The Big Bang Theory: Un Nuevo Leonard [Español] - Capítulo 24
- Inicio
- The Big Bang Theory: Un Nuevo Leonard [Español]
- Capítulo 24 - Capítulo 24: Capítulo 24 - Ducha, Huevos y Cena
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 24: Capítulo 24 – Ducha, Huevos y Cena
Capítulo 24 – Ducha, Huevos y Cena
Leo tomaba una ducha fría, dejando que el agua corriera por su cuerpo mientras intentaba despejar su mente. El vapor se mezclaba con el aire fresco de la habitación, y cada gota que caía parecía arrastrar consigo el cansancio de la noche anterior.
Al salir del baño, se secó con calma y comenzó a vestirse. Cada movimiento era pausado, acompañado de un suspiro inevitable cuando sus ojos se posaron en Summer, envuelta entre las sábanas. La tela blanca resaltaba la suavidad de su piel bajo la tenue luz que se filtraba por las cortinas. Su cabello desordenado caía sobre la almohada, y la forma en que respiraba tranquila le daba un aire de paz que contrastaba con la intensidad de la noche.
Leo se acercó despacio, inclinándose para darle un beso en los labios. Ella se movió apenas, como si su cuerpo reconociera el gesto incluso en sueños. Con una sonrisa breve, tomó un papel y escribió una nota antes de dejarla en la mesita de noche.
Summer abrió los ojos apenas, lo miró con ternura y pasión, y sonrió. Luego volvió a acomodarse, abrazando la almohada, y se quedó dormida otra vez.
Leo recogió sus cosas, salió del hotel y caminó hacia el estacionamiento. El aire de la mañana era fresco, y el sonido de los autos en la avenida le recordó que el día apenas comenzaba. Subió a su auto, encendió el motor y se dirigió a su departamento.
—
Leo entró al departamento justo para ver a Sheldon, quien estaba cocinando huevos con tocino en la sartén. El olor llenaba la cocina, mezclando lo crujiente del tocino con el aroma fuerte de los huevos.
“Buenos días, ¿cómo estás, Sheldon? Howard me contó lo que pasó ayer con el decano”, dijo Leo mientras dejaba sus llaves sobre la mesa.
“No te dije que no le dijeras esas cosas”, agregó Leo con un suspiro.
Sheldon levantó la vista apenas, sin dejar de mover la espátula.
“Yo no dije ninguna mentira. Fue infantil de parte del decano despedirme”, respondió Sheldon con calma.
Leo se rió, acercándose un poco a la estufa.
“¿Y ahora qué haces?”, preguntó, mirando los huevos y el tocino, algo que claramente no estaba en el plan de comidas de Sheldon.
“Con el despido, es la primera vez en décadas que tengo tiempo libre. Al fin puedo probar mi teoría de que las moléculas de agua en las proteínas tienen un impacto directo en el sabor”, dijo Sheldon, sosteniendo la sartén con firmeza y observando cómo el vapor se elevaba en espirales.
“Pues huele muy bien”, dijo Leo, antes de ir rápido a cambiarse de ropa.
Al volver, se detuvo un momento junto a Sheldon.
“Escucha, estoy seguro que si te disculpas con Gablehauser, te devolverá el empleo”, dijo Leo.
“No quiero mi empleo. Como te dije, pasé los últimos años trabajando o estudiando. Es mi tiempo libre después de décadas, y voy a aprovecharlo”, afirmó Sheldon con convicción, anotando mentalmente cada detalle del proceso de cocción.
Leo lo miró unos segundos, luego asintió.
“Bueno, está bien. Si te sientes cómodo, ok. Me voy al trabajo, luego pruebo tus huevos”, dijo Leo, tomando su maletín y saliendo por la puerta.
—
Sheldon siguió cocinando, terminó su tanda de huevos y, preparándose con una libreta de notas a un lado, los probó con cuidado. El sonido del tenedor contra el plato rompió el silencio de la cocina.
Bajó la cuchara, la colocó en su plato y luego tomó la libreta para anotar: “usar huevos frescos”. Habían estado rancios, aunque olían bien.
En ese momento tocaron la puerta. Sheldon se levantó para abrir, pero Penny entró directamente usando la llave que Leo le había dado.
“Hola, voy al supermercado, ¿necesitan algo?”, preguntó Penny mientras dejaba su bolso en la mesa y miraba con curiosidad la sartén aún caliente.
“Bueno, esto es una de esas cosas que las mentes débiles llaman una coincidencia. Necesito huevos, unas seis docenas”, dijo Sheldon con total seriedad, levantando la libreta como si fuera evidencia científica.
“¿Seis docenas?”, preguntó Penny confundida, sin saber si había escuchado bien.
“Sí, que estén distribuidos en café, blanco, mediano, grande, extra grande y jumbo”, dijo Sheldon, enumerando con calma mientras movía la mano como si organizara categorías invisibles en el aire.
“¿Me lo repites?”, dijo Penny con una cara que dejaba claro que ya se había metido en un lío con Sheldon.
“No hace falta, no lo entenderías. Mejor voy contigo”, dijo Sheldon, dejando la sartén en la estufa y caminando hacia la puerta con paso decidido.
Penny lo miró, no muy feliz, mientras él salía.
“Qué lindo”, dijo en tono de sarcasmo y con inflexión molesta, algo que Sheldon no entendió en absoluto.
—–
Cambio de escena.
El auto de Penny avanzaba rumbo al supermercado, ella al volante y Sheldon sentado rígido en el asiento del copiloto, mirando todo con atención.
“Oye, ¿por qué no fuiste a trabajar?”, preguntó Penny mientras ajustaba el retrovisor.
“Tomo un año sabático, porque nunca encajé con las mentes mediocres”, dijo Sheldon con tono serio.
“Estás frito, eh”, dijo Penny sonriendo al escucharlo.
“En teoría física eso no es cierto… pero sí”, respondió Sheldon, lo último no muy feliz.
“Tal vez sea por algo mejor. Siempre lo he dicho, cuando una puerta se cierra otra se abre”, dijo Penny tratando de subirle el ánimo.
“No es cierto”, dijo Sheldon serio. “A menos que dos estén conectadas con rieles, o esté involucrado un sensor móvil.”
“No, no…”, quiso decir Penny, pero Sheldon no la dejó continuar.
“O a menos que la primera cause una carga de fricción de aire que actúe sobre la segunda”, dijo Sheldon analizando las cosas.
“Olvídalo”, dijo Penny ya un poco desesperada.
“Frena”, dijo Sheldon de repente. “Por favor, frena”, repitió sujetando la parte del auto con algo de miedo.
“Ah, voy muy bien”, dijo Penny con calma.
“No está dejando suficiente espacio entre los autos”, dijo Sheldon nervioso.
“Claro que hay espacio”, dijo Penny.
“No, no”, insistió Sheldon. “Matemáticamente el auto pesa dos mil kilos, agrega setenta por mí y sesenta por ti…”
“¿Sesenta dijiste?!!”, dijo Penny sorprendida y molesta.
“Oh, lo siento, ¿te he insultado? Es solo que pensé que esas bubis contaban”, dijo Sheldon con naturalidad.
“Pues cuentan”, dijo Penny, ya no molesta.
“En fin, eso nos da un total de dos mil ciento treinta kilos”, dijo Sheldon.
“Serán dos mil ciento diez”, corrigió Penny, molesta.
“Bien, viajamos hacia adelante a…” Sheldon trató de ver el velocímetro. “¡Dios!, sesenta kilómetros por hora”, dijo asustado.
“Pero supón que los frenos están nuevos y los ejes alineados. Para cuando lleguemos a parar estaremos ocupando el mismo lugar que el auto de enfrente, y tal imposibilidad la naturaleza rápido resolverá con la muerte, mutilación, o…” decía Sheldon hasta que se distrajo con algo.
“Mira, ahí venden palomitas de maíz”, dijo Sheldon al ver un puesto colorido en la calle. Había globos colgados, un letrero pintado a mano con letras rojas y amarillas, y una máquina de acero que lanzaba vapor mientras las palomitas recién hechas se acumulaban en bolsas transparentes.
Penny giró la cabeza un segundo, viendo el lugar. El contraste entre la preocupación exagerada de Sheldon y su repentina fascinación por un puesto de palomitas la dejó confundida.
Sheldon se inclinó hacia la ventana, observando cómo un niño tomaba una bolsa y la agitaba feliz, mientras el vendedor sonreía con un gorro ridículo en la cabeza.
“Interesante, el maíz expandido por calor directo. Aunque no es un método eficiente, el resultado es visualmente atractivo”, dijo Sheldon con tono analítico.
Penny lo miró de reojo, sin decir nada, solo pensando en lo extraño que podía ser pasar de cálculos de peso y velocidad a un comentario sobre palomitas de maíz en cuestión de segundos.
—-
Cambio de escena.
Leo se encontraba en su oficina, sentado frente a su escritorio. La luz del monitor iluminaba los documentos que revisaba con atención, parte de una nueva investigación que estaba preparando. El silencio del lugar solo era interrumpido por el sonido del reloj en la pared y el pasar de las hojas que Leo acomodaba con cuidado.
De pronto, su teléfono comenzó a sonar. Al revisar la pantalla, vio que era Penny, asi que decidió contestar.
“Leo, ¡qué rayos le pasa a Sheldon?!”, preguntó Penny con voz alterada.
“¿Qué pasó?”, preguntó Leo riendo, imaginando las posibles idioteces de Sheldon.
“Mira, yo amablemente fui a ver si ocupaban algo del supermercado. Pero ya te habías ido y Sheldon me pidió un montón de huevos. Y al final, de alguna manera me dijo tonta y se subió a mi auto”, dijo Penny, claramente molesta.
“¿Y luego?”, preguntó Leo, acomodándose en su silla con una sonrisa divertida.
“Se empezó a quejar en el auto de mi velocidad, de mi manera de conducir… ¡y me llamó gorda!”, dijo Penny, levantando la voz.
Leo se llevó la mano a la frente, conteniendo la risa.
“¿Y sabes qué es lo peor?”, continuó Penny. “Me empezó a dar muchísima información, como si estuviera dando una clase, y luego me preguntó cosas personales. ¡Leo, quién le pregunta a una chica sobre su menstruación!” dijo Penny, molesta e incómoda.
“No sé… un doctor”, dijo Leo, tratando de sonar serio, aunque la sonrisa se le escapaba.
“No es gracioso, Leo. ¿Qué le pasa a Sheldon?”, dijo Penny, más firme.
“Mira, Penny, acaba de perder su trabajo y está perdido. Normalmente no pasaríamos por eso porque se mantiene ocupado con su empleo y sus hobbies, pero ahora está desorientado. Se va a calmar, tú tranquila”, dijo Leo con tono conciliador.
Hubo un silencio breve en la línea, hasta que Leo agregó:
“¿Qué me dices si para compensar te invito a cenar en la noche? ¿Te parece?”
Penny suspiró, bajando un poco el tono.
“Está bien… te veo en la noche”, dijo finalmente.
Leo sonrió, cerrando el documento que tenía frente a él. La llamada había terminado, pero en su mente ya pensaba en cómo arreglar la situación y, al mismo tiempo, en la cena que tendría con Penny.
—-
Cambio de escena.
Leo iba entrando al departamento, cerró la puerta detrás de sí y se detuvo al escuchar un sonido extraño, como el chapoteo de agua. Al girar hacia la sala, se encontró con Sheldon inclinado frente a una pecera grande, llena de peces dorados que nadaban con energía. Sheldon sostenía un frasco y dejaba caer pequeñas porciones de lo que parecían ser cápsulas extrañas, polvos y hasta trozos de gelatina transparente. Los peces abrían la boca y devoraban lo que caía, mientras Sheldon anotaba algo en una libreta.
“Hola, Sheldon”, dijo Leo, dejando su maletín sobre la mesa.
“Hola, Leo”, respondió Sheldon sin apartar la vista de la pecera.
“Sheldon, ¿qué haces con el pez?”, preguntó Leo, acercándose con curiosidad.
“Es un experimento, ¿que no ves?”, dijo Sheldon con tono serio, como si fuera obvio.
Leo arqueó una ceja.
“¿Qué pasó con el experimento de los huevos?”, preguntó Leo.
“Ah, terminé con eso. Resulta que los huevos son deliciosos sin tanta física”, dijo Sheldon, anotando algo más en su libreta y dejando la pluma sobre la mesa.
“Ok… ¿y ahora un pez?”, preguntó Leo, mirando cómo los peces dorados se agitaban en el agua.
“Leí un artículo sobre investigaciones japonesas que insertaron ADN de medusas luminosas en otros animales. Y dije: haré peces luminosos”, dijo Sheldon, señalando con orgullo a sus peces dorados que nadaban sin parar.
Leo se cruzó de brazos y miró los apuntes de Sheldon.
“Ok, pero ¿cuál es tu nicho en eso? No creo que sea dinero, aunque la idea es factible. Dudo que alguien lo costee o lo encuentre útil, además de todas las leyes contra la modificación genética y el cuidado animal”, dijo Leo, hojeando las páginas llenas de diagramas y fórmulas.
Sheldon se acomodó los lentes y respondió con firmeza.
“Leo, la utilidad de un experimento no siempre se mide en dinero. La ciencia pura busca expandir los límites del conocimiento. Si puedo demostrar que la bioluminiscencia puede transferirse a organismos acuáticos comunes, abriré la puerta a aplicaciones futuras: peces que iluminen acuarios sin necesidad de electricidad, sistemas de señalización biológica, incluso métodos de estudio celular más eficientes.”
Leo lo miró con calma, apoyando una mano en la mesa.
“Sí, Sheldon, pero también abrirías la puerta a demandas, regulaciones, y a que te cierren el laboratorio antes de empezar. No puedes ignorar las leyes de bioética. ¿Qué pasa si alguien considera que estás maltratando a los peces?”
Sheldon frunció el ceño.
“Los peces están perfectamente cuidados. Les doy alimento balanceado, agua filtrada y estimulación intelectual. ¿Qué pez dorado tiene eso? Además, el concepto de maltrato es relativo. Si la humanidad hubiera detenido cada avance por miedo a la incomodidad, aún estaríamos en cuevas.”
Leo sonrió, divertido por la intensidad de Sheldon.
“Y aún así, Sheldon, no puedes negar que tu motivación no es tan clara. ¿Lo haces por ciencia, por curiosidad, o porque te aburriste después de perder tu empleo?”
Sheldon se detuvo un momento, mirando a los peces.
“Tal vez sea una combinación. Pero no me aburrí. Simplemente descubrí que, sin las cadenas del trabajo, puedo dedicarme a lo que realmente importa: mis propias teorías.”
Leo suspiró y se sentó en el sillón.
“Sheldon, en serio, ¿no quieres tu empleo de regreso? Solo necesitas disculparte.”
Sheldon lo miró con firmeza.
“Leo, no dije nada que no fuera verdad.”
Leo se inclinó hacia adelante.
“¿El decano te preguntó tu opinión sobre su trabajo?”
Sheldon parpadeó.
“No.”
Leo soltó una carcajada, negando con la cabeza.
“Entonces, ¿entiendes el concepto de que hay cosas que, si no te preguntan, no las dices?”
Sheldon frunció el ceño, confundido.
“Eso es ilógico. Si poseo información relevante, ¿por qué no compartirla?”
Leo levantó una mano, como si estuviera dando una clase.
“Te lo explico con ciencia, Sheldon. Imagina que tienes un reactor nuclear. Si nadie te pide que lo enciendas, ¿lo harías en medio de una reunión social? No, porque no es el contexto adecuado. La información funciona igual: no todo lo que sabes debe ser liberado en cualquier momento. Es como la entropía: si la sueltas sin control, todo se desordena.”
Sheldon lo miró, pensativo.
“Entonces sugieres que mi honestidad científica genera caos social.”
“Exacto”, dijo Leo, sonriendo. “Es como un experimento de química. Si mezclas dos compuestos sin que nadie lo pida, puedes provocar una reacción peligrosa. En cambio, si esperas a que te lo soliciten, la reacción es controlada y útil.”
Sheldon se quedó en silencio, observando a sus peces dorados que seguían nadando. Uno de ellos mordisqueaba un trozo de gelatina luminosa que Sheldon había dejado caer.
“Interesante analogía”, dijo Sheldon finalmente. “Aunque sigo pensando que el decano fue infantil.”
Leo se levantó, recogió su maletín y caminó hacia la puerta.
“Tal vez lo fue, pero tú también lo fuiste. Piensa en eso, Sheldon. La ciencia no solo se trata de lo que dices, sino de cuándo lo dices.”
Sheldon lo siguió con la mirada, luego anotó en su libreta: “Revisar teoría de entropía social aplicada a la comunicación.”
Leo salió del departamento, aún riendo para sí mismo, mientras Sheldon regresaba a su pecera, convencido de que sus peces luminosos serían el próximo gran avance… aunque nadie se lo hubiera pedido.
—
Cambio de escena.
Leo se cambió de ropa con calma, ajustando la camisa frente al espejo y peinándose rápido antes de salir del departamento. Caminó por el pasillo y tocó la puerta de Penny. Ella abrió casi de inmediato, luciendo un lindo vestido que resaltaba su figura.
Sin decir nada, se inclinó hacia él y lo besó suavemente.
“Supongo que ya no debo preguntar si estás lista”, dijo Leo, mirándola de arriba abajo después de besarse.
“Casi, solo déjame tomar mi bolso”, respondió Penny con una sonrisa traviesa. Entró un segundo, tomó su bolso y regresó. Juntos empezaron a bajar las escaleras.
Mientras bajaban, intercambiaron preguntas básicas.
“¿Qué tal el trabajo?”, preguntó Leo.
“Bien, aunque ya sabes, lo mismo de siempre. Mesas, clientes, propinas… nada fuera de lo común”, dijo Penny encogiéndose de hombros.
Leo sonrió. “Bueno, al menos tienes historias que contar.”
—
Cambio de escena.
Ya se encontraban en un restaurante francés muy bonito. Las luces eran cálidas, las mesas estaban decoradas con velas y flores frescas, y el ambiente tenía un aire elegante pero acogedor. Los meseros se movían con precisión, y el murmullo de conversaciones en francés y en inglés llenaba el lugar.
Sentados en una mesa junto a una ventana, Leo y Penny empezaron a hablar mientras esperaban la comida.
“¿Qué le pasa a Sheldon?”, preguntó Penny, apoyando el codo en la mesa y mirándolo con curiosidad.
Leo suspiró y se acomodó en la silla.
“Bueno, lo que pasó fue con Gablehauser. Sheldon tiene fundamentos sobre las habilidades del doctor, no lo niego. Pero como tú sabes, no se le dicen esas cosas a la cara a las personas… a menos que quieras que te golpeen en la cara.”
Penny rió, asintiendo.
“Lo entiendo. Es como cuando en Nebraska alguien te pregunta si su pastel sabe bien. Aunque sepa horrible, no le dices que parece cartón mojado. Solo sonríes y dices ‘¡delicioso!’ o te ganas un pastelazo en la cara.”
Leo soltó una carcajada. “Exacto, Sheldon no entiende esas reglas sociales.”
Ambos se rieron un momento, disfrutando la complicidad.
“¿Harás algo?”, preguntó Penny después de beber un sorbo de vino.
Leo pensó un momento.
“Aún no estoy seguro. En estos casos es mejor esperar. Sheldon es muy orgulloso, como un niño. No se moverá hasta que esté al límite. Y falta para eso.”
Penny asintió, comprendiendo.
Leo cambió el tema.
“¿Y tú? ¿Qué tal tu trabajo?”
Penny sonrió y empezó a contar un par de anécdotas como mesera.
“Bueno, primero una señora me pidió café caliente. Y te juro, Leo, el café estaba hirviendo, salía vapor como si fuera volcán. Y aún así me dijo que estaba frío. ¡Frío! Yo pensé que iba a quemarme la mano con la taza, y ella insistía en que estaba tibio. Te lo juro, esa mujer debe tener la lengua hecha de acero.”
Leo soltó una carcajada. “¿Y qué hiciste?”
“Pues le traje otro café, igual de hirviendo, y me dijo ‘ahora sí, gracias’. Yo creo que solo quería molestarme. O tal vez su termómetro interno está roto.”
Leo rió más fuerte. “Eso es de locos. Imagínate si Sheldon hubiera estado ahí, le habría dado una conferencia sobre el punto de ebullición del agua y la presión atmosférica.”
“¡Exacto!”, dijo Penny riendo. “Y luego, otro cliente me pidió que le calentara la ensalada. ¿Quién calienta una ensalada? Era lechuga, tomate, pepino… ¿qué se supone que debía hacer? ¿Meterla al microondas?”
Leo se rió, casi atragantándose con el vino.
“Bueno, al menos nunca te aburres.”
“Eso sí”, dijo Penny, y luego agregó algunos chismes de sus amigas, historias de relaciones fallidas y planes de mudanza. Leo intervenía aquí y allá, bromeando y haciendo comentarios que la hacían reír.
Después, la conversación giró hacia los trabajos actorales de Penny.
“No van muy bien”, confesó. “Pocas audiciones, ningún papel importante… más que nada ser extra. Ya sabes, estar en el fondo de una escena y que nadie sepa tu nombre.”
Leo la miró con empatía.
“Eso debe ser duro.”
“Sí, pero no me rindo. Algún día llegará algo grande”, dijo Penny con determinación.
La cena continuó entre risas y confidencias. Disfrutaron los platillos franceses, compartieron postre y se besaron cariñosamente, olvidando por un momento las preocupaciones del día.
—
Regreso a casa.
Caminaron juntos por el pasillo del edificio, la noche tranquila acompañándolos. Al llegar a la puerta de Penny, ella lo miró con una sonrisa.
“¿Quieres pasar?”, preguntó, abriendo la puerta.
Leo asintió y entró. Penny cerró la puerta detrás de ellos, el sonido del clic resonando en la calma del departamento.
La luz tenue del lugar, el ambiente cálido y la complicidad entre ambos marcaban el cierre perfecto de la velada.
—
Cambio de escena.
Leo se levantó de la cama de Penny con cuidado, procurando no despertarla. La miró unos segundos, con una sonrisa tranquila, y se inclinó para besarla en la frente. Ella apenas se movió, acomodándose entre las sábanas, y Leo salió despacio, dejándola dormir.
Al llegar a su departamento, lo primero que hizo fue tomar una ducha rápida. El agua fría lo despejó y le dio energía para comenzar el día. Después se cambió de ropa, optando por algo cómodo, y se dirigió a la cocina.
Encendió la cafetera y empezó a preparar el desayuno. Pan tostado, huevos revueltos y algo de fruta. Preparó tres platos: uno para él, otro para Penny y otro para Sheldon, que justo en ese momento se iba despertando.
“¿Cómo estás, Sheldon?”, preguntó Leo, ofreciéndole el desayuno.
“Bien… ¿otra vez pasaste la noche fuera?”, dijo Sheldon, tallándose los ojos mientras tomaba su plato.
Leo rió. “Bueno, me conoces. Cena tranquila, noche con mi chica hermosa y regresar temprano a cuidar de mi mejor amigo.”
“Excelente. La dinámica no debe cambiar”, dijo Sheldon, encendiendo la televisión y acomodándose para ver su programa favorito.
Leo tomó el tercer plato y salió del departamento rumbo al de Penny. Tocó suavemente la puerta, entró y la encontró aún en la cama. Se acercó con el desayuno en la mano.
“Buenos días”, dijo Leo con voz cálida.
Penny abrió los ojos, sonrió y se incorporó lentamente. Leo le entregó el plato y se sentó junto a ella.
Ella se acomodó entre las almohadas y empezaron a desayunar juntos, compartiendo risas y comentarios ligeros mientras la mañana avanzaba.
—
Hola estoy revisando esto a las 4 am, asi que puede tener errores, si les parece interesante o divertido, dejen sus comentarios, me divierte leerlo y si hay preguntas dejenlas y veo si respondo
Capitulo 25 – Madre, berrinche y solución
Tres semanas después, Leo estaba en su trabajo, revisando unos documentos cuando su teléfono comenzó a sonar. Al mirar la pantalla, vio el nombre de Mary Cooper.
Leo contestó de inmediato.
“Hola, Mary, ¿cómo se encuentra?”, dijo con tono cordial.
“Hola, Leo. Bien… aunque te llamo porque estaba hablando con Shelly y lo noté algo extraño, más de lo usual. ¿Sabes si pasó algo?”, preguntó Mary con cierta preocupación.
Leo se acomodó en la silla y suspiró.
“Bueno, Mary, si te soy sincero sí pasó algo. Sheldon tuvo un problema con el decano Gablehauser. Lo despidieron, y desde entonces ha estado ocupando su tiempo en experimentos raros y rutinas nuevas. No se ha detenido, pero está… diferente.”
Mary guardó silencio unos segundos antes de responder.
“Me siento mal de que no me llamaras, Leo”, dijo con un tono suave, casi reproche.
Leo bajó la mirada.
“Creí que Sheldon aún necesitaba más tiempo. Tú lo conoces mejor que yo, pero pensé que lo mejor era dejarlo procesar las cosas. Aunque creo que ya es casi el momento, y si vinieras a verlo tal vez le darías el impulso que necesita. ¿Quieres que te compre los vuelos?”
Mary negó con calma.
“Leo, no es necesario. Iré a verlo mañana. Gracias por contarme y por cuidar de Sheldon.”
Leo sonrió.
“Mary, no te preocupes. Sheldon es mi amigo. Te espero mañana entonces.”
—
Cambio de escena.
Con un momento libre en la oficina, Leo se recostó en la silla y abrió su teléfono. Sus mensajes eran un reflejo de la vida que había estado llevando esas últimas tres semanas, una vida que parecía un sueño… aunque también cargada de contradicciones.
Primero revisó la conversación con Summer. Ella había sido un torbellino en su rutina: encuentros que empezaban con risas y terminaban con susurros en la penumbra. Siempre pedía un poco más de tiempo, como si quisiera estirar cada instante hasta que el cansancio la vencía y caía rendida en sus brazos. Leo recordaba la manera en que se acomodaba contra su pecho, con esa mezcla de dulzura y fuego que la hacía irresistible. Con Summer todo era espontáneo, como si cada cita fuera una aventura que se desbordaba en caricias y miradas que pedían saciarse hasta el hartazgo el uno del otro.
Después abrió los mensajes con Chelsea. Ella seguía atrapada en los problemas con su novio, y en esas semanas se habían visto dos veces. Sus encuentros eran distintos: Chelsea buscaba desahogo, alguien que la escuchara, pero también alguien que le recordara que aún podía sentirse deseada. Entre confesiones y quejas, había momentos en que sus ojos brillaban con una chispa traviesa, como si quisiera olvidar por completo sus problemas. Leo sabía que ella encontraba en él un refugio, aunque breve, y que esa mezcla de vulnerabilidad y atracción hacía que cada encuentro tuviera un aire prohibido, cargado de tensión.
Por último, los mensajes con Penny. Con ella la dinámica era diferente: prácticamente eran una pareja sin título. Noches largas llegando a casa, muchas veces durmiendo en su departamento en lugar del suyo. Con Penny había complicidad, bromas, planes improvisados y esa sensación de pertenencia que lo hacía sentir cómodo. Pero también había pasión: miradas que se encendían de repente, besos que empezaban como juego y terminaban con ambos perdiendo la noción del tiempo. Penny era la mezcla perfecta entre ternura y deseo, alguien con quien podía reírse hasta las lágrimas y, minutos después, perderse en un abrazo que parecía no tener fin.
Leo pensó un momento. Sonaría mal decirlo, pero era una vida de ensueño. Tenía compañía, afecto y momentos que lo hacían sentir vivo. Summer le daba intensidad y espontaneidad, Chelsea le ofrecía esa chispa de lo prohibido y Penny le brindaba estabilidad y pasión. Sin embargo, pesaba el hecho de sentir que las defraudaba o engañaba, en especial a Penny.
Lo curioso era que todas sabían de las otras. Por alguna razón no se peleaban ni le reclamaban. Tal vez tenía que ver con que nunca se habían visto entre sí, y que siempre terminaban sumamente agotadas después de estar con él, sin querer verlo por uno o dos días. Ese espacio mantenía la paz, como si cada una aceptara que Leo era un secreto compartido, un deseo que no necesitaba etiquetas.
Leo cerró el teléfono y se recostó en la silla, mirando el techo de la oficina. Era consciente de que estaba caminando en una línea delgada, pero también sabía que cada una de esas mujeres le aportaba algo distinto. Su vida estaba llena de intensidad, ternura y lujuria, un equilibrio extraño que lo hacía sentir pleno… aunque también culpable.
—
Cambio de escena.
Al día siguiente, Mary y Leo subían juntos las escaleras del edificio. La conversación era ligera, casi casual, Mary preguntaba por el clima de la ciudad y Leo le contaba un par de anécdotas del trabajo, tratando de mantener el ambiente relajado antes de llegar al departamento.
Cuando llegaron a la puerta, Leo se detuvo un momento y la miró con una sonrisa divertida.
“Bueno, Mary, esta última obsesión ya es la más rara que vi”, dijo mientras abría la puerta para que ella pudiera mirar dentro.
Mary asomó la cabeza y se quedó sorprendida. Allí estaba Sheldon, sentado frente a lo que parecía un telar improvisado, con una especie de poncho a medio terminar sobre sus piernas.
Sheldon se giró al escuchar la puerta y, al verlos, abrió los ojos con sorpresa.
“Mammi?”, dijo confundido.
“Hola, bebé”, respondió Mary caminando hacia él y abrazándolo con ternura.
Sheldon, aún en shock, miró a Leo con gesto molesto.
“¿Llamaste a mi madre?”, preguntó con tono acusador.
Leo se rió y levantó las manos, haciendo señas de que él no había sido.
Mary lo dejó de abrazar y miró el telar con curiosidad.
“¿Te compraste un telar? Qué lindo”, dijo con una sonrisa maternal.
“Gracias”, respondió Sheldon con seriedad.
“Cielo, ¿para qué quieres un telar?”, preguntó Mary, genuinamente intrigada.
Sheldon se acomodó los lentes y contestó con solemnidad:
“Bueno, siempre quisiste que yo luciera y fuera un estelar… y me dije: un telar.”
Mary y Leo intercambiaron miradas raras, sin saber si reír o corregirlo. Sheldon, sin notar la confusión, continuó:
“Pero mamá, dime, ¿qué haces aquí?”
Mary suspiró.
“Te noté raro el otro día que hablamos y llamé a Leo para ver qué te pasaba. Como tú no me contaste nada, decidí venir.”
“Pero mamá, estoy bien”, dijo Sheldon, cruzando los brazos.
Leo intervino.
“Sheldon, no has salido de la casa en mucho tiempo.”
“No es cierto, fui con Penny al supermercado”, replicó Sheldon con rapidez.
“Eso fue hace tres semanas, Sheldon”, dijo Leo con calma.
Leo se acercó un poco más, señalando el telar y recordando los peces luminosos.
“Sheldon, tu valiosa mente no se puede romper tejiendo o alterando peces para que produzcan luz.”
Mary lo miró con dulzura.
“Cielo, tú amas tu trabajo y todo eso de la ciencia. Esto que haces… no eres tú.”
Sheldon apretó los labios y los miró con firmeza.
“Soy un hombre adulto y sé lo que hago. No pueden tratarme como a un niño haciendo un berrinche.”
Acto seguido, se levantó y caminó hacia su cuarto.
“¿A dónde vas?”, preguntó Leo.
“A mi cuarto, y nadie puede entrar”, respondió Sheldon, con un tono que sonaba exactamente como un niño pequeño haciendo un berrinche.
Mary lo vio desaparecer por el pasillo y luego giró hacia Leo.
“De su padre heredó el carácter”, dijo con un suspiro.
Leo asintió, sonriendo.
“Pero tiene mis ojos”, agregó Mary con orgullo.
“Muy lindos”, respondió Leo con sinceridad.
Mary comenzó a desempacar sus cosas en la sala.
“Lo científico le vino de Jesús”, dijo con naturalidad, como si fuera una verdad absoluta.
Leo soltó una risa y respondió:
“Amén por eso.”
Después la ayudó con sus maletas y le preparó su habitación una habitación para que descansara.
—
Cambio de escena.
Era de noche y en la cocina se encontraban Mary, Leo, Howard, Raj y Penny. El ambiente estaba lleno del aroma del pollo recién hecho, mientras Leo y Mary terminaban de cocinar juntos.
“Sheldon, tu mamá hizo la cena”, dijo Leo, levantando la voz hacia las habitaciones.
“No tengo hambre”, dijo Sheldon desde su cuarto.
“Leonard, Shelly es muy necio, no te preocupes. Tal vez se quede ahí hasta morir”, dijo Mary con naturalidad.
La frase hizo reír a Leo, que no pudo contenerse.
“¿Y no es eso malo, señora?”, dijo Penny, algo preocupada.
“Escucha, lo amo como loca, pero ha sido difícil desde que se me cayó del carrito del supermercado”, dijo Mary mientras servía comida y miraba a Penny.
“Discúlpeme por ser tan poco intelectual, pero ahora veo de dónde sacó Sheldon su belleza sin igual”, dijo Howard acercándose a Mary con una sonrisa atrevida.
“Cielo, no me meterás a la cama, pero sigue intentando”, dijo Mary riéndose y dándole una palmada ligera en el brazo.
Mary se movió junto a Raj y le habló directamente.
“Hice pollo, espero que no sea uno de esos animales que tu pueblo cree que son mágicos”, dijo Mary con tono curioso.
Leo y Penny se aguantaban las ganas de reír. Penny pellizcaba a Leo para contenerse, y como a Leo no le dolía, se metía algo a la boca para masticar y disimular.
Raj hizo la seña de “no” con la cabeza, avergonzado pero divertido.
“En mi iglesia hay un conocido, otro indio de la India, que va cada domingo. Y ahora, gracias a Dios, nos ofrece descuentos en laxantes. ¡Imagínense qué bendición!”, dijo Mary con entusiasmo.
La mesa entera estalló en risas, incluso Penny que intentaba mantener la compostura.
“Bien, ahora todos tomen un plato y un lindo mantelito… que Sheldon no tejió”, dijo Mary levantando las manos como si organizara todo.
El grupo se acomodó alrededor de la mesa, con la sensación de que aquella cena sería inolvidable, no por la comida, sino por la energía que Mary había traído consigo.
—
Todos se sentaron en el sofá y empezaron a comer.
“¿Y Sheldon se había puesto así alguna vez?”, preguntó Penny, mirando a Mary con curiosidad.
“Ah sí, todo el tiempo. Recuerdo una vez, un verano a los 13 años, quería construir un reactor nuclear y le dijo a todo el pueblo que les daría energía gratis. El único problema es que no tenía eso llamado materiales fusionables. Entonces, cuando fue a internet a conseguir unos, un hombre del gobierno vino y lo detuvo con gran ternura y le dijo que era ilegal tener tartas de uranio amarillo”, dijo Mary con naturalidad, como si contara una anécdota común.
Leo, Raj y Howard se miraban entre sí, sorprendidos.
“¿Y qué pasó?”, preguntó Penny, cada vez más intrigada por la historia.
“El pobre enfureció, se encerró en su cuarto y fabricó un rayo láser letal”, dijo Mary con calma.
“¿Un rayo letal?”, preguntó Leo, arqueando las cejas.
“Bueno, eso dijo. Ni siquiera asustó a los niños del barrio”, dijo Mary riendo.
Luego miró a Leo y a Penny.
“Ustedes dos hacen una linda pareja”, dijo Mary con una sonrisa maternal.
“Gracias”, dijeron ambos al mismo tiempo, girando para mirarse y tomarse de la mano como un gesto cariñoso.
“Cómo te envidio”, dijo Howard mirando a Leo con Penny.
Raj se inclinó hacia Howard y le susurró al oído.
“Sí, lo sé. Parece comedia romántica, pero Leo se niega a enseñarnos cómo lo hace.”
Howard miró a Raj con gesto cómplice, y eso hizo que Mary, Penny y Leo se rieran.
Justo cuando iban a empezar a comer, y Raj ya tenía puré de papa en la boca, Mary cerró los ojos y comenzó a orar.
“Dios, te damos gracias por permitirnos consumir estos alimentos…”, dijo Mary con solemnidad.
Raj y Howard se atragantaron un poco, incómodos porque Mary los tomó por sorpresa. Leo y Penny se reían de ellos, disfrutando la escena.
Mary continuó el rezo, pero al ver la incomodidad de los chicos, agregó con dulzura:
“No se sientan obligados.”
Aun así, tomó la mano de Howard, y Howard, sin saber qué hacer, terminó tomando la mano de Raj para que todos rezaran juntos.
Ahora sí, empezaron a comer, entre risas, miradas cómplices y la sensación de que aquella cena se había convertido en un momento único gracias a la espontaneidad de Mary.
—
En eso, Sheldon salió de su habitación para servirse comida, tratando de no ser notado. Caminaba con pasos cuidadosos, como si quisiera pasar desapercibido.
Howard abrió la boca para decir algo, pero Mary lo detuvo con un gesto firme.
“Es como un venadito, lo vas a asustar, solo espera a que venga a ti”, dijo Mary en voz baja, con tono protector.
Cuando Sheldon se sintió observado por todos, giró para mirarlos. Sin embargo, todos bajaron la cabeza y siguieron comiendo como si nada. Sheldon frunció el ceño y se fue a encerrar de nuevo en su cuarto.
“Entonces no entiendo, ¿cuál es el plan?”, dijo Howard, confundido.
“Creo que con Mary aquí, Sheldon empezará a notar que extraña su anterior vida o rutina y regresará a la universidad”, dijo Leo con calma.
“¿Y la universidad lo aceptará? Digo, no todos los jefes quieren a empleados con los que discuten”, dijo Penny, con cierta duda.
“Bueno, Sheldon es un recurso valioso, de renombre en su campo. Pese a sus peculiaridades, muchas universidades lo quieren”, dijo Leo con seguridad.
“Bendito sea el Señor”, dijo Mary, juntando las manos brevemente.
Terminaron de cenar. Los chicos se despidieron y se fueron, Penny también. Quedaron solos Mary y Leo en la sala.
“Es una linda chica la que te conseguiste, Leo”, dijo Mary con una sonrisa maternal.
“Lo sé, y eso solo es el exterior. Vieras qué interesante chica es por dentro”, dijo Leo, presumiendo a Penny con orgullo.
“Aunque no te voy a mentir, siempre tuve esperanzas de que conocieras a Missy”, dijo Mary con un dejo de nostalgia.
“¿Qué te digo, Mary? Dios es el que pone el plan, ¿no?”, dijo Leo sonriendo.
“Así es. Oraré por tu relación, pero si no funciona ya tienes el número de Missy”, dijo Mary con naturalidad.
“Descansa, Mary. Nos vemos mañana”, dijo Leo con respeto.
“Descansa, Leo”, dijo Mary, acomodándose en su habitación.
Leo salió del departamento y caminó hacia el de Penny, quien ya lo esperaba con una copa de vino en la mano, lista para recibirlo con una sonrisa.
—
Cambio de escena.
Al día siguiente, Mary entró en la habitación de Sheldon. Él estaba sentado en el suelo, concentrado en unos trenes a escala que giraban sobre las vías. Mary se acomodó en la cama de su hijo, observándolo con paciencia.
“¿Qué haces, cielo?”, dijo Mary con voz suave.
“Reviso mis trenes a escala”, dijo Sheldon sin apartar la vista de las locomotoras. “¿Qué quieres, mamá?”, preguntó Sheldon con tono directo.
“Sabes que tu padre decía que solo se puede pescar previamente al lanzar un cartucho de dinamita al agua”, dijo Mary con aire reflexivo.
“Sí”, dijo Sheldon, recordando la frase.
Mary se levantó y abrió el armario de Sheldon, revisando la ropa colgada.
“Bueno, terminé de pescar. Ponte esto”, dijo Mary lanzando un conjunto de ropa sobre la cama.
“¿Para qué?”, preguntó Sheldon, confundido.
“Porque ahora vas a ir a la oficina, te vas a disculpar con tu jefe y vas a volver al trabajo”, dijo Mary con firmeza.
“¡No!”, dijo Sheldon, cruzando los brazos.
“Disculpa, ¿cómo dices? ¿Inicié una oración con las palabras ‘se le place a su alteza’?”, dijo Mary, arqueando una ceja.
“No me voy a disculpar. No dije nada que no fuera verdad”, dijo Sheldon mirando al suelo.
“Escucha esto: estuve diciéndote que es correcto ser más listo que todo el mundo, pero no tienes que ir a decírselo”, dijo Mary con tono maternal.
“¿Por qué no?!”, dijo Sheldon, levantando la voz.
“Porque a las personas no les gusta. ¿Recuerdas las palizas que te dieron los chicos del barrio?”, dijo Mary con calma.
Sheldon solo pudo callar, bajando la mirada.
“Bien, ahora dúchate, ponte la ropa, loción y date prisa”, dijo Mary antes de salir de la habitación.
“No me habrían dado una paliza si el maldito rayo letal hubiera funcionado”, dijo Sheldon en voz baja, mientras recogía la ropa.
—
Mary llegó a la cocina, donde Leo estaba tomando un café.
“Problema resuelto”, dijo Mary con seguridad.
“Genial, es impresionante”, dijo Leo, sorprendido por la rapidez con la que ella manejaba la situación.
“Leo, Dios no nos da más de lo que no podemos soportar. El Señor me bendijo con otros dos hijos que son súper torpes. Exitoso el mayor, pero súper torpe”, dijo Mary sacando un jugo del refrigerador y bebiendo un poco.
—
Cambio de escena.
Más tarde, Leo salió de su oficina y se topó con Sheldon en el pasillo.
“Entonces, ¿funcionó?”, dijo Leo cuando Sheldon salió de la oficina de Gablehauser.
Sheldon asintió.
“Sí, aunque parece que mi madre ahora está coqueteando con él y puede que acepte sus avances para una cita, si no más”, dijo Sheldon con naturalidad, haciendo que Leo se encogiera de hombros.
“Eh, míralo de esta manera: ella puede divertirse y tú no tienes que disculparte ni decirlo en serio”, dijo Leo con una sonrisa.
“Es cierto. ¿Quieres ir a la cafetería? Creo que es el día del pudín”, dijo Sheldon.
Leo se encogió de hombros y asintió, mientras ambos se alejaban juntos, dejando atrás el peso de la discusión y retomando la rutina con un aire más ligero.
—
Hola, como ven esto, no escribir cada reunion porque seria muy largo y abran escenarios para cada chica, se puede sentir forzado el que no haya peleas entre chicas. Pero nose le vi sentido, si quieren que profundice en las razones, dejen sus preguntas y respondo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com