Telarañas y Omnitrix - Capítulo 4
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4: La Visita de la Familia 4: La Visita de la Familia Capítulo 4: La Visita de la Familia ‘Dararararara dararararara dararararararara Lo que es bueno hoy, quizás no lo sea mañana… Chuta, ustedes vienen solo a joder, justo en el mejor momento.
Bueno, ya que están, les cuento la última que me dejó embobado.
Resulta, sucede y acontece que mis padres no se llaman mamá y papá; fíjate tu, ¿vas a creer semejante cosa?
Ahora resulta que se llaman Pierre Durand y Marie Durand… bueno, ¿qué se le va a hacer?’ Hoy la casa huele a algo rico que mamá estuvo cocinando toda la mañana.
No sé qué es exactamente, pero hay ajo, tomate, hierbas y pan recién horneado.
Me tiene en la cocina, sentado en mi silla alta, con un babero que dice “Petit Chef” y una cuchara de plástico en la mano que uso más para golpear la bandeja para comer.
Mamá me da pedacitos de zanahoria cocida y yo los agarro con los dedos, los miro un segundo y me los meto a la boca.
Ella ríe cada vez que hago ruido de “mmm”.
De repente suena el timbre.
Mamá se limpia las manos en el delantal y corre a abrir.
Yo me inclino en la silla para ver por el pasillo.
Primero entra Nonna —la abuela de mamá—.
Es bajita, con el pelo gris recogido en un moño apretado y una sonrisa enorme que le arruga los ojos.
Trae una bolsa de tela llena de cosas: un tarro de mermelada casera, galletas envueltas en papel, y un paquetito envuelto en papel de regalo con un lazo rojo.
«Ciao, tesoro mio!» dice Nonna, abriendo los brazos.
Mamá la abraza fuerte y después me señala.
Nonna se acerca a la cocina casi corriendo.
«Guarda il mio Léo!
Quanto è cresciuto!» Me levanta de la silla alta como si pesara nada y me planta besos ruidosos en las mejillas.
Huele a lavanda y a harina.
Yo le sonrío y le digo «Nonna» bien clarito.
Ella se derrite.
Yo: ‘Señora, yo no parlo italiano’ «Ha detto Nonna!
Ha detto Nonna!» grita, mirando a mamá como si hubiera ganado un premio.
Mamá ríe y asiente.
«Sí, está aprendiendo rapidísimo.
Ven, siéntate, que ya casi está la comida.» Nonna me sienta en su regazo en la mesa del comedor y empieza a sacarme cositas de la bolsa.
Una galleta con forma de estrella, un sonajero nuevo que hace ruido de campanitas.
Yo lo agito y ella aplaude como si fuera el mejor espectáculo del mundo.
Un rato después llega la tía Sofia, la hermana de papá.
Es alta, con el pelo negro largo y un montón de pulseras que tintinean cuando se mueve.
Trae una caja de pasteles de una panadería cerca de Montmartre y un globo con forma de jirafa que infló en el camino.
«¡Hola, familia!» grita desde la entrada.
Papá sale del garaje donde estaba arreglando algo y la abraza.
Sofia me ve y se tira al piso para quedar a mi altura.
«¡Pero mira quién está aquí!
El rey de la casa.» Me hace cosquillas en la panza y yo me retuerzo riendo.
Ella me carga y me da vueltas despacio.
«¿Ya caminas, eh?
¿Ya corres?
¿Ya hablas francés perfecto?» Yo digo «Sofía» con mi voz clara.
Ella abre los ojos grandes.
«¡Me dijo mi nombre!
¡Me dijo mi nombre!» Mira a papá.
«¿Ves?
Este niño es un genio.» Papá se ríe y me despeina el pelo.
«Es listo, sí.
Pero todavía le falta practicar las oraciones.» Mamá sale de la cocina con una fuente enorme de lasaña.
El olor llena toda la sala.
Nonna se pone de pie y empieza a ayudar a poner la mesa.
Sofia deja el globo atado a mi silla y se sienta al lado mío.
«¿Y cómo va el pequeño explorador?» me pregunta, dándome un pedacito de pan con mantequilla.
Yo lo mastico despacio y asiento como si entendiera todo.
La comida es un desorden feliz.
Todos hablan a la vez.
Nonna cuenta que el vecino del pueblo plantó tomates nuevos y que le mandó una caja para mamá.
Sofia habla de su trabajo en la agencia de diseño, que está haciendo un logo para una marca de helados y que el cliente quiere “más color, más alegría, más Italia”.
Papá cuenta que arregló la lavadora del sótano (aunque se le escapó un tornillo y tuvo que buscarlo media hora).
Mamá solo escucha y sonríe, sirviendo más lasaña en los platos.
Yo me quedo callado la mayor parte, pero de vez en cuando digo «más» cuando quiero otro pedacito, o «agua» cuando se me acaba el jugo.
Cada vez que hablo, todos paran un segundo y me miran como si hubiera dicho algo profundo.
Nonna me aprieta la mano.
«Questo bambino parlerà cinque lingue, vedrete.» ‘Señora, ya le dije que yo no parlo italiano’ Sofia se ríe.
«Cinco no sé, pero al menos va a hablar más que su papá cuando era chico.
¿Te acuerdas, hermano?
Decías tres palabras y ya te cansabas.» Papá finge ofenderse y le tira una servilleta arrugada.
Todos ríen.
Después de comer, Nonna insiste en que bailemos un poco.
Pone música italiana vieja en el celular y empieza a mover las caderas.
Sofia me carga y me hace girar despacio al ritmo.
Yo agito los brazos y pataleo.
Mamá graba con el teléfono y papá aplaude desde el sofá.
Cuando se hace tarde, Nonna me da un beso en la frente y dice que volverá pronto con más galletas.
Sofia me promete que la próxima vez trae crayones y papel para dibujar “obras maestras”.
Se van juntas, hablando en voz alta por la calle.
Mamá cierra la puerta y suspira contenta.
«Qué lindo día, ¿verdad, Léo?» Yo asiento y digo «lindo» en italiano.
Ella me mira sorprendida y después me abraza fuerte.
«Sí, muy lindo.» Me lleva arriba a cambiarme para dormir.
Mientras me pone el pijama, miro por la ventana hacia la terraza vacía y el cielo que ya está oscuro con estrellas.
Pienso que esta familia es cálida.
Ruidosa.
Buena.
Y que, por ahora, me gusta fingir que soy solo un niño normal.
Aunque sé que en algún momento todo va a cambiar.
Pero hoy no.
Hoy solo quiero dormir con olor a lasaña y galletas en la memoria.
— Jodanse Buenos días, buenas tardes y buenas noches.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Imitadora Tienes razón en esto