TerraMonsters - Capítulo 29
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Capítulo 29: Capitulo 29: Lejano Pasado
Todo pasó tan rápido…
Antes de que todo esto sucediera, mi vida era simple. Predecible.Y ahora… ya no queda nada de aquello a lo que estaba acostumbrado.
Muchos años atrás
En una pequeña casa, dentro de un vecindario enorme, vivía una joven pareja que se había mudado allí para empezar una nueva etapa de su vida.
Keller era un hombre que nunca logró ingresar a la universidad. No por falta de inteligencia, sino por las dificultades económicas que marcaron su infancia. Desde muy joven tuvo que trabajar en labores pesadas, ahorrando cada moneda con la esperanza de pagar su inscripción a una universidad prestigiosa.
En la secundaria no destacó especialmente, pero tampoco era un mal estudiante. Sus notas eran regulares. Cuando finalmente rindió el examen de admisión, dio todo de sí… pero no fue suficiente.
Solo 30 de los más de mil postulantes lograban ingresar.
Keller quedó lejos de ese último puesto.
Pensó en intentarlo otra vez, pero un compañero de trabajo lo convenció de que estudiar y trabajar al mismo tiempo sería demasiado. Que lo mejor era enfocarse en sobrevivir.
Y Keller, con cierta resignación, aceptó.
Con el tiempo, aquel trabajo de carga le permitió ganar un salario decente. Fue ahí donde conoció a Samantha, quien más tarde se convertiría en su pareja… y en su todo.
Juntos construyeron algo estable. Algo real.
Ambos ahorraron lo suficiente para mudarse. Sus familias aprobaron la relación, y poco a poco comenzaron a formar una vida tranquila.
Keller trabajaba como repartidor en un restaurante bastante concurrido.Samantha, por su parte, laboraba en un call center. Era agotador, pero el sueldo valía la pena.
Y, durante un tiempo… todo estuvo bien.
Hasta que llegó Navidad.
La alarma del celular sonó con fuerza.
Keller despertó de golpe y la apagó con torpeza.
—Te dije que bajaras el volumen… —murmuró Samantha, medio dormida.
—Lo sé, amor… pero si no suena así, no me levanto —respondió él, incorporándose.
Se duchó, se cambió y preparó el desayuno para ambos. Samantha saldría más tarde, así que él dejó todo listo antes de irse.
El restaurante estaba a unas pocas cuadras.
Cuando llegó, el ambiente era el de siempre… hasta el cierre.
Ese día, el administrador organizó un sorteo entre los empleados. Keller, con algo de suerte, ganó un cupo para un pavo de diez kilos.
Un gasto menos.
Esa noche, con el tiempo encima, llamó a Samantha.
—Amor, gané el pavo en el trabajo. Nos ahorramos eso.
—Perfecto —respondió ella—. Yo ya estoy saliendo. Compra lo demás y cocinamos juntos.
Keller tomó un transporte y fue al supermercado más cercano. Como era de esperarse, estaba lleno.
Demasiada gente.
Demasiado ruido.
Demasiado… movimiento.
Tomó un carrito y recorrió los pasillos, reuniendo todo lo necesario: arroz árabe, verduras, condimentos… todo menos el pavo.
Cuando llegó al área de productos avícolas, notó algo extraño.
No había nadie atendiendo.
Frunció el ceño y se acercó a un hombre mayor.
—Disculpe, ¿sabe dónde están los trabajadores?
—Ni idea, muchacho —respondió el hombre, irritado—. Llevo rato esperando. Todos quieren pavo y no aparece nadie.
En ese momento, un joven salió apresurado desde una puerta trasera.
—¡Disculpen la demora! Estoy cubriendo el puesto… el encargado fue al baño y no ha regresado.
—Qué incompetencia… —gruñó el anciano.
Keller no dijo nada. Solo tomó su pavo cuando le tocó y siguió su camino.
Pagó, salió… y entonces lo vio.
Dos policías estaban interrogando a un hombre.
El sujeto estaba alterado. Sudoroso. Hablaba rápido, casi incoherente.
Keller sintió curiosidad, pero al ver la hora decidió ignorarlo.
Faltaban pocas horas para Navidad.
Tomó un taxi y se fue.
Mientras el vehículo se alejaba, alcanzó a ver cómo los policías salían corriendo en dirección opuesta.
No le dio importancia.
Pensó que sería un robo.
Un error.
Al llegar a casa, Samantha estaba viendo las noticias.
—Parece que la guerra por fin terminará —dijo ella—. Las potencias llegaron a un acuerdo.
—Entonces hoy sí es una buena noche —respondió Keller, acercándose a besarla—. Vamos a cocinar.
Trabajaron juntos.
Rieron.
Hablaron.
Por unas horas, todo fue perfecto.
La mesa quedó lista. Un pequeño banquete. Solo faltaba el pavo en el horno.
Llamaron a familiares. A amigos. Desearon feliz Navidad.
El tiempo pasó.
El pavo estuvo listo.
Faltaba una hora para medianoche.
—¿Sabes? —dijo Keller, mirándola—. Todo fue difícil… pero contigo nunca se sintió imposible.
—Siempre lo será contigo —respondió Samantha, sonriendo.
Se besaron.
Afuera, los fuegos artificiales comenzaban a estallar. La ciudad celebraba.
Keller tomó el cuchillo.
Se acercó al pavo.
Todo estaba… perfecto.
Hasta que—
—¡AAAGH!
Un grito.
Fuerte.
Demasiado fuerte.
Lo suficiente para ahogar los fuegos artificiales.
Lo suficiente para romper la noche.
—¿Escuchaste eso…? —susurró Samantha.
Keller se giró.
—¿Amor…?
Ella no respondía.
Estaba inmóvil.
Temblando.
Con el dedo apuntando hacia la ventana.
Keller se volteó lentamente.
Y lo vio.
En la casa del vecino…
Había sangre.
Una mancha enorme, extendida contra el vidrio.
Como si alguien hubiera sido arrastrado… o aplastado contra él.
—Llama a la policía —dijo Keller, en voz baja.
Samantha tomó el celular con manos temblorosas.
Entonces—
Otro grito.
Y otro.
Y otro más.
Esta vez, más cerca.
Mucho más cerca.
Keller se quedó paralizado.
Porque esos gritos…
Ya no venían del vecino.
Venían de la calle.
Y estaban acercándose.
Keller y Samantha no entendían qué estaba pasando.
Todo cambió en cuestión de segundos.
Los fuegos artificiales… la música… la celebración…Todo quedó opacado por gritos.
Gritos reales. Gritos de dolor.
—Qué… qué está pasando… —susurró Samantha, con la voz temblorosa.
Keller no respondió.
Subió corriendo al segundo piso, con el corazón golpeándole el pecho.
Necesitaba ver.
Necesitaba entender.
lo primero que penso era de una pandilla criminal.
Pero en cuanto miró por la ventana…
Se quedó petrificado.
En la calle, entre las luces intermitentes y el humo de los fuegos artificiales, había figuras moviéndose a una velocidad antinatural.
Eran… rojas.
No completamente humanas.
No completamente… nada.
Vio a dos de esas cosas lanzarse sobre un vecino.
No lo atacaron.
Lo destrozaron.
Mordían, arrancaban carne como animales salvajes, como si llevaran días sin comer. La sangre salpicó el pavimento.
Keller retrocedió, sin poder procesarlo.
—¿Keller? —gritó Samantha desde abajo—. ¡Estoy llamando a emergencias!
—¡Cierra todo! —respondió él, bajando a toda prisa—. ¡No abras nada!
—911, ¿cuál es su emergencia? —se escuchó desde el teléfono.
—Acaba de ocurrir un asesinato en el vecinda—
Un estruendo.
El vidrio de la ventana explotó hacia adentro.
Samantha gritó.
Una de esas cosas se asomó.
Su piel era rojiza, húmeda, como si estuviera recién salida de… algo. Sus ojos eran vacíos. Su mandíbula se abría más de lo normal.
Demasiado.
Samantha, paralizada, siguió hablando como pudo, dando la dirección entre sollozos.
—¡Vengan por favor, hay cosas atacando a la gente, no son huma—!
La llamada se cortó.
Silencio.
Un brazo la jaló con fuerza.
—¡Tenemos que irnos, ya! —gritó Keller.
La llevó hacia una puerta oculta detrás de un mueble.
Un escape que nunca pensaron usar.
Hasta ahora.
Salieron al exterior.
Y lo que vieron…
Era el infierno.
Gente corriendo.
Gritando.
Cayendo.
Esas cosas estaban por todas partes.
Atacaban sin detenerse.
Sin dudar.
Sin miedo.
Se escucharon disparos.
Policías.
Cuatro oficiales intentaban contener la situación, disparando una y otra vez.
Las criaturas ni siquiera retrocedían.
Una de ellas se abalanzó sobre un oficial.
Luego otra.
Y otra más.
Los gritos de los policías duraron segundos.
Después… solo quedaron restos.
—Dios… —murmuró Samantha, al borde del colapso.
—¡Al auto! —gritó una voz cercana.
Keller volteó.
Un vecino ayudaba a su esposa embarazada a subir a un vehículo.
—¡Ábrelo! ¡Por favor! —gritó Keller.
El hombre dudó apenas un segundo.
Luego desbloqueó las puertas.
Entraron justo cuando una de esas criaturas se lanzaba hacia ellos.
La puerta se cerró de golpe.
El motor rugió.
Arrancaron.
Keller y el vecino adelante.
Samantha y la mujer embarazada atrás.
—¡¿Qué mierda son esas cosas?! —gritó el vecino, temblando mientras conducía.
—¡No lo sé! —respondió Keller—. ¡No lo sé!
—Prende la radio —dijo Samantha—. ¡Deben estar diciendo algo!
El hombre obedeció.
Estática.
Luego una voz entrecortada.
—Último minuto… criaturas de piel roja han emergido… están atacando civiles… esto no es una broma… repito, no es una broma… se recomienda buscar refugio, armarse y dirigirse a zonas seguras donde el personal militar está desplega—
La señal murió.
—No… no, no, no… —susurró la mujer embarazada, llevándose las manos al vientre.
El auto salió del vecindario.
El camino atravesaba un bosque que conectaba con la ciudad.
Oscuro.
Demasiado oscuro.
—Solo… solo tenemos que llegar —dijo el conductor—. Ahí debe estar seguro…
Pero no lo estaba.
Cuando llegaron…
El caos era aún peor.
Disparos.
Explosiones.
Militares combatiendo.
Personas corriendo en todas direcciones.
Las criaturas estaban por todas partes.
—¡No pares! —gritó Keller—. ¡Sigue, sigue!
Pero fue tarde.
Una de esas cosas cayó sobre el auto desde un costado.
El impacto fue brutal.
El vehículo perdió el control.
Giró.
Se deslizó.
Y se estrelló violentamente contra un poste de luz.
El impacto fue brutal. El sonido del metal retorciéndose resonó por unos segundos antes de que todo quedara en un silencio incómodo. El vecino y su esposa quedaron inconscientes en sus asientos, completamente inmóviles.
Keller abrió los ojos con dificultad, sintiendo un fuerte mareo y un pitido constante en los oídos. A su lado, Samantha también seguía consciente, aunque visiblemente aturdida.
—Samantha… —murmuró él.
—Estoy bien… creo… —respondió ella, intentando ubicarse.
En ese momento, alguien golpeó la puerta del vehículo. Era un militar.
—¡Rápido, salgan! ¡Tenemos que evacuar, el camión se va en segundos!
Keller volteó hacia atrás, viendo al vecino y a su esposa embarazada.
—Pero ellos… —dijo, dudando.
El militar, sin perder tiempo, disparó contra una de esas criaturas que se acercaba peligrosamente.
—O te quedas aquí o vienes con nosotros —respondió con frialdad.
Más monstruos comenzaban a rodear el área. No había tiempo para pensar.
Keller apretó los dientes, salió del auto y ayudó a Samantha a bajar. Ambos miraron por última vez a la pareja que los había ayudado.
—Mierda… esto no debió ser así… —murmuró Keller.
Los militares los escoltaron rápidamente mientras disparaban sin descanso. Subieron al camión y, en cuestión de segundos, el vehículo arrancó, dejando atrás a varias personas que aún seguían con vida.
Lo que vino después fue confuso para Keller y Samantha. Terminaron en una zona de refugiados, donde el caos, el miedo y la desesperación eran parte del día a día. Intentaron comunicarse con sus familiares, llamando una y otra vez, pero nunca obtuvieron respuesta.
Con el paso del tiempo, la realidad se volvió imposible de ignorar. Era evidente que sus familias no habían tenido la misma suerte. Ambos lloraron en silencio, sin necesidad de decirlo en voz alta.
Tiempo después, fueron trasladados a barcos junto a muchos otros sobrevivientes. El viaje fue largo, monótono y desesperante. Cada día era igual al anterior: comer, dormir y esperar sin saber qué pasaría después.
Pero esa rutina no duró.
Un día, esas criaturas atacaron los barcos. El caos volvió con más fuerza. Disparos, gritos y desesperación llenaron el lugar mientras los monstruos subían sin detenerse. El barco sufrió daños críticos y comenzó a hundirse.
Keller apenas recuerda lo que pasó después. Solo fragmentos: el agua helada, gente cayendo, manos intentando sujetarse a algo y gritos que desaparecían en el mar.
Por suerte, había botes de emergencia. Algunos lograron sobrevivir. Otros no.
De todos los barcos, solo unos pocos consiguieron llegar a su destino.
Muchos quedaron destruidos en el océano. Otros desaparecieron sin dejar rastro.
Pero los que sobrevivieron llegaron a una isla.
Una isla que ahora es su hogar… y su única esperanza.
Cuando Keller y Samantha se establecieron en la isla, la realidad fue muy distinta a lo que esperaban. No era un refugio… era una base militar improvisada, controlada por un grupo de personas que se autoproclamaron como los superiores.
Keller no tuvo opción.
Fue obligado a convertirse en soldado.
Desde el inicio, demostró un talento excepcional. No solo dominaba las armas de fuego, sino también el combate cuerpo a cuerpo. Con el tiempo, se volvió uno de los mejores.
Incluso había ocasiones en las que no necesitaba armas de fuego.
Le asignaron una lanza especial, capaz de liberar descargas eléctricas masivas contra esas criaturas, los llamados xerps. Keller los debilitaba con la descarga… y luego los decapitaba sin dudar.
Se volvió eficiente.
Demasiado eficiente.
Un día, logró acabar con una horda entera él solo. Como recompensa, le dieron algo que no había tenido en mucho tiempo:
Un día libre.
Ese día fue directo a ver a Samantha.
Después de tanto tiempo separados, se reencontraron como antes. Sin guerra. Sin monstruos. Sin órdenes.
Solo ellos.
Esa noche hicieron el amor… y tiempo después, Samantha quedó embarazada.
La noticia trajo felicidad.
Pero también miedo.
Con el paso de los días, ese miedo creció dentro de Keller. Le aterraba la idea de que su hijo naciera en ese mundo. Un mundo roto, violento… sin futuro claro.
Le aterraba aún más no poder estar presente.
No verlo crecer.
No ser realmente un padre.
Y, aun así, nunca habló de eso con Samantha.
Ella seguía viéndolo como alguien fuerte, decidido, un soldado firme… cuando en realidad Keller estaba lleno de dudas.
Cada vez que salía a combatir, había un pensamiento que no lo dejaba en paz:
¿Voy a sobrevivir hoy?
Durante ese tiempo, Keller conoció a otro soldado tan fuerte como él. Con el tiempo, se volvieron compañeros de confianza. En más de una ocasión se salvaron la vida mutuamente.
Keller aún recordaba cuando ese hombre lo rescató de unos gusanos de sangre.
Un día, Keller fue a buscarlo a su casa para avisarle sobre una misión. En su lugar, fue recibido por su esposa.
Era una mujer que, de alguna forma, le recordó a su madre.
En el rostro.
En la calma.
En la forma de hablar.
La nostalgia lo golpeó sin previo aviso.
Ella lo dejó pasar y le ofreció café mientras esperaba a su esposo.
Keller aceptó. Necesitaba algo que lo mantuviera despierto en esas noches interminables.
Mientras bebía, la mujer hablaba con admiración sobre él. Sobre lo importante que era como soldado. Sobre lo valiente que era.
Keller asentía… pero por dentro no sentía orgullo.
Estaba cansado.
Él no quería esa vida.
Prefería mil veces volver a repartir comida, a una vida simple, antes que seguir matando criaturas todos los días.
En ese momento, una puerta cercana se abrió. Un niño salió, lavándose las manos.
—¿Es tu hijo? —preguntó Keller.
—Sí —respondió ella con una sonrisa—. Se llama Rhyner.
—Hijo, ve a tu cuarto, por favor.
El niño obedeció y cerró la puerta tras de sí.
La conversación continuó con normalidad, hasta que Keller decidió retirarse. Al salir, se encontró con su compañero.
Pero con el paso de los meses…
Todo empeoró.
Su compañero comenzó a cambiar.
Se volvió más frío. Más distante.
Celoso.
La idea de que su esposa pudiera estar interesada en Keller empezó a crecer en su mente como un veneno silencioso.
Al mismo tiempo, Keller cargaba cada vez más presión. Ser “el mejor soldado” dejó de ser un reconocimiento… y se convirtió en una condena.
El estrés lo consumía.
El cansancio también.
Y poco a poco, empezó a refugiarse en el alcohol.
Incluso llegó a amenazar a sus superiores: si no le permitían beber, no saldría a combatir.
Pero lo peor no era eso.
Lo peor era el silencio.
Nunca le dijo a Samantha lo que realmente sentía.
No solo por miedo… sino también por las restricciones. El sector donde ella vivía estaba protegido, aislado, y a Keller no se le permitía entrar libremente.
Pero, más allá de eso…
Tenía miedo de decepcionarla.
De que ella pensara que le importaba más ser un buen soldado que un buen padre.
Cuando llegara el dia que su hijo naciera.
De admitir que… no se sentía listo.
Sin embargo, este sábado tendría un día libre.
Y por primera vez en mucho tiempo, Keller tomó una decisión.
Iba a hablar con Samantha.
Tenía que hacerlo.
Porque si no lo hacía ahora…
Quizás nunca tendría otra oportunidad.
Penso en la idea de que su hijo fuera un soldado para tenerlo de compañia eso decia a modo de ironia a samantha que esta se lo tomo de broma. ya que la idea de que el niño que se llamaria hiro por pedido de samantha fuera un soldado pasaria mas tiempo con su padre y samantha estaria aislada y por eso keller necesitaba buscar un equilibrio.
Era miércoles cuando Keller llegó a la casa de su compañero. Había ido sin pensarlo demasiado, como otras veces. En el fondo, sabía que ese lugar le daba una calma que ya no encontraba en ningún otro lado.
Esperaba ser recibido por la mujer… pero no fue así.
La puerta se abrió.
Y ahí estaba él.
Su compañero.
—Pasa —dijo con un tono seco.
Algo no estaba bien.
Keller lo notó apenas cruzó la puerta. El ambiente era pesado. Tenso. Diferente.
—Pensé que estabas en misión —comentó Keller, intentando sonar normal.
No hubo respuesta inmediata.
Solo silencio.
Y luego—
—Aléjate de mi mujer.
Keller frunció el ceño.
—¿Qué?
—No te hagas el idiota, Keller. Sé perfectamente lo que buscas.
El tono… no era duda.
Era acusación.
—Estás malinterpretando las cosas —respondió Keller, levantando ligeramente las manos—. Yo no—
—¡Cállate!
La discusión escaló rápido. Demasiado rápido.
Keller intentaba explicarse, pero su compañero ya no escuchaba. Los celos, la rabia… todo lo había consumido.
Y entonces—
Se lanzó sobre él.
Sus manos fueron directo al cuello de Keller, apretando con fuerza.
Keller reaccionó por instinto. Intentó soltarse, forcejeando, sintiendo cómo el aire comenzaba a faltarle.
—¡Escúchame, no es lo que piensas! —logró decir con dificultad.
Pero no sirvió de nada.
En un movimiento desesperado, Keller empujó con toda su fuerza.
Fue suficiente.
Su compañero salió despedido hacia atrás.
Y entonces…
El golpe.
Seco.
Brutal.
Su cabeza impactó contra el borde de una estructura.
Silencio.
Keller se quedó inmóvil.
—…oye…
No hubo respuesta.
La sangre empezó a correr.
—No… no, no…
Se acercó rápidamente, pero al ver la herida… supo que algo estaba muy mal.
Entonces lo sintió.
Una presencia.
Levantó la mirada.
Rhyner estaba ahí.
Observándolo.
Paralizado.
Con los ojos llenos de horror.
—Oye… Rhyner… yo… —la voz de Keller se quebró—…no quería que esto pasara…
Pero no había nada más que decir.
No había forma de arreglarlo.
Keller retrocedió… y luego salió de la casa lo más rápido que pudo.
El jueves.
Keller se encontraba en una zona aislada del baluarte. Había aceptado una misión menor, una excusa para no estar cerca… para no enfrentar lo que había hecho.
—Samantha se va a decepcionar de mí… —murmuró, con la mirada perdida.
El peso en su pecho era insoportable.
El silencio del lugar lo envolvía todo.
Hasta que—
La escuchó.
Una melodía.
Suave.
Extraña.
Fuera de lugar.
“Vieni piano, senza voce,sotto pelle, nella notte…non resistere al richiamo,io ti vedo… io ti chiamo…”
Keller levantó la mirada, alerta.
Frente a él, entre dos almacenes, había un pasillo estrecho. Y al fondo…
Una figura.
Alta.
Humanoide.
Inmóvil.
—¿Qué carajos…? —susurró, levantando su lanza.
La sensación…
No era como con los xerps.
Esto era distinto.
Peor.
Fue lo último que pensó.
Ese mismo día, un grupo de soldados fue enviado a buscarlo. Keller ya era considerado sospechoso por la muerte de su compañero.
Pero no lo encontraron.
No hubo rastro de él.
No hubo cuerpo.
No hubo señales de lucha.
Solo…
su lanza.
Tirada en el suelo.
Cubierta de sangre.
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