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The Witch 4: Insurrection - Capítulo 3

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Capítulo 3: Limpiando escombros

(01 de abril de 2021)

Un bote pesquero flotaba con tranquilidad bajo la noche, en las aguas bajas del río Yangtsé, y en su cubierta una menuda joven sonriente daba brincos tarareando una canción. Llevaba bolsas de basura en manos, dos en cada una, y al llegar a la borda, contrario a lo que un observador casual habría esperado, las lanzó a buena distancia en el caudal profundo. Repitió el proceso con otra tanda de aquella basura, que voló por los aires como rocas de una explosión antes de caer en el agua y perderse en su interior lúgubre.

Alegre, la chica se limpió las manos entre sí, a pesar de llevar guantes de caucho encima. Se sintió extrañada en ese instante, y se dio cuenta del hecho; agitando los brazos, se quitó el par de prendas manchadas. Luego abrió los brazos y estiró la espalda, tornando el rostro al cielo al cerrar sus ojos, tomando aire por la nariz:

— Ah—al fin terminé mi jornada, y después de un largo rato en el congelador, al buen doctor Yu—

Habiendo bajado de vuelta la vista, e inclinándose, se despidió abriendo y cerrando la mano:

— ¡Le decimos adiós, y hasta nunca! —sintió una punzada— ¡Ay, mi espaldita—!

Se puso las manos tras la cadera y extendió hacia atrás su espinazo para quitarse la tensión. Volvió hacia la cabina, mientras ahora sí se limpiaba las manos entre sí, satisfecha:

— Agh, sí señor, ya se fue—

Al llegar frente al timón, se estiró de nuevo uno y otro brazo antes de tomarlo. Tras acelerar el vehículo a toda marcha, recibió una llamada al teléfono. Esta frunció el ceño al no reconocer el número, pero igualmente contestó. Su tono fue amable:

— ¿Sí, diga?

— ¿Está hecho el trabajo?

Aquella voz femenina la reconoció su cuerpo, al sentir frío en la espalda incluso cuando ya le era familiar. Su sonrisa bajó de tono, y tragó saliva, su mirada ahora nerviosamente mirando a los lados, como si fueran a atropellarla. Hizo un saludo militar a media agua, por ansiedad, y se bamboleó un poco:

— Todo como lo ordenaste, jefa.

— Entonces, ¿por qué sigues en ese bote, Ryo-dan?

— Ah—

Se rascó bajo la nuca, dando una risotada fina:

— Estaba por terminar con eso, perdón, Ja-yoon, quiero decir—

— Aish, no importa. Sólo sal de ahí, y ven rápido al sitio. Te necesito para otra cosa.

— Sí, claro—

A la chica le colgaron, y esta tiró el teléfono en la cubierta, dando saltitos y tarareando. Se apresuró a ir a proa, para abrir una escotilla de madera y bajar las escaleras a bodega. Tardó un par de minutos, pero al fin fue saliendo, de espaldas, y derramando gasolina de una garrafa. Otras flotaban cerca de ella, y cuando una se acabó, derramó las otras por todos lados usando su mente.

Ella también se echó combustible encima con una sonrisa bien abierta, dando risotadas tontas. Ya empapada, dejó caer el bidón, sacó un encendedor de su bolsillo, y tras encenderlo, lo dejó caer.

— ¡Que se sienta, gente!¡Woo!

Todo se envolvió en una bola de fuego, incluyéndola, y usando su telequinesia al máximo, hizo el bote girarse de su lado. Gritó primero, con creciente euforia, hasta que comenzó a reírse de forma sonora al dejarse caer a la oscuridad. Su cuerpo cayó de espalda, suelto, su sonrisa imborrable, y tomó aire con el aroma de su carne antes de sumergirse.

El motor del bote voló en pedazos, y el casco se partió en dos, volcando en llamas para hundirse ambas partes en una danza giratoria lenta, antinatural.

Antes de que sus ojos se derritieran, vio el baile, y dejó ir una lágrima conmovida. Cayó sobre el limo del fondo, y sufrió espasmos de asfixia antes de quedar tiesa, medio carcomida. Las ascuas se extinguieron, dejando atrás tejido carbonizado.

No hubo movimiento, ninguno, hasta que los peces intentaron reunirse en cardumen alrededor de una presa fácil. Tomaron mordiscos, aquí y aca, con sus bocas de sifón, llevados por el instinto de superviviencia y el hambre constante. Se pusieron frenéticos, cuando vieron que alrededor del corazón, se formó tejido nuevo.

El pez más atrevido mordió un nervio germinante, en la columna lumbar:

“¡Ah!” chilló en sj mente “¡Eso me dolió!”

Uno de sus brazos, con sólo parte de su musculatura, agarró al animal, y se lo llevó a la boca, masticando su cabeza. Cuando su sistema digestivo se cerró del todo, devoró todo el pescado crudo, antes de levantarse, su cuerpo curándose. Primero tropezó mucho, pero la ingravidez del medio la ayudó a mantenerse en pie, y luego ya pudo caminar bien.

Una vez sus extremidades estuvieron completas, y solamente su dermis se iba regenerando del daño, nadó. Ayudada por su poder, se propulsó como un misil supersónico, dejando la estela de ondas psíquicas en el caudal abierto. Se distanció más y más de los restos del accidente, hasta que, usando su visión remota, se ubicó de forma más precisa.

Una vez llegó a la pared subacuática del muelle, y vio el logo del Puerto Fengxian, se puso contenta, y trepó por el agua hasta emerger como un bólido a la orilla.

Puso cara de asco al ver que su ropa, o los girones restantes, “se habían arruinado”:

— Bueno, ya qué—

Caminó en dirección a la pared trasera de aquel gran almacén, dando vuelta por derecha un buen rato. Dejaba pasos húmedos, e iba con los cabellos pegados a la cara como si fuera un espíritu del agua cobrando deudas. Subió por la entrada frontal, y escaneó su retina, sólo para oír pitidos metalicos seguidos de:

— ACCESO.DENEGADO.

Lo intentó de nuevo:

— ACCESO.DENEGADO.

— ¡Rayos!

Ryo-dan golpeó la puerta hermética con la frente, sacando polvo del umbral pero no moviendola un ápice; el adamantio externo de la estructura ni siquiera se abolló o melló por el impacto. Posó la frente sobre el puño, acomodándose allí parada, pegando un lamento gutural casi infantil, y comenzó a azotar la puerta con este, pegando un chillido.

Retorcedió un par de pasos, e hizo una petición al cielo, en frustrado berrinche:

— ¡Jefa, si estás ahí sólo ábreme—!

El ruido de pistones herméticos la sorprendió, ella se espabiló, y la puerta cedió a un lado sin hacer ruido. Unos barrotes bajaron, una red láser se apagó, y detrás, la esperaba una joven de redondas mejillas, con los brazos cruzados, que la miraba en reprimenda:

— Lo hiciste de nuevo, ¿no es así?

— Pero, Ja-yoon—

Se tapó la boca, maldiciendo su lengua. Ja-yoon bajó los brazos, suspirando:

— Ya deja de autodestruirte, y perder el tiempo en tus misiones. No pienso hacer que escaneen tu retina nueva la próxima vez.

Sus ojos se tornaron oscuros, como los de un demonio agraviado.

— Si lo vuelves a hacer, vivirás en el parqueadero.

Y amenazó en su oído, palmaditas al hombro:

— Y si lo haces luego de eso, te disecaré viva, a ver si te regeneras.

Ryo-dan miró al suelo y negó de prisa:

— No, no, no. No hagas eso —rio asustada— Seré buena, lo prometo.

Ja-yoon le acarició el cabello:

— Buena niña. —y soltó diciendo— Ahora ven conmigo, tengo a un huésped que quiero que veas.

________________________________________

(4 de octubre de 2020)

En Seúl llovía a cántatos aquella tarde, oscurecida por vaporosas nubes negras; el viento potente las arrastraba, como a las aguas, dificultando la visibilidad. Los vehículos que pasaban sobre un puente elevado acabaron atascados en largas colas a través de los seis carriles, pitando con sus farolas encendidas. Debajo, el apiñado barrio de suburbio tenía sus callejas como arroyos, la avenida transversa más angosta, igualmente atrapada en tráfico.

Apegado a la acera, junto a un edificio viejo y una botica cerrada, aquel carro callejero de tobbeokki era azotado sin piedad por la precipitación. Sus dueños, una pareja, lucharon por mantener cerrados los plásticos laterales para que no se filtrase agua a las fuentes cerradas, y la comida no se echase a perder. El primero era un hombre flaco, de barbilla robusta pero rostro delgado, y la mujer era de cabellos cortos, delgados, y rostro liso por uso de botox.

— ¡Oye, Kyu-jin, deja de jugar y tapa bien ese espacio! —señaló esta— ¡Apúrate!

El tipo estaba concentrado en su lado:

— ¡Ya lo estoy haciendo, mujer, ¿qué no ves?!

— ¡Pues lo estás haciendo mal!

Fue entonces que, por si acaso, vio del otro lado, y se dio cuenta de las gotas cerca de una tapa:

— ¡Ah, maldición, Sang-ah, ¿y me lo dices hasta ahora?!¡Va a entrar agua al aceite!

— ¡Pues presta más atención!

El hombre sorbió sus labios, dándose un manotazo en la canilla antes de que el carrito quedase bien sellado. La mujer también amarró bien los plásticos de su lado, y ya listo, los dos se refugiaron bajo la saliente de una oficina justo sobre sus cabezas. Usaban impermeables azules delgados, desechables, por lo que su frío era insoportable.

Incluso allí, encogidos juntos, entrelazados de manos, con el hombre abrazándola por detrás. Pero con el paso del invisible reloj, la calidez fue aumentando, y sus ojos se tornaron cada vez más pesados hasta que, sentados en la grada de la botica, se quedaron dormidos.

No supieron cuanto, pero estaba más oscuro cuando el agua escampó, quedando un rocío que descendía lento:

— Oigan.

Primero un eco sordo, una voz fantasmal venida de galaxias distantes.

— ¡Ey, ya despierten!

Más ruidoso, pero todavía en el dominio difuso entre la vigilia y el sueño.

— ¡Arriba, tontos!

Un baldazo de agua fría los espabiló con el corazón a mil. El hombre estornudó, una y otra vez, mientras la mujer daba un boquido indignado, tiritando y parándose, viendo cómo su ropa quedó empapada. Los dos se miraron, desubicados, y vieron de dónde les llegó el agua.

— ¡¿Pero qué rayos te pasa, idiota?! —gritó el hombre— ¡¿A qué vino eso?!

Aquellos dos hombres trajeados parecían excesivamente tensos, y su piel parecía gotear maquillaje por partes expuestas. Uno tenía un extraño tic en la comisura del labio, que temblaba tan sutilmente como un choque de camiones en el centro. La mujer comenzo a asustarse, notando estos y otros detalles, como el brillo anormal de los ojos tras sus gafas.

La mujer tocó el brazo del hombre, le haló por un lado haciéndole un gesto velado de molestia antes de voltear y sonreírles:

— ¡Oh, descuiden, mi esposo no quiso sonar rudo, heh! —improvisó, ansiosa, y englobó el edificio con un índice— Esto es ¿propiedad de su jefe? Si es así, discúlpenos, sólo nos refugiábamos de la lluvia.

— ¿Su—jefe?

— Tsk, cállate —le susurró— Mira, allí.

Detrás de los sujetos, a la acera, se hallaba estacionado un automóvil de alta gama, sin placas y de vidrios opacos.

— No, no sabemos nada de—este edificio. —respondió uno, monótono— Ustedes son Lee Kyu-jin y Go Sang-ah, ¿me equivocó?

La pareja se miró, asintiendo nerviosa:

— Si, somos nosotros —balbuceó Kyu-jin— ¿Por qué? ¿Qué es lo que quiere?

— Deben acompañarnos.

— ¿Qué?¿y por qué?

Uno tomó a Sang-ah del brazo y el otro a Kyu-jin:

— ¡Oiga, no, espere—!

Los dos se quedaron en shock ante lo rápido que los llevaron al vehículo, casi arrojándolos al asiento trasero. El dueño de la farmacia vio aquello, y tomó una foto, antes de cerrar su puerta enrejada para salir del lugar.

En el asiento del conductor, velado por la pared intermedia, una mano en guante color vino se posaba con delicadeza. Una voz granulosa salió del parlante, integrado sobre el portabebidas:

— Abogado Lee. Señora Go. Ha pasado tiempo.

Cuando el auto arrancó, y el boticario iba de prisa para doblar la esquina, el copiloto bajó la ventana apenas para sacar una pistola silenciada. Sin fallo, y casi que de reojo, el disparo derribó al desafortunado, al mismo tiempo que uno de los matones en el asiento trasero arrojó un pequeño cilindro. Ante el sobrecogimiento y horror de la pareja, estalló en una nube de ácido que derritió todo rastro de la víctima hasta dejar sólo un manchón en el cemento.

Estuvieron tiesos, aterrados, el resto del camino, y guardando el más absoluto silencio. No se atrevieron ni a abrir la boca mientras las farolas pasaban a toda velocidad a sus lados, saliendo más y más de la ciudad como tal, hasta un pueblo cercano. Kyu-jin fue el primero en reconocer el lugar, pero se quedó callado, por miedo a decir algo inconveniente.

Subieron los caminos de aquel vecindario de casas adosadas y maleza creciendo en el asfalto. Conforme iban deteniéndose, a los dos secuestrados les quedó claro hacia donde los estaban llevando, y no pudieron estar más asustados. Eventualmente, se detuvieron en un terreno recubierto de maleza en parches, con una vieja casa de madera en medio.

Los bajaron a empujones, y entraron desbaratando la puerta de la cerca vieja, mientras el copiloto iba a la cajuela. Sacó una lona sucia y la usó para tapar el vehículo justo después que la conductora bajase y cerrase con llave. Esta llevaba un sombrero tinto, con motivos florales en su borde negro, así como un velo fúnebre brocado tapándole el rostro.

Una mujer de elegancia y nobleza era aquella, cuya piel grisácea brillaba en vetas esmeriladas, incluso a la sombra. Permaneció de pie a medio camino, en tanto ya en el porche, uno de los matones le ordenó a su desgarbado rehén:

— Abre la puerta, rápido.

Kyu-jin obedeció, sacando nerviosamente un manojo de llaves de su bolsillo. Después de todo, aquella era su casa, la que había logrado adquirir a precio de gallina robada de una anciana sin familia. Pensando en ello, y si por ello mismo pagaría esa noche otro pecado, abrió pronto.

Los goznes sufrieron en su rechinido al abrirse. Paso seguido, la pareja fue llevada a su propia habitación, de paredes percudidas, piso deshilachado y una mesita despostillada por los años. Los hicieron sentar de rodillas mirando a la entrada, para no dar la espalda a quien se había invitado a sí misma.

Esta entró haciendo ruido de tap tap con sus tacones, caminando con solemne elegancia hasta estar frente a ellos. Se detuvo del otro lado de la mesita, bolso entre manos, mirando el piso con repuñsión antes de mirarlos, y decir en tono arrogante:

— Veo que sigues siendo la misma rata astuta de siempre. Exabogado Kyu-jin.

Kyu-jin quedó pasmado por escuchar aquella voz, y su mujer estaba ya encogida de hombros, al haber reconocido su porte lleno de prepotencia:

— Esto no—puede ser. Usted no—puede ser—quien creo que es. —balbuceó ella con miedo.

Fue cuando el hombre reaccionó aterrado y la señaló tembloroso, reclamando con labios balbuceantes a pesar de la forma ovalada que tenía aquel rostro dibujado a contraluz, reconociendo perfectamente sus perfiles:

— ¡No!¡Tú no eres ella!¡Ella esta muerta!

— Hablas, ¿de Cheon Seo-jin? —se burló la mujer— En cierto sentido tienes razón. Esa mujer ciega y débil murió. Cayó por su propia mano.

Sang-ah apartó la mirada:

— Esto es una locura. —murmuró.

— Locura fue la que ella cometió al bajar la guardia, y dejar que sus enemigos sacasen ventaja. Pagó el precio final por ello, y yo—

Se inclinó hacia ambos, destapándose una mitad de una cara más gris aún, labial cerúleo oscuro cual moretón. Su sonrisa fue como la tormenta más gélida, el destello verde iluminando sus irises, las llamas del inframundo desde el que había retornado. La mente de los dos esposos se congeló de pánico primario, por ver ante ellos lo inhumano.

— Yo fui lo que salió del fuego.

Retrocedieron hasta pegarse contra la pared opuesta. En su creciente delirio de terror, las sombras del cuarto se alargaron, los escoltas pálidos se transformaron en ogros del averno, y aquel espectro en la misma muerte. Esta caminó hacia ellos, que se abrazaron temblando; Kyu-jin quiso apartarla tontamente con el brazo, desencajado:

— ¡Vete de aquí, espíritu maligno!¡Deja de atormentarnos!

Sang-ah casi lloraba:

— ¿Por qué has vuelto? ¿Qué más quieres de nosotros?

— Sé que ustedes dos, alimañas mediocres—

Sacó unas copias de documentos financieros del bolso que llevaba al brazo, y las arrojó frente a sus pies.

— Me robaron de varias cuentas tras la caída del Hera’s Palace, pero fueron demasiado idiotas como para obtener antes la huella digital.

Miró a su alrededor, llena de desprecio:

— Imaginarme—que viven como un par de indigentes debido a eso. —dio una risa ahogada— Me dan tanto asco.

— Si tanto nos odias, ¿por qué nos buscaste?

— Porque mi experiencia previa me enseñó a ser generosa con los pordioseros.

Los miró con la sorna de quien sabe que lidia con sabandijas arrastradas. Uno de los esbirros pasó a la mujer una tableta con el formulario de inscripción. A Sang-ah se le iluminó el semblante:

“Subasta Judicial de Activos. Únete y participa de una redistribución justa”

— Si me ayudan a recuperar los activos de Grupo Cheong-ah —soltó como una bomba— Yo no revelaré su crimen a las autoridades, y podrán quedarse con ese dinero que desviaron.

El abogado negó con la cabeza:

— ¡Ya pagamos nuestras deudas en la cárcel, ¿qué más nos da un tiempo más?! —él también miró su miseria— No tenemos nada que perder, ¡déjanos en paz!

Sang-ah le dio un coscorrón en la cabeza antes de dejar el dispositivo a un lado y postrarse frente en tierra:

— Discúlpelo, discúlpelo señora Cheon. Haré lo que usted quiera, lo que quiera, sólo díganos qué hacer.

— Hmhmhmh…bien, muy bien. Al menos tú todavía eres inteligente, a pesar de morirte de hambre.

Kyu-jin iba a protestar, reclamándole a su mujer:

— Oye, tú no—

Sang-ah levantó la cabeza con una sonrisa fingida, asintiendo.

Ninguno de los dos esperó lo que vino después. Primero las luces de aquella casa se apagaron, y tras unos segundos, dos soles en forma de haces azules transformaron la noche en día. Explosiones reventaron el techo y la pared de la fachada en un montón de tierra y polvo. Todo tembló, las paredes supervivientes se cuartearon.

Sang-ah gritó, y se separó de su esposo cuando se tiraron al suelo para cubrirse. Al hombre le cayeron restos de madera, y sentía que lo hubiesen apaleado de cuerpo entero. Tosió y miró a su derecha, donde Sang-ah también luchaba por ponerse en pie.

Los escoltas buscaron la fuente de los disparos con las armas levantadas a una sola mano, mientras que la mujer, quien había caído sentada, se quitó polvo de la falda. Primero fue a ella a quien le dieron un tiro al hombro con munición EM de calibre .20, luego a los otros dos, que apenas pudieron dar tiros desviados antes de ser neutralizados.

Y cuando Sang-ah quedó paralizada por ver aquella violencia, le llegó a ella; fue un solo haz, que le atravesó la cabeza de atrás hacia adelante.

Su esposo, que sintió su columna como un latigazo, quedó en shock.

— S—S—S—S, S—Sang-ah—

El cadáver de la mujer cayó de lado, retraído, mirándolo con dos ojos vidriosos.

— ¡Sang-ah!

Su grito le desfiguró la expresión, y derramó pesadas lágrimas. Se quedó tirado, sollozando, rendido por completo a la abrumadora realidad en pérdida. Una que su mente, contradictoriamente, era incapaz de aceptar, y a la vez lamentaba.

Comenzó a escuchar unos susurros en sus oídos, todavía afectados por el retumbar de tanta destrucción:

— Muerte…

Estos se acercaron, se acercaron más, caminaron con pasos borrosos, con plañidos, quizá eran risas, aunque no quedaba claro. Los pasos pronto fueron ensordecedores, no por su volumen, sino por su frecuencia, y también un sonido, un tictac.

Un tictac, un tictac de dientes.

— Muerte. Muerte…

He ahí de nuevo. Esa palabra era la del extraño despeinado, al que no distinguió claramente en facciones o constitución. Iba vestido en ropa vieja, portando un collar de cuentas blancas y cuadradas, irregulares.

— Muerte. Muerte. Muerte…

Llegó a su lado, posando la vista en la mujer velada, quien se había puesto de pie, sacando un arma de su bolso. El extraño se descolgó un cilindro de gran tamaño de la espalda, tan rápido como si fuese un rollo de papel para cartelera. Hasta logró apuntarlo a la mujer, pero para cuando lo hizo, ella disparó varias veces, en puntos que debían ser letales.

El sujeto cayó, parecía emocionado, mientras repetía esa misma palabra, “muerte”, hasta que calló, y su último aliento se le escapó.

No pasó mucho, o tal vez sí, no lo sabía, pero el fantasma que se le había manifestado, para traer el infierno a su vida, se acuclilló frente a él, su pistola colgando, su tono grave:

— Oiga, abogado. ¿Se encuentra bien?

Este sentía un nudo en la garganta:

— Ayú—ayúdeme. Salve a mi esposa; se lo ruego.

— Ya es muy tarde para eso. Su cerebro fue comprometido. No puedo hacer nada.

— No, no—

Este lloró amargamente.

— Ella debió seguirnos. Parece que—es más —vio al abogado de reojo— lista de lo que pensé.

— ¿Ella?¿Quién—es ella?

— La misma que asesinó a mi hija; debió enviar a este tipo. —señaló al extraño con el mentón— Se llama Koo Ja-yoon, una mercenaria que contrató Bae Ro-na para sacar a mi familia de su camino.

— ¿Co—cómo?¿Bae Ro-na—comprando sicarios?

— Los hijos de Shim Su-ryeon, y Baek Joon-ki, ellos son sus cómplices, y también quieren robar mi fortuna. Por eso mis nuevos aliados y yo arreglamos la subasta para poderlos recuperar, y usarlos en su contra. Por eso es que necesito que vaya en mi nombre, señor Lee.

— Yo—no—no debo—

— Sabes que Sang-ah aceptó —lo tomó de la mano— No escupas sobre sus deseos; si quieres que su muerte signifique algo, únete a mí. Juntos, acabaremos con esa maldita, y con la camada de los arribistas que arruinaron nuestras vidas.

Este agachó la vista, murmurando:

— Mi esposa—está muerta. Sang-ah, por favor perdóname—si dudé de ti.

Kyu-jin, ayudado por la fuerza sobrehumana de la mujer, se puso en pie:

— Tú me ves como un monstruo. —dijo ella, afinando la voz con falsa pena— Tenlo por seguro, Ja-yoon y su gente son mucho peores, y no tendrán la misma piedad que yo.

El hombre tragó saliva y respondió, con la garganta seca, tiritando:

— ¿Él quién es, entonces?

— Da igual, está muerto. —sonrió por dentro— Pero si te da curiosidad, su nombre era—

________________________________________

(2 de abril de 2021)

— ¡Seo Moon-jo!

Aquel hombre había sido inmovilizado con esposas inhibidoras a la espalda, y amarrado a una gruesa cadena en el techo. Se encontraba malherido, su rostro inflado de golpes, la punta de la nariz y una oreja cortados, aún coagulando. Este reía babeando, incapaz de ver por sus ojos morados, y escupió sangre por la boca.

— Hahah—Muerte. Muerte. Muerte—

En una mesa larga a la pared, Ark-1 tenía su mano sobre un cuerpo cilíndrico de metal, una visión que ya conocía de su noche más oscura:

— Quiero saber de dónde lo sacó.

— Muerte—

Una voz chillona gritó:

— ¡Ya me cansé—!

Atrás de ella, junto al rehén, la mano de Ryo-dan agarró al hombre de los cabellos, pero este parecía disfrutarlo en masoquismo. Con un golpe al pecho, la chica lo hizo doblarse, provocándole arcadas, y de una patado fue quebrándole varios huesos más:

— ¡Escúpelo! —dijo ella, dándole otra patada en el costado— ¡Responde la pregunta!

Este, aunque con el aire expulsado de sus pulmones, ojos desorbitados tomó fuerzas para responderle, con un grito ronco escupido:

— Yo—soy—¡Seo Moon-jo!

Estalló en una nueva carcajada, ecos más similares a la cacofonía de las hienas. Ryo-dan se puso roja de rabia, y fue impulsivamente a su mesita de herramientas, tomando de sus herramientas un bozal. Este no era normal, sino que las correas tenían agujas hipodérmicas, y la esfera de hule tenía cuchillas como de afeitadora en su superficie. Yendo a él, amenazó con maliciosa voz de aguardiente:

— Si tanto quieres guardarte cosas, guárdate esta—

Ark-1 la vio de reojo, llevando el artilugio por las correas, y caminando a paso largo hacia ella, le arrebató el aparato, y la detuvo por poco atenazándole una muñeca:

— Detente.

Ryo-dan puso cara triste, señalando al prisionero:

— Pero, otra jefa, mira cómo me trata.

La mirada de Ark-1 se enfrió, su rostro fue como aquella máscara que Ja-yoon había mencionado, aporcelanada y sentenciosa:

— Ryo-dan—basta.

Ryo-dan, en berrinche, apartó la mirada y tiró el bozal al piso, rompiéndolo:

— ¡Bien!

Se sentó con cara refunfuñona en el suelo, y volvió a mirar a su otra jefa:

— ¿Entonces qué sugieres?

Sacó una fotografía del bolsillo, golpeándola con la mano al mostrársela a la muchacha pálida.

— ¡Ya sabemos que no es él, ¿o no?!

En efecto, la imágen y el acta de defunción en la segunda hoja, con el nombre “Seo Moon-jo” describían a un joven apuesto, que usaba anteojos redondos, y tenia el cabello en mechones más cortos.

— Y léelo de nuevo, el tipo era dentista, y ya le pregunté mil veces a este. No sabe nada de ortodoncia, ¡hasta yo sé más de eso!

— Arrancar dientes o mutilar los nervios dentales de tus enemigos no es ser dentista, Ryo-dan.

Ryo-dan, harta de la repetición en bucle de la palabra “muerte”, se tapó los oídos con los dedos cerrados, chillando:

— Ya para, ¡deja de repetirlo!¡¿Sólo eso sabes hacer?!

Este repetía hasta ese momento, sin parar como un murmullo o un secreto, esa sola palabra. Y justamente como si los infiernos hubiesen escuchado sus plegarias, este mantra asfixiante se detuvo al fin. Ark-1 la miró atónita, y Ryo-dan se relajó de hombros, bramando de alivio y abriendo las manos al cielo.

Luego lo vieron a él, diciendo este:

— Pero claro que sé hacer más, mucho más. Yo sé matar, como te expliqué, pero —rio bajo— Pero también sé morir, sujetos Ark, y he muerto muchas—veces.

Este asintió, como si contase un chisme muy gracioso, y Ark-1 frunció el ceño:

— ¿A qué te refieres con eso?¿A lo de—morir?

Este chasqueó la lengua en negativa:

— Ah, ah, ah. No es tan fácil, Datum Point. Sí, sabemos quién eres, sabemos lo que has sufrido, y lo que anhelas. —e hizo puchero en burla, remedando— “Dae-gil, Kyung-hee, Mi-young y Jae-sung, no pude salvarlos, ¡bua, bua, bua!”

Este se rio de ella, llorando entre carcajadas. Ark-1 cerró los puños, y apareció delante de él, levantándolo del mentón. Se acercó más, con peso en el corazón.

— ¿Qué eres tú, y por qué me atacaste en Seúl?

— No importan las acciones, sino los fines. Y el fin de alguien que mata, es que su víctima muera, Datum Point.

— Entonces fue inútil lo que hiciste. Y esos otros de los que hablas—te han abandonado.

— No, no me mandaron a asesinarte. Sólo soy un humilde mensajero, su carta de advertencia.

— Fracasaron igual. No vamos a desistir de nuestra meta. Yongsadan debe ser puesta en orden. Y eso haremos.

— Sus patéticas acciones ¡buaj! “heróicas”, son justamente lo que el señor esperaba, y parece que tenía razón. Lamentarás tu decisión de ser el perro faldero de Koo Ja-yoon, Datum Point, ¡y también Chae Ja-gyeong, los viejos Koo y todos los que aman!

Este comenzó a reír de nuevo, mientras Ja-yoon miraba desde detrás del ventanal espejo. Ark-1 se molestó, y gritó:

— ¡No!

Una fibra sensible fue tocada, haciendo que esta lo impacte con viento empíreo y un puñetazo devastador en el corazón. No fue un golpe de alto poder, pero causó una reacción inesperada, en que las venas del sujeto se hincharon, y su rostro también. “Moon-jo” comenzó a ahogarse, el brillo de sus vasos cada vez más intenso, y brevemente en sus ojos se vio un atisbo de humanidad antes del fin. Fue repentino cuando la mitad superior del cuerpo del desdichado ente explotó, cubriendo todo de sangre y tripas.

Ark-1, al darse cuenta de que destruyó a su única pista de un peligro nuevo al acecho, se hizo para atrás, y se apoyó a la pared. Se deslizó hasta quedar sentada:

“Veo que Tyrant aún te importa, hermana. Era obvio, pero no creí que lo demostrarías tan pronto. Fuiste imprudente.”

— Lo sé. Me dejé llevar, qué tonta. Perdón.

La muchacha pálida se llevó la mano a la sien, y peinó su cabello, sin decir nada. Ja-yoon misma tenía la mandíbula apretada, y el puño habiendo la mesa.

“Sabes perfectamente lo que hay que hacer—si la volviésemos a ver. Es un arma inestable, y no debe caer en manos equivocadas.”

Con expresión sombría, Ark-1 respondió:

— Sabes lo que opino. No dejaré que le hagan daño, ni siquiera tú. Se lo debo.

Ja-yoon rápidamente cambió el tema:

“No hay que pensar en eso ahora. Nadie sabe dónde está Ja-gyeong, y probablemente los jefes de este tipo, sean quienes sean, tampoco.”

Ryo-dan se limpió los ojos, y tras parpadear con fuerza, miró el manchón oscuro con vetas del viscoso esmeralda. Pronto enarcó la ceja cuando notó un brillo que no era verdoso, sino plateado, y lo señaló, acuclillándose a este:

— ¡Oigan, jefas!

Las dos mellizas le prestaron atención.

— ¿Qué es eso?

Lo atrajo a su mano, sintiendo un extraño resonar al tacto. Una especie de ovoide metálico con cables, y algo de tejido, cardíaco, distinguió. Lo miró por varios ángulos, detenidamente.

— Lo voy a abrir.

— Ryo-dan, espera—

Ark-1 tuvo de nuevo esa sensación de tinmitus, cuando la chica quiso separarlo en partes. La chica gritó, echada hacia atrás:

— ¡Ah, no, aléjate!

Al instante hubo una especie de corrientazo eléctrico en la sala, tan potente que la obligó a lanzar el objeto lejos. Ryo-dan se puso de pie, y cerciorándose antes de que ella estuviera bien, Ark-1 miró a su hermana a través del vidrio.

“¿Que fue—lo qué pasó” —cuestionó Ja-yoon.

Y es que en su aura, ella también lo sintió, y se llevó la mano al corazón, sintiendo la misma molestia.

“Un regulador psíquico” pensó sonriendo “Me pregunto qué querían ocultar”.

Y dijo a las otras dos por el micrófono, sabiendo lo que debía hacer a continuación:

— Llamaron nuestra atención a propósito, no me queda duda. Quien lo haya hecho quería que sepamos que existe, y que es un rival.

— ¿Y qué haremos ahora? —preguntó Ryo-dan.

— Tú sigue eliminando los blancos de la lista que te di. Mi hermana y yo debemos volver a Corea, y acelerar nuestro plan.

— ¿Continuarás por Jeolla del Norte?

— Con Jeolla del Sur asegurado, es el paso lógico. Prepárate, hay que salir ya.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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