Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Telarañas y Omnitrix - Capítulo 11

  1. Inicio
  2. Telarañas y Omnitrix
  3. Capítulo 11 - 11 Días tranquilos
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

11: Días tranquilos 11: Días tranquilos Capítulo 11: Días tranquilos El skatepark vibraba con vida.

Ruedas raspando el concreto, risas que se mezclaban con música lejana, el golpe seco de una tabla contra el suelo tras un intento fallido… lo normal de una tarde cualquiera.

Y, en medio de todo eso— Leo.

La patineta parecía una extensión de su cuerpo.

Tomó impulso, rodando con fluidez, flexionando ligeramente las rodillas mientras sus ojos analizaban cada centímetro del terreno.

Subió por una rampa baja y, justo al llegar al borde, ejecutó un ollie limpio, elevándose lo suficiente para caer sobre la barandilla.

—**Grind.

El metal chilló bajo las ruedas mientras se deslizaba con precisión milimétrica.

Al final, un leve giro de cadera y salió con un kickturn, sin perder velocidad.

Aprovechó la inercia, descendió, y en el plano ejecutó un kickflip perfectamente alineado.

La tabla giró bajo sus pies, una vuelta exacta, y volvió a atraparla en el aire antes de caer con suavidad.

Un par de chicos más grandes dejaron de hablar para mirarlo.

Leo con una sonrisa, que tenía desde el inició.

Subió por otra rampa, más inclinada esta vez.

En el punto más alto, lanzó la tabla hacia atrás con el talón: heelflip.

Aterrizó.

Ahora un manual, manteniendo el equilibrio solo en las ruedas traseras durante varios metros, corrigiendo micro movimientos con una precisión que no parecía propia de un niño.

Y entonces, el cierre.

Tomó velocidad, subió por la rampa principal, giró el cuerpo en el aire—180° y aterrizó firme.

Un segundo después— —¡Eeeh!

—gritó alguien.

Leo levantó los brazos, riendo, dejando que la adrenalina se disolviera poco a poco.

Bajó de la tabla y rodó hacia donde estaba el grupo.

—Bravissimo, Leo —dijo Giulia (18), aplaudiendo con una sonrisa amplia.

—Eso fue increíble —añadió Martina (14), cruzándose de brazos, impresionada, medio incrédula.

—¡Hazlo otra vez!

—saltó Tommaso (9), con los ojos brillando.

—Sí, claro —respondió Leo con una sonrisa ladeada—.

Primero tú.

El niño se quedó quieto.

—¿Yo?

—Si, tú.

—Pero yo… yo apenas me mantengo de pie… —Perfecto, entonces estás en el punto ideal para empezar a caerte —contestó Leo, totalmente serio por medio segundo.

Los demás rieron.

—Eres un idiota —murmuró Lila, aunque una pequeña sonrisa traicionaba el tono.

—Uno con estilo —corrigió él.

El grupo era variado: Giulia (18): la mayor, tranquila, la que vigilaba que nadie se matara.

Martina (14): directa, sarcástica.

Luca (16) y Marco (15): hermanos, siempre compitiendo entre ellos.

Sara (10): energética, se reía por todo.

Tommaso (9): el más torpe… y el más entusiasta.

Y Lila.

—A ver, ven —dijo Luca, tomando a Tommaso por los hombros—.

Te sostengo.

—No me sueltes.

—No lo haré.

—¿Seguro?

—…Tal vez.

—¡LUCA!

Las risas estallaron otra vez.

Mientras tanto, Marco ayudaba a Sara a subir a la tabla, sujetándola por los brazos.

—Mira al frente —le decía—, no a los pies.

—Pero si no miro me caigo.

—Si miras, te caes igual.

—Eso no ayuda.

Leo observaba con un brazo apoyado en su patineta y la otra en la cadera.

—Recuerden —dijo de pronto, con tono de “maestro iluminado”—.

La clave es sentir el viento… dejar que la tabla se convierta en una extensión de su alma… Lila giró la cabeza lentamente.

—¿Puedes dejar de decir tonterías?

—No son tonterías.

Es filosofía urbana.

—Es basura.

—Es arte.

—Te voy a empujar.

—Eso también es parte del aprendizaje.

Lila rodó los ojos, pero no pudo evitar reír.

Poco a poco, entre caídas, gritos y manos que sujetaban antes del golpe, todos iban avanzando.

Torpes, pero juntos.

Como una familia improvisada que no necesitaba decirlo en voz alta.

Y en medio de todo eso, Leo volvió a subirse a la tabla, empujando suavemente el suelo con el pie, para quedarse cerca.

El cielo estaba anaranjado, casi dorado en algunas partes.

Leo avanzaba en su patineta sin prisa, dejando que el impulso lo llevara.

De vez en cuando empujaba el suelo con el pie, pero más por costumbre que por necesidad.

El aire le daba de frente.

Fresco.

Levantó un poco los brazos, dejándose llevar, como si estuviera flotando por la calle.

En sus oídos sonaba su propia canción.

Shape of You.

Ya se había despedido de Lila y los demás hacía rato.

Las risas todavía le rondaban en la cabeza, mezclándose con la música.

Cerró los ojos un instante.

— (POV Leo) Han pasado diez meses.

Diez meses desde que todo lo de Lila… dejó de ser un desastre.

Ahora está mejor.

Se le nota.

No es como antes, pero ya no está rota.

Se ríe más, habla más… y en la Casa Famiglia terminó encontrando algo parecido a una familia.

Supongo que eso ayuda.

Y yo… Bueno.

Tampoco me quedé quieto.

Todo empezó casi sin darme cuenta.

Quería una forma de hacer dinero a futuro.

Algo propio.

Y terminé creando un canal.

“Tout en Musique”.

Sin nombre.

Sin cara.

Solo música.

La canción que suena ahora fue la primera que terminé.

No esperaba gran cosa.

Pero empezó a moverse.

Primero lento… y luego ya no tanto.

Después vinieron otras.

Una tras otra.

Sin darme cuenta, el canal creció.

Y ahora… bueno.

Ya pasa de los cien mil suscriptores.

Y he juntado un poco más de dos mil euros.

Nada mal para algo que empecé por curiosidad.

Abro los ojos.

Las luces de la calle empiezan a encenderse.

La ciudad cambia de ritmo.

Más tranquila.

Más lenta.

Bajo la velocidad y dejo que la patineta ruede sola.

La canción sigue sonando.

Y por un momento… todo está en su lugar.

Sin pensar demasiado.

Sin complicaciones.

Solo esto.

El viento.

La música.

Y el camino a casa.

— La puerta se abre con suavidad y se cierra sin hacer ruido detrás de él.

Leo entra a la casa con la patineta en la mano, dejándola apoyada contra la pared como ya es costumbre.

El eco de la calle aún le queda en el cuerpo —el viento, la velocidad, la música— pero algo más capta su atención antes de poder subir las escaleras.

Voces.

Desde la sala.

No suenan normales.

Se queda quieto un momento, sin avanzar, simplemente escuchando.

— En la sala, la luz es tenue y cálida.

Marie Durand está sentada en el sofá, inclinada ligeramente hacia adelante, con una mano apoyada en la sien como si intentara sostener el peso del día.

Hay cansancio en su postura, uno que no se quita con solo sentarse.

Frente a ella, su esposo Pierre Durand permanece de pie, apoyado contra el respaldo del sofá, mirándola con atención, con esa mezcla de preocupación tranquila que no presiona, pero tampoco ignora.

—Estás en eso porque te gusta la música… —dice él finalmente, con voz calmada.

Hace una pausa breve, como si algo le cruzara por la mente.

Su expresión se suaviza apenas, y una pequeña sonrisa aparece, cargada de recuerdo.

—No porque tengas que demostrar nada… ni porque sea un sueño que te obligue a quedarte.

Ella no responde de inmediato.

Solo exhala, larga, dejando que el aire salga como si también soltara un poco de tensión.

—Ahora nos va bien —continúa él, con suavidad—.

A los dos.

No necesitamos que te estés desgastando así.

La madre cierra los ojos un instante antes de abrirlos otra vez.

—No es tan simple… —murmura.

—Nunca lo es —admite él—, pero tampoco tiene que ser tan pesado.

Se endereza un poco, acercándose un paso más.

—Mira… incluso podrías aprovechar este tiempo de otra forma.

Pasar más tiempo con Leo, por ejemplo.

A ese chico le gusta la música igual o más que a ti.

Eso sí logra que ella levante la mirada.

—Podrías enseñarle… o simplemente compartirlo con él.

El padre suelta una pequeña risa por lo bajo.

—Sabes cómo es.

Cuando algo le gusta… se mete de lleno.

Ese niño es un genio para eso.

La madre abre la boca, lista para responder— Pero se detiene.

Porque lo ve.

— Estoy apoyado en la entrada, sin haberme dado cuenta de en qué momento dejé de ser discreto.

Nos miramos un segundo.

Y entonces ella sonríe.

Una sonrisa real, rápida, como si acabara de cambiar de canal en su cabeza.

—Hola, cariño.

Me quito los audífonos con calma.

—Buenas noches, señora madre.

Papá deja escapar una risa corta.

—Mira quién decidió aparecer.

—Señor padre —respondo, levantando la mano en saludo mientras camino hacia ellos.

Los observo un momento.

A los dos.

—¿Qué pasa?

—pregunto con una ligera sonrisa—.

¿Reunión secreta sin mí?

Eso hiere mis sentimientos.

Ambos sonríen.

La tensión baja un poco, lo suficiente para notarse.

Papá se encoge de hombros.

—Nada grave.

—Solo un dolor de cabeza —añade mamá, aunque su tono sigue cansado.

La miro con más atención.

—¿Seguro?

—Sí —dice ella—.

No te preocupes, lo voy a resolver.

No me lo dicen todo.

Pero no me están mintiendo.

Y eso se nota más de lo que creen.

Suelto el aire lentamente, dándome cuenta de que estaba un poco tenso sin haberlo notado.

—Bueno… —me cruzo de brazos, pensativo— suena a problema personal de la señora madre.

Algo del trabajo mezclándose con decisiones de vida.

Hago una pequeña pausa, mirándola.

—De esas donde cualquier opción tiene consecuencias molestas.

Papá levanta una ceja.

Mamá también.

Sigo, como si nada: —Pero… —me encojo de hombros— con lo bien que manejas todo normalmente, dudo que salga mal.

Y si sale mal… siempre puedes fingir que era parte del plan.

Una pequeña sonrisa aparece en sus rostros.

Como si me hubiera acercado más de lo que debería.

Papá niega con la cabeza, divertido, y se acerca para revolverme el cabello.

—¿Por qué no mejor te vas a cambiar, chico listo?

—Oye —me quejo, apartando su mano—.

Eso fue completamente innecesario.

—Mamá, ¿vas a permitir este tipo de abuso?

Ella cruza los brazos, adoptando una expresión de falsa severidad.

—Amor no deberías molestar a tu hijo.

Papá lleva una mano al pecho, exagerando el gesto.

—Increíble.

Atacado por mi propia familia.

—Recoges lo que siembras —respondo.

—Mi esposa y mi hijo en mi contra… —continúa él, con dramatismo—.

Qué tragedia tan grande.

—Sobrevivirás —dice mamá, ya sonriendo abiertamente.

—No estoy tan seguro.

Y al final, como siempre, los tres terminamos riéndonos.

— Buenos días, buenas tardes y buenas noches.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Imitadora Aprender a cocinar tres platos ricos, coser un botón o administrar tu propio dinero te dará una libertad que no tiene precio.

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo