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TerraMonsters - Capítulo 27

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Capítulo 27: Capitulo 27: Conexión Del Pasado X

—Soldado Castro.

Una voz murmuró detrás del soldado Castro. El soldado se volteó y vio que eran sus superiores, Robert y Rhyner.

Castro hizo un saludo formal.

—Buenas tardes. ¿Qué se me ordena?

—Si alguien te pregunta por el nombre de Hiro, dirás que no conoces su paradero —dijo Rhyner.

Castro parpadeó, confundido. No por la orden en sí, ya que siempre seguía al pie de la letra las palabras de sus superiores. Sin embargo, al escuchar el nombre de Hiro, aquella persona que había conocido hace poco, no pudo evitar preguntarse qué había sucedido con él.

—Entendido —finalizó Castro.

Robert y Rhyner se retiraron del lugar.

Cuando salieron por la puerta, Castro suspiró. Luego se dirigió hacia un armario; al abrirlo, tomó su rifle. Esa misma noche, a medianoche, el barco estaría listo para zarpar, y solo irían los superiores junto con los familiares de algunos soldados.

—¿Qué estupidez hiciste, Hiro? —pensó Castro mientras apagaba la luz del cuarto y cerraba la puerta.

Mientras tanto, los dos superiores caminaban por un pasillo de paredes grises. Al avanzar, entraron por una de las entradas del barco.

Lo primero que vieron fue una sala enorme con muchos asientos y una gran mesa en el centro. Era una especie de sala de conferencias donde informarían lo que sucedería a partir de ese momento.

El barco tenía tres pisos.

El primer piso era el superior, desde donde se podía ver el océano o si había tierra a la vista. Allí también había dos torretas de vigilancia.

El segundo piso tenía enormes habitaciones, además de la sala de conferencias y varios baños. Al fondo, hacia la derecha, se encontraba un cuarto desde donde se conduciría el barco, lleno de botones y con un radar que detectaba la presencia de monstruos.

El tercer piso estaba destinado solo al personal, donde se guardaban herramientas útiles y el combustible que transportaba el barco.

Los superiores se dirigieron hacia una persona que estaba instalando el radar para el piloto y el copiloto.

—Terminado —dijo la persona mientras guardaba sus materiales.

—Perfecto, señor Rooney —dijo uno de los superiores.

Rooney los miró con seriedad.

—Recuerden que ustedes me prometieron que—

—Ah… sobre eso —dijo uno de los superiores.

De repente, el otro superior apareció detrás de Rooney.

Rooney no pudo reaccionar cuando recibió un fuerte golpe en la cabeza, haciendo que cayera al suelo inconsciente.

—¿En serio creíste que no nos daríamos cuenta de que planeabas rebelarte y decirle la verdad a todos? ¿Qué creías, que todas las personas se pondrían en nuestra contra? —dijo uno de los superiores.

El otro soltó una risa burlona.

—Pero qué imbécil. Pudiendo irte con nosotros y con tu bebé, prefieres apostar por una rebelión.

—¿Qué hacemos con él? —preguntó el superior que lo había noqueado.

—Llévenselo a la torre. Pero asegúrense de encerrarlo con su hijo para que aprenda las consecuencias de rebelarse contra nosotros —respondió uno de los superiores.

La ronda de vigilancia en el baluarte estaba por terminar.

Tanto Stiches como Rei estaban en la torre, inquietos porque Hiro aún no regresaba.

—¿Qué demonios le habrá pasado? —murmuró Rei.

En ese momento, la radio a su lado empezó a sonar.

—Comunicación oficial de los superiores. Se informa a todos los soldados que deben reunirse en la base militar de inmediato para una revisión importante. Los detalles se darán en el lugar.

Rei y Stiches se miraron entre sí.

—¿Deberíamos ir? —preguntó Rei.

—No lo sé —respondió Stiches.

Rei pensó un momento.

—Oye… ¿será que Hiro estará con su madre?

—Creo que sí. Hagamos una visita rápida, solo para evitar dudas o empeorar todo —respondió Stiches.

Ambos bajaron de la torre de vigilancia y tomaron un vehículo militar. Dos soldados se acercaban para subir, pero Stiches aceleró y se marchó, dejando a los dos atrás.

—¡Oigan! ¡¿Qué carajos hacen?! —gritó uno de los soldados a lo lejos.

—Mierda… solo espero que esto pase como una anécdota —dijo Rei.

—Lo dudo, Rei. Creo que algo no encaja bien con todo esto —respondió Stiches.

—¿Por qué lo dices? Mañana todos vamos a irnos en el barco —dijo Rei.

Stiches suspiró.

—Rei, no quiero ser paranoico, pero desde que escuché a Ford en el sector B me quedó una duda. Seguro piensas que exagero, pero creo que en ese barco no estaremos todos.

Rei se quedó en silencio, con una expresión nerviosa.

—Stiches… yo… no creo que sean capaces de hacer algo así…

Stiches miró al frente mientras conducía.

—Rei… no te sorprendas si llega a pasar.

El vehículo militar se dirigió hacia la casa donde estaba la madre de Hiro, Samantha.

Rei y Stiches bajaron del vehículo y comenzaron a tocar la puerta.

—¡Señora Samantha, abra la puerta por favor! —dijo Stiches.

La puerta se abrió y apareció Samantha, visiblemente preocupada.

—Stiches, Rei… ¿Qué hacen ustedes aquí? ¿Dónde está mi hijo?

Rei frunció el ceño.

—Señora Samantha… ¿su hijo no está aquí?

El pánico apareció de inmediato en el rostro de Samantha.

—Claro que no. Escuché que se fue a una reunión, pero ya pasaron muchas horas. Pensé que estaba con ustedes…

Los tres se quedaron en silencio. Un sudor frío recorrió sus cuerpos.

—Mierda… —murmuró Stiches—. Hiro no es un soldado con cargos importantes más allá de estar con nosotros o venir a visitarla. Eso solo puede significar algo… lo han silenciado.

Rei y Samantha lo miraron con horror.

—Mi hijo… ¿lo acaban de…?

—¡No, no! —dijo Rei rápidamente—. Señora Samantha, eso no significa que esté muerto. Tal vez lo dejaron encerrado o…

Rei no encontró las palabras correctas.

Stiches pensó por un momento.

—Solo hay un soldado que puede ayudarnos a saber qué pasó: Castro.

—Llévenme —dijo Samantha con una determinación que sorprendió a Rei y Stiches.

—Pero señora, solo se permite el—

—¡LLÉVENME A ESE LUGAR! ¡QUIERO VER A MI HIJO! —gritó Samantha con la voz quebrada.

Las lágrimas comenzaron a caer por su rostro.

—Perdí a mi esposo y ni siquiera pude ver su cadáver… no quiero perder a mi hijo también.

Rei suspiró.

—Está bien… llevémosla.

Stiches, Rei y Samantha subieron nuevamente al vehículo militar y se dirigieron directamente a la base militar.

—¡Puta madre, pesa un montón! —dijo uno de los superiores mientras cargaba el cuerpo de Rooney junto con otro hombre.

—Es un gilipollas este tarado, pero ¿no te has puesto a pensar qué pasaría si, al salir de la isla, tenemos dificultades técnicas? Digo, este cabrón es el que sabe de todo eso —dijo el otro superior.

—Yo qué sé, idiota. Solo quiero largarme de esta mierda de lugar.

Ambos entraron en la sala de la torre donde Rooney realizaba sus rutinas diarias.

—Uno…

—Dos…

—Tres…

Dijeron al mismo tiempo mientras lanzaban el cuerpo de Rooney dentro de una habitación donde se encontraba su bebé.

El ruido del impacto fue tan fuerte que el bebé comenzó a llorar.

Rápidamente los superiores cerraron la puerta y arrastraron varios muebles para bloquearla, asegurándose de que Rooney no pudiera salir ni hacer algo con sus máquinas.

—Listo. Ahora este cabrón se quedará encerrado por imbécil y creerse el héroe.

—Ya está casi listo el barco. Vámonos.

Ambos superiores salieron corriendo del lugar.

Rooney, que estaba inconsciente, comenzó a despertar poco a poco mientras escuchaba los llantos de su hijo.

—Mierda… —murmuró mientras se levantaba aturdido y caminaba hacia la cuna para consolar al bebé.

Lo tomó en brazos.

—Esos malnacidos… ¿Cómo supieron…?

Se dirigió hacia la puerta e intentó abrirla, pero no pudo. Algo la bloqueaba desde afuera.

—¡HIJOS DE PERRA! —gritó Rooney mientras comenzaba a empujar la puerta con desesperación.

Empujó con todo su cuerpo una y otra vez, pero el resultado fue el mismo.

Estaba encerrado.

—¡Mierda… mierda… mierda!

Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro.

La impotencia y la tristeza lo invadieron al darse cuenta de que su destino sería horrible… y que su hijo lo compartiría con él.

—Perdóname… en serio, perdóname —murmuró.

Rooney abrazó a su bebé y luego miró una fotografía sobre la mesa: era una imagen de él y su hermano cuando eran niños.

Las lágrimas se volvieron más intensas.

Justo cuando iba a pronunciar el nombre de su hermano…

—Rooney…

Una voz extraña resonó en la habitación.

Rooney dejó de llorar de golpe.

Se sobresaltó y se volteó rápidamente, buscando de dónde provenía la voz.

No había nadie.

Ni detrás de él. Ni a su izquierda. Ni a su derecha. Ni siquiera en el techo.

Por un momento pensó que su mente le estaba jugando una mala pasada por la desesperación.

Pero entonces volvió a escucharla.

—Rooney…

Se quedó congelado.

—¿Quién está ahí? —gritó mientras tomaba a su bebé de la cuna y miraba desesperadamente alrededor.

—No me vas a ver —susurró la voz nuevamente.

Era una voz extraña.

Sonaba cálida, como la de una madre calmando a su hijo… pero al mismo tiempo había algo en ella que no parecía humano.

—¿Quién eres…? —preguntó Rooney en voz baja.

Aún alerta, tomó una pistola que estaba sobre el escritorio.

Su mente intentaba comprender lo que estaba pasando.

—Soy alguien a quien vio tu ascenso y descenso de tu vida —murmuró la voz.

Rooney se quedó pálido.

—¿Cómo… sabes… tú…?

No encontraba las palabras correctas.

Aquella voz sabía cosas de su pasado.

—Quiero proponerte algo, Rooney —dijo la voz con un tono calmado e inquietante.

La pistola se le cayó de las manos.

El miedo lo invadió por completo.

Y entonces… Rooney comenzó a llorar nuevamente.

Rei, Stiches y Samantha llegaron a la base militar. Había muchos soldados moviéndose por el lugar.

Entre ellos, algunos buscaban desesperadamente al soldado Hiro, pero nadie parecía saber su paradero. Además, cada vez que Rei y Stiches empujaban entre la multitud para avanzar, recibían miradas extrañas de los otros soldados.

Después de buscar durante varios minutos, finalmente encontraron a Castro, que estaba hablando con otro soldado.

Rei y Stiches estaban a punto de acercarse, pero Samantha se adelantó.

—¡¿Dónde está mi hijo?! —gritó Samantha mientras agarraba a Castro del hombro.

Castro reaccionó de inmediato y la empujó hacia atrás.

—A ver, señora, cálmese —dijo Castro con frialdad.

—Castro… ¿sabes dónde está Hiro? —preguntó Rei con ansiedad.

—No lo sé. Se supone que estaba con ustedes —respondió Castro.

—¡Castro, no mientas, maldita sea! ¡Sé que tú lo sabes! —gritó Stiches.

—Señor Stiches, debería calmarse si no—

Castro no terminó la frase.

De repente alguien lo agarró por detrás con una fuerza brutal.

Rei y Stiches se quedaron con la boca abierta.

Los soldados alrededor levantaron sus armas inmediatamente.

Samantha tenía a Castro inmovilizado por la espalda. La fuerza con la que lo sostenía sorprendió incluso a Castro.

Pero lo más aterrador era el cuchillo grande y afilado que presionaba contra su cuello.

—¿Qué carajos…? —murmuró Castro al sentir el filo.

Samantha habló con una voz cargada de rabia.

—Escúchame, hijo de puta. No por nada eres el perro faldero de los superiores. Con esa cara de imbécil que tienes se nota que sabes lo que pasó con mi hijo. Habla, maldito bastardo, o juro que te mato aquí mismo.

—¡Samantha, espere! —intentó intervenir Rei.

Pero Samantha retrocedió llevándose a Castro con ella.

—¡Señora, suéltelo! —gritó un soldado apuntándole.

—Tranquilos… bajen sus armas —ordenó Castro a los soldados.

Los soldados dudaron, pero finalmente bajaron las armas.

Castro habló en voz baja.

—Escucha, Samantha… lo único que sé es que me ordenaron no mencionar el nombre de Hiro. Pero no puedo garantizarte si está vivo o no.

El rostro de Samantha se tensó.

—Entonces llama a tus superiores. No te voy a soltar hasta que tengamos una reunión.

Castro suspiró.

—Está bien.

Miró a Rei y a Stiches.

—Síganme.

Rei y Stiches lo siguieron mientras Samantha seguía sujetándolo.

Stiches levantó su arma y la apuntó a la cabeza de Castro.

Castro soltó una risa sarcástica.

—¿Tú también?

—Sí… y más te vale no intentar nada —respondió Stiches.

Los cuatro caminaron por un pasillo mientras varios soldados rodeaban la entrada para evitar que escaparan.

Rei tomó la radio de Castro y la encendió, acercándola a su boca.

Castro, por la confianza que tenía con los superiores, era el único soldado que mantenía comunicación directa con ellos.

La radio crepitó.

—¿Me copia, Castro? ¿Cuál es el asunto?

Castro respondió:

—Código 50.

Hubo unos segundos de silencio.

—Entendido.

La radio se apagó.

Mientras tanto, en el barco, los superiores habían logrado subir en secreto junto con sus familias.

Robert y Rhyner caminaban hacia la sala donde debían reunirse con Castro, esperando saber qué asunto urgente había surgido faltaba 1 hora para que el barco zarpara.

La esposa de Rhyner, que estaba embarazada, caminaba a su lado.

De pronto, la puerta se abrió.

Los ojos de ambos se abrieron con sorpresa.

Castro entró sujetado por una mujer, con un cuchillo rozando su cuello.

Detrás de ellos estaban Stiches y Rei, apuntando con sus armas.

—¿Qué carajos es esto, soldado Castro? —dijo Rhyner con enojo.

Robert inmediatamente sacó su pistola.

—Lo siento, superior Rhyner… me tenían amenazado —dijo Castro con una mezcla de calma y nerviosismo.

—Hijos de puta… —murmuró Robert.

Samantha gritó con desesperación:

—¡Díganme dónde está mi hijo!

El cuchillo presionó un poco más el cuello de Castro, y una pequeña gota de sangre comenzó a caer.

Castro habló con cuidado.

—Señor Rhyner… señor Robert… sería ideal que explicaran la situación del soldado Hiro.

Samantha apretó los dientes.

—Más les vale que esté vivo… porque si mi hijo está muerto, no los dejaré salir vivos de aquí.

Entonces Samantha miró directamente a la esposa embarazada de Rhyner.

Su mirada era completamente distinta.

—Tu esposa va a pagar… y tu hijo también… si no me dices dónde está el mío.

La mujer retrocedió aterrada.

—¡Samantha, cálmese! —dijo Rei rápidamente—. No queremos que esto escale más.

El ambiente estaba cargado de tensión.

Las manos temblaban.

Los dedos estaban listos en los gatillos.

—Rhyner… amor… ¿qué está pasando? —preguntó su esposa.

En ese momento, la radio de Robert comenzó a sonar.

La voz que salió de ella estaba llena de urgencia.

—ATENCIÓN. LLAMADO A TODOS LOS SUPERIORES. ÚLTIMO AVISO. SOLICITAMOS QUE SE DIRIJAN AL BARCO EN LOS PRÓXIMOS 10 SEGUNDOS. SE HA DETECTADO UNA HORDA DE MONSTRUOS DIRIGIÉNDOSE AL BALUARTE. REPITO: UNA HORDA DE—

La transmisión se cortó abruptamente.

La llamada de radio se cortó de golpe.

El silencio que quedó fue pesado.

Todos estaban sudando al escuchar aquello. Sobre todo los superiores. En especial Rhyner. Se suponía que tenían tiempo suficientes para escapar… pero ese anuncio fue un brutal baño de realidad.

—¡Debemos irnos! —gritó Robert.

—¡Díganme dónde está mi hijo! —gritó Samantha.

¡BOOOOM!

Una explosión enorme sacudió el lugar.

Fue tan fuerte que todos perdieron el equilibrio.

Samantha y Castro cayeron al suelo, y el cuchillo de Samantha rodó debajo de una mesa.

Rei y Stiches lograron sujetarse de una columna para no caer.

Robert cayó encima de la mesa y la rompió con su peso.

Rhyner, por puro instinto, abrazó a su esposa embarazada y ambos cayeron sentados.

Las luces se apagaron de golpe.

La torre donde estaba encerrado Rooney explotó.

La explosión fue tan brutal que la mitad de la torre se desintegró en el aire.

El resto comenzó a derrumbarse en una lluvia de escombros.

Pero lo más aterrador… no era la explosión.

Era lo que salía del suelo.

Del suelo comenzaron a emerger decenas de Xerps.

Soldados en todo el baluarte empezaron a disparar desesperadamente mientras los monstruos seguían saliendo cada vez más y más.

—Carajo… —murmuró Stiches mientras se levantaba con dolor.

—¡Toma, imbécil!

Una voz gritó.

Antes de que Stiches pudiera reaccionar, recibió un golpe brutal que lo lanzó al suelo.

Era Robert.

Aprovechando el caos, Robert escapó junto con Rhyner y su esposa.

—¡Hijos de puta! —gritó Samantha.

Agarró una pistola y disparó.

Pero justo en ese momento la puerta se cerró de golpe, y la bala impactó contra el metal en lugar de atravesar el cuerpo de la esposa de Rhyner.

Castro intentó levantarse mientras buscaba su rifle.

Samantha le apuntó.

Castro levantó las manos.

—Señora… cálmese—

¡BANG!

—¡AGH!

Castro gritó de dolor.

La bala se incrustó en su brazo.

Retrocedió violentamente hasta chocar contra una pared.

Pero entonces ocurrió algo extraño.

La pared cedió de repente.

Castro cayó hacia atrás por unas escaleras ocultas.

Rei, Stiches y Samantha se miraron confundidos.

Rápidamente se acercaron.

Frente a ellos había una enorme escalera subterránea.

Bajaron con cuidado.

Al llegar abajo vieron algo inesperado.

Era una zona de celdas.

—Hmmmgh… —gruñó Castro, sentado contra una pared mientras se sostenía el brazo herido.

Antes de que Samantha continuara con su furia, una voz conocida se escuchó desde una celda.

—¡Hey! ¿Quién está ahí? ¡Necesito que me liberen!

Los tres se quedaron congelados.

—¡Hijo! —gritó Samantha.

Corrió hacia la celda.

Era Hiro.

—¡HIJO! —gritó Samantha llorando mientras intentaba abrir la puerta sin éxito.

—Mamá, tranquila… estoy bien —dijo Hiro intentando calmarla—. Solo necesitamos encontrar la llave de esta celda.

—Hiro… me alegra que estés vivo —dijo Rei—. Este baluarte ya no tiene esperanza. Los monstruos van a arrasar con todo. Tenemos que salir de aquí.

Stiches encontró una caja llena de llaves.

—Hay demasiadas… ¿cuál es la correcta?

Castro habló con voz firme desde el suelo.

—Miren arriba.

Todos levantaron la mirada.

Había una letra pintada en la pared.

A

—Ahora miren el número de la celda —continuó Castro.

El número en la puerta de Hiro era 2.

Stiches revisó la caja donde estaba mirando.

La letra marcada era B.

Entonces fue a la caja marcada con A.

Dentro había varias llaves numeradas del 1 al 10.

Stiches tomó la llave número 2.

La introdujo en la cerradura.

Click.

La puerta se abrió.

Hiro salió inmediatamente.

—Gracias… gracias —dijo mientras abrazaba primero a Rei, luego a Stiches… y finalmente a su madre.

Los cuatro se abrazaron con fuerza.

Por un momento, en medio del caos… solo existía ese abrazo.

Cuando estaban a punto de irse, Hiro miró a Castro.

—Oye… ¿no quieres que te ayudemos?

Castro negó con la cabeza.

—No. Yo mismo encontraré la manera de salir de este baluarte… incluso solo.

Samantha lo miró con frialdad.

—Es por la bala… ¿verdad?

Castro soltó una pequeña risa.

—Sin rencores, señora. Entiendo su desesperación. Si yo tuviera un hijo… también habría hecho lo mismo.

Stiches habló antes de irse.

—Oye, Castro… si sobrevives… nos gustaría tenerte como aliado.

El grupo se marchó.

Cuando desaparecieron por las escaleras, el silencio volvió.

Castro suspiró.

—Grupo de idiotas…

—Ya llegamos, amor —dijo Rhyner mientras sostenía a su esposa.

Robert caminaba delante de ellos intentando encontrar la manera de detener el zarpe del barco.

Pero de repente Robert se detuvo en seco.

Al frente vieron a un superior salir corriendo del barco completamente desesperado.

—¡EL BARCO NO ES SEGURO! —gritó.

La puerta del barco comenzó a doblarse violentamente desde dentro.

Algo estaba golpeándola.

Los tres salieron corriendo.

—¡Por aquí! —gritó Robert.

Entraron en un pasillo y subieron por unas escaleras.

Los gruñidos de los monstruos resonaban cada vez más cerca.

Cuando llegaron arriba…

Había un helicóptero.

Un hombre ya estaba subiendo para escapar.

Rhyner no dudó.

BANG

La bala atravesó su cabeza.

El hombre cayó muerto al suelo.

—Cariño… —murmuró su esposa horrorizada.

Rhyner la miró con calma.

—Todo esto es por nuestro hijo, amor.

Le dio un beso.

Luego subieron al helicóptero por la parte trasera.

Robert tomó los controles.

El helicóptero comenzó a elevarse.

Mientras tanto, Hiro y su grupo salían del edificio que comenzaba a derrumbarse.

Gusanos de sangre gigantes atravesaban las estructuras desde el suelo.

El baluarte se había convertido en un campo de batalla infernal.

Soldados y civiles eran superados por hordas de monstruos.

Los tanques eliminaban grandes grupos de Xerps…

pero los gusanos de sangre emergían del suelo y destruían los tanques como si fueran juguetes.

Los gritos, los disparos y los rugidos de las criaturas llenaban el aire.

Era una pesadilla viviente.

Entonces el grupo de Hiro vio un vehículo militar.

Su oportunidad de escapar.

Corrieron hacia él.

Pero cuando estaban a punto de llegar…

El suelo explotó.

Un gusano de sangre gigantesco emergió frente a ellos.

Bloqueando completamente su camino.

Los cuatro retrocedieron de golpe.

La criatura abrió su boca llena de colmillos húmedos y retorcidos.

El monstruo estaba justo entre ellos… y su única salida.

El gusano de sangre se abalanzó directamente hacia Hiro.

Pero antes de que pudiera alcanzarlo, Samantha reaccionó por puro instinto.

Empujó a Hiro con todas sus fuerzas.

—¡Hiro!

El gusano atrapó a Samantha.

Sus colmillos se hundieron profundamente en su carne.

—¡AAAAHHH! —gritó Samantha mientras el dolor atravesaba todo su cuerpo.

—¡MAMÁ! —gritó Hiro.

Los ojos de Hiro se llenaron de furia.

Con su lanza en la mano, comenzó a moverse.

Saltó sobre una caja, luego impulsó su cuerpo hacia una muralla cercana. De allí se lanzó hacia un poste de luz y, usando la lanza como apoyo, se impulsó con toda su fuerza hacia el aire.

Rei y Stiches se quedaron paralizados.

La acrobacia fue tan rápida y brutal que ni siquiera pudieron reaccionar.

Incluso Samantha, atrapada entre los colmillos del monstruo, dejó de sentir el dolor por un segundo al ver a su hijo volar hacia ella con la lanza de su esposo muerto.

—¡¡MUERE!! —gritó Hiro.

La lanza atravesó la cabeza del gusano de sangre.

La energía liberada fue brutal.

La cabeza del monstruo explotó en pedazos.

Carne, sangre negra y fragmentos del cráneo salieron disparados en todas direcciones.

El gusano soltó a Samantha mientras emitía un gruñido agonizante.

Rei y Stiches corrieron rápidamente y lograron atrapar a Samantha antes de que golpeara el suelo.

El gusano cayó pesadamente al suelo, retorciéndose mientras moría.

Hiro aterrizó cerca de ellos.

Miró la escena.

Y gritó con una voz desesperada:

—¡AL VEHÍCULO, AHORA!

Todos subieron al vehículo militar.

Stiches tomó el volante y aceleró al máximo, esquivando soldados, civiles, monstruos y escombros mientras el baluarte se convertía en un infierno.

El panorama era terrorífico.

—¡MAMÁ, RESISTE POR FAVOR! —gritó Hiro entre lágrimas.

Rei abrió rápidamente su mochila y sacó el kit de primeros auxilios.

Comenzó a vendar las heridas para detener el sangrado.

Luego usó líquidos desinfectantes alrededor de las perforaciones.

Pero al examinar mejor la herida…

El rostro de Rei cambió.

—Mierda…

—¿Qué pasa? —preguntó Stiches.

Rei tragó saliva.

—Tiene… un pulmón perforado.

—¡¿QUÉ?! —gritó Hiro—. ¡Rei, deja de decir estupideces!

Samantha respiraba con dificultad.

Cada respiración era más débil que la anterior.

—Es… verdad… —murmuró Samantha con dificultad—. No puedo… respirar bien…

—¡Mamá, vas a estar bien! —dijo Hiro desesperado—. Voy a encontrar un médico entre los sobrevivientes… alguien que pueda operarte.

Rei y Stiches intercambiaron una mirada silenciosa.

Sabían la verdad.

Un cirujano sin herramientas… no puede salvar a nadie.

—¡MIERDA! ¡MIERDA! —gritó Hiro golpeando el asiento, llorando de impotencia.

El vehículo militar logró salir por la entrada del baluarte justo en el momento en que la estructura colapsó.

La puerta se derrumbó detrás de ellos.

Dejando atrás a muchas personas… que fueron devoradas por los monstruos.

Mientras tanto, en el aire…

Robert observaba desde el helicóptero cómo el baluarte se convertía en ruinas.

—¿Deberíamos ir a un punto alto de la isla… o salir directamente de la isla? —preguntó Robert.

Rhyner no respondió.

De repente…

CRACK

Un sonido violento resonó en el helicóptero.

—¿Qué fue eso? —preguntó su esposa asustada.

El vidrio lateral estalló.

Afuera vieron algo moviéndose.

Era una cola gigantesca. un Nerp

—¡Mierda! —gritó Rhyner mientras comenzaba a disparar con su pistola.

—¿¡Cómo demonios esa cosa llegó hasta aquí!? —gritó Robert.

La cola desapareció.

Por un segundo…

todo quedó en silencio.

Entonces el helicóptero comenzó a girar violentamente.

—¡¿Qué está pasando?! —gritó la esposa.

—¡Sujétate, cariño! —gritó Rhyner.

Robert revisó desesperadamente los controles.

—¡Mierda! ¡Esa cosa rompió la hélice!

El helicóptero comenzó a caer hacia el mar.

—¡Usen los paracaídas! —gritó Robert—. ¡Ahora!

Rhyner, Robert y la mujer embarazada lograron ponerse los paracaídas.

Saltaron del helicóptero justo cuando la máquina caía en picada hacia el océano.

Detrás de ellos, el helicóptero impactó contra el agua y desapareció.

Los tres descendieron lentamente hacia la isla.

Cuando llegaron a la orilla, vieron a varios sobrevivientes recuperando el aliento.

Entre ellos, una persona parecía organizar a los demás como líder.

Mientras tanto…

Hiro sostenía a su madre en sus brazos.

El cuerpo de Samantha se estaba debilitando rápidamente.

Le quedaba muy poco tiempo.

Hiro la abrazó con fuerza.

Pero el rostro de Samantha… estaba tranquilo.

Tenía una sonrisa cálida.

—Sabes… —murmuró Samantha con suavidad— la verdad… no me arrepiento.

Hiro comenzó a llorar más fuerte.

—Morir entre tus brazos… es la mejor forma de morir para una madre.

Las lágrimas caían sin parar por el rostro de Hiro.

—¡Cállate! ¡No hables así!

Samantha levantó lentamente su mano y tocó el rostro de su hijo.

—Hiro… hijo mío… le agradezco a Dios haber tenido la oportunidad de cuidarte cuando eras un niño…

Su voz se volvió cada vez más débil.

—Ahora… es tu turno de seguir adelante…

Samantha miró a Rei y Stiches.

—No estarás… solo…

—Mamá… —susurró Hiro.

Samantha cerró lentamente los ojos.

Su mano cayó suavemente.

Samantha había muerto.

Por un segundo, nadie dijo nada.

Entonces Hiro soltó un grito desgarrador.

—¡¡MAMÁ!!

Lloró con todo su cuerpo temblando.

Rei y Stiches lo abrazaron en silencio mientras Hiro lloraba desconsoladamente entre sus brazos.

El mundo a su alrededor seguía ardiendo.

Pero para Hiro…

una parte de el murió.

Se cierra esta mini arco de conexion del pasado. ahora la historia seguira en su curso del presente. mientra la historia avanza tambien usaremos este formato para conocer el transfondo de los personajes nuevos para futuros capitulos. gracias por seguir con la historia

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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