The Dark Dreams Book: Dragon Hunt - Capítulo 137
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Capítulo 137: Redhand vs Diablo
Red supo que la pelea comenzaba otra vez. De cero. Ambos en condición física inmejorable, pero mentalmente exhaustos.
No podía esperar. Debía hablar con su amada Bel, decirle cuánto la amaba, todo lo que haría por ella… que siempre fue mejor para ella que Kaldrasus.
Orion notó la vacilación en Diablo. Él también sentía su mente arrastrada hacia ese ser encantador a sus espaldas. Era definitivamente perfecta. Su tonto corazón intentaba mantener el foco, pero quería volverse y verla, solo sintiendo su presencia ya quería postrar a Xera a sus pies.
¡Basta!
Necesitaba aprovechar aquella apertura en un Diablo que se veía irremediablemente fuerte. Más que antes. Era ese el poder tan aterrador que Gar’Dal había mencionado en el Olimpo.
*”Tendrás que enfrentar a Illarian. En Xera es él quien tiene el poder más bizarro. Pero Diablo… él es un monstruo genéticamente perfecto. Su cuerpo está hecho para luchar. Si no dominas la mácula de muerte, morirás. Es más fuerte, es más rápido y tiene mejores técnicas que tú. Realmente quizá ni yo podría sostener un combate mano a mano con él, pero debo detener a Ala Negra. Si consigue la Fuente, será invencible.”*
Maldita sea. No tenía sus armas de mácula. ¿Cómo conseguiría usar aquella complicada magia sin ellas?
Se lanzó con la mano izquierda como un gancho por delante, haciendo equilibrio con la otra por detrás. Usó entonces la furia tormentosa para alcanzar una velocidad electrizante.
Diablo reaccionó. Saltó hacia arriba esperando esquivar aquella mortal intención, pero Red derrapó en el suelo y saltó usando fuerza ígnea. Golpeando el aire repetidamente lo alcanzó y dio un giro como un torbellino, impactando el torso de Van con una fuerza tremenda.
El demonio salió disparado hacia el suelo, cientos de metros lejos del grupo. El sonoro estruendo de la caída arrancó de raíz una enormidad de árboles cenizos.
—
Zeraki quería ayudar. Su poder sombrío se volvía más notorio dentro de ella. Potenciada por la magia de Radjedef y la nigromancia, se estaba transformando en algo superior a lo que jamás fue como guerrera experta.
Pero en aquella batalla nadie tenía el poder ni la fuerza para intervenir. Quizá los dragones. Quizá Farizza y Axaz —aunque Axaz no estaba, tenía algo que hacer y no se lo contó al resto—. Pero Zaharzim… aunque la Luz lo había abandonado, era ahora una bestia del combate.
Y lo fue.
Zaharzim desplegó sus alas blancas y persiguió entre el bosque al derribado Diablo.
Redhand se mantuvo en su posición. Si estaba entero, Van der Gir volvería a él. No caería en la trampa de irlo a buscar.
El resto de cazadores solo los miró. Incluida Bel. Ella tenía lo necesario para enfrentar a su esposo, pero no quiso. Le dolía tremendamente ver a quien había matado a Kaldrasus, aunque fuera su querido Van.
—
Diablo se puso de pie, algo magullado. Se sacudió la tierra muerta como un perro e hizo crujir su cuello.
—Increíble —dijo a la nada—. Ese humano es realmente increíble. Un digno familiar de Gar’Dal.
De pronto asomó el veloz Zaha entre los árboles. Sosteniendo su Espada del Rey de Fuego, La Incineradora, atacó a Diablo, quien contuvo el golpe deteniendo el arma con sus manos.
Entonces vio su error.
—¡La espada de Illion! Tú no deberías tener eso.
El arma se calentó como un sol. De un segundo a otro, salió una enorme flama caliente que lanzó a Van otra distancia más lejos.
Zaharzim no se contendría. Persiguió a Diablo otra vez y al alcanzarlo lanzó un combo de cortes y punzadas que esta vez el hijo pródigo de los Dioses Antiguos esquivó con facilidad.
—Un campeón de Kal —le dijo Van—. Realmente uno muy hábil. Pero has sido abandonado por él. No… esto es obra de Krasny. Ella te liberó. Pero no importa qué tan buena sea tu arma, no eres suficiente para enfrentarte a mí. ¿No ves que solo ese humano puede enfrentarme… pero no me vencerá?
—No me vengas con estupideces. Soy mejor que Redhand.
Diablo continuó esquivando la espada, por más hábil que fuera Zaha usándola.
—No te engañes, idiota. Eres débil comparado con nosotros.
Esta vez dejó de ser indulgente con el demonio de alas de ángel. Moviéndose ágilmente entre los movimientos de la espada, golpeó con una fuerza irreal el torso de Zaha, que salió despedido como una bala de cañón.
Los cazadores vieron sorprendidos cómo el Dark Dreams llegó nuevamente hacia ellos, siendo enterrado en el mismo trono de Diablo.
—
Redhand miró a Zaharzim. *Idiota, no sabe su lugar.*
Esperó entonces a Van. Volvería a él, y muy enojado.
Pero Zaha era tenaz. Y por sobre todo, sus heridas seguían regenerándose en segundos. El apodo de El Inmortal no lo tenía de adorno.
Se levantó atontado y miró al cielo. Ahí estaba Red, tan lejos de él. Ni con el poder de Kal, ni con su unión con Noche Sangrienta, ni con Incineradora… estaba a una distancia sideral de su rival. Pero, ¿rival en qué? Aquel beso frío con Kalair fue aquello, una muestra de que no la amaba, sino a Arande. Se sentía, en sí, aliviado de que ella no estuviera aquí.
Divagaba, como todos los Dark Dreams.
Miró a Red nuevamente. Lo pensó y lo hizo.
—¡Redhand! No se te ocurra perder —le gritó lanzándole su espada. El humano transformado en orco la agarró sorprendido—. Tiene el poder del padre de Illarian. Sabes cómo usar una espada.
Orion sintió el poder de la espada. Se sentía realmente bien. La sensación contraria a La Lanza del Destino: era poder puro, sin trampas, sin requisitos. Un poder inconmensurable. Un pequeño sol entre sus manos.
—Aprenderé rápido. Gracias… Zaha.
—¡Oh no! ¡No lo harás! —gritó Diablo.
Impulsándose con sus alas membranosas, cruzó velozmente el aire con algo en sus manos. Un tridente rojo. El verdadero tenedor del diablo, pensó Redhand.
—
Chocaron las armas.
Una tormenta de fuego se desató en el cielo. Ambas armas capaces de invocar fuego: una del centro de Xera, Illion, y la otra de los Infiernos ardientes.
Red había estudiado el manejo de un hacha con Zeraki. Había conseguido un nivel más que aceptable, pero eran armas diferentes. De cualquier modo, era más cómoda que las hoces de Gar’Dal.
Blandió el arma tratando de cortar a Diablo, pero este era un ser magistral en todas las formas de combate que conocía. Y aprendía igualmente rápido que Orion.
Entonces Red pensó: *Fuego. Necesito que esta cosa arda más.*
Mentalizó todo su pensamiento en un fuego superior al de Illarian.
La espada, sin embargo, no respondió. Si Diablo volvía a usar su arma, quizá pudiera contrarrestar su magia, pero nunca superarla.
*Mis malditos ojos.*
Reaccionó al fin. Debía insuflar el arma con la magia de sus ojos. Amedrentaría a la misma espada para sacar todo su calor.
Pareció fulgurar un campo de fuerza esférico alrededor de Redhand.
Van der Gir mantuvo la distancia. El Ojinegro supo que aquella ira no era normal. Un miedo que, incluso como Señor del Terror que era, no podía igualar. Ya estaba: su rival dominando su cuerpo y espíritu.
*Vamos a ver hasta dónde llega*, dijo Van para sí mismo. Él ahora era el obstáculo entre él mismo y Krasny.
—
La espada respondió.
Por miedo o por capricho, la espada de Illion se volvió incandescentemente roja. Luego pasó a azul. Y el aire mismo del campo de batalla comenzó a secarse.
Diablo no esperaría más. Aleteó con fuerza y salió como un misil contra Orion, que detuvo el ataque con la espada. De nuevo una pequeña estrella se formó del choque de las armas, lo que los volvió a separar. Corrían el riesgo, ambos, de morir víctima de sus propias armas, pero el peligro valía la pena. Sin ellas no habría vencedor. Al menos que alguno de los cazadores se mostrara especialmente poderoso, y ahí nadie lo era. Si Zaharzim no pudo, el resto solo podía mirar.
A menos que…
—
Un haz de luz negra cruzó todo el campo de batalla. De entre los bosques hasta Diablo, con tamaña fuerza que le arrancó el brazo derecho como si fuera espuma.
—¡Ahhhhgg! —gritó Van.
El Rey del Mundo bajo las Nubes había sido brutalmente herido. ¿Pero quién podía hacer eso?
—Maldita hija de puta, ya verás la ira de un eterno, pequeña mortal.
El poder de Li era cada vez más furioso y destructivo. Estaba volviéndose inestable, pero mientras estuviera del lado de Redhand no le importó. Aunque no supiera su nombre, la bella arcanista —que sí, fue lo primero que vio— le había dado una inmejorable oportunidad de sacar ventaja.
¿Justo? Acaso no Van le quitó ambos brazos por ir flojo al principio. Bajar la guardia al subestimar a los cazadores era el mismo error.
Li cayó de rodillas, exhausta. Había usado toda su energía en ese último ataque.
—
Pero Diablo había cambiado el objetivo de su ira. Debía acabar con esa molesta mosca antes de que volviera a usar esa técnica. Si se impulsaba lo suficiente, Red no alcanzaría a defenderla.
Voló como un láser. Cruzó el aire y de pronto ya estaba encima de Li.
Pero algo se le interpuso como un rayo.
Kuro defendería a su arrogante y adorable amiga con su vida. Resistió la embestida del tridente de Diablo con el aspecto de Dragón Negro de Nexaria. Una enorme llamarada se formó, pero el cazador de dragones sostuvo su defensa hasta que finalmente aulló de dolor. Estaba muriendo.
Fary no dejaría que mataran al padre de su hijo. Usó el impulso arcano y golpeó con toda su fuerza el rostro de Van, que apenas lo sintió. Giró sus ojos negros y pensó en matar a la hija de Maku también.
Iszel se apresuró en asistir a su maestra. Tratando de manipular los sentidos de Diablo, pero su mente estaba tan deformada que solo le causó una jaqueca tal que la dejó fuera de combate.
El fuego estaba consumiendo a Kuro.
Arzelen extendió ambas manos y lanzó una metralla de esquirlas de hielo que se derritieron completamente sin acercarse al primigenio ser.
—
De pronto Van sintió un dolor insoportable en la espalda. El poder telequinético de Krasny le desgarró toda la piel de su espalda, a pesar de lo dura que era.
—Krasny, por qué… no tú… —dijo Van confundido. Soltó su arma y dejó de atacar a Kuro, que cayó casi inconsciente a los pies de Li Wang.
—¿Crees que puedo olvidar lo que hiciste con Kaldrasus?
—Él te engañó. Usó el poder de Kal para manipularte. Te puso en contra mía y de tus hermanos. Te liberamos de él.
—No… —respondió Bel—. Mataron al único ser que amé de verdad en este maldito mundo. Durante milenios. Lo mataste. Lo descuartizaste. Lo comiste. Y llevaste su cabeza a mí. La tiraste a mis pies…
—Krasny, no…
—¡Diablo, sí! —gritó Orion desde el aire.
Y clavó su espada ígnea en la espalda de Van der Gir. Atravesándole el corazón. Y luego, una llamarada de fuego azul lo envolvió. No lo carbonizó, quizá tampoco lo mató, pero definitivamente lo venció.
—
La batalla en el Bosque Negro terminó al fin.
Redhand, Krasny y Li Wang vencieron a Diablo. Van der Gir había sido derrotado al fin.
Aquel hombre demoró diez años en conquistar y quemar la ciudad de altos muros. Gracias a su astucia, los aqueos triunfaron sobre Troya. Murió Príamo, Héctor, Paris, Aquiles y Ajax, junto a una infinidad de héroes de quienes no se contarán canciones.
Pero de él sí. De Odiseo, rey de Ítaca, se contarán sus desventuras en el regreso a casa; por osar enfrentarse a los dioses, diez años más se demoraría en volver con la siempre bella Penélope y su joven hijo Telémaco.
Aunque como un viejo vagabundo, solo su fiel can Argos le reconoció, en su último aliento.
Entonces tuvo que revelar su identidad y diezmar a todos los gañanes pretendientes de su amada esposa, que habían depredado la fortuna de su casa durante su larga ausencia.
Uno tras otro cayeron, víctimas de su imponente arco, que alguna vez perteneció a un gran y antiguo héroe, Eurito, discípulo del dios Apolo.
Cuando ya los cuerpos se amontonaban unos sobre otros, algo jaló a Odiseo hacia atrás. No era uno de sus enemigos, ni tampoco un amigo; era, sin duda, un agente de los dioses.
Era enorme, con el cuerpo deformado por una musculatura excesiva. Su piel repleta de runas verdes destellaba en la oscuridad que era el resto de su figura. Sus ojos, rojos, de pura energía, y dos cuernos, como los de un toro, salían de su frente.
—Se te requiere —le dijo el espectro con voz gutural—. A alguien tan listo como tú, tan capaz, tan limitado por este pequeño mundo… no. La grandeza te depara, Odiseo. Una aventura que terminará indudablemente en tu muerte, pero… te necesito.
—¡Por Zeus! ¿Qué cosa horrible eres? Otra prueba de los dioses.
—Mi nombre es irrelevante ahora. Ya lo sabrás. Zorath te espera.
Los pretendientes restantes, paralizados de terror, se miraron entre sí y salieron arrancando en todas direcciones. Pero, como serpientes, extensiones sombrías de aquel ser los persiguieron y engulleron en la oscuridad que las formaba.
Cuando Telémaco y Penélope volvieron la vista hacia su querido Odiseo, él ya no estaba. En el suelo, sin embargo, había una marca que nunca pudieron descifrar.
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