan concentrada.
Steven se agachó frente a ellas.
“¿Se sienten bien… no?” preguntó.
Silencio corto.
Lapis fue la primera en hablar.
“Sí,” dijo, pero no sonó tan segura. “O sea… sí.”
Steven la miró.
“Eso no sonó muy convincente.”
Lapis hizo una mueca.
“Es que… todo está raro.”
Spinel bajó un poco la mirada.
“Un poco mucho,” añadió.
Steven suspiró suavemente.
“Lo sé.”
Se sentó en el suelo junto a ellas.
“No tenía otra opción.”
“No dijimos que la tuvieras,” respondió Lapis rápidamente. “Solo…”
Se detuvo.
Buscando palabras.
“…solo fue mucho.”
Spinel asintió.
“Fue como… pum. Todo cambió.”
Steven apoyó los brazos en sus rodillas.
“Sí.”
Pausa.
Lapis lo miró de reojo.
“¿Y tú?”
Steven no respondió de inmediato.
Spinel también lo miró.
Esperando.
“…Estoy bien,” dijo al final.
Ambas se quedaron en silencio.
“No te creo,” dijo Lapis.
Directa.
Steven soltó una pequeña risa.
“Sí, eso es justo lo que diría yo.”
Spinel se acercó un poco más.
“¿Te duele?” preguntó.
Steven ladeó la cabeza.
“¿El qué?”
“Todo.”
Silencio.
Steven miró al suelo.
Un segundo.
Dos.
“…A veces,” admitió.
Lapis cruzó los brazos.
“Eso es mejor que mentir.”
Spinel apoyó su cabeza en el hombro de Steven.
“Pero sigues aquí.”
Steven sonrió apenas.
“Sí.”
Lapis suspiró.
“Bueno… mientras no te vuelvas loco de verdad.”
“¿De verdad?” repitió Steven.
“Sí, ya sabes… nivel destruir otro planeta o algo así.”
Steven levantó una ceja.
“No prometo nada.”
Spinel soltó una pequeña risa.
“Eso fue una broma… ¿verdad?”
Steven la miró.
…
“Sí.”
Pausa.
“…Creo.”
Lapis rodó los ojos.
“Genial.”
Pero no se movió.
Ninguna lo hizo.
Y aunque nadie lo dijo…
Se sentía mejor así.
Simplemente estando juntos.
“Iré a ver a las chicas,” dije mientras me levantaba.
“Entendido,” dijeron ambas.
Spinel ya se había aferrado a Lapis como un koala.
Lapis ni siquiera reaccionó… ya estaba acostumbrada.
Caminé hacia el portal.
Pero antes de entrar, me detuve.
“Oigan.”
Ambas me miraron.
“Si viene Connie, díganle que me espere en la habitación.”
Asintieron.
Entré al portal.
Y lo último que escuché fue—
“Estoy segura de que van a tener stevensitos,” dijo Lapis.
…
Tres líneas negras aparecieron en mi cabeza.
Desde que salvé a Spinel, ambas eran inseparables.
Spinel casi no me creía al inicio… más que nada por la transmisión.
Pero lo bueno fue que fui directo por ella.
Evité que se volviera loca.
Otra vez.
—
Salí en el portal galáctico.
Caminé hacia el centro.
Activé el siguiente.
Planeta Madre.
—
Al llegar…
Todo era diferente.
Más vivo.
Más… tranquilo.
“Mi Diamante Rosa,” dijo una Aguamarina, inclinándose.
“Ven conmigo,” respondí.
Ella me siguió.
Las otras que estaban detrás la miraron con envidia.
Lo de siempre.
“¿Cómo va todo?” pregunté.
“Vamos por buen camino, mi Diamante. Gracias a las cuatro esencias, la colonización sigue en pie. Como usted pidió, buscamos planetas sin vida inteligente… evitando problemas.”
Asentí.
“Bien.”
Pausa.
“¿Y las otras?”
…
…
…
La Aguamarina guardó silencio.
“Diamante Azul solicita su presencia. Diamante Amarillo también.”
“Entendido.”
—
Entré al salón.
Lo primero que noté fue a dos Perlas.
Una rosa.
La otra más terrícola.
Explicaban los cambios de la Era 3.
Les hice una señal.
Me vieron.
Asintieron felices.
Y aceleraron la explicación.
Después de unos minutos, las gemas se retiraron.
El lugar quedó más vacío.
Ambas Perlas se acercaron.
“¿Cómo están?” pregunté.
“Todo bien, Steven,” dijo la Perla Rosa.
“Excelente, la verdad,” añadió Perla con honestidad.
Alcé una ceja.
“¿Algún problema?”
“Nada grave,” dijo la Perla Rosa. “Solo… quiero saber cuándo podré arreglar esto.”
Señaló su ojo.
“Asunto en investigación,” respondí. “No eres la única.”
Asintió.
Más tranquila.
Miré a Perla.
“¿Y las chicas?”
“Amatista está con las Amatistas. Garnet con las Rubíes. Y Peridot con las Peridots.”
Asentí.
“Solo vine a saludarlas.”
Me di la vuelta.
Ellas hicieron lo mismo.
Pero me detuve.
Miré por encima del hombro.
“Y salúdenme a Bismuto.”
Ambas Perlas se sonrojaron.
Yo solo solté una carcajada…
Y seguí caminando.
Al llegar a la zona de Rubíes, noté a Garnet.
Estaba ayudando con fusiones.
Calmada.
Precisa.
Le dio un pequeño saludo sin dejar de trabajar, mientras reprendía a una Rubí con la gema en el ojo.
Yo solo negué con la cabeza.
Le di unas palmadas a un grupo de Rubíes demasiado optimistas.
Otras hicieron el saludo de Diamante.
Las despaché con un gesto.
Seguí caminando.
—
Zona de Peridots.
Todas estaban reunidas alrededor de una.
Peridot.
“Y así es como derrotamos a Jasper. ¿Alguna duda?” dijo con una sonrisa.
“Sufriste mucho?” preguntó otra Peridot.
“Claro que sí,” respondió. “Eso no se va de un día para otro… pero gracias a los terapeutas gemas he podido llevarlo mejor.”
Las Peridots empezaron a aplaudir.
Yo solo levanté la mano en un pequeño saludo.
Y seguí.
—
Zona de Amatistas.
Más relajado.
Más… vivo.
Amatista estaba con otras, bañándose en lo que claramente era su día libre.
“Qué bien que con mi Diamante Rosa ahora todo sea más tranquilo,” dijo una.
“Así es,” respondió otra.
“Además liberaron a ese montón de Cuarzos,” añadió otra, señalando a varias jugando con humanos.
Miré.
Una en específico.
Me quedé un segundo.
Y negué con la cabeza.
Seguí caminando.
Saludé a Amatista.
Ella respondió con una sonrisa.
—
Después de unos minutos…
La torre.
La antigua torre de Diamante Blanco.
Ahora mía.
Gracias a las guijarros.
Que, por cierto, ahora eran tratadas mucho mejor.
—
“Mi Diamante,” dijo una Perla roja, inclinándose.
“Sabes que si no quieres, puedes irte, ¿no?” respondí.
“Claro que sí, mi Diamante. Pero es un honor trabajar para usted.”
Asentí.
“¿Alguna novedad?”
“Ninguna, mi Diamante.”
“Bien.”
—
Caminé.
Hasta la conexión.
Entré.
—
Zona de Diamante Amarillo.
—
Al llegar, la encontré concentrada.
Trabajando.
Juntando gemas.
Revisando.
Corrigiendo.
Sin pausa.
Levanté la mano.
“¿Cómo vas?” pregunté.
Diamante Amarillo se sobresaltó al verme.
Rápidamente hizo el saludo.
“Diamante Rosa.”
“Relájate,” dije, haciéndole un gesto para que se sentara.
Ella obedeció.
“¿Cómo vas?” pregunté de nuevo.
“Estoy trabajando en la reconstrucción de cada gema del Clúster… y de las que siguen afectadas.”
Asentí.
Miré a unas gemas de bajo rango.
Aún deformadas.
Pero el aura amarilla las estaba recomponiendo poco a poco.
“¿Algo para lo que me necesites?” pregunté, alzando una ceja.
…
…
…
“¿Crees… que pueda trabajar un poco menos?”
Levanté una ceja.
“Continúa.”
“Desde que conocí eso del ‘día libre’… bueno… quiero probarlo.”
Silencio.
Por unos segundos.
Amarillo se tensó.
Esperando.
“Si completas otras cien gemas reconstruidas… tendrás un año libre,” dije con calma.
“Gracias, mi Diamante,” respondió con respeto.
Asentí.
Y me di la vuelta.
—
Caminé con la Perla roja a mi lado.
“Mi Diamante,” dijo después de unos segundos.
“Dime, Perla.”
“Gracias.”
Solté una pequeña sonrisa.
“Siempre me lo dices.”
“Siempre estaré agradecida por rescatarme de la Jade.”
La sonrisa se me borró un poco.
Pero negué con la cabeza.
“No hay problema. Ahora hay cero tolerancia. Y ella rompió las reglas.”
La Perla asintió.
—
Llegamos a la habitación de Diamante Azul.
La puerta se abrió.
El interior… nubes.
Suaves.
Tranquilas.
Azul estaba atendiendo a una gema.
“¿Te sientes mejor, cariño?” decía con voz suave. “Relájate… este es un lugar para ti.”
Entonces me vio.
La gema cayó suavemente sobre las nubes.
Y Azul corrió.
Se hizo pequeña.
Y me abrazó.
Fuerte.
Muy fuerte.
“Rosa… Rosa— digo, Steven… Steven,” dijo, apretándome.
“¿Cómo vas con la psicología?” pregunté con tranquilidad.
“Voy bien,” respondió Azul. “Muchas gemas ya están reformadas y pueden volver a trabajar.”
Soltó una pequeña risa…
Que desapareció rápido.
“Oye, Ro— Steven… ¿de verdad no puedo ir contigo?”
…
…
“Es tu castigo,” dije al final.
Azul asintió, a regañadientes.
“También quieres vacaciones, ¿no?”
Asintió otra vez.
“Cuatrocientas gemas estables… y te doy un año.”
Sus ojos brillaron apenas.
Asentí.
Y me di la vuelta.
La Perla me siguió.
“Y organiza bien tus colonias,” añadí antes de salir.
Las puertas se cerraron.
—
Una burbuja rosa nos envolvió.
Viaje.
—
Aparecimos en la torre.
La antigua torre de Diamante Rosa.
Ahora… mía.
Me senté en el trono.
Frente a los paneles.
Datos.
Solicitudes.
Órdenes.
—
Empecé.
“Colonias grandes… aprobado.”
Movimiento de mano.
“Colonia con vida acuática inteligente… denegado.”
Sin dudar.
Siguiente.
Siguiente.
Siguiente.
—
“¿Máquina del tiempo?”
Levanté una ceja.
Solicitud de una Peridot.
Me quedé en silencio un segundo.
Recordé.
…
“Denegado.”
—
Y seguí.
Sin detenerme.
Porque ahora…
Ese era mi trabajo.
Perla me ayudo bastante en esto.
Al terminar, me levanté y estiré.
“¿Te quedarás?” pregunté.
“Sí, mi Diamante.”
“Cuida el lugar.”
Asintió.
Una burbuja rosa me envolvió y desaparecí.
—
Portal.
Otro salto.
Y al salir…
No pude evitar sonreír.
Entré a la casa.
—
Connie estaba terminando de comer.
Tranquila.
Normal.
“Amor,” dijo al verme, levantándose.
Me acerqué.
La besé.
“Sabes a tocino,” dije, relamiéndome los labios.
“Tonto,” respondió, negando con la cabeza.
“¿Cómo vas con la gente?” pregunté.
“Muy enfermos algunos… pero gracias a tu tecnología ya no mueren tan fácil,” dijo con una sonrisa más tranquila.
Asentí.
Nos sentamos.
Y hablamos.
De todo.
De nada.
El tiempo pasó sin darse cuenta.
Hasta que ya era de noche.
“¿Mañana no trabajas, verdad?” pregunté.
“Nop,” dijo Connie.
Pero me dio una mirada.
De esas.
Yo entendí.
Sin decir nada, la levanté en brazos.
“¿En serio?” dijo, riéndose un poco.
“Totalmente en serio.”
La llevé hacia la habitación.
—
En el pasillo—
Lapis y Spinel salieron.
Se quedaron viendo.
Silencio.
“Te dije que iban a hacer stevensitos,” dijo Lapis.
Spinel asintió, muy seria.
“Es el ciclo natural.”
Lapis la miró.
“¿Desde cuándo sabes eso?”
“No sé… pero suena correcto.”
Ambas se quedaron en silencio.
Escuchando.
—
“…Sí, definitivamente stevensitos,” confirmó Lapis.
Spinel asentria.
Nota del autor:
El siguiente capítulo será +18.
No quiero que lo lean si son menores.
Solo quería darle el último toque a la historia.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com