Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Telarañas y Omnitrix - Capítulo 10

  1. Inicio
  2. Telarañas y Omnitrix
  3. Capítulo 10 - 10 Lila Rossi parte 3
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

10: Lila Rossi (parte 3) 10: Lila Rossi (parte 3) Capítulo 10: lila La casa queda en silencio después de que Lila me grita que me vaya.

Estoy sentado en el sofá.

Ella de pie frente a mí, con los brazos cruzados y la cara roja de enojo.

—¡Lárgate!

—repite.

La miro unos segundos.

—No.

—¡¿Qué?!

—No me voy.

Sus ojos se abren más.

—¡Esta es mi casa!

—Lo sé.

—¡Entonces vete!

Me levanto del sofá.

—No hasta que me digas qué está pasando.

—¡Nada está pasando!

—Lila.

—¡Nada!

Aprieta los puños.

—¡Siempre estás molestando!

¡Siempre preguntando cosas!

—Porque algo está mal.

—¡No!

—Sí.

La miro directo a los ojos.

—Antes no eras así.

Eso parece tocar algo.

Pero en vez de abrirse… se pone peor.

—¡¿Y qué te importa?!

—Porque eres mi amiga.

—¡Pues ya no!

El silencio que sigue es pesado.

Por un momento ninguno habla.

Entonces doy un paso más cerca.

—Lila.

—¡No te acerques!

—Solo dime qué pasa.

—¡Nada!

—Lila.

—¡NADA!

La estoy acorralando.

Lo noto.

Porque… es lo que me sale.

Entre adultos eso funciona a veces.

‘Es una niña’ —Sé que algo pasa.

—¡No sabes nada!

—Entonces dime.

—¡NO!

Su voz se quiebra un poco, de tristeza y de rabia.

‘Estoy haciendo todo peor.’ Me quedo quieto.

Respiro.

Luego levanto las manos un poco.

—…Está bien.

Ella parpadea.

—¿Qué?

—Perdón.

Se queda confundida.

—¿Qué?

—Perdón.

Bajo la mirada un segundo.

—Creo que te estoy molestando más.

Lila no dice nada.

Solo me mira.

—Es que… —me rasco la nuca— algo se siente raro.

El silencio vuelve.

—Antes jugábamos todos los días.

—… —Venías a mi casa.

—… —Jugábamos en el patio… o en el sótano… o hacíamos tonterías en la azotea.

Levanto un poco la mirada.

—Y ahora casi ni me hablas.

Lila sigue quieta.

—Y… —suspiro— la verdad… lo extraño un poco.

Eso la toma por sorpresa.

Sus ojos bajan un poco.

—Yo solo… —continúo— no quiero que algo malo te esté pasando.

La casa vuelve a quedarse en silencio.

Lila mira el suelo.

Sus dedos aprietan la tela de su mochila.

Parece que quiere decir algo, pero no lo hace.

Su cara se tensa, como si estuviera peleando consigo misma tragando algo.

Pasan unos segundos.

Luego su voz sale muy bajita.

—…Pasó algo.

Levanto la mirada.

—Que sucedió —Es sobre mis padres.

—que sucedió —me quedé preocupado.

Ella se queda callada.

No explica nada.

Solo esa frase.

Esto es serio, lo noto por su cara, en cómo evita mirarme.

Así que no pregunto más.

—…Ah.

Eso es todo lo que digo.

Lila parece aliviada de que no siga interrogando.

Respiro un poco.

Luego doy una pequeña palmada en mis piernas.

—Bueno.

Ella levanta la cabeza.

—¿Qué?

—Que tal si jugamos un poco.

Me mira como si estuviera loco.

—¿Qué?

—Antes nos la pasábamos jugando mucho.

—… —Podemos hacerlo otra vez.

—No tengo ganas.

—Entonces jugamos algo tonto.

—… —Algo muy tonto.

Su cara sigue triste.

Pero también confundida.

—¿Como qué?

Miro alrededor de la sala.

Veo un cojín en el sofá.

Lo agarro.

—Veamos…

que te parece, ¡una guerra de almohadas!

—¿Qué?

Le tiro el cojín suavemente.

Le pega en el brazo.

Ella se queda mirándolo.

—Eso es muy infantil.

—Vamos, tenemos siete años.

—… —Creo que estamos en la edad correcta.

Por un segundo parece que va a enojarse otra vez.

Pero entonces… una pequeña sonrisa se le escapa, casi invisible.

Agarra el cojín.

—…Está bien.

Y me lo lanza.

Me golpea en la cara.

—¡Eh!

—Eso fue por entrar sin permiso.

—¡Eso no cuenta!

—¡Sí cuenta!

Agarro otro cojín del sofá.

La persigo por la sala.

Ella se ríe cuando intento golpearla y fallo.

Corre alrededor de la mesa.

—¡Que pasa Léo!

—¡Ven aquí!

—¡No!

—¡Cobarde!

—¡Tramposo!

La casa se llena de pasos, risas y cojines volando.

Por un rato… solo son dos niños jugando.

Nada más.

Pero cuando Lila se ríe… Aunque sea un poco, sé que al menos por hoy, no está tan sola.

— Cuatro meses después.

Es de noche.

Un edificio gris, casi vacío, iluminado solo por algunas luces fluorescentes que zumban suavemente en el techo.

Una oficina.

Filas de archivadores metálicos.

Todo en silencio.

Hasta que uno de los cajones se abre.

Solo.

El metal se desliza lentamente hacia afuera.

Dentro hay carpetas.

Una de ellas se mueve.

Sale del cajón como si unas manos invisibles la sostuvieran.

Se abre.

Dentro hay documentos.

Fotos impresas.

Un informe.

Siniestro de tráfico.

Los nombres en la parte superior: Marco Rossi Elena Rossi Padres de Lila.

Las hojas pasan solas.

En el informe se lee lo básico.

Conducción nocturna.

Exceso de velocidad.

El conductor —Marco Rossi— presentaba un nivel alto de alcohol en sangre.

El vehículo perdió el control en una curva poco iluminada y se estrelló contra una **barandilla metálica de protección en el borde de la carretera**.

Impacto frontal.

Sin otros vehículos involucrados.

Muerte inmediata de ambos ocupantes.

Las hojas vuelven a colocarse.

La carpeta se cierra.

Se desliza de nuevo a su lugar.

El cajón del archivador se empuja hacia adentro.

Click.

Todo queda exactamente como antes.

— Horas después.

En el sótano de mi casa.

La luz azul de varios monitores ilumina la habitación.

En la pantalla se ven varias cámaras de seguridad de la ciudad.

Calles.

Cruces.

Un estacionamiento.

Estoy terminando de cerrar el acceso que usé para entrar en el sistema.

Nada complicado.

Un pequeño script para borrar rastros de acceso, restaurar los registros y dejar todo como estaba.

Tecleo unas últimas líneas.

Enter.

Listo.

Me recuesto un poco en la silla.

Mientras recuerdo.

Los últimos cuatro meses.

Después de aquel día en su casa… mi relación con Lila volvió a ser como antes.

De hecho… incluso mejor.

Volvimos a jugar.

A hablar.

A caminar juntos después de la escuela.

Un día, finalmente, me contó algo más.

Que sus padres habían muerto.

En un accidente de coche.

Lloró mientras lo decía.

Y yo… hice lo único que podía hacer.

Escuchar.

Estar ahí.

Ayudarla a llevarlo.

Pero había muchas cosas que no encajaban.

Si sus padres habían muerto… ¿Por qué nadie más lo sabía?

Ni los profesores.

Ni los vecinos.

Nadie había mencionado nada.

Y había otra cosa, algo más raro todavía.

Lila seguía viviendo sola en esa casa.

No había ningún adulto, ningún familiar.

Nadie que pareciera cuidarla.

Eso… no tiene sentido.

Cuando un niño pierde a sus padres, pasan varias cosas.

Primero la policía, luego servicios sociales.

Si hay familiares, el niño va con ellos, si no los hay… lo llevan a un centro de acogida.

Pero Lila seguía ahí en su casa sola.

Así que investigué.

Y la respuesta fue bastante frustrante y molesta, se trataba de simple y sencillamente de ¡Negligencia¡ ‘¡¿Cómo mierda pudo ocurrir algo tan grave como esto solo por negligencia?!’ El accidente ocurrió en una carretera secundaria, fuera de la ciudad.

La policía local registró el siniestro.

Pero en los documentos no figuraba ninguna información clara sobre una hija dependiente.

Los padres de Lila trabajaban mucho, viajaban, y aparentemente casi no tenían contacto con vecinos o familiares cercanos.

Cuando se procesó el informe del accidente, el caso pasó por varias manos.

Un funcionario lo clasificó.

Otro archivó los documentos.

En algún punto, la parte donde debía notificarse a servicios sociales simplemente no se activó.

Nadie revisó si había un menor, ni investigaron más.

El expediente quedó cerrado.

Dos adultos muertos en un accidente de tráfico.

Caso terminado.

En cuanto a la niña de 7 años…quedó completamente fuera del sistema.

Me paso una mano por el cabello.

—Mierda… Miro la pantalla apagándose frente a mí.

No sé cómo ha estado sobreviviendo.

No sé de dónde saca dinero para la comida.

Ni cómo paga electricidad o agua.

Al menos entiendo algo.

La casa desordenada.

La ropa repetida.

El cansancio que a veces tiene.

Lila no puede seguir viviendo así.

Si saco esto a la luz… se la van a llevar.

A un orfanato.

(Nota: Cuando investigue me di cuenta que no tienen orfanatos en Italia) O a un centro de acogida.

Y esos lugares… suelen ser peores, pero me vaso en películas.

Me quedo mirando el escritorio en silencio.

Suspiro sin poder resolver esto.

Subo las escaleras del sótano.

La televisión está encendida en la sala.

Papá está sentado en el sillón y mamá en la mesa con unos papeles del trabajo.

—¿Pa?

¿Ma?

Los dos levantan la mirada.

—¿Qué pasa?

—pregunta mamá.

Me quedo un segundo en silencio.

—Quiero decirles algo sobre Lila.

Eso ya llama su atención.

Papá baja el volumen de la tele.

—¿La niña?

—Sí.

Respiro un poco.

—Hoy me contó algo grave.

—¿Qué cosa hijo?

—pregunta mamá, preocupada.

—Es sobre sus papás, ellos… murieron.

Los dos se quedan quietos.

—¿Murieron?

—repite papá.

Asiento.

—En un accidente de carro.

El silencio se vuelve pesado.

—¿Cuándo paso ésto?

—pregunta mamá con voz más baja.

—Hace unos meses.

Papá frunce el ceño.

—Ella dijo que pasó de noche… que iban manejando… y chocaron.

Mis padres se miran, algo no encaja.

Mamá vuelve a mirarme.

—¿Y con quién está viviendo ahora?

—En su casa.

—¿Con algún familiar?

—No.

Papá se endereza un poco en el sofá.

—¿Cómo que no?

—Está sola.

La palabra queda flotando en la sala.

Mamá deja los papeles sobre la mesa.

—¿Sola… sola?

—Sí.

—¿Nadie vive con ella?

—No.

—¿Algún tío?

¿Abuelos?

Niego con la cabeza.

—Nunca he visto a nadie.

Papá ahora está claramente inquieto.

—¿Y quién la lleva a la escuela?

—Ella camina.

—¿Y la comida?

—No sé.

—¿Cuánto tiempo lleva así?

—Desde que pasó lo de sus papás.

Mamá se tapa la boca con una mano.

Papá se levanta del sofá.

—Eso no puede ser.

Empieza a caminar por la sala.

Papá se pasa la mano por la cabeza.

—Una niña de siete años viviendo sola… Los dos se miran preocupados y alarmados.

—Tenemos que comprobar esto —dice papá.

—Sí —responde mamá.

Papá ya está buscando su teléfono.

Mamá se levanta también.

—Deberíamos ir a verla.

Yo me quedo quieto mientras los dos empiezan a moverse por la casa con urgencia.

Esa misma noche vamos a casa de Lila.

Cuando abre la puerta y nos ve a los tres, se queda paralizada.

Mis padres hablan con ella con mucha calma.

Le dicen que saben que ha estado pasando por algo muy difícil.

Que no tiene que hacerlo sola.

Al principio Lila intenta mantenerse fuerte.

Pero cuando mamá la abraza se rompe a llorar.

Llora como no la había visto llorar antes.

Horas después llegan servicios sociales, acompañados por agentes de la policía municipal y una trabajadora del tribunal de menores.

Empiezando el proceso oficial.

Papá estába furioso.

—¿Cómo es posible que nadie revisara si había una menor?

—exige.

Los funcionarios no tienen una buena respuesta.

— Tres días pasan.

Lila no ha ido a la escuela.

Su caso se está procesando.

Finalmente la ubican en una Casa Famiglia cercana.

Un hogar comunitario para niños sin familia inmediata.

El cuarto día vuelve a la escuela.

Los profesores ya saben lo que ocurrió.

La tratan con mucha delicadeza.

En el recreo la encuentro sentada en un banco.

Cuando me acerco, me mira con una mezcla de cosas, un poco de molestia.

—Sabía que habías sido tú —dice.

—¿Estás enojada?

Se encoge de hombros.

—Un poco.

Luego suspira.

—Pero… gracias.

Se queda mirando el patio.

—Estos días han sido raros.

Me cuenta lo que pasó.

Las entrevistas.

Los papeles.

Las dos últimas noches en la Casa Famiglia.

—La gente ahí… es buena —dice—.

Los otros niños también.

Sonríe un poco.

—Pero es raro.

Asiento.

—Lo imagino.

Nos quedamos en silencio un momento.

Luego digo: —¿Puedo visitarte?

Lila levanta la cabeza.

Por primera vez desde que empezó todo, su sonrisa es completamente real.

—Sí.

—¿Seguro?

—Sí —dice—.

Me gustaría mucho.

Y por primera vez en mucho tiempo, parece que algo en su vida empieza a acomodarse un poco.

— Buenos días, buenas tardes y buenas noches.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Imitadora Habrá días en los que no tengas motivación.

Ahí es donde la disciplina te mantiene avanzando cuando las ganas fallan.

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo