Telarañas y Omnitrix - Capítulo 7
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
7: La azotea y el sótano 7: La azotea y el sótano Capítulo 7: La azotea y el sótano Han pasado unos meses, hoy es sábado, por lo que estoy ayudando a ma en la casa.
Ya no finjo torpeza al caminar.
Nadie me ve correr a toda velocidad por el jardín trasero cuando estoy solo, pero cada día siento cómo mi cuerpo cambia casi imperceptible.
Un día usé la computadora para buscar cómo entrenar.
Saltar, hacer flexiones, correr, ese tipo de cosas.
Empecé a practicarlos cuando estaba solo, en mi cuarto o en el patio.
Al principio fue difícil.
Mis brazos temblaban y me caía bastante.
Pero después de unos días me di cuenta de algo: ya no me cansaba tan rápido.
‘He corrido por horas en el sótano y no me cansé’.
Podía saltar fácilmente al techo de la casa, moverme más rápido y las cosas se sentían más ligeras cuando las levantaba.
No sé cuánto tiempo pasó exactamente, pero mi cuerpo parecía mejorar muy rápido.
Supongo que era cuestión de acondicionar mi cuerpo.
Pensé que necesitaba un lugar donde probar mis habilidades sin que nadie me viera, pero no puedo salir a buscar un almacén abandonado como en los fanfics.
Todavía soy demasiado pequeño para que me dejen andar sin supervisión.
La señora madre está toda la mañana en casa y se va a trabajar a la una de la tarde para volver a las ocho de la noche.
Mientras tanto, el señor papá está en la panadería desde las cinco de la mañana hasta el mediodía.
El problema es que entre uno y otro me están vigilando como si fuera un criminal peligroso…
o peor, un niño de cuatro años con demasiado tiempo libre.
Cada diez o veinte minutos aparece uno: ‘¿Qué haces, Léo?’, ‘¿Dónde estás, Léo?’, ‘¿Por qué estás tan callado, Léo?’…
Con este nivel de supervisión, hasta escapar de una prisión sería más fácil.
Tocará usar la azotea.
Es un cuarto grande y cerrado, lleno de trastos viejos, y al lado está la terraza abierta con una barandilla alta.
Nadie sube ahí arriba.
Perfecto para entrenar…
si consigo convencer a mamá para que deje de pensar que es muy peligroso.
Papá será más fácil.
Solo tengo que decirle que quiero aprender a pelear.
Siempre le gustó la lucha libre, aunque nunca la haya practicado, y si tengo suerte hasta me mete a una escuela de boxeo.
‘Bueno…
primero hablaré con pa, después de que ma se vaya.
Total, ya son casi la una de la tarde.’ …
Mamá se pone el abrigo mientras revisa la hora en su teléfono.
-Bueno, ya me voy o llegaré tarde.
Papá está en el fregadero terminando de lavar los platos del almuerzo.
Cuando la escucha, cierra el grifo, se seca las manos rápido con un paño y se acerca.
-Un segundo.
Le da un beso corto en los labios antes de que salga.
-Cuídate -dice él.
-Siempre lo hago -responde mamá con una pequeña sonrisa.
Luego se agacha frente a mí.
-Compórtate, Léo.
Nada de correr por la casa, has estado muy inquieto últimamente.
Asiento con toda la seriedad que puedo reunir.
-Sí, ma.
Es que me aburro.
Ella me acomoda un poco el cabello y me da un beso en la frente.
-Nos vemos en la noche.
-Chao, ma -digo, levantando la mano.
La puerta se abre, entra un poco de aire de la calle…
y luego se cierra.
Me quedo quieto un momento.
Bueno.
Ahora sí.
Hora de hablar con pa.
Papá se deja caer en el sofá de la sala con un suspiro largo.
La televisión está encendida, pasando uno de esos programas de peleas que siempre ve cuando llega del trabajo.
Yo me quedo de pie a su lado unos segundos.
Bueno…
ahora o nunca.
Subo al sofá y me siento junto a él, intentando parecer tranquilo.
-Pa…
-¿Hm?
-responde sin apartar del todo la mirada de la televisión.
Aprieto un poco las manos sobre mis rodillas.
-Quiero…
aprender a pelear.
El control remoto se queda quieto en su mano.
Papá gira la cabeza lentamente para mirarme, con una expresión de sorpresa bastante clara.
-¿Perdón?
-A pelear -repito, un poco más bajito-.
Como boxeo…
o algo así.
Se me queda mirando un par de segundos más.
Y entonces su expresión cambia.
Las cejas se levantan, y una sonrisa empieza a formarse en su cara.
-¿Quieres aprender a pelear?
Asiento.
-Sí.
Papá se inclina hacia adelante, claramente más despierto que hace un momento.
-¿En serio?
-Ajá.
La sonrisa se le ensancha.
-¡Eso está genial!
Antes de que pueda decir nada más, ya se está levantando del sofá.
-Ven.
-¿A dónde?
-A la azotea.
-responde con una sonrisa.
-¿La azotea?
Papá ya va camino a las escaleras.
-Si vamos a ponerte a entrenar, necesitamos espacio…
y ese cuarto de arriba está lleno de basura.
Se gira hacia mí con una sonrisa entusiasmada.
-¡Vamos a limpiarlo!
Esto…
Esto fue mucho más fácil de lo que esperaba.
Subimos a la azotea con una escoba, un recogedor y una caja grande para tirar cosas viejas.
El cuarto está lleno de polvo, cajas apiladas y muebles que claramente no se usan desde hace años.
Papá abre la puerta y silba.
-Vaya…
sí que dejamos esto abandonado.
Yo miro alrededor.
Perfecto para entrenar…
cuando esté limpio, claro.
Papá agarra una caja y la mueve un poco con el pie.
-Bueno, ayudante -dice mirándome-.
Empecemos por aquí.
Asiento con seriedad y tomo algunas cosas pequeñas para ir sacándolas.
Mientras revisa otra caja, papá saca algo y se queda mirando.
-Mira esto.
Se agacha para enseñármelo.
Es un par de guantes de boxeo bastante viejos.
-¿Son tuyos?
-pregunto.
Papá sonríe un poco, como si estuviera recordando algo.
-Sí.
Cuando tenía tu edad quería ser boxeador.
Levanto una ceja.
-¿Y qué pasó?
-La vida -dice encogiéndose de hombros-.
Y la panadería de tu abuelo.
Deja los guantes sobre una mesa llena de polvo.
-Pero me gustaba entrenar.
Yo los miro un momento.
Se ven gastados, pero todavía sirven.
Seguimos sacando cosas hasta que papá abre otra caja.
Dentro hay fotos viejas.
Papá toma una y se ríe.
-Mira esto.
Me la muestra.
Es una foto de él y mamá mucho más jóvenes, cubiertos de harina, frente a la panadería.
-Tu madre me estaba enseñando a hacer pan ese día -dice.
-¿Ma sabe hacer pan?
-Mucho mejor que yo -responde riendo-.
Si no fuera por ella, habría quemado la mitad del negocio.
Deja la foto con cuidado dentro de la caja otra vez.
-Bueno -dice estirándose un poco-.
Cuando terminemos de limpiar, tendremos espacio.
Me mira con una sonrisa.
-Y entonces empezamos a entrenar.
Yo miro el cuarto medio vacío ahora…
y la terraza abierta al lado.
Sí.
Este lugar va a servir.
Perfectamente.
La azotea ya está mucho más despejada.
Todavía quedan algunas cajas en una esquina, pero ahora hay suficiente espacio para moverse sin tropezar con algo.
Papá se pone frente a mí y levanta los puños.
-Primero lo básico.
La guardia.
Yo intento copiarlo.
-Así -dice ajustando un poco mis manos-.
Puños aquí, cerca de la cara.
Y los pies separados.
Asiento y trato de mantener la posición.
-Bien…
ahora intenta golpear.
Lanzo un golpe al aire.
Papá parpadea.
-Nada mal.
Intento otro.
-Oye…
tienes buenos reflejos.
Me encojo de hombros como si nada.
-Supongo.
Papá se ríe.
-Tal vez sí llevas algo de talento.
Seguimos practicando un rato más.
Él me enseña cómo mover los pies y cómo mantener el equilibrio.
Justo cuando estoy intentando otro golpe…
Desde abajo se escucha la puerta abrirse.
-¡Ya llegué!
Es la voz de mamá.
Papá y yo nos miramos.
…
Ninguno baja.
Pasan unos segundos.
-¿Léo?
-se oye desde abajo.
Silencio.
-¿Pierre?
Se escuchan pasos por la casa.
-¿Hola?
La voz ahora suena más fuerte.
-¿Dónde están?
Papá suspira.
-Voy a bajar.
Baja las escaleras mientras yo me quedo quieto en la azotea.
Un momento después escucho sus voces desde abajo.
-¿De dónde vienes?
-pregunta mamá.
-De arriba.
-¿De arriba?
-su tono cambia un poco-.
¿Qué hacías en la azotea?
-Eh…
ven, te explico.
Se oyen pasos subiendo las escaleras.
Cuando aparecen por la puerta de la azotea, papá está terminando de hablar.
-…y entonces me dijo que quería aprender a pelear.
Mamá se queda mirándome.
Yo sigo de pie en medio del espacio que limpiamos.
Con los puños todavía levantados.
La sorpresa en su cara dura unos segundos.
Después frunce el ceño.
-¿Estaban…
entrenando?
Papá levanta las manos.
-Solo lo básico.
-Pierre -dice ella-.
Tiene cinco años.
-Lo sé.
-¡Podría lastimarse!
Mamá se acerca un poco más y me mira.
-Léo, ve a bañarte.
-Pero- -Ahora.
Papá abre la boca como para decir algo, pero mamá lo mira y él se queda callado.
Enderezo la espalda y hago un pequeño saludo militar.
-¡Sí, señora madre!
Me doy media vuelta casi al instante.
‘Mierda…
mejor salgo rápido antes de que cambie de idea y me caiga una paliza.’ Salgo de la azotea y empiezo a bajar las escaleras.
Pero me detengo a mitad del camino.
Me quedo quieto.
Escuchando.
Arriba siguen hablando.
-Solo estaba entusiasmado -dice papá-.
Él lo pidió.
-Es un niño -responde mamá-.
Los niños piden muchas cosas.
-No es peligroso enseñarle lo básico.
-Pierre, podría caerse, golpearse, hacerse daño.
-También podría aprender disciplina.
-Tiene cinco años.
Silencio.
-No digo que no pueda hacerlo nunca -dice mamá finalmente-.
Pero esto…
Papá suspira.
-Solo pensé que sería algo bueno para él.
Otro silencio.
Ninguno dice nada más.
Me quedo escuchando un segundo más.
Parece que los dos se quedaron…
en punto muerto.
‘Mejor me voy a bañar’ Cuando bajo, el olor a comida ya llena toda la casa.
Papá y mamá están en la cocina terminando de servir la cena.
Hablan entre ellos en voz baja mientras acomodan los platos, pero no alcanzo a escuchar qué dicen.
Me siento en mi silla como siempre.
La cena transcurre bastante tranquila.
Papá comenta algo sobre la panadería, mamá habla de una clienta complicada del trabajo…
cosas normales.
Yo me concentro en mi comida.
Hasta que mamá deja el tenedor en el plato y me mira.
-Léo.
Levanto la cabeza.
-¿Sí?
Mamá intercambia una mirada rápida con papá.
-Estuve hablando con tu padre sobre lo de esta tarde.
Ah.
Eso.
-Si de verdad quieres entrenar -continúa ella-, vamos a dejarte hacerlo en la azotea.
Parpadeo.
Papá abre la boca, pero ella levanta un dedo.
-Pero…
Entonces papá interviene antes de que siga.
-Aunque -dice apoyando los codos en la mesa- si vas en serio con eso de aprender a pelear, no vamos a hacerlo a medias.
Lo miro.
-¿A medias?
Papá asiente.
-Si de verdad quieres aprender, vamos a buscar una escuela de boxeo…
o tal vez taekwondo.
Parpadeo otra vez.
-¿Una escuela?
-Claro -dice él-.
Para que tengas a alguien que sepa lo que hace enseñándote.
Mamá asiente lentamente.
-Pero si empiezas algo, no puedes dejarlo a medio camino.
Me mira con esa expresión seria que usa cuando quiere que entienda algo importante.
-Tendrás que terminar lo que empieces.
Ir a entrenar, practicar y ponerle dedicación.
Hace una pequeña pausa.
-Eso también sirve para aprender responsabilidad.
Papá se cruza de brazos y me mira.
-Así que la pregunta es…
Sonríe un poco.
-¿Vas en serio con esto?
Los dos me están mirando.
Esperando mi respuesta.
— Bien, se que el titulo tiene sótano también, pero lo puse antes de hacer el capítulo, y cuando me puse a escribir termino siendo esto, disculparan la confusión.
Buenos días, buenas tardes y buenas noches.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Imitadora Si algo te toma menos de dos minutos (colgar la ropa, responder un mensaje importante, recoger tu plato), hazlo ahora mismo.
Tu “yo del futuro” te lo agradecerá.