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Telarañas y Omnitrix - Capítulo 14

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14: Washington, sombras y un nuevo 14: Washington, sombras y un nuevo Capítulo: Washington, sombras y un nuevo encuentro El humo todavía se alzaba entre los árboles cuando llegaron las primeras sirenas.

Luces rojas y azules rompieron la oscuridad del bosque, reflejándose entre los troncos y el aire cargado de ceniza.

Un camión de bomberos se detuvo bruscamente cerca del borde del área afectada, seguido por una patrulla forestal y dos vehículos de policía.

—¡Rápido, traigan las mangueras por aquí!

—ordenó uno de los bomberos mientras descendían con equipo pesado.

El fuego seguía activo, pero ya no era una amenaza descontrolada.

Se extendía en focos aislados, consumiendo restos de ramas y troncos partidos, como si alguien —o algo— hubiera intervenido antes de su llegada.

Un guardabosques avanzó con cautela, observando el terreno mientras cubría su boca con el antebrazo.

No tardó en notar que aquello no era un incendio común.

Había marcas en el suelo.

Surcos profundos.

Árboles partidos a una altura irregular, algunos como si hubieran sido golpeados con una fuerza descomunal.

Uno de los policías se agachó junto a un montón de metal retorcido.

—¿Qué demonios es esto?

El material estaba chamuscado, con bordes irregulares, partes derretidas y otras arrancadas con violencia.

No se parecía a nada que hubiera visto antes.

—¿Algún tipo de dron?

—aventuró el otro.

—¿En medio del bosque?

—respondió el primero, sin convicción.

El guardabosques se acercó y observó más de cerca, golpeando suavemente el metal con la punta de su bota.

—Esto no es equipo civil.

Se incorporó lentamente, recorriendo la zona con la mirada.

Había otro montón de restos a unos metros.

Solo dos.

Frunció el ceño.

—¿Y el resto?

—¿El resto de qué?

—preguntó uno de los bomberos sin dejar de trabajar.

El guardabosques no respondió de inmediato.

Observó de nuevo las marcas en el terreno, los árboles, la disposición de los restos.

—De lo que haya causado esto.

El crepitar del fuego llenó el silencio.

Y finalmente, casi en un murmullo, dejó caer la pregunta: —¿Qué demonios ocurrió aquí?

— ### **Minutos antes** Leo corría entre los árboles, pero ahora sus movimientos eran más medidos, más calculados.

Ya no se trataba solo de velocidad, sino de no dejar rastro.

Llevaba en las manos varias piezas metálicas: fragmentos del dron que había destruido.

Había arrancado componentes clave, especialmente aquellos que podrían contener sistemas de rastreo o transmisión.

—Si esto manda señales… mejor que manden basura —murmuró.

Saltó una raíz y giró en el aire con facilidad antes de aterrizar sin hacer ruido.

Continuó hasta que la autocaravana apareció entre los árboles.

Se detuvo un segundo.

Escuchó.

Nada fuera de lo normal.

Abrió la puerta con cuidado y entró rápidamente.

El interior estaba vacío.

Bien.

Se agachó frente a uno de los compartimentos inferiores y levantó una tapa casi invisible a simple vista.

Dentro había un espacio reducido, preparado con anterioridad.

Colocó las piezas dentro, pero no de cualquier forma.

Primero las envolvió en tela, luego en material aislante, asegurándose de reducir cualquier posible señal.

Cerró el compartimento.

—Por si acaso.

Se quedó unos segundos en silencio, apoyando una mano sobre la tapa cerrada.

El Omnitrix.

Vilgax.

Los robots.

Todo había escalado demasiado rápido.

—Vacaciones familiares… claro.

Se dejó caer sentado un momento, pensativo.

Decirles la verdad a sus padres no era una opción sencilla.

Pero ocultarlo tampoco lo era.

—Si lo digo, los meto en el problema.

Exhaló lentamente.

—Si no lo digo… igual.

Miró su muñeca.

El reloj seguía ahí, inactivo, como si nada hubiera pasado.

—Tarde o temprano lo van a saber.

Se puso de pie.

—Pero hoy no.

Se cambió de nuevo a ropa normal, respiró hondo y salió como si nada hubiera pasado.

Regresó con sus padres.

Cenó.

Habló.

Actuó normal.

Y esa noche, aunque cerró los ojos, su mente no dejó de moverse.

— ### **Al día siguiente** La carretera volvía a extenderse frente a ellos, atravesando paisajes cada vez más verdes mientras avanzaban rumbo a Washington, pasando por Oregón.

El viaje continuaba con normalidad.

Conversaciones ligeras.

Paisajes que cambiaban lentamente.

Un intento de rutina.

Se detuvieron al mediodía en un restaurante pequeño al borde de la carretera.

Era sencillo, con mesas de madera y olor a comida casera.

—Ese lago de ayer estaba increíble —comentó Marie.

—Te dije que valía la pena desviarse —respondió Pierre.

Leo escuchaba, participaba, sonreía… pero parte de su atención siempre estaba en otra parte.

Entonces ocurrió.

Un ruido fuerte afuera.

Un motor forzado.

Sirenas.

Los tres miraron hacia la ventana.

Un coche negro pasó a toda velocidad, seguido por una patrulla.

—Eso no se ve bien —dijo Pierre.

—Nada bien —añadió Marie.

Leo se levantó.

—Voy al baño.

—No te demores —respondió ella.

Leo asintió y caminó hacia el fondo del local.

—¿El baño?

—preguntó a la camarera.

—Al fondo, a la derecha.

—Gracias.

Avanzó por el pasillo… y en cuanto salió del ángulo de visión, cambió de dirección y se escabulló por la salida trasera.

— Minutos después, la puerta de la autocaravana se abrió.

Leo salió ya con la máscara puesta y el traje ajustado.

Miró alrededor para asegurarse de que nadie lo viera.

Todo despejado.

Escuchó.

Y salió corriendo.

— Alcanzó el coche en cuestión de segundos.

El vehículo negro ya no tenía a la policía detrás, pero seguía a toda velocidad por una carretera secundaria.

Leo saltó directamente sobre el capó.

El impacto hizo que los ocupantes gritaran.

—¡¿Qué demonios?!

Leo levantó la mano y saludó.

—Buenas tardes, revisión sorpresa.

Su conducción ha sido calificada como “muy ilegal”.

—¡QUÍTATE!

—Uy, ese tono no ayuda.

El conductor intentó girar bruscamente, pero Leo ya había golpeado la ventana.

El cristal se agrietó.

—Permiso.

Metió la mano y disparó una telaraña hacia el freno de mano.

—Y ahora… frenamos.

Tiró con fuerza.

El coche derrapó violentamente, girando sobre sí mismo hasta perder el control.

Leo saltó del capó, aterrizó delante y detuvo el vehículo con ambas manos, dejando una abolladura evidente en la parte frontal.

El coche quedó inmóvil.

Silencio.

Los dos hombres salieron apresuradamente.

—¡Es solo un niño!

—¡Agarra las joyas!

Leo los miró un segundo.

—…En serio.

Disparó telarañas en rápida sucesión.

En menos de un segundo, ambos estaban atrapados y pegados contra un cartel cercano, completamente inmovilizados.

Leo se acercó con calma.

—Ok, repasemos —dijo cruzándose de brazos—.

Salté a su coche en movimiento, rompí la ventana, hice que perdieran el control y detuve el auto con mis manos.

Se inclinó un poco hacia ellos.

—¿Y aun así pensaron “es solo un niño”?

De verdad quiero entender el proceso mental.

Los ladrones forcejearon inútilmente.

Las sirenas volvieron a escucharse, acercándose.

Leo miró hacia atrás.

—Ah, ahora sí llegan.

La patrulla se detuvo y dos policías bajaron, claramente confundidos por la escena.

Miraron a los ladrones colgados, luego a Leo, luego otra vez a los ladrones.

—¿Qué…?

Leo levantó la mano con naturalidad.

—Tranquilos, oficiales, situación controlada.

Dos sospechosos detenidos y cero esfuerzo de su parte, así que diría que es un buen día.

—¿Tú hiciste esto?

—preguntó uno de ellos.

Leo inclinó ligeramente la cabeza.

—Depende.

Si van a arrestarlos, sí.

Si van a preguntarme por el coche… voy a necesitar un abogado.

Los policías intercambiaron miradas.

—¿Quién eres tú?

Leo se acomodó la máscara.

—Soy el amigable vecino Spider-Man, con guion en medio, no olviden eso.

—¿Spider-Man…?

Leo asintió.

—Sí, ya saben, hago esto, cuento chistes malos, salvo el día… rutina básica.

Escuchó más sirenas acercándose.

Era momento de irse.

—Bueno, me encantaría quedarme, pero tengo una estricta política de no llenar informes.

Disparó una telaraña hacia un edificio cercano y se impulsó.

—Cuídenlos bien —añadió mientras se elevaba—.

Y si preguntan, digan que fue servicio comunitario.

En cuestión de segundos desapareció entre los techos.

Los policías se quedaron en silencio.

Uno de ellos miró al otro.

—…¿Acaba de decir Spider-Man?

El otro suspiró.

—Sí.

Pausa.

—Y creo que lo decía en serio.

El primero se pasó la mano por la cara.

—Genial… primero lo del bosque, ahora esto.

El segundo negó con la cabeza, mirando a los ladrones colgados.

—Hoy definitivamente no es un día normal.

— La autocaravana avanzaba lentamente entre el tráfico de la tarde mientras el sol comenzaba a caer sobre la ciudad.

Washington D.C.

se extendía frente a ellos con sus avenidas amplias, monumentos imponentes y ese aire entre histórico y moderno que hacía que todo pareciera más grande de lo que era.

Dentro del vehículo, la familia Durand iba bastante animada.

Pierre llevaba el volante con una sonrisa relajada mientras golpeaba suavemente el ritmo en el tablero.

Marie, a su lado, tarareaba la canción que sonaba en la radio, y Leo, atrás, se había unido al coro sin mucha vergüenza.

No era que cantaran bien, pero tampoco les importaba.

—¡Eso no era la letra!

—dijo Marie riéndose.

—Claro que sí —respondió Pierre con total seguridad—, esta es la versión mejorada.

—Improvisada, querrás decir.

Leo soltó una risa desde atrás, apoyando la cabeza contra la ventana mientras miraba la ciudad pasar.

Por un momento, todo era… normal.

Demasiado normal, incluso.

La canción terminó y fue reemplazada por una voz en la radio.

—Última hora: se reporta un incidente en una tienda departamental al norte de la ciudad.

Testigos afirman haber visto animales agresivos dentro del edificio.

Las autoridades ya se dirigen al lugar… El ambiente dentro del vehículo cambió apenas un poco.

—¿Animales?

—preguntó Pierre, bajando ligeramente el volumen.

—Qué raro —murmuró Marie—.

¿Cómo llegan animales a una tienda?

Leo no dijo nada.

Solo miró hacia adelante, pensativo.

Después de unos minutos más, encontraron un lugar adecuado para estacionarse.

Era una zona habilitada para vehículos recreativos, no muy lejos del centro, con espacio suficiente y otras autocaravanas alrededor.

Nada lujoso, pero funcional.

—Perfecto —dijo Pierre apagando el motor—.

Aquí podemos pasar la noche.

Bajaron juntos, estirándose después del viaje.

El aire era más fresco ahora, con ese toque nocturno que empezaba a instalarse.

—¿Salimos a caminar un rato?

—propuso Marie.

—Obvio —respondió Pierre—.

No venimos hasta aquí para quedarnos encerrados.

Leo asintió y los tres comenzaron a caminar por las calles cercanas.

Pasaron por tiendas, luces encendiéndose, gente hablando, parejas caminando.

Era una escena tranquila, cotidiana.

Pierre empezó a contar una historia absurda de cuando intentó hacer pan con una receta equivocada y terminó creando algo que, según él, “ni los perros querían”.

Marie se burlaba sin piedad, corrigiendo cada exageración, mientras Leo los escuchaba con una pequeña sonrisa.

Por un momento, todo parecía… estable.

Pero esa sensación en la nuca no se iba.

Esa alerta constante seguía ahí.

Cuando regresaron, la noche ya se había asentado por completo.

Cenaron algo ligero, hablaron un poco más y, eventualmente, Pierre y Marie se fueron a dormir.

El silencio llegó.

Leo permaneció despierto unos minutos más, mirando el techo.

Luego suspiró.

Se levantó.

Tomó el maletín.

Y salió.

El aire nocturno era frío y limpio cuando Leo se puso la máscara y activó su lanzatelarañas.

Un movimiento, otro, y ya estaba balanceándose entre estructuras, edificios bajos y árboles, desplazándose con naturalidad.

Era libertad.

Era fácil.

Era suyo.

Se movía sin pensar demasiado en el destino… hasta que escuchó ese sonido.

Un chillido agudo.

Fuerte.

Y no natural.

Levantó la mirada.

Allí, en lo alto del obelisco, una figura.

Cabello naranja moviéndose con el viento.

Y abajo, un hombre mayor, visiblemente alterado, entrando apresurado al monumento.

Leo frunció el ceño.

—Bueno… eso no se ve muy seguro.

No dudó.

Se impulsó.

Cuando llegó arriba, apenas alcanzó a ver el momento en que la chica resbalaba.

Todo pasó rápido.

Demasiado rápido para pensar.

Pero no para actuar.

Leo descendió en picada y la atrapó en el aire con precisión, sujetándola con firmeza antes de que la caída pudiera convertirse en algo peor.

—Wow —dijo con ligereza mientras ajustaba el agarre—.

Normalmente cobro por este tipo de rescates, pero hoy estoy de oferta.

La chica lo miró sorprendida, aún procesando lo que acababa de pasar.

—¡¿Quién eres?!

—Un fanático del “no te caigas desde monumentos nacionales”.

Descendió con ella y aterrizó cerca del hombre mayor, que ya venía corriendo.

—¡Gwen!

—exclamó él, claramente preocupado.

Leo la dejó en el suelo con cuidado.

—Entrega especial, sin daños.

Bueno… salvo el susto.

El hombre lo observó con atención, evaluándolo.

Leo inclinó levemente la cabeza.

—Es un honor conocerlo, señor Max.

He escuchado… cosas interesantes.

Max no respondió de inmediato.

Sus ojos se afinaron apenas.

—¿Nos conocemos?

—No personalmente.

Pero soy fan.

Gwen, por otro lado, ya se había recuperado.

—¡Espera!

¿Eres un héroe?

¿De verdad?

Porque esa cosa de antes, el ave gigante, eso no es normal, y estoy segura de que tiene que ver con el doctor Ánimo, y— —Ok, ok —la interrumpió Leo levantando las manos—, pausa dramática.

Una pregunta a la vez.

Gwen respiró hondo, claramente acelerada.

—Ese animal… es uno de los mutados del doctor Ánimo.

Va a ir por el doctor Connors.

Leo asintió.

—Perfecto.

Información útil, directo al grano.

Me gusta.

Miró hacia el cielo y lanzó una telaraña, atrapando al ave mutada que todavía rondaba cerca.

La inmovilizó contra una estructura con un movimiento rápido.

—Uno menos en la lista de problemas.

Se giró hacia ellos.

—¿Dirección?

Max dudó apenas un segundo antes de responder.

—Al norte.

No muy lejos de aquí.

—Genial.

Leo dio un paso atrás.

—No se muevan mucho.

Intenten no subir a más monumentos altos.

—¡Oye!

—protestó Gwen.

Pero Leo ya se había ido.

— Cuando llegó, la escena era clara.

Caos.

Un dinosaurio enorme.

Y encima, el responsable.

—…¿En serio?

—murmuró Leo—.

¿No había algo más discreto?

Sin perder tiempo, se lanzó y sacó a Connors justo antes de que el T-Rex cerrara las mandíbulas.

—Evitar ser comido: logrado.

De nada.

Dejó al científico en una zona segura y se giró hacia el enemigo.

—Ok, señor “claramente no compenso nada con un dinosaurio gigante”, hablemos.

El Dr.

Ánimo gruñó, furioso, y ordenó el ataque.

Leo esquivó el primer embiste con un salto limpio.

—Wow, cero interés en el diálogo.

Público difícil.

Se movió con rapidez, usando telarañas para limitar el movimiento del dinosaurio mientras buscaba una apertura.

Saltó.

Giró.

Esquivó por centímetros.

—¿Sabes?

Normalmente empiezo con un chiste mejor, pero siento que no estás en el mood.

Aprovechó un momento y se lanzó directo hacia Ánimo, arrancándole el casco con precisión.

—Y aquí tenemos el control remoto del circo.

El científico gritó, intentando recuperarlo, pero Leo ya se había alejado.

El T-Rex rugió… y luego dudó.

Leo observó el casco.

—Vamos a ver… Presionó un par de botones.

Nada.

Otro.

Y entonces— Una onda roja.

El dinosaurio se deshizo en cuestión de segundos, volviendo a huesos.

Silencio.

Los demás animales mutados regresaron a la normalidad.

Leo levantó una ceja.

—Ok… eso fue más fácil de lo que esperaba.

Max y Gwen llegaron justo a tiempo para ver el resultado.

—¿Qué hiciste?

—preguntó Max.

Leo miró el casco.

Luego lo apretó con ambas manos.

El metal crujió hasta deformarse completamente.

—Prevenir problemas futuros.

Sirenas a lo lejos.

—Y mi señal de salida.

Se giró hacia Max.

—Mañana, dos de la tarde.

Parque cercano.

Si les interesa hablar.

Gwen dio un paso adelante.

—¡Espera!

¿Cuál es tu nombre?

Leo ya estaba lanzando la telaraña.

Se detuvo solo un segundo.

—Tu amigable vecino Spider-Man.

Y desapareció entre las sombras.

Las sirenas llegaron segundos después.

Max observó el lugar en silencio.

Gwen miró hacia los edificios.

—…Definitivamente no es normal.

Max cruzó los brazos.

—No.

Sonaba interesante.

— Buenos días, buenas tardes y buenas noches.

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