TerraMonsters - Capítulo 26
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Capítulo 26: Capitulo 26: Inquietudes
—Carajo —pensó Talón mientras caminaba.
La imagen de aquel hombre sin piel seguía clavada en su mente como una astilla imposible de sacar. No era solo la carne expuesta, ni los músculos húmedos brillando bajo la luz tenue del subterráneo… era el hecho de que seguía vivo cuando lo encontraron. Sus pulmones aún se movían con dificultad, su pecho subía y bajaba en un intento desesperado por aferrarse a una vida que ya no tenía sentido.
Talón había visto cadáveres antes. Órganos esparcidos. Sangre cubriendo paredes. Pero aquello era distinto. Aquello era tortura prolongada.
¿Cuánto tiempo estuvo consciente?¿Cuánto tiempo soportó esa agonía insoportable?
Al menos su sufrimiento terminó.
Pero la verdadera pregunta seguía golpeando con fuerza en su cabeza:
¿Quién —o qué— fue capaz de hacer algo así?
—Oye, Talón… ¿te has fijado en las paredes? —murmuró Sakeichi, el niño albino, bajando la voz como si el concreto pudiera escucharlos.
Talón levantó la mirada.
Las paredes no solo estaban manchadas. Estaban marcadas. Líneas gruesas de sangre oscura recorrían el cemento como si alguien hubiese sido arrastrado con violencia. Algunas salpicaduras eran recientes; aún conservaban un brillo húmedo bajo la luz parpadeante del pasillo.
—Es sangre, Sakeichi —respondió con desdén, aunque su mandíbula estaba tensa.
—Sí… pero Castro dice que no es vieja. No está seca del todo. Es reciente.
Ese detalle hizo que el silencio pesara más.
El grupo de Hiro llegó finalmente a una bifurcación. Dos puertas metálicas se alzaban frente a ellos. Una conducía al cuarto de cámaras de seguridad; la otra, según el plano, era la salida hacia la superficie.
Hiro intentó abrir la puerta de salida, pero estaba atascada.
—Mierda… —murmuró.
—Empujémosla con fuerza —sugirió Hanzo, acercándose.
—Espera, Hanzo. Olvidas que estamos en una zona donde el más mínimo ruido puede atraer a esas cosas —advirtió Stiches.
—¿Hay alguna manera de abrir esa puerta? —preguntó Rei.
Castro, que examinaba la puerta, giró la vista hacia un mapa colgado en la pared. Se acercó y señaló una sección.
—Aquí.
Su dedo marcaba una zona específica.
—Estos son los cuartos del personal. Guardaban herramientas para emergencias. Podríamos encontrar algo útil para forzar la puerta.
Hiro observó la distancia en el mapa. No parecía complicado llegar… el problema era qué más podrían encontrar en el camino. El gusano de sangre… u otros monstruos.
—Bien. Necesito a mi mejor equipo. Hanzo, tú te encargas de cuidar al grupo.
Le entregó una radio.
—Ve al cuarto de seguridad. Si alguna cámara funciona, nos avisas.
Hanzo asintió. Hiro, junto con Stiches, Rei, Castro y otros miembros, partió hacia la zona indicada.
El ambiente se volvió pesado y silencioso.
Ian, incapaz de quedarse quieto, se acercó a Talón y Sakeichi.
—Oigan… ¿Qué les parece si vamos a ver ese cuarto? —dijo, señalando la puerta de seguridad.
—Deben estar malogradas —respondió Talón con expresión aburrida.
—Oh, vamos. Solo una revisada.
Sakeichi y Talón terminaron cediendo.
Hanzo los vio dirigirse al cuarto. En vez de reprocharles, aquello le recordó a su infancia… a su pequeño grupo de amigos. No sabía si seguían vivos.
Decidió seguirlos.
Dentro del cuarto de cámaras había una gran computadora sobre una mesa y una silla inmóvil frente a ella.
Ian se sentó.
—¿Y ahora cómo se prende esto?
Talón notó un botón debajo del monitor. Al presionarlo, la computadora cobró vida. En la pantalla apareció el logo de una torre con líneas azules. Luego, un esquema del subterráneo: cada cuadrado representaba una zona, y dentro de cada uno, pequeñas subdivisiones marcaban las cámaras.
Ian hizo clic al azar. La pantalla mostró un pasillo donde se veía al grupo de Hiro.
—Pequeño, tu entusiasmo es admirable, pero necesito el asiento —dijo Hanzo.
Ian se levantó y Hanzo tomó su lugar.
Mientras Ian y Sakeichi observaban con ansiedad, Talón inspeccionó la habitación. Encontró un pequeño escritorio y, sobre él, un cuaderno.
Mientras tanto, el grupo de Hiro avanzaba con cautela.
—Hanzo, repórtate sobre nuestro entorno.
—Aquí Hanzo. No hay monstruos acercándose.
Hanzo revisaba las cámaras. En una vio un cuarto con una bombilla parpadeando. Sobre una mesa había sangre… y una cabeza humana.
—¿Qué carajos…?
Cambió de cámara.
Un pasillo oscuro. Era el lugar por donde habían entrado. Todo parecía normal… hasta que algo pasó corriendo. Fue cuestión de segundos, pero alcanzó a distinguir una figura humanoide. Demasiado alta para ser normal.
Hanzo parpadeó.
—¿Ustedes lo vieron? —preguntó a los niños.
Negaron con la cabeza.
“Debe ser mi mente jugándome una mala pasada”, pensó.
Cambió nuevamente de cámara.
Un pasillo enorme. Allí estaba el gusano de sangre, deslizándose rápidamente.
Hanzo identificó el número del pasillo.
—Hiro, cuidado. El gusano de sangre va directo hacia ustedes. Prepárense.
—Entendido. Estamos cerca del objetivo. Atentos —respondió Hiro por radio.
De pronto, Hanzo notó algo extraño.
El gusano comenzó a comportarse de forma errática. Chilló desesperadamente y empezó a retroceder… huyendo.
Entonces apareció una mano con garras aterradoras.
De un solo movimiento, la cámara quedó en estática.
Sakeichi e Ian se sobresaltaron.
Hanzo intentó usar la radio.
No funcionaba.
Las pilas se habían agotado.
—¡Maldita sea! —rugió.
Mientras tanto, el grupo de Hiro entró al cuarto de herramientas.
Estaba casi vacío.
—Mierda… —murmuró Stiches.
A lo lejos vieron algo en el suelo.
Una palanca.
—Perfecto. Esto servirá —dijo Rei.
Hiro la tomó.
Entonces escucharon un chillido cercano. Todos desenfundaron sus armas.
El gusano de sangre apareció.
Pero algo era diferente.
Su piel estaba desgarrada, con arañazos profundos y grandes trozos arrancados.
El gusano lanzó un último chillido… y cayó inmóvil.
El grupo quedó paralizado.
¿Qué demonios había pasado?
—¡Rápido! No hay tiempo. Nos retiramos —ordenó Hiro.
En el cuarto de cámaras, Hanzo estaba nervioso. Ian y Sakeichi no notaron que Talon leía el cuaderno.
—¿Qué estás leyendo? —preguntó Sakeichi.
Talon no respondió.
Levantó el cuaderno con expresión horrorizada.
En la página había un dibujo: una figura humanoide con cabeza de pez siniestro, sin cuello, mandíbula desproporcionada, ojos pequeños y garras largas.
Debajo, una sola palabra:
“Desconocido”.
—¿Qué carajos es eso? —preguntó Hanzo.
—No lo sé —respondió Talon.
Hanzo sintió un escalofrío.
¿Y si la figura que vio en la cámara… era eso?
—¡Hanzo! ¿Dónde estás? —llamó una voz desde afuera.
El grupo regresaba, todos vivos.
—Gracias a Dios están bien —suspiró Hanzo—. La radio se quedó sin pilas.
—Sí… sobre eso. El gusano murió antes de tocarnos —dijo Castro.
—¿Qué?
—Te explicaremos luego. Primero, la puerta.
Hiro forzó la salida con la palanca.
—¿En serio van a seguir fingiendo que nada nos sigue? —murmuró Talon a los niños.
—Tal vez… son los mismos monstruos de siempre —intentó convencerse Ian.
—No seas estúpido. Si les horrorizó el dibujo… es porque no leyeron lo que decía el cuaderno.
—¿Qué decía? —preguntó Sakeichi.
La puerta se abrió de golpe.
—Lo explicaré después… carajo —murmuró Talon.
Subieron las escaleras.
Frente a ellos se extendía el Baluarte.
La plaza, los edificios, todo reducido a ruinas y vehículos volcados.
Para Hiro, Castro, Stiches y Rei, aquel lugar traía recuerdos amargos del último día en que el Baluarte luchó por sobrevivir.
Los niños, que no sabían nada de su historia, guardaron silencio.
—Por aquí. Este camino nos lleva directo al campamento militar —ordenó Hiro.
El grupo avanzó.
Cuando desaparecieron, en el cuarto de cámaras, una sombra humanoide tomó el cuaderno.
Y lo despedazó violentamente.
Se está acercando.
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