Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Telarañas y Omnitrix - Capítulo 9

  1. Inicio
  2. Telarañas y Omnitrix
  3. Capítulo 9 - 9 Lila Rossi parte 2
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

9: Lila Rossi (parte 2) 9: Lila Rossi (parte 2) Capítulo 9: Lila Llego al aula unos minutos antes de que suene el timbre.

Las voces de los niños llenan el salón: mochilas cayendo al suelo, sillas arrastrándose, alguien discutiendo por unas cartas, otro presumiendo un juguete nuevo.

Entro y casi de inmediato la veo.

Lila está cerca de la ventana, rodeada por tres compañeros.

Está hablando rápido, moviendo las manos mientras cuenta algo.

-…y entonces mi mamá dijo que tal vez vayamos a París otra vez este verano -dice con una sonrisa grande-.

Ya hemos ido varias veces.

Los otros niños abren los ojos.

-¿En serio?

-¡Qué suerte!

-¿Viste la torre esa?

Lila asiente con entusiasmo.

-Claro.

Y también el museo grande…

donde está el cuadro famoso.

No dice el nombre.

Pero nadie parece notarlo.

Sonríen, impresionados.

La observo un momento.

Antes…

cuando hablaba, lo hacía bajito, como si cada palabra le costara salir.

Ahora habla mucho.

Y casi siempre…

cosas que no tienen mucho sentido.

Podría acercarme, pero no lo hago.

Me limito a caminar hasta mi asiento.

No es como si estuviera lastimando a alguien.

Los niños a veces inventan historias para parecer más interesantes.

No es exactamente raro.

Además…

Lila es solo una niña.

Tal vez solo está actuando como tal.

Aunque.

Frunzo un poco el ceño mientras saco un cuaderno.

Ese cambio fue demasiado rápido.

Pero decidí dejarlo pasar.

Tengo cosas más importantes en qué pensar.

El recreo llega con el caos habitual.

Gritos, carreras, un balón rebotando contra una pared, niños jugando a las escondidas.

Salgo al patio…

y por reflejo busco con la mirada.

Lila no está.

Miro otra vez.

Nada.

Extraño.

Normalmente está con los demás.

O al menos cerca.

Doy un par de pasos por el patio…

cuando algo me recorre la nuca.

Un cosquilleo leve, un poco incómodo.

Como cuando alguien te observa desde atrás.

Me detengo mirando alrededor.

Nada raro.

Pero la sensación no desaparece.

Suspiro.

‘Bien.’ Empiezo a caminar por la escuela.

Paso por el pasillo que conecta con el gimnasio.

Luego por el patio pequeño detrás del edificio.

El cosquilleo vuelve.

Doblo la esquina hacia la parte trasera de la escuela.

Hay un pequeño espacio entre el gimnasio y el almacén de materiales deportivos.

No es exactamente un lugar donde los profesores miren mucho.

Y ahí los veo.

Dos chicas mayores.

Probablemente de cursos más arriba.

Están frente a Lila.

Ella está contra la pared.

Una de las chicas extiende la mano.

-Vamos -dice con tono aburrido-.

Dijiste que tu mamá te da dinero todos los días.

La otra se ríe.

-Sí.

Seguro que tienes algo.

Lila aprieta la mochila contra el pecho.

-No…

no tengo.

-Ah, claro -responde la primera-.

La niña rica hoy no tiene nada.

Da un paso más cerca.

-Entonces busca.

El cosquilleo en mi nuca se vuelve más fuerte.

Camino hacia ellas.

Las chicas me miran cuando estoy a unos pasos.

-Oigan.

Se giran hacia mí.

Una levanta una ceja.

-¿Qué quieres, enano?

Me encojo un poco de hombros.

-Nada.

Señalo hacia el patio con la cabeza.

-Pero la profesora está allá mirando.

Las dos miran instintivamente en esa dirección.

No hay nadie realmente.

Pero eso no importa.

-Y si ve que están molestando a alguien…

-continúo- seguro va a querer hablar con ustedes.

La segunda chica hace una mueca.

-Bah.

No estábamos haciendo nada.

La primera mira a Lila.

Luego a mí.

No parezco una amenaza, pero tampoco alguien que vaya a irse.

Chasquea la lengua.

-Vamos.

Empuja a su amiga con el hombro.

-No vale la pena.

Pasan a mi lado.

Una de ellas murmura algo como “niños raros” mientras se alejan.

Espero a que doblen la esquina.

Luego miro a Lila.

-¿Estás bien?

Ella no responde.

Sigue mirando el suelo.

-¿Qué estaba pasando?

Levanta la cabeza lentamente.

Por un segundo parece que va a decir algo.

Abre la boca.

Pero entonces su expresión cambia.

Se vuelve…

fría.

-No te metas.

Parpadeo.

-Solo preguntaba.

-No te pedí ayuda.

Su voz es baja.

Cortante.

Da un paso hacia un lado, esquivándome.

-Déjame en paz, Léo.

Y empieza a caminar hacia el patio.

Me quedo quieto.

El cosquilleo vuelve, más suave ahora.

Algo…

no encaja.

Hace un momento estaba sonriendo con todos, contando historias.

Y ahora…

Esta forma de hablar, esa mirada…

Observo cómo se aleja.

Y por primera vez en semanas…

Tengo la sensación clara de que algo está muy mal.

Pero no sé qué es.

El timbre de salida suena y el aula estalla en movimiento.

Sillas arrastrándose, mochilas cerrándose de golpe, niños corriendo hacia la puerta.

Me tomo mi tiempo, guardando mis cuadernos despacio y salgo al pasillo con el resto.

El patio ya está lleno de padres esperando.

Busco con la mirada…

y encuentro a el señor papá apoyado en el auto, con los brazos cruzados, mirando hacia la puerta de la escuela.

Cuando me ve, levanta una mano.

-¡Eh, campeón!

Camino hasta él.

-Hola, señor papá.

Me despeina un poco.

-¿Qué tal el día?

-Normal.

Subo al asiento del copiloto mientras él rodea el auto y se sienta al volante.

Mientras arranca, miro por la ventana.

Entre los niños que salen caminando…

la veo.

Lila.

Va sola por la acera, mochila en la espalda.

Con la cabeza un poco baja, no está hablando con nadie.

Solo sigo mirándola hasta que el auto gira en la esquina y desaparece de vista.

Papá conduce un rato en silencio.

Luego me mira de reojo.

-Qué pasa campeón, estás muy callado.

Me encojo de hombros.

-Estaba pensando.

-¿En qué?

Dudo un segundo.

Luego decido preguntar algo que llevo pensando desde hace tiempo.

-Pa.

-¿Sí?

-¿No íbamos a quedarnos en Italia solo un año?

Papá frunce un poco el ceño.

-¿De dónde salió eso?

-Mamá lo dijo cuando llegamos.

Pasan unos segundos.

El auto se detiene en un semáforo.

Papá se rasca la barbilla.

-Bueno…

sí.

Ese era el plan.

-Pero ya van tres.

El semáforo cambia a verde y el auto vuelve a moverse.

Papá tarda un poco en responder.

-Eso es…

algo que tu mamá tiene que resolver.

Lo miro.

-¿Resolver?

Se encoge de hombros.

-Cosas del trabajo.

Su tono es tranquilo, pero claramente no quiere entrar en detalles.

Y yo tampoco presiono más.

-Ah.

La conversación muere ahí.

A las cuatro de la tarde ya estoy de nuevo en la casa.

Subo a la azotea para entrenar.

Últimamente papá ya no siempre sube conmigo.

Al principio estaba ahí todo el tiempo mirando, preocupado de que no me hiciera daño, y dándome consejos.

Pero con el tiempo empezó a dejarme solo, después de unos minutos viéndome, él se iba a hacer otras cosas en la casa.

Hay días -como hoy- en los que simplemente me deja entrenar solo.

Dice que si voy a aprender algo de verdad, también tengo que hacerlo sin que alguien me esté mirando cada cinco segundos.

La verdad, creo que va a ver la telenovela con la que se ha quedado envelezada…

no me quejo.

Una hora de trabajo básico.

Primero desplazamientos: avanzar, retroceder, pivotes cortos, cambios de peso para mantener el equilibrio.

Después combinaciones.

Jab.

Jab-cross.

Hook al cuerpo.

Movimiento lateral.

También algunas patadas de taekwondo para no perder la movilidad: frontal, circular, una que otra giratoria.

Pero eso es solo la parte “normal”.

Cuando estoy seguro de que nadie puede verme…

practico lo otro.

Apoyo una mano en la pared de la azotea y me quedo pegado.

Literalmente.

Los dedos se adhieren como si la gravedad hubiera decidido cambiar de opinión solo para mí.

Camino un par de pasos por la pared.

Luego por el techo del cuarto cerrado, todavía es raro…

pero cada vez se siente más natural.

Después salto y caigo sin hacer ruido, pruebo los reflejos.

Lanzo una pelota contra la pared y la atrapo cuando rebota, cada vez más rápido.

A veces cierro los ojos y dejo que el cuerpo reaccione solo.

Ese pequeño cosquilleo me avisa antes de que algo me golpee, cada vez más seguido.

También practico lo de la electricidad.

No es como un rayo gigante ni nada así.

Es más bien una descarga que recorre la piel, de color azulada y pequeña.

Si la concentro en la mano, puedo hacer que chisporrotee entre los dedos.

En cuanto a la invisibilidad…

Fue difícil.

Al principio a veces funciona o solo me vuelvo medio borroso.

Pero ya lo tengo controlado completamente.

Después de una hora de todo eso, paro.

No estoy agotado exactamente.

Con la fuerza y resistencia que tengo ahora…

cansarme es más difícil.

Probablemente soy un poco mas fuerte que el Capitán América de las películas.

Pero igual el cuerpo necesita moverse.

Y la cabeza también.

Bajo de la azotea, me doy una ducha rápida y luego voy directo al sótano.

Enciendo la luz.

Mi pequeño proyecto me espera sobre la mesa de trabajo.

La computadora no es una máquina comprada, la estoy armando pieza por pieza.

La carcasa es una torre vieja que encontré entre las cosas guardadas.

La limpié, lijé un poco el interior y ajusté los soportes para la placa base.

Hoy toca terminar.

Coloco la placa madre en su posición y la fijo con los tornillos de separación para evitar contacto directo con el metal del gabinete.

Luego saco el procesador de su caja con cuidado.

Levanto la pequeña palanca del socket.

Lo alineo.

Lo dejo caer en su sitio.

Clic.

Bajo la palanca.

Después aplico una pequeña gota de pasta térmica en el centro.

Instalo el disipador encima y aseguro los anclajes.

El siguiente paso son las memorias RAM.

Dos módulos.

Los alineo con las ranuras…

y presiono hasta que las pestañas laterales hacen clic.

Después conecto el SSD al puerto SATA y paso el cable hacia la fuente de poder.

La fuente también es reciclada, pero la abrí, limpié el ventilador y comprobé los voltajes.

Debería funcionar.

Conecto los cables: 24 pines a la placa.

8 pines al procesador.

SATA al almacenamiento.

También organizo los cables para que no bloqueen el flujo de aire.

Por último conecto el botón de encendido del gabinete a los pines frontales de la placa.

Me quedo mirando el interior de la torre.

Todo está en su sitio.

Respiro hondo.

-Bueno…

momento de la verdad.

Conecto el monitor viejo que encontré en una caja.

Teclado.

Cable de corriente.

Presiono el botón.

Durante un segundo…

Nada.

Luego el ventilador empieza a girar, la pantalla parpadea.

Y aparece el logo de arranque de la placa base.

Me quedo congelado.

Luego una sonrisa enorme se abre en mi cara.

-¡BIEN, CARAJO!

Levanto los brazos.

-¡Vamos, mierda!

¡Funcionó, funcionó!

Me río solo en medio del sótano.

-¡Así se hace, joder!

¡Computadora nueva, papá!

— Al día siguiente intento hablar con Lila.

No funciona.

En clase apenas responde, en el recreo se va con otros niños.

Cuando me acerco, encuentra una excusa para irse.

No es sutil, ni siquiera lo intenta.

Así que al final tomo otra decisión.

Si no quiere hablar en la escuela…

veré qué pasa fuera de ella.

— Esa tarde, después de entrenar un poco, estoy en la cocina cuando papá entra con una bolsa de pan recién hecho.

-Pa.

-¿Sí?

-¿Puedo ir caminando mañana después de la escuela?

Levanta una ceja.

-¿Caminando a dónde?

-Acompañar a Lila a su casa.

Se queda pensando un segundo.

-¿La niña que viene a jugar aquí a veces?

-Sí.

Papá se encoge de hombros.

-Su casa queda cerca.

-Por eso.

Me mira un momento más, evaluando.

-Bueno…

puedes.

Pero regresas antes de las cinco.

-Sí.

-Igual lo voy a comentar con tu mamá esta noche.

-Está bien.

Y así queda.

Al día siguiente, a la hora de salida, papá no está esperando en el auto.

Salgo al patio con el resto de los niños.

Busco con la mirada.

Y la veo, ya caminando hacia la salida de la escuela, sola.

Perfecto.

Corro un poco para alcanzarla.

-Hey.

Ella da un pequeño salto cuando aparezco a su lado.

-¿Qué…?

Me mira.

Su expresión cambia rápido a molestia.

-¿Qué haces aquí?

Me encojo de hombros mientras sigo caminando.

-Caminando.

-¿Qué?

-Caminando -repito-.

Eso hacen las personas cuando se mueven de un lugar a otro.

Frunce el ceño.

-No me sigas.

-No te estoy siguiendo.

-Sí lo estás.

-No -digo con tono tranquilo-.

Solo es una coincidencia que vayamos por el mismo camino.

La miro de reojo con una pequeña sonrisa.

-El mundo es un lugar muy misterioso.

Eso solo parece molestarla más.

-Léo, en serio.

Vete.

-No puedo.

-¿Por qué?

-Porque voy caminando.

Resopla.

-Eres insoportable.

-Me lo han dicho antes.

Seguimos caminando.

Ella está cada vez más irritada.

Yo…

bastante tranquilo y divertido por su reacción.

La discusión continúa casi todo el camino.

Más bien…

Lila discute y yo solo respondo.

Cuando por fin llegamos a su casa, ella ya está claramente harta.

Sube los escalones de la entrada sin mirarme.

-Adiós, Léo.

Abre la puerta.

Entra.

Y la cierra de golpe.

Pero justo antes de que la puerta se cierre del todo…

Me deslizo dentro.

Ella no se da cuenta.

La puerta se cierra.

Y por un momento…

Lila se queda quieta.

Sus hombros bajan.

Su cara cambia.

La expresión alegre y molesta desaparece como si alguien hubiera apagado un interruptor.

En su lugar aparece algo mucho más feo.

Tristeza.

Y algo de impotencia.

Luego se gira.

Y me ve.

Se queda congelada.

-¿¡Qué…!?

Miro alrededor con calma.

La casa está desordenada.

Un poco oscura.

-Está un poco sucio aquí -digo, mirando el suelo.

Su cara pasa de sorpresa a furia en medio segundo.

-¡¿Qué haces en mi casa?!

Me encojo de hombros.

-Simplemente entré.

-¡Lárgate!

No respondo.

Simplemente camino hacia la sala como si fuera lo más normal del mundo.

Me siento en el sofá.

Ella viene detrás de mí, haciendo muecas de frustración.

-¡Léo!

La miro.

-¿Sí?

-¡Sal de mi casa!

No me muevo.

La observo unos segundos.

Tranquilo.

Como si nada de esto fuera un problema.

Ella aprieta los puños.

Claramente no esperaba esto.

Y tampoco sabe muy bien qué hacer ahora.

La casa queda en silencio.

— Buenos días, buenas tardes y buenas noches.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Imitadora Diez minutos de conversación real (sin teléfonos de por medio) valen más que dos horas sentados frente a la tele sin hablar.

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo