Telarañas y Omnitrix - Capítulo 3
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3: Primeros Pasos (Fingidos) 3: Primeros Pasos (Fingidos) Capítulo 3: Primeros Pasos (Fingidos) ‘Turururú…
rurururú…
turururú…
rurururú…
Te brindé todo mi amor, te brindé toda mi alma.
Te ofrecí mi corazón…
y ahora mue…
Ey, cómo están, muchachos.
Yo de maravilla después de entrenar a mis padres para que sepan cuándo quiero comer, cagar o cuándo tengo sueño con solo unos pequeños quejidos.
Pero todavía tenía que mancharme en los pañales los primeros meses (aparentemente no es sano sentarse cuando eres muy pequeño…
tch).’ Han pasado como diez meses desde que llegué a este cuerpo diminuto.
Ya no soy un bulto que solo llora y come.
Ahora tengo el control casi total de mi cuerpo, camino perfecto cuando nadie mira, corro por dentro de la casa si estoy solo en el pasillo, subo y bajo escaleras gateando rápido como si nada.
Eso sí delante de mis papás tengo que tropezar y tambalearme, ‘¿Yo…
el príncipe de los saiyajin, reducido a esto?’, bueno sigamos, me agarro de las piernas de la mesa como si fuera la cosa más difícil del mundo.
“¡Mira qué torpe es nuestro Léo!”, dice mamá riéndose.
Papá me aplaude cada vez que doy tres pasitos seguidos sin caerme del todo.
Ellos creen que aprendí a caminar antes que a hablar.
‘¡Perfecto…
sí, perfecto!
¡Muajajajaja-!
cof, cof…
…Espera, ¿cómo me puedo atragantar si estoy pensando y no hablando?’ Entiendo casi todo lo que dicen ahora.
Al principio era un revoltijo de sonidos, pero poco a poco las palabras se armaron solas en mi cabeza.
“Léo, viens ici” (ven aquí), “mange ta purée” (come tu puré), “attention, attention!” (cuidado).
Mamá mezcla francés con italiano cuando está contenta: “Bravo, piccolo!” Papá casi siempre en francés, pero cuando habla por teléfono con la nonna italiana, cambia y suelta palabras que no entiendo del todo.
Aún no sé armar oraciones largas.
Cuando quiero algo, digo palabras sueltas con voz clara: “Agua”, “Jugar”, “Mamá”.
A veces balbuceo “ba-ba” o “da-da” para que piensen que estoy aprendiendo.
Me miran como si fuera un genio.
‘Si me siguen viendo así, me volveré arrogante como esos protas chinos.’ La casa es enorme comparada con lo que recordaba de mi Ecuador.
Dos pisos completos, más azotea y terraza.
El primer piso tiene esa entrada antigua con un pasillo estrecho que da directo a la sala.
Ahí hay cuatro sillones mirando a una mesa de centro grande de madera y vidrio, y un televisor plano de 40 pulgadas a la izquierda.
Detrás, sin pared que divida, está el comedor con una mesa larga para diez personas.
A la derecha, un baño completo con bañera y ducha.
Las escaleras suben al segundo piso: cuatro cuartos.
Tres grandes, cada uno con su baño completo (ducha, bañera, todo).
Uno más pequeño solo con lavamanos y taza.
Mis papás duermen en uno de los grandes, yo en otro que adaptaron con cuna y luego cambiaron a cama baja cuando empecé a “caminar”.
‘¿De qué trabajarán mis papás?
El viejo huele mucho a pan…
¿será?’.
Arriba hay una puerta que da a la azotea: un cuarto grande cerrado lleno de trastos viejos, y al lado la terraza abierta, vacía, con barandilla alta y vista a los techos de París.
Abajo, en el sótano, un espacio gigante con cajas amontonadas de cosas que ya no sirven: juguetes viejos, ropa de cuando eran jóvenes, muebles rotos.
Me encanta esconderme ahí cuando nadie mira; es oscuro y huele a polvo, pero nadie entra.
El patio de adelante es pequeño: mitad cemento para dos carros ‘Oh, ¿quieres saber qué autos son?
Pues no sé, no conozco mucho de autos…
jeje.’, mitad césped corto y plano.
El de atrás es el bueno: jardín con flores y plantas que mamá cuida, un baño exterior con ducha (para cuando hacen barbacoa o algo), y espacio para correr.
Ahí practico mis saltos.
Puedo brincar más alto de lo normal, caer sin hacerme daño.
Creo que es por los poderes de araña.
Todavía no trepo paredes ni nada loco, pero siento que mi cuerpo es más ligero, más resistente.
‘Solo estoy jugando, realmente.
Bueno, cuando se puede volver a ser niño de nuevo, hay que divertirse.’ Hoy estoy en el patio de atrás.
Mamá me dejó jugar afuera mientras ella prepara la comida.
Me tambaleo de lado a lado, fingiendo que el pasto me cuesta.
Doy un pasito, otro, me agarro de una silla de jardín como si estuviera a punto de caerme.
Ella me ve desde la ventana de la cocina y grita: “Bravo, Léo!
Tu marches super bien!” Aun con la cara ardiendo de vergüenza, no pude evitar sentirme agradecido.
Me siento en el césped, miro el cielo azul de París.
Nubes blancas, como en ese lugar donde hablé con el dios aburrido.
No sé cuándo van a aparecer Ladybug y Cat Noir.
No sé si ya nacieron Marinette y Adrien o si todavía faltan años.
Solo sé que en algún momento París se va a llenar de akumas y locuras.
Y yo voy a estar ahí, con mi Omnitrix (que sigue sin aparecer), mis poderes de araña y unas palomitas para ver el show.
Por ahora…
sigo fingiendo ser un bebé torpe que apenas camina.
Pero cuando nadie mira, doy un saltito extra.
Solo porque puedo.
Y me siento bien.
— Buenos días, buenas tardes y buenas noches.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Imitadora Te escucho