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Telarañas y Omnitrix - Capítulo 13

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13: No era una estrella 13: No era una estrella Capítulo 13: No era una estrella La carretera se extendía interminable frente a ellos.

Asfalto gris, líneas amarillas, montañas a lo lejos… y un cielo limpio, demasiado limpio.

La autocaravana avanzaba con un zumbido constante, firme, como si también estuviera disfrutando del viaje.

Una Hymer ML-T 580 4×4.

Grande, robusta, preparada para atravesar caminos largos sin problema.

Pierre iba al volante, relajado, una mano firme y la otra descansando sobre el volante mientras tarareaba algo sin mucha intención.

Marie, a su lado, revisaba algo en su teléfono, aunque de vez en cuando levantaba la vista para observar el paisaje.

Y atrás… Leo miraba por la ventana.

Sus ojos estaban ahí.

Pero su mente no.

Había pasado una semana desde que terminaron las clases.

Vacaciones y no cualquier tipo de vacaciones.

Su madre había llegado ese día con una sonrisa que ya decía demasiado.

Tres boletos.

Destino: San Francisco.

Después vino la explicación.

Un viaje.

Varios estados.

Meses fuera.

Carreteras, parques, ciudades, naturaleza.

Una aventura.

Al inicio… no le había gustado tanto la idea.

Tenía la moto, planes.

Tenía cosas que quería construir.

Pero luego lo pensó mejor.

Viajar no era una pérdida de tiempo, nunca lo fue.

Además… Le daba algo más.

Una oportunidad, para probar sus cosas, sin que nadie lo viera.

Sin límites.

Sus dedos se movieron levemente, recordando la sensación.

Los lanzatelarañas.

Funcionaban, mejor de lo que esperaba.

Y aun así… No era eso lo que lo tenía distraído.

Era esa sensación.

Ese cosquilleo.

Esa alerta constante.

Desde que empezó el viaje… no se había ido.

No era fuerte, pero era persistente.

Como si algo… se estuviera acercando.

—Leo.

La voz de su padre lo sacó de golpe.

—Mira.

Levantó la vista.

Montañas altas e imponentes, cubiertas de verde y piedra.

El aire parecía distinto incluso desde dentro del vehículo.

— —Bienvenido a Parque Nacional de Yosemite —dijo Pierre con una sonrisa.

— Leo no respondió de inmediato.

Solo miró.

Y por un segundo… todo lo demás desapareció.

—Wow… No lo dijo fuerte.

El lugar lo hacía por él.

El vehículo se desvió hacia una zona de campamento.

Tierra, árboles altos, espacios abiertos.

Personas aquí y allá, pero lo suficientemente lejos para no sentirse invadido.

Cuando finalmente se detuvieron, Pierre fue el primero en bajar.

Abrió la puerta y dio un paso al exterior.

Respiró profundo.

Exageradamente profundo.

—¡Ahhh!

—exclamó— ¡Esto sí es aire!

Marie rodó los ojos desde adentro.

—Deja de actuar como si nunca hubieras salido de casa.

—No es lo mismo —respondió él— esto es naturaleza de verdad.

—Sí, sí, Tarzán —replicó ella—.

Ahora ven y ayuda antes de que se haga de noche.

Pierre se rió.

—A la orden.

Leo bajó después.

El suelo crujió bajo sus zapatos.

El aire… Era diferente.

Más frío.

Más limpio.

Durante un rato, todo fue normal.

Sacar cosas, organizarlas, montar una pequeña zona para cocinar.

Sus padres se movían coordinados sin darse cuenta.

Uno alcanzaba.

El otro acomodaba.

Pequeños gestos que solo se desarrollan con años juntos.

Leo los observaba desde un tronco cercano.

Y no pudo evitar sonreír.

El se levantó.

—Voy a dar una vuelta —dijo—.

Si me quedo aquí más tiempo me va a dar diabetes.

Pierre soltó una carcajada.

—¡Oye!

Marie negó con la cabeza, divertida.

—Ve, pero no te alejes mucho.

Le lanzó una linterna.

—Y no te demores.

Ya está oscureciendo.

—Y no te pierdas —añadió Pierre—.

O tendremos que culpar a Lila por distraerte.

Leo se rió.

—Sí, claro.

Y se fue.

El bosque lo recibió con silencio.

Paso a paso.

El sonido de las hojas.

El crujir de ramas.

El viento suave entre los árboles.

Levantó la vista.

El cielo estaba lleno de estrellas.

No como en la ciudad.

Se quedó quieto un momento, solo mirando.

—…Valió la pena.

Entonces— Una luz.

Una estrella fugaz, rápida, brillante, hermosa.

Leo sonrió.

Hasta que— El cosquilleo, se volvió más fuerte.

Su cuerpo reaccionó antes que su mente.

—…No.

La estrella no estaba cruzando el cielo.

—Está bajando.

Hacia él.

Corrió.

Sin pensarlo.

Sin dudar.

El impacto llegó antes de que pudiera alejarse lo suficiente.

La explosión sacudió el bosque.

El aire se comprimió.

El suelo tembló.

Leo fue lanzado hacia atrás.

Pero no cayó.

Se giró en el aire.

Instinto puro.

Y se pegó a un árbol.

De lado.

Perfectamente estable.

Silencio.

Luego… El fuego.

Árboles ardiendo.

Humo elevándose.

Chispas volando.

Leo descendió, lento y controlado.

Mirada fija y su corazón acelerado.

El cosquilleo…era insoportable ahora.

Y entonces— Un recuerdo.

Una idea que había dejado atrás.

Que había ignorado.

‘No va a pasar…’ Pero estaba pasando.

Se acercó al cráter.

Cada paso más pesado que el anterior.

Saltó.

Y cayó en el centro.

Ahí estaba.

Una cápsula abierta.

Humeante.

Y dentro— El reloj.

El Omnitrix.

No el moderno.

Ni el rediseñado.

El original.

El que él recordaba.

Extendió la mano.

Y el dispositivo reaccionó.

Saltó.

Se ajustó a su muñeca y se cerró.

Perfectamente.

—… Leo lo miró.

Respirando más rápido.

Giró el dial.

Uno.

Dos.

Tres.

Diez siluetas.

Se detuvo.

Fuego.

—Claro… Miró alrededor.

El bosque ardiendo.

No había tiempo.

Presionó.

Luz verde.

—¡Fuego!

La transformación fue instantánea.

El cuerpo cambió, la piel se volvió magma, las llamas brotaron.

Y sin pensarlo— Se movió.

Absorbiendo el fuego.

Controlándolo.

Apagándolo por instinto puro, como si siempre lo hubiera sabido.

Minutos después ya nada más ardía.

Tocó el Omnitrix y volvió a ser humano.

Respiró.

Miró sus manos.

Y entonces— Sonrió y saltó.

—¡SÍ!

Pero— Algo cambió.

El reloj, El color.

Amarillo.

Luego— Gris.

Una voz.

Fría.

Robótica.

Femenina.

— —ADN del portador detectado.

—ADN desconocido.

—Usuario no reconocido.

—Funciones suspendidas por el Creador.

Leo parpadeó.

—…¿Qué?

Miró el reloj.

Lo tocó.

Nada, seguía ahí.

Pero…muerto.

—No… no, no, no… Exhaló.

No era momento.

Se giró.

Y regresó.

Cuando llegó, sus padres ya estaban junto al fuego.

—¿Qué tal?

—preguntó Pierre— ¿Buena caminata?

—Sí.

—¿Escuchaste eso?

—añadió Marie— como una explosión.

Leo dudó una fracción de segundo.

—Sí… pero estaba lejos.

Se sentó.

—Había una vista increíble.

Su madre asintió.

Luego frunció ligeramente el ceño.

—¿Y eso?

Señaló su muñeca.

Leo la miró.

—Ah… esto.

—Lo encontré por ahí.

—No deberías recoger cosas que no conoces —dijo ella.

—Tranquila, parece un juguete —respondió Leo—.

Como uno que vi en el aeropuerto.

Marie miró a Pierre.

Él se encogió de hombros.

—Bueno… —dijo— mientras no explote.

Leo sonrió.

Un poco tenso.

Comieron.

Hablaron.

Rieron.

Pero Leo… no estaba del todo ahí.

El nombre llegó tarde.

Pero llegó.

Vilgax.

Sus ojos se abrieron apenas.

—Mierda… Se levantó.

—Voy un momento a la autocaravana.

Se me olvidaron unas cosas.

—Voy contigo —dijo Pierre.

—No, tranquilo —respondió rápido Leo—.

Vayan adelantando, preparen todo.

Se miraron.

Luego asintieron.

—No tardes.

—Y cuidado.

Leo sonrió.

Y se fue.

Al llegar a la zona donde estacionaron la autocaravana, leo entro rápidamente y cerró la puerta de la autocaravana con más fuerza de la necesaria.

Su cuerpo estaba nervioso.

El corazón le latía rápido, la respiración más pesada de lo normal, y ese cosquilleo… ese maldito cosquilleo en la nuca no desaparecía.

Al contrario.

Se intensificaba.

Se agachó frente a uno de los cajones y lo abrió con rapidez, apartando ropa doblada, cables y algunas herramientas pequeñas hasta encontrar lo que buscaba.

Un maletín.

Cuero negro.

Cerrado con llave.

Lo tomó sin dudar y lo colocó sobre la cama.

Sacó la llave de un bolsillo oculto en el pantalón y lo abrió.

Dentro, todo estaba ordenado.

Demasiado ordenado.

Ropa negra con detalles rojos, gruesa, resistente, pensada para soportar golpes, rozaduras… y ocultar lo importante.

El Omnitrix.

—Gracias, yo del pasado… —murmuró mientras se quitaba la camiseta con rapidez.

Se vistió sin perder tiempo.

Primero la capa base ajustada.

Luego la chaqueta.

Después los guantes… aunque dudó.

Miró su muñeca.

El reloj seguía ahí.

Inactivo y silencioso.

Se colocó uno de los lanzatelarañas en la muñeca libre.

Intentó con el otro… pero chocó contra el Omnitrix.

—Claro… perfecto… justo lo que necesitaba —susurró con ironía.

Se resignó.

Uno sería suficiente.

Guardó el resto, cerró el maletín y se colocó la máscara roja.

Ajustó la tela, asegurándose de que cubriera completamente su rostro.

Respiró.

Silencio.

Y entonces— «BOOM.» Un estruendo lejano.

Pesado.

Rítmico.

Eran como pasos.

Leo levantó la cabeza lentamente.

—…Ok.

Sonrió.

—Esto ya se puso interesante.

Abrió la puerta de la autocaravana con cuidado, asomándose primero.

El campamento seguía normal.

Gente hablando.

Risas.

Fuego encendido.

Nadie parecía notar nada.

—Perfecto… sin pánico.

Me encanta.

Cerró la puerta en silencio.

Y desapareció.

Corrió.

Más rápido y más ligero de lo que un humano podría.

Sus pies apenas tocaban el suelo mientras avanzaba entre árboles, esquivando ramas, saltando raíces, moviéndose con una precisión que ya no necesitaba pensar.

Otro estruendo.

Más cerca.

El suelo vibró levemente.

Leo frenó en seco, girando el cuerpo y apoyándose contra un árbol.

Y lo vio.

Un robot.

Grande.

Metálico, rojo oscuro, con líneas brillantes recorriendo su estructura como venas de energía.

Sus ojos… si es que eso eran… emitían una luz tenue, analizando.

Leo inclinó ligeramente la cabeza.

—Ok… —murmuró— definitivamente esto no es parte del tour turístico.

Se impulsó hacia adelante y aterrizó frente al robot con un pequeño giro.

—Hola —dijo levantando una mano—.

Buenas noches, soy el guía local.

¿Primera vez invadiendo un planeta o ya tienen membresía?

Silencio.

El robot no respondió.

Leo suspiró.

—Wow… público difícil.

¿No te enseñaron modales?

Yo digo “hola” y tú al menos finges que te importa.

El brazo del robot se levantó.

—Ah… ahora sí reaccionas.

Bien, vamos mejorando.

El golpe llegó sin aviso.

Rápido.

Brutal.

Leo ya no estaba ahí.

Se inclinó hacia atrás en el último segundo, dejando que el brazo pasara a centímetros de su cara.

—¡Uy!

—silbó— eso estuvo cerca.

¿Así saludas a todos o soy especial?

Rodó hacia un lado y se puso de pie.

—Porque si es así, me siento halagado.

El robot giró su torso con precisión mecánica y lanzó otro golpe.

Leo saltó.

En el aire.

—A ver, consejo gratis: si quieres pegarle a alguien ágil, intenta… no sé… ser más rápido.

Disparó una telaraña.

La red salió disparada y se pegó al brazo del robot.

—¡Y ahora… tiremos!

Jaló con fuerza.

El brazo se desvió.

Leo aterrizó, giró y lanzó más telarañas.

Una tras otra.

Envolviendo.

Pecho.

Piernas.

Torso.

El robot intentó moverse.

La red se tensó.

—Y eso, mi querido amigo metálico, es lo que llamamos… “paquete express”.

El robot cayó hacia atrás con un golpe seco.

Leo cruzó los brazos.

—Entrega rápida, sin costo adicional.

Aunque las devoluciones… son complicadas.

El robot se movió.

Intentó levantarse.

La red resistió.

Leo sonrió.

—¿Ves?

Calidad garantizada.

Hecha con cariño y— Un destello.

—…Oh.

Un rayo de energía salió del brazo del robot.

Cortó la red.

Un punto.

Pequeño.

Pero suficiente.

La tensión cambió.

—Ah… no, no, no… eso no estaba en el manual.

El robot tiró con fuerza.

La red se desgarró desde el corte.

—Ok, eso sí no me gustó.

El robot se liberó.

Leo retrocedió de un salto.

La punzada.

Fuerte.

—¡Arriba!

Saltó sin pensarlo.

Un rayo de energía atravesó el suelo donde estaba.

La explosión levantó tierra y fragmentos.

—¡Wow!

—gritó desde el aire— ¡eso sí fue agresivo!

¿No tienes modo “amigable”?

Cayó sobre un árbol, pegándose al tronco de lado.

Sus ojos se movieron rápido.

Analizando.

Y entonces— Aparecieron dos figuras.

—…¿En serio?

Drones.

Más pequeños y rápidos.

—Claro, porque uno no era suficiente, ¿no?

Tenías que traer amigos.

Disparó una telaraña.

Agarró uno.

—Ven aquí.

Lo jaló.

Giró el cuerpo.

Y lo lanzó contra el otro.

«CRASH.» Ambos explotaron en chispas y metal.

—Combo doble.

Me gusta.

Otra punzada.

—¡Otra vez!

Se impulsó hacia arriba justo cuando el brazo del robot atravesaba el árbol donde estaba.

La madera explotó.

—¡Oye!

¡Ese árbol no te hizo nada!

Se lanzó hacia adelante.

El robot levantó el brazo.

Cargando energía.

—Ah… esto va a doler.

Leo disparó una telaraña.

Se impulsó en diagonal.

El rayo pasó rozándolo.

Calor.

Intenso.

Pero no lo tocó.

—¡Fallaste!

—gritó— ¡Te falta práctica!

Cayó sobre el robot.

Directo.

—Mi turno.

Colocó ambas manos sobre la cabeza metálica.

Y soltó la descarga.

Electricidad.

Violenta.

Directa.

El metal vibró, se quemó y chisporroteó.

El robot tembló, y cayó.

Seguido de un silencio.

Humo.

Leo bajó lentamente.

Respirando.

Se acercó.

Miró el cuerpo inmóvil.

Y se agachó frente a la cabeza.

—No importa cuántos robots mandes… Pausa.

Sonrió bajo la máscara.

—…Vilgax.

El nombre pesó en el aire.

—No vas a recuperar esto.

Tomó la cabeza del robot.

La arrancó con fuerza.

—Además, seamos honestos… tu servicio técnico es pésimo.

La lanzó contra una roca.

«BOOM.» Metal destrozado.

Silencio.

Solo el sonido del viento.

Leo se quedó quieto.

Respirando.

—Ok… Miró sus manos.

—Eso fue… intenso.

El cosquilleo seguía.

Pero ahora más claro.

Levantó la vista.

—Esto no termina aquí… ¿verdad?

— «En el espacio» En tres la oscuridad y el silencio se encontraba una nave siendo reparada por los mismos drones que atacaron a leo Orgánica y mecánica al mismo tiempo.

Dentro se encontraba un cuerpo, suspendido en un tubo lleno de líquido.

Dañado, pero regenerándose.

Vilgax.

Sus ojos se abrieron lentamente.

Un brillo verde tenue.

Un secuaz se acercó.

—Señor Vilgax… El monstruo no respondió de inmediato.

Solo observó.

—No encontramos el Omnitrix.

Pausa.

—Pero… El secuaz activó una pantalla.

—Uno de los objetivos fue interceptado.

Video.

Distorsionado.

Desde la perspectiva de los drones.

Leo.

Moviéndose.

Rápido.

Preciso.

Destruyendo.

Y luego— Su voz.

—No importa cuántos robots mandes, Vilgax… El video se cortó.

Silencio.

Vilgax observó.

Sin emoción.

Pero sus dedos se tensaron levemente.

—…Humano.

Su voz era grave.

Profunda.

Peligrosa.

—Con capacidades mejoradas.

El secuaz bajó la cabeza.

—Creemos que posee el Omnitrix.

Vilgax cerró los ojos un segundo.

Y luego— Sonrió.

Una sonrisa mínima.

Pero aterradora.

—Un gusano… Pausa.

—Que cree que puede desafiarme.

El líquido del tubo comenzó a agitarse.

—Interesante.

Sus ojos brillaron con más intensidad.

—Muy pronto… Pausa.

—Colgarás en mi pared.

Silencio total.

Seguido de scuridad otra vez.

— Buenos días, buenas tardes y buenas noches.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Imitadora Si esperas a “tener ganas” para estudiar o ir al gym, nunca lo harás.

La gente que logra cosas lo hace porque tiene disciplina, no porque siempre esté motivada.

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