Telarañas y Omnitrix - Capítulo 5
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
5: De París a Italia 5: De París a Italia Capítulo 5: De París a Italia (y un pastel que casi se cae) ‘Me llamo Léo Durand.
Actualmente tengo cuatro años y dos meses.
Seguro se preguntarán: ¿por qué ese salto en el tiempo?, ¿y por qué estoy hablando solo como si alguien más me escuchara?
Bueno… tener la mente de un adulto en el cuerpo de un bebé no es exactamente lo más saludable del mundo, así que prefiero saltarme esa parte.
Además… ¿de verdad quieren que les cuente cuántas veces tuve que fingir caerme y balbucear huevadas?
Yo también tengo un poco de dignidad, ¿saben?
Gracias.’ Hoy mamá me lleva de la mano por las calles de Milán, rumbo a mi primera escuela de verdad.
El sol pega fuerte para ser abril, el aire huele a pizza recién hecha y a gasolina de scooter.
Llevo la mochila nueva con dibujos de cohetes que elegí yo mismo, y zapatos que aún me aprietan un poquito.
Mamá va hablando bajito, como siempre cuando está nerviosa.
«Vedrai, sarà divertente, Léo.
Farai tanti amici.» Verás, será divertido, Leo.
Harás muchos amigos.
Yo asiento y digo «sì, mamma», pero por dentro estoy repasando todo lo que pasó para llegar hasta aquí.
Es una costumbre que agarré desde chiquito: cuando no tengo nada que hacer, me pongo a recordar las cosas como si se las estuviera contando a alguien que no existe.
Me ayuda a no aburrirme… no porque me esté volviendo loco, claro que no.’ Todo empezó en mi primer cumpleaños, en París.
Papá tenía la panadería llena ese día, (y no para mí decepción no era la panadería de la familia de Marinette, pero era famosa en el barrio, la gente hacía fila por sus croissants y su pain au chocolat).
Habían cerrado temprano para la fiesta familiar.
Yo estaba sentado en la trona, mirando todo: las luces, los globos, la tía Sofia haciendo fotos, con el pastel en la otra mano.
De repente sentí un hormigueo raro en la nuca, como si alguien me estuviera mirando desde atrás.
Moví la mano sin pensar y…
agarré el pastel justo cuando se le estaba cayendo a la tía.
Todos se quedaron mudos un segundo.
Papá dijo «pero mira a este niño!» y mamá me abrazó fuerte.
Yo solo sonreí y dije «pastel».
Nadie sospechó nada.
Pensaron que fue suerte de bebé.
A los dos años ya entendía casi todo lo que decían, fuera en italiano o en francés.
Quería usar la computadora que tenían en el cuartito pequeño de arriba —la de la oficina de mamá—.
Así que me paré frente a ellos, con mis manitas en la cintura, y dije clarito:’ «Computer.
Por favor.» Papá se rió y negó con la cabeza.
«Aún no, pequeño.
Todavía eres muy pequeño para una computadora.» Mamá me explicó con dulzura que era peligroso y que tenía que esperar.
«Hijo, eres todavía muy pequeño para andar en la computadora.
Es peligroso, hay que esperar un poquito más, ¿sí?» Yo bajé la mirada, fingí estar triste y me fui gateando al pasillo.
‘Mierda, qué fastidio.’ Desde ese día empecé a ayudar en la casa.
Lavaba platos (con agua tibia y mucho jabón, subido en un banquito), doblaba ropa (mal, pero lo intentaba), barría el piso de la cocina con una escoba más grande que yo, y hasta ayudaba a papá a amasar masa cuando me dejaba.
Mamá: -¡Mira qué trabajador es nuestro Léo!
El niño más aplicado del mundo.- Papá: «Pronto te pongo a trabajar en la panadería, eh.» Cuando cumplí tres años, la cosa cambió.
Me regalaron una computadora propia.
La pusieron en mi cuarto, con un escritorio chiquito y una silla que se ajustaba.
Papá dijo: «Ya eres lo suficientemente grande.
Pero sólo con nosotros cerca, ¿entiendes??» Yo asentí serio.
Esa misma semana empecé a navegar solo.
Aprendí a escribir en francés e italiano sin problemas.
El español y el inglés ya los tenía de antes —de mi vida pasada—, y como este cuerpo nació aquí, no tengo acento raro en ninguno.
Mis papás creen que solo hablo francés e italiano.
Nunca les dije lo otro.
Hace dos meses todo dio un vuelco.
Mamá trabaja en una disquera —de esas que manejan artistas indie y bandas nuevas—.
Le ofrecieron un ascenso grande, pero significaba mudarse a Milán por lo menos un año.
Papá no dudó: la panadería ya tenía sucursal aquí (una de cinco que tiene en total: cuatro en París y esta nueva en Italia).
Dijo que era una buena oportunidad para todos.
Yo no protesté.
¿Para qué?
París o Milán, da igual.
El mundo de Ladybug y Cat Noir está en París, pero supongo que los akumas pueden aparecer donde sea.
O tal vez no.
No recuerdo bien.
Creo que los causaba un tal hotmot que era padre del gato.
Así que empacamos.
Dejamos la casa de dos pisos con terraza y sótano lleno de cajas.
Mamá lloró un poco al despedirse de Nonna y de la tía Sofia.
Papá cargó la camioneta con maletas y yo me senté atrás con mi mochila nueva, mirando por la ventana cómo París se hacía chiquita.
Ahora estamos aquí.
Escuela italiana.
Idioma que ya domino, pero con compañeros que hablan más rápido que mis papás.
Mamá se agacha a mi altura, me acomoda el pelo y me da un beso en la frente.
«Coraggio, Léo.
Vai, entra.
Io vengo a prenderti alle quattro.» Yo asiento, respiro hondo y entro al patio de la escuela.
Hay niños corriendo, gritando, jugando a la pelota.
Una maestra me ve y me sonríe.
«Ánimo, Léo.
¡Vamos, entra!
Vendré a recogerte a las cuatro.» Camino detrás de ella, sintiendo ese hormigueo leve en la nuca otra vez.
No sé si es el sentido arácnido despertando de a poco o solo nervios.
Pero sonrío.
Porque si algo aprendí en estos cuatro años y pico es que, finja o no, siempre termino encajando.
Y si algún día aparecen akumas…
bueno, ya veré qué hago.
Por ahora, solo quiero hacer amigos y no llamar mucho la atención.
Aunque, conociéndome, eso va a ser difícil.
— Que pasa chavales.
Buenos días, buenas tardes y buenas noches REFLEXIONES DE LOS CREADORES Imitadora Estoy orgulloso de quién eres, no solo de lo que haces