Telarañas y Omnitrix - Capítulo 8
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
8: Lila Rossi 8: Lila Rossi Capítulo 8: Lila Son las 6:48 de la mañana y el auto avanza por las calles todavía medio vacías.
Yo voy en el asiento de atrás, mirando por la ventana mientras canto bajito.
“Ayeeer la vi por ahiii~ tomaando…
querieendo moriiir lloraando…
¿Quien le hiizo eso a eeella tan bella~?
Que ahoga hoy sus sueeños en esa botella~ Usted se fue y laa dejó en un rincón llorando~ Y aún aquí estoy yo por sus besos rogando~ ¿Cómooo no puuudo ver lo que por deeentro es~?
Ya no quiere querer, y qué le puedo hacer~” Mamá conduce con una mano en el volante y la otra apoyada cerca de la palanca de cambios.
Después de unos segundos, me mira por el espejo retrovisor.
Tiene una pequeña sonrisa.
-¿Dondé aprendiste esa canción?
No entiendo nada de lo que estás cantando -dice con tono divertido-, pero suenas muy feliz.
Inclina un poco la cabeza.
-¿Qué tiene a alguien tan contento tan temprano?
Yo dejo de cantar y sonrío.
-Porque hoy el señor papá me va a llevar a inscribirme en una escuela de boxeo.
Mamá menea la cabeza de lado a lado, divertida y un poco exasperada por la forma en que últimamente me he estado refiriendo a ellos.
-Ah…
¿así que es por eso?
Asiento con energía en el asiento.
-Ajá.
Ella suelta una pequeña risa mientras vuelve a mirar la carretera.
-Bueno…
al menos ahora entiendo el entusiasmo.
Yo vuelvo a mirar por la ventana.
Y, sin poder evitarlo, sigo tarareando bajito.
Mientras el auto se detiene frente a la escuela, me quedo mirando por la ventana.
Y, sin saber muy bien por qué, pienso en Lila Rossi.
La niña callada de mi clase.
Últimamente hemos estado jugando juntos en los recreos.
Lo raro es que cada vez que la miro tengo esa sensación extraña…
como si ya la hubiera visto antes en algún lado.
Pero no recuerdo dónde.
‘Qué raro…’ Mamá se estaciona y se gira un poco hacia mí.
-Llegamos.
Desabrocho el cinturón y abro la puerta.
-Chao, ma.
-Que tengas un buen día, Léo.
-Lo intentaré.
Cierro la puerta y camino hacia la entrada de la escuela.
Al principio solo fue algo simple.
Sentarme al lado de una niña callada que casi no hablaba.
Nada más.
Ella respondía con monosílabos.
Yo hablaba.
-Hoy ayudé a papá en la panadería -le conté mientras la profesora escribía en la pizarra.
Lila levantó un poco la cabeza.
-¿Panadería?
-Sí.
Amaso masa.
-¿De verdad?
-Ajá.
Y pruebo los croissants para asegurarme de que no estén venenosos.
Eso le sacó una sonrisa chiquita.
Después de eso me preguntó: -¿Tu papá te deja ayudar de verdad?
-Sí.
¿Quieres que te traiga un croissant mañana?
Lila dudó un momento.
-…Sí.
Por favor.
-Trato hecho.
Cuando llegó el recreo, los otros niños ya estaban corriendo por el patio.
-¡Vamos a jugar a las escondidas!
-gritó uno.
Yo estaba listo para correr…
pero noté que Lila se había quedado atrás.
Estaba sentada en una banca, mirando cómo jugaban los demás.
Me acerqué.
-¿No vienes?
Ella negó con la cabeza.
-No juego mucho…
-Pues hoy sí.
-Pero…
-Ven.
Le extendí la mano.
Después de un segundo…
la tomó.
La llevé hasta el grupo.
-¿Podemos jugar?
-pregunté.
-¡Claro!
-dijo uno de los chicos-.
¡Más gente!
Lila se quedó detrás de mí al principio.
-Tú escóndete conmigo -le dije.
Cuando empezamos a correr, dudó un momento…
pero me siguió.
Nos escondimos detrás de un árbol grande.
Un niño pasó corriendo cerca sin vernos.
Lila se tapó la boca.
Estaba conteniendo la risa.
-Nos van a encontrar…
-susurró.
-Shhh.
Cuando el niño se fue, ella soltó una risa bajita.
Al final del juego, uno de los chicos dijo: -¡Lila corre rápido!
Ella se quedó quieta un momento.
Como si no supiera qué decir.
Luego miró al suelo…
pero estaba sonriendo.
Un poco más que antes.
Mientras volvemos al aula, ella camina a mi lado.
-Gracias…
-dice bajito.
-¿Por qué?
-Por…
dejarme jugar.
Me encojo de hombros.
-De nada.
Caminamos unos pasos más.
Y entonces esa sensación vuelve otra vez.
La miro de reojo.
‘En serio siento que ya la vi antes…
Bueno, no importa’ La campana suena fuerte en el aula.
-Muy bien, niños -dice la profesora-.
Nos vemos mañana.
Las sillas se mueven y todos empiezan a levantarse.
-¡Adiós, profe!
-dicen varios al mismo tiempo.
-Hasta mañana -responde ella sonriendo.
Recojo mis cosas y camino hacia la puerta con los demás.
-¡Chao, Léo!
-dice uno de los chicos del recreo.
-Nos vemos mañana -respondo.
Lila se queda un poco atrás, acomodando sus cuadernos.
Me acerco a despedirme.
-Oye.
Ella levanta la mirada.
-¿Sí?
-Nos vemos mañana.
-Si…
Nos vemos mañana.
Duda un momento antes de hablar.
-Lo del…
croissant…
Sonrío un poco.
-Tranquila.
Mañana lo traigo.
Sus ojos se iluminan un poquito.
-Gracias.- Dice mientras sonríe.
Salgo del aula y camino hacia la salida de la escuela.
Afuera, apoyado contra el auto, está papá.
Cuando me ve, levanta la mano.
-¡Eh!
-Pa.
Me despeina apenas llego.
-¿Listo?
-¿Para qué?
Papá sonríe.
-Para lo que dijimos ayer.
Ah.
Cierto.
-La escuela de boxeo.
-Exacto.
Subimos al auto y arrancamos.
Durante la siguiente hora visitamos varios lugares.
Una escuela pequeña con demasiada gente.
Otra que parecía más gimnasio que academia.
Y finalmente una tercera.
El lugar es sencillo, pero limpio.
Se escuchan golpes contra sacos y el sonido rítmico de guantes chocando.
Papá observa alrededor.
-¿Qué te parece?
Miro el lugar.
No sé exactamente por qué…
pero me da buena espina.
-Me gusta.
Papá sonríe.
-A mí también.
Mira el reloj.
-Son casi las tres.
Desde dentro del gimnasio se escuchan voces y golpes.
-Parece que la clase de la tarde ya empezó.
-¿Podemos entrar?
-Vamos.
Entramos y esperamos a que el entrenador termine de dar unas instrucciones.
Papá levanta una mano.
-Disculpe.
El hombre se acerca.
Es alto, con brazos fuertes y una mirada tranquila.
-¿Sí?
-Perdone la interrupción.
Mi hijo quiere aprender boxeo.
El entrenador mira hacia abajo.
-¿Cuántos años tienes?
-Cinco.
Levanta las cejas.
-Es algo pequeño.
Papá sonríe.
-Si pero muy insistente.
El entrenador asiente.
-Soy Marco -dice extendiendo la mano.
Papá se presenta y luego me mira.
-Preséntate.
-Soy Léo.
Marco se gira hacia los alumnos.
-Chicos, este es Léo.
Hoy viene a ver cómo entrenamos.
Algunos me saludan con la mano.
Marco vuelve a mirar a papá.
-Las clases son tres veces por semana.
De cuatro a cinco para los más pequeños.
Se cruza de brazos.
-La mensualidad es de 40 euros.
Papá asiente.
-Me parece razonable.
Marco mira el reloj.
-Si quieren, puede quedarse hoy hasta las cinco para probar.
Papá me mira.
-¿Qué dices?
-Sí.
Marco sonríe un poco.
-Bien.
Empieza con lo básico.
-Guardia -dice Marco.
Levanto los puños.
-Pies separados.
Los acomodo.
-Muévete.
Camino como él muestra.
Marco observa en silencio.
-Otra vez.
Repito.
Algo se siente…
diferente.
Como si mi cabeza procesara todo más rápido.
Corrijo la posición antes de que lo diga.
Marco frunce ligeramente el ceño.
-Bien.
Me muestra cómo lanzar un jab.
Lo intento.
-No está mal.
Después otro.
-Mejor.
Marco me mira con más atención.
-A ver…
intenta esto.
Me muestra una combinación simple.
La repito.
A la primera.
-…
El entrenador parpadea.
-Otra vez.
La hago otra vez.
-Interesante.
Luego me enseña algo un poco más complicado para un niño de mi edad.
-Esto normalmente lo vemos después.
Intento copiarlo.
Mi cuerpo se mueve solo.
Cuando termino, Marco se queda mirándome unos segundos.
-Hmm.
Papá, desde un banco, está sonriendo orgulloso.
El entrenamiento sigue hasta que el reloj marca las cinco.
Marco aplaude.
-Bien, chicos.
Por hoy terminamos.
Los alumnos empiezan a guardar sus cosas.
Me acerco con papá.
-Gracias por dejarlo probar -dice él.
Marco asiente.
-Tiene buenos reflejos.
Me mira.
-Si quiere seguir viniendo…
tiene potencial.
Papá sonríe.
-Volveremos.
-Nos vemos el miércoles entonces.
-Nos vemos.
En el auto de regreso, papá conduce mientras yo miro por la ventana.
-¿Te gustó?
-Sí.
-Lo hiciste muy bien.
Después de unos segundos digo: -Ah, pa.
-¿Sí?
-Le prometí a una amiga que le iba a llevar un croissant mañana.
Papá sonríe.
-Eso se puede arreglar.
Mira la carretera.
-¿Cómo se llama la amiga?
-Lila.
-¿Y es buena amiga?
Me encojo de hombros.
-Jugamos juntos en la escuela.
-¿Es la niña tímida de la que hablaste?
-Sí.
Papá asiente.
-Entonces mañana hacemos un croissant especial.
Sonrío un poco.
Creo que a Lila le va a gustar.
— Salto en el tiempo (2 años.) Son las 6:48 de la mañana.
Estoy mirando por la ventana del auto mientras vamos camino a la escuela.
Las casas pasan una tras otra, borrosas.
Árboles, semáforos, gente caminando con café en la mano.
No estoy prestando mucha atención.
Estoy pensando.
Más bien…
recordando.
Y no exactamente cosas que me pongan de buen humor.
Lila.
Suelto un pequeño suspiro y apoyo la frente contra el vidrio frío.
Hace casi un mes empezó a cambiar.
Antes no era así.
Miro mis manos sobre mis rodillas.
Tres años.
Se supone que íbamos a quedarnos en Italia solo un año.
Eso fue lo que dijo mamá cuando llegamos.
Un año.
Pero ya van tres.
Llegué cuando tenía cuatro y algo…
y ahora tengo siete años y cuatro meses.
No tengo idea de por qué seguimos aquí.
Nunca pregunté demasiado.
Supongo que trabajo, dinero, cosas de adultos.
Pero bueno.
No es como si hubiera perdido el tiempo.
Divertirse tampoco cuenta como perder el tiempo…
¿no?
El primer año lo pasé entrenando boxeo.
Papá me llevó a una escuela cerca de casa.
Al principio fue lo básico: guardia alta, mentón abajo, pies separados al ancho de los hombros.
Jab con la izquierda.
Recto con la derecha.
Aprender a girar la cadera al golpear.
El entrenador insistía mucho en el juego de pies: avanzar, retroceder, pivotes cortos, mantener el equilibrio después de cada golpe.
Después vinieron las combinaciones.
Jab-cross.
Jab-cross-hook.
Hook al cuerpo y gancho arriba.
También defensa: slips para esquivar rectos, pequeños desplazamientos de cabeza, cubrirse con los guantes y responder rápido.
El problema es que…
Aprendí demasiado rápido.
Al principio el entrenador estaba sorprendido.
Luego orgulloso.
Después…
se quedó sin mucho más que enseñarme.
Terminé pasando la mayor parte del tiempo golpeando el saco pesado o haciendo sparring ligero con chicos más grandes.
Lo cual, para ser honestos, era la parte divertida.
Pero técnicamente…
ya no había nada nuevo.
Durante ese mismo año también noté otra cosa.
Mi cabeza.
Mi cerebro.
Funcionaba…
más rápido.
No sé si tiene que ver con lo de mis poderes o con ese deseo raro que pedí alguna vez, pero aprender cosas nuevas empezó a ser muy fácil.
Así que lo aproveché.
Me metí a aprender programación en internet.
Lenguajes básicos, cómo funcionan los sistemas, cómo armar programas simples.
Y música.
Guitarra acústica primero.
Luego eléctrica.
Acordes, escalas, un poco de improvisación.
También batería.
Nada profesional todavía…
pero lo suficiente para tocar canciones completas.
El segundo año cambié el boxeo por taekwondo.
Las patadas eran algo completamente distinto.
Guardia lateral, pivote sobre el pie de apoyo, giro de cadera para generar potencia.
Patada frontal.
Patada circular.
Dollyo chagi.
Patadas giratorias.
Otra vez…
lo aprendí rápido.
Demasiado rápido.
Así que este último tiempo terminé pasando a algo más…
directo.
Krav maga.
Ese sí fue interesante.
Nada de puntos ni formas bonitas.
Todo está pensado para defensa real.
Golpes a puntos vulnerables: nariz, garganta, ingle.
Bloqueos que se convierten inmediatamente en contraataques.
Liberaciones de agarres.
Control de distancia.
Reacción rápida ante amenazas.
Movimientos simples, eficientes…
y bastante brutales si se usan en serio.
Lo terminé hace poco.
Y mientras todo eso pasaba…
también estuve trabajando en otra cosa.
El sótano.
Un día bajé a curiosear y terminé limpiándolo.
Había cajas viejas, herramientas, cables, partes electrónicas que alguien guardó hace años y nunca volvió a tocar.
Ahora estoy intentando armar una computadora.
Nada increíble todavía…
pero entender cómo funcionan las placas, los procesadores y la memoria se volvió mucho más fácil con mi cabeza funcionando así.
Y no es algo que esté ocultando.
De hecho, mis padres lo saben bastante bien.
Cuando empezaron a notar que leía libros más avanzados o que entendía cosas de electrónica que no eran exactamente para niños de siete años, al principio se sorprendieron…
y después se emocionaron.
Papá lo cuenta como si fuera una anécdota cada vez que puede.
Mamá empezó a comprarme libros más difíciles y hasta algunos componentes cuando vio que realmente estaba intentando construir algo.
Supongo que, desde su punto de vista, simplemente tienen un hijo muy inteligente.
Un niño genio.
No ven nada raro en eso.
Y para ser honestos…
a mí tampoco me conviene esconderlo.
Es mucho más fácil pedir un libro de programación o una placa electrónica si creen que soy un genio curioso que si tuviera que inventar excusas raras todo el tiempo.
Todo eso pasó mientras…
Lila.
Al principio, después de lo del croissant, todo fue genial.
La niña tímida que apenas hablaba empezó a cambiar poco a poco.
Se reía más.
Jugaba con los demás.
Se animaba a hablar en clase sin quedarse callada.
Incluso empezó a venir a mi casa para jugar.
Mis padres la adoraban.
En serio.
A veces molestaban diciendo cosas como: -Mira, Léo, tu novia vino a visitarte.
Lo cual siempre era raro.
Porque…
no.
Tengo mente de adulto.
Pensar así de una niña es…
bastante asqueroso.
Pero para ellos soy un niño de siete años.
Su hijo.
Así que solo rodaba los ojos y seguía con lo mío.
Con el tiempo…
Lila se volvió una buena amiga.
De verdad.
Pero hace casi un mes…
Algo cambió.
Empezó a mentir.
Mucho.
No mentiras de niño normal.
No del tipo *”yo no rompí el jarrón”*.
Mentiras raras.
Decía cosas como que su tío era piloto de carreras o que había salido en televisión.
Una vez dijo que su madre conocía a una actriz famosa.
Los niños de la clase se lo creían.
La profesora…
no tanto.
Y yo tampoco.
Pero lo peor no fue eso.
Lo peor fue que empezó a evitarme.
Primero menos recreos juntos.
Luego excusas.
Después…
casi nada.
No entiendo por qué.
El auto se detiene.
Parpadeo y levanto la cabeza.
La escuela ya está frente a nosotros.
Ni me di cuenta de cuándo llegamos.
La puerta se abre.
Supongo que hoy…
Intentaré hablar con ella.
Si es que todavía quiere hablar conmigo.
— Tranquilos.
Léo todavía es un niño…
solo que un niño con entrenamiento de combate, cerebro de nerd y poderes tipo Spider-Man.
Nada fuera de lo normal.
Buenos días, buenas tardes y buenas noches.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Imitadora No tienes que ir a todos lados ni cumplir con todos para encajar.
Tu tiempo y tu paz mental son prioridad.