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The strongest warrior of humanity - Capítulo 210

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Capítulo 210: capitulo 210 mi propio objetivo

El aire se tiñó de un rojo metálico. La atmósfera ya no pertenecía al Reino Platinos, sino a un dominio de sangre y acero. Melissa Smith se alejó a regañadientes hacia Hina, confiando en lo que acababa de despertar.

Rai, envuelto en un aura de escarlata hirviente, y Alefa, cuya determinación brillaba con la pureza de un diamante, se posicionaron frente a un Shu que, a pesar de sus quemaduras, empezaba a mutar bajo la desesperación de la derrota.

Shu emergió de los escombros de la montaña, su cuerpo regenerándose de forma grotesca, sus ojos inyectados en odio.

—”¡Malditos humanos! ¡¿Creen que un poco de sangre sucia me detendrá?!”, rugió el abismal.

Rai no respondió con palabras. Su velocidad superó la percepción de Shu. Apareció frente al demonio y, con un movimiento fluido, su propia sangre se solidificó en una guadaña de plasma carmesí.

Magia vampírico colmillo del rey caído

El choque fue sísmico. Shu bloqueó con su espada oscura, pero la sangre de Rai quemaba como ácido al contacto. Alefa, aprovechando la apertura, se lanzó desde el flanco derecho. Su espada no buscaba el daño masivo, sino la precisión quirúrgica.

Alefa: “¡No permitiré que sigas manchando este mundo! ¡Estocada de la Luz Eterna!”.

La punta de su espada brilló con un blanco cegador, atravesando el hombro de Shu y sellando sus conductos de energía abismal por un instante.

Técnica combinada vínculo de sangre y luz

Shu, desesperado tras haberse clavado su propia espada para liberar energía prohibida, se lanzó como un meteoro de sombras. Pero Rai ya no se movía como un humano. Su cuerpo se deshacía en una niebla roja y reaparecía detrás de las sombras, dejando cortes que supuraban energía vampírica.

—”¡No puedes tocar lo que es parte de la noche!”, rugió Rai, su voz resonando con un eco de ultratumba.

Magua vampírica prisión de hemoglobina

El suelo bajo Shu se convirtió en un lago de sangre hirviente de donde brotaron manos esqueléticas que sujetaron las piernas del demonio. Shu intentó cortar las manos, pero cada vez que lo hacía, estas se multiplicaban, alimentándose de su propio odio.

Alefa vio el momento exacto. No podía permitir que Rai se perdiera por completo en su sed de sangre. Corrió sobre las manos de sangre, sus pies apenas tocando la superficie, rodeada por un aura dorada que protegía su mente de la oscuridad de la zona.

—”¡Rai, mantén tu voluntad! ¡Yo seré tu espada!”, gritó Alefa mientras su arma se transformaba en un arco de luz sólida.

Lanzó tres flechas de energía pura que impactaron en los hombros y el pecho de Shu, clavándolo contra una columna de roca que aún quedaba en pie. Los impactos no explotaron; se hundieron en su carne abismal, quemándolo desde adentro con una luz que negaba la regeneración.

Shu escupió una sustancia negra y espesa. Sus ojos, antes arrogantes, ahora solo mostraban el vacío de la derrota.

—”Ustedes… pequeños bastardos…”, siseó, mientras la luz de Alefa y la sangre de Rai empezaban a purgar su existencia. “Creen que han ganado… pero solo han acelerado el reloj de arena…”.

Rai caminó lentamente hacia él, su guadaña de plasma rozando el suelo, dejando un surco de cristal fundido. Se detuvo a milímetros del rostro de Shu.

—”Dile a tu rey en el infierno que los Sánchez no luchan solos”, susurró Rai con una frialdad gélida.

Técnica final combinado eclipse de justicia de la muerte

Rai cerró el puño, haciendo que toda la sangre en el área implosionara sobre Shu, mientras Alefa descargaba un tajo descendente de luz blanca que partió el cielo. La explosión resultante fue silenciosa, una aniquilación de color blanco y rojo que borró la presencia de Shu de la realidad física, dejando solo un cráter perfecto y un silencio sepulcral que solo fue roto por el jadeo de los dos guerreros exhaustos.

Shu, viéndose acorralado por dos frentes, liberó una explosión de sombras que lanzó a ambos hacia atrás, pero Rai giró en el aire y extendió sus manos. Cientos de hilos de sangre se tejieron en el aire, atrapando las extremidades del demonio.

—”¡Ahora, Alefa!”, rugió Rai, sus colmillos brillando bajo la luz roja de su aura.

Alefa saltó sobre los hilos de sangre, usándolos como plataformas. En el aire, su arma comenzó a absorber la luz residual del ataque de Melissa, convirtiéndose en una lanza de justicia pura.

Mientras Rai drenaba la energía vital de Shu a través de los hilos, Alefa descendió como un cometa. Shu gritaba, sintiendo cómo su esencia era robada por el vampiro mientras la luz de la chica lo cegaba.

Shu, en un último esfuerzo de supervivencia, clavó su espada en su propio pecho, liberando una marea de oscuridad prohibida para romper los hilos. El impacto mandó a Rai contra una pared de piedra, escupiendo sangre negra.

—”¡Rai!”, gritó Alefa, deteniendo su ataque para cubrirlo.

Shu respiraba con dificultad, su cuerpo era una masa de carne quemada y heridas sangrantes. Miró a los dos jóvenes con un horror genuino. Ya no eran “ratas” para él; eran la personificación de la resistencia que Carlos había inspirado.

—”Ustedes… niños de mierda…”, siseó Shu, su voz quebrada. “No saben lo que han despertado. Mi muerte será solo el faro para que los otros abismales devoren este continente”.

Rai se puso de pie, limpiándose la comisura de los labios. Sus ojos morados y rojos se fijaron en Shu con una frialdad que hizo temblar al demonio.

—”Hablas demasiado para alguien que ya ha perdido el corazón”, dijo Rai, mientras la sangre a su alrededor comenzaba a formar una esfera de vacío absoluto.

El silencio que siguió a la desaparición de Shu fue denso, cargado de un calor residual que hacía que el aire vibrara. Rai permaneció de pie, su guadaña de plasma deshaciéndose en gotas de sangre que regresaban a sus poros, mientras sus ojos recuperaban lentamente su tono original, aunque una chispa carmesí persistía en el fondo de sus pupilas.

Alefa se acercó a él, guardando su espada con un suspiro tembloroso. Sus manos aún irradiaban un rastro de luz dorada.

Rai se tambaleó, el cansancio extremo golpeando su cuerpo ahora que la adrenalina vampírica se retiraba. Alefa lo sostuvo por el hombro antes de que cayera.

—”Lo hicimos, Rai…”, susurró ella, mirando el cráter donde Shu había dejado de existir. “¿Estás bien? Tu energía… se sentía tan distinta”.

Rai la miró, su rostro pálido y exhausto.

—”No te asustes, Alefa. Sigo siendo yo… solo que finalmente dejé que esa parte de mí saliera. Tenía que hacerlo. Si no deteníamos a ese bastardo aquí, no habría un mañana para Carlos ni para nadie”.

Sin embargo, la celebración fue interrumpida por un cambio brusco en la presión atmosférica. El cielo, que se había despejado tras el ataque de luz de Alefa, comenzó a teñirse de un dorado pálido y antinatural. Desde el centro del campo de batalla, donde el sello de Carlos permanecía intacto, una figura descendió con una elegancia que hacía que el aire mismo doliera.

Gabriel estaba ahí. Sus alas, majestuosas y aterradoras, se extendieron cubriendo el sol. No miraba a los guerreros con odio, sino con una indiferencia divina que era mucho más aterradora

.

—”Han eliminado a los peones”, la voz de Gabriel resonó como mil campanas de plata. “Un esfuerzo admirable para seres tan efímeros. Pero el equilibrio exige que el Soberano permanezca encerrado y que este mundo sea purgado de sus pecados

Gabriel extendió sus manos, y hilos de seda dorada comenzaron a succionar los restos de la magia abismal de los generales caídos. El ángel suspiró con una satisfacción oscura mientras sentía cómo el poder de Shu y Ling se integraba a su propia esencia.

—”Como ustedes dos han muerto, es hora de absorber sus magias”, murmuró Gabriel, su voz resonando con una soberbia que erizaba la piel. “Ahora me pertenecen. Esto solo será para volverme más fuerte”.

Se detuvo un momento, mirando las cenizas de Shu con una mezcla de lástima y desprecio.

—”Fue algo increíble que hayas muerto, Shu. Siempre fuiste el más fuerte, pero te confiaste demasiado. Tu odio te cegó, y esa fue tu mayor debilidad. Si no te hubieras confiado, habrías matado a todos sin dudarlo… pero en fin, eres una pieza valiosa. Tendré que darte otra oportunidad en el futuro”.

Luego, sus ojos se posaron en el rastro de Ling, y su expresión se volvió de asco puro.

—”Sobre Ling… me ha decepcionado. Perdió más de una vez contra Carlos. Fue patético. No solo perdió; lo humillaron. Esa mujer y ese hombre musculoso lo hicieron mierda”.

Con un movimiento brusco, Gabriel cerró los puños. La energía absorbida estalló en su espalda, haciendo que sus alas crecieran y se tornaran de un dorado metálico, casi blanco. La presión mágica fue tan grande que Sara y Melissa Smith tuvieron que clavar sus armas en el suelo para no ser arrastradas por el viento divino.

—”¡Maldito bastardo!”, rugió Rai, apretando los dientes. “¡Solo los estabas usando! ¡Ni siquiera te importan tus propios aliados!”.

Gabriel giró la cabeza hacia Rai, con una mirada tan vacía que parecía un abismo de luz.

—”Los aliados son herramientas, niño. Y ahora que tengo su poder, el sello de Carlos ya no es una prisión… es un ataúd

Astaroth soltó un rugido que no salió de su garganta, sino de las grietas del suelo. Su cuerpo, antes humanoide, comenzó a deformarse. Las Espinas del Árbol de la Muerte brotaron de su columna vertebral como alas de obsidiana, y su rostro se dividió en una máscara de agonía y éxtasis.

—”¡Sara! ¡Tú me condenaste al vacío una vez!”, siseó Astaroth, su voz multiplicada por mil ecos. “¡Ahora yo convertiré tu luz en el combustible de mi infierno!”.

Sara no retrocedió. Su aura morada se volvió densa, casi negra, adoptando una cualidad siniestra que los demás nunca habían visto. No era la luz de una heroína; era el frío del vacío que ella habitó durante años.

Se lanzaron el uno contra el otro. El choque de sus armas no produjo sonido metálico, sino un lamento de almas torturadas. Cada tajo de la espada de Sara arrancaba pedazos de la esencia de Astaroth, pero el demonio se regeneraba instantáneamente usando la sangre de los ciudadanos que aún empapaba la tierra.

Astaroth contraatacó con una brutalidad animal. Usó sus garras para desgarrar el espacio, creando portales de donde salían manos esqueléticas que intentaban arrastrar a Sara hacia el Abismo. La batalla se movía a una velocidad que hacía que el aire se incendiara y luego se congelara en un ciclo infinito de caos.

Sara, con una mirada de determinación aterradora, incrustó su espada en el hombro de Astaroth, pero el demonio solo se rió, permitiendo que la hoja lo atravesara para poder agarrar a Sara por el cuello con su mano libre.

—”¿Sientes eso, niña bonita?”, se burló Astaroth, sus ojos brillando con una luz roja maligna. “Es el sabor de tu propio fracaso. Me has golpeado mil veces, pero yo solo necesito una para destruirte”.

Sara, con la sangre corriendo por su rostro pero una sonrisa salvaje en los labios, respondió con un susurro gélido:

—”Entonces, asegúrate de que esa única vez… no sea la última que respires”.

En ese instante, Sara liberó una explosión de Energía de Vacío Puro desde su propio cuerpo, quemando la mano de Astaroth y obligándolo a retroceder mientras la realidad a su alrededor empezaba a desintegrarse. La batalla era tan violenta que el cielo sobre el Reino Platinos se partió en dos, mostrando un abismo de estrellas muertas.

—”Te odio…”, susurró Hina, mientras las lágrimas se evaporaban por el calor de su propia energía. “He pasado años sufriendo como una estúpida, llorando por tu muerte… pero maldita sea, Sara, me hace tan feliz que estés aquí”.

Una baja presión atmosférica estalló desde el centro de su pecho, agrietando el suelo. La oscuridad de Hina no era como la de los demonios; era una sombra soberana, una que reclamaba su lugar en el mundo. Con una mirada cargada de una furia renovada, Hina adoptó una postura siniestra, el cuerpo inclinado y la espada vibrando con un tono azul gélido.

Hina no esperó a que Astaroth reaccionara. Desapareció en un parpadeo, dejando tras de sí un rastro de escarcha negra.

GOLPE DE HIELO PRIMORDIAL

Reapareció justo encima de la cabeza deforme del demonio. Pero no era un solo ataque. Mientras giraba en el aire con una maestría que superaba todo su entrenamiento previo, el cielo sobre ellos se llenó de un brillo multicolor y letal.

MAGIA SUPREMA LLUVIA DE ESPADAS ELEMENTALES

Cientos de filos hechos de fuego abrasador, relámpagos cian, rocas de obsidiana y ráfagas de viento cortante se materializaron en un círculo perfecto. Con un movimiento descendente de su mano, Hina ordenó el bombardeo.

Las espadas elementales cayeron como meteoros, empalando el cuerpo de Astaroth y sellando sus extremidades al suelo. Cada impacto elemental reaccionaba con el siguiente, creando explosiones en cadena que desgarraban la carne abismal del demonio.

Astaroth, atrapado por la lluvia elemental, rugió de dolor al sentir cómo el hielo de Hina congelaba su regeneración interna. Sara, aprovechando la apertura perfecta que su amiga acababa de crear, se lanzó hacia adelante con su espada de vacío.

—”¡Bienvenida de vuelta, niña bonita!”, gritó Sara, su voz mezclándose con el estruendo de los ataques de Hina.

Ahora, las dos mujeres que una vez fueron leyenda volvían a luchar hombro con codo. Astaroth, por primera vez, sintió que el miedo que él mismo sembraba se le devolvía multiplicado por dos.

El campo de batalla se estremeció, no por los ataques de Astaroth, sino por la presión que emanaba de Sara. Mientras luchaba hombro con hombro con Hina, los ecos de aquella conversación con Luis y Miranda resonaban en su mente como campanas de guerra.

En su mente, la voz de Luis era una advertencia constante:

—”El Héroe de las Sombras le otorgó su poder al hijo de tu mejor amiga. Carlos será su aprendiz si algo sale mal… no intervengas, Sara”.

Pero Miranda, con esa calma que solo poseen los que han visto el fin del mundo, había intercedido por ella:

—”No seas ingenuo, Luis. Sara es la Heroína de la Esperanza. Ella nos salvó de un conquistador de mundos… la esperanza nunca muere porque la victoria está en sus manos”.

Sin embargo, la realidad era más oscura. Luis no exageraba: veintidós reyes conquistadores, tres líderes supremos… y aquel “asesino de su yo futuro” que seguía acechando en los pliegues del tiempo.

Sara regresó al presente. Sus ojos, antes llenos de la calidez de la amistad, se tornaron en pozos de una determinación gélida. Recordó su derrota contra aquel ejército de nivel dios, recordó al conquistador que destruyó su mundo y, sobre todo, recordó al Dios Nocturno.

—(Pensamiento de Sara): “No voy a hacer caso a nadie. Si me encuentro con esa persona de nuevo… el encuentro no será amistoso”.

De repente, el aura morada de Sara dejó de brillar con esperanza y se volvió una fuerza siniestra y pesada que hizo que incluso Astaroth se encogiera. El aire alrededor de ella comenzó a agrietarse. La presión era tan vasta que el suelo se hundió varios metros bajo sus pies.

Hina, sintiendo el cambio brutal en el poder de su amiga, no retrocedió; se sincronizó.

—”Veo que tú también has estado en el infierno, Sara”, siseó Hina, su Poder Nocturno rugiendo en respuesta.

Sara la miró de reojo, su rostro contraído en una expresión de guerrera absoluta.

—”Hina, no dejaremos que esos ‘Reyes’ toquen lo que amamos. Si quieren a Carlos, tendrán que pasar por encima de la Esperanza y de la Noche”.

Astaroth, atrapado entre la lluvia de espadas elementales de Hina y la presencia monstruosa de Sara, lanzó un grito de agonía. Las dos mujeres se lanzaron al ataque final, moviéndose como sombras entrelazadas, decididas a borrar al demonio antes de que las verdaderas amenazas —aquellos conquistadores de mundos— pusieran un pie en su realidad.

Hina esquivó un zarpazo de sombras de Astaroth con un giro elegante, colocándose espalda con espalda con Sara. El sudor corría por su frente, pero su voz era firme.

—”¿Tienes algún plan?”, preguntó Hina, jadeando, mientras preparaba una nueva ráfaga de espadas elementales.

Sara, con la espada de vacío descansando sobre su hombro y esa aura “monstruosa” fluctuando con un matiz juguetón, soltó una respuesta que casi hace que Hina se tropiece.

—”A… Nop”.

—”¿Eh?”, Hina soltó una carcajada incrédula, aunque sus ojos seguían fijos en el demonio que rugía frente a ellas. “¿Cómo que no tienes un plan? ¡Estamos peleando contra un general abismal y me dices que vamos a ciegas! ¡Oye, oye!”.

—”Bueno, no te alarmes”, respondió Sara guiñándole un ojo, con una calma que rayaba en lo descarado. “Todo tiene una solución. Hina, tú eres la candidata… te toca”.

Hina infló las mejillas, deteniendo por un instante su flujo de poder nocturno para dedicarle una mirada de indignación absoluta.

—”¡¿Eh?! ¡Te volviste loca!”, exclamó haciendo un puchero, ignorando por un momento que Astaroth intentaba liberarse de sus ataduras de hielo. “¡No seas malagradecida! Al menos tú deberías ir primero… ¡me abandonaste, que no se te olvide!”.

Sara rió, una risa que sonaba a nostalgia y a acero. Se acercó un poco más a Hina, su mirada de repente volviéndose un poco más profunda, más estratégica.

—”Oh, vamos Hina… ¿no quieres que te dé un regalo?”.

Hina se quedó congelada por un segundo, su guardia bajó apenas un milímetro mientras la palabra “regalo” resonaba en su cabeza. En este mundo de guerra y muerte, esa palabra sonaba casi alienígena.

—”¿Mmm? ¿Un regalo?”, repitió Hina, su curiosidad peleando contra su instinto de combate.

Sara no respondió de inmediato. En lugar de eso, señaló hacia el pecho de Hina, donde el Poder Nocturno latía en sincronía con el sello de Carlos a lo lejos. El regalo no era algo material; era una llave. Una parte de la esencia que Sara había recuperado de sus batallas contra los Conquistadores de Mundos y que solo una Sánchez podía portar.

Hina miró la llave que Sara sostenía, entornando los ojos mientras la memoria le jugaba una pasada.

—”Ehhhhh… ¿esa llave no es de uno de los gigantes con los que me enfrenté hace tiempo?”, soltó Hina con una naturalidad que heló la sangre de Sara.

Sara se quedó de piedra. Su aura monstruosa parpadeó como una bombilla fundida.

—”¡¿Queeeeee?!”, gritó Sara, su voz alcanzando un tono que hizo que los escombros cercanos vibraran. “¡¿Hina, acaso tú fuiste a ese lugar?!”.

Hina empezó a juguetear con sus dedos, evitando la mirada asesina de su mejor amiga mientras soltaba una risita nerviosa.

—”Ejejeje… bueno, es que… chasquido de dedos… Josué me acompañó…”.

Sara cerró los puños, y esta vez la presión que emanaba no era contra Astaroth, sino de pura frustración pedagógica.

—”No cabe duda que es una estúpida…”, murmuró Sara, masajeándose las sienes. “Tendré que darte una tremenda regañada… ¡y también va para Shiro! Esa idiota… más tarde saldaré cuentas pendientes con ella. ¡¿Cómo te dejó ir a las Tierras Prohibidas sin supervisión?!”.

Astaroth, que estaba a punto de lanzar un ataque devastador para liberarse de las espadas elementales, se detuvo en seco. Bajó sus garras, inclinó la cabeza y se quedó mirando la escena con una expresión de desconcierto absoluto.

—”Ah, chinga…”, pensó el general abismal, parpadeando sus múltiples ojos. “Está potente ese chisme. Esto no me lo pierdo… tendría que traer unas botanas para ver esta pelea entre mujeres”.

El demonio, el mismo que hace minutos estaba empalando a Hina con el Árbol de la Muerte, ahora parecía más interesado en los detalles del viaje prohibido de Hina y Josué que en destruir el mundo. La atmósfera era tan absurda que el mismo Gabriel, desde las alturas, bajó su arco de luz, sintiéndose repentinamente fuera de lugar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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