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The Witch 4: Insurrection - Capítulo 4

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4: Mano de villanesa 4: Mano de villanesa (21 de septiembre de 2020) Aquella mansión de tres plantas era amplia, minimalista y bien cuadrada, lo que aumentaba su frialdad en medio de la lluvia.

Esto se replicaba dentro, a pesar de las alfombras persas en el suelo, adornos animales disecados, la barra de bebidas en la esquina de la sala, mobiliario forrado con motivos de murales romanos, o la chimenea eléctrica con su fuego simulado al máximo.

En las habitaciones, todos los miembros de la familia dormían de forma pacífica, nietos y primos en dos grados, sus padres, los primos en primer grado, y los abuelos de todos, con los corazones llenos de anticipación por pasar un día festivo, el aniversario del fundador de la familia.

El día de natalicio del padre de aquellos ancianos, el que debió trabajar duro para ser rico, sería uno de pausa para los niños, mientras que para los padres, sería un “descanso” de sus obligaciones, largo tiempo postergado.

Uno de los viejos, tercer hijo de aquel viejo patriarca fallecido, también había llegado de visita, y dormía con escalofríos en una habitación con cama king, tan ostentosa y pulcra que no parecía ser de huéspedes.

Sus lentes estaban recostados sobre el velador más cercano, e igual una dentadura postiza, flotando en un vaso de limpiante, mientras el mismo estaba enfundado en un edredón, más de aire que plumón de ganso.

Y mientras roncaba a pata tendida, removiéndose con torpor, la puerta a su derecha fue lentamente abierta sin que nadie la tocara, dejando pasar a los monstruos que los niños temen en sueños.

Nunca escuchó los pasos acercándose a su cama, ni los seguros de las armas siendo quitados a su alrededor por personas de piel grisácea y malignos ojos verdes que no respiraban.

Nada fue movido en su interior, ningún instinto, antes de que, entre pesadillas y visiones de caras tapadas con pasamontañas, su boca fuera amordazada, y de la pierna fuera arrastrado por manos frías en el interior de una bolsa.

Estos, claro, se aseguraron de ponerle otra en la cabeza antes de meter su dormido cuerpo y llevarlo a cuestas como si fuera el hombre del saco al que los niños de la vieja Europa temían.

Todo le pareció vaporoso, una confrontación silenciosa e inmaterial con fantasmas de la edad, llevado al aire, tirado, alzado, lanzado a la dureza del concreto y el polvo, golpes que estuvieron por quebrarle los huesos.

El recorrido nauseabundo se le antojó eterno, como si la mayor parte de la pesadilla febril fuera en el vuelo de los infiernos lujuriosos de Dante, mismos de los cuales, podía decirse, no era tan inocente con tantas jóvenes uniformadas buscando su favor en la oficina.

Pero el viaje terminó en un tumbo abrupto contra suelo duro; jadeó, adolorido, girándose de espaldas con sus manos amarradas a la espalda, igual que sus tobillos, y pronto la bolsa donde estaba fue halada con fuerza, dejándole en frío.

A sus ojos, la penumbra, como luz insoportable, volvió a sus ojos en un techo de asbesto.

Pero el destino al que Krampus llevaba a los niños mal portados pronto manifestaría su repulsiva voz.

Fue para el viejo somnoliento como oír a Yama en persona susurrarle con alegre desprecio un saludo indeseado: — Juez Cho.

Al oírla el viejo reaccionó y se levantó con pesadez bostezando; miró a una mujer de rostro larguirucho y cabellos estilizados tan cortos y desmechados como los de un muchacho en secundaria, poco halagüeña.

Entrecerró los ojos con somnolienta incredulidad, no tanto por la persona que le habló, sino el estilo de chamarra blanca y jeans con pañuelo negro al cuello que ella llevaba encima, cual si fuera un muchachito.

Este habló entonces con voz carrasposa, observándola con disgusto: — Santos cielos.

Sigues siendo la misma machona de siempre.

Viéndote así —se burló— hasta me creo cuando decían que bateabas del otro lado.

Ojalá no hayas ido al infierno por eso; tenías pecados que sí lo merecían.

La mujer se acuclilló delante de él, sonriendo con sorna: — A mi también me alegra verlo, créame.

Claro, lo que hiciera en mi cama no es de su incumbencia.

—pegó una risotada— Con esa edad suya, hasta yo les daría a esas jovencitas lo que a usted le falta sin ayuda.

Pero yo no vine aquí a medírmela con usted.

El juez dio una risotada de vuelta, sentándose con incomodidad: — Esa voz—tu mirada—huh —e hizo una sonrisa despectiva— Te ves más joven, supervisora Kim Kwon-sook, es increíble, ¿hay spas en el infierno, te—bañas en sangre de vírgenes o qué?

Aigo—ni en sueños me dejas en paz, ¿verdad?

Kwon-sook dio un largo y sonoro suspiro haciendo la cabeza para atrás.

Al volverlo a ver, fijó llena de calculado y fría ofensa tomada, que vengaría, sus dos ojos verdes: — Huh, si no lo necesitara, ya lo habría retirado a un asilo, maldito viejo verde.

— Hubiese querido ver que lo intentaras.

Qué pena que ya no puedas, hah— Esta negó con la cabeza, incrédula del estado mental de su rehén.

Se levantó relajando los brazos: — Ya veo.

Definitivamente no entendiste, ¿o sí?

El mensaje que te mandé.

— ¿De qué diablos hablas?

—se rio el viejo— Ahora eres un fantasma hablándome en sueños.

Déjame en paz.

— Hace dos semanas, estacionó su auto a 8 puestos de la salida en el estacionamiento del tribunal, en la tercera fila.

¿Se acuerda?

— ¿Q—qué?

El juez se puso entonces de pie, algo preocupado por esta pesadilla que estaba teniendo en tiempo real, sin saberlo aún, mientras Kwon-sook explicaba: — Le mandé a uno de mis “empleados” para darle algo a las 10:53 de la noche.

El hombre, atónito lo pensó un momento, y se acordó de algo anecdótico, notable; hace ya varias noches, cuando salía del edificio de la corte directo a su auto, un sujeto en ropas sucias, un borracho, se chocó en él.

Este le reclamó, pero el extraño no escuchó, y siguió andando entre tumbos hasta irse por la acera de la avenida; cuando se limpió el traje, miró abajo un papel tirado y lo recogió tras cerciorarse que nadie lo viera.

Al abrir el papel, el mensaje decía: “Encuéntrame en 12-30 Majang-ro 33-gil, Seongdong-gu.

Almacén Frigorífico Hwan-hui 4, mañana a la medianoche.

No te atrevas a tardarte.

Con amor, Kim Kwoon-sook.” Sin embargo, la seriedad aparente del asunto se le volvió a escapar muy pronto: — Ah —replicó él, risueño— Te refieres a ese día.

Hah, la verdad tenía bastante sueño a esa hora, y no me dio la gana de caer en alguna trampa de tus amiguitos del NIS.

Disculpa si no me lo creí, pero ¿sabes?—mis fuentes me confirmaron que habías muerto, y eso fue hace más de dos años, la verdad creo que ya se habían demorado.

—y la señaló— Ya era hora de que alguien te diera una buena lección, totalmente de acuerdo.

Kwon-sook hizo una sonrisa a labio cerrado, ya molesta con el asunto.

Cerró los puños.

Pero finalmente soltó una carcajada: — Ah, pero qué estúpido eres, en verdad.

Sin la fortuna familiar, no serías más que un pobre fracasado viviendo en un spa.

— ¡¿Cómo te atreves, maldita alucinación horrible, a insultarme?!

— ¿Así que seguirás aferrándote a eso?¿Seguirás creyéndome muerta?

Tú tienes deudas pendientes conmigo, y si yo amenazo a tu familia para que actúes, te aseguró que lo haré.

Ya lo hice.

— Amenazas de una pesadilla, oh, ¿y a mí eso qué más me da?

Ni siquiera eres real, existes porque comí fideos en mal estado.

Supongo que tu montaje de tener marido y dos hijos era igual de fantástico, heheheh…

La mujer se apresuró a probar la teoría de su rehén, cuando le dio una patada en la rodilla tan fuerte que hizo eco cuando su rótula estalló en cientos de pedazos.

Por unos momentos, el viejo se quedó boquiabierto antes de echar espuma por la boca y gritar hasta quedar afónico; las personas que lo rodeaban no reaccionaron, siguieron como estatuas, durmiendo de pie con los ojos demasiado abiertos.

La mujer sacó un spray y se lo echó encima, provocando que una nube de vapor la cubriera; las manchas se limpiaron, prácticamente evaporándose.

— ¿Qué tal ahora?

En respuesta, ya cuando dejó de gritar como un animal, el viejo se giró a ella, gimiendo: — ¿Cómo es que—sigues viva?

Vi las fotos—era tu cadáver.

No pudo evitar notar aquella piel del color de la porcelana percudida, y el brillo verdoso de los ojos posados en él, fuesen sueños o no, pero lo que más lo aterrorizó es cómo, tras haber ejercido semejante herida en su cuerpo, ella ni siquiera pareció despeinarse.

— Necesito un favor tuyo.

Con ese puesto como juez de nivel nacional, seguro no será muy difícil.

Este negó con la cabeza por instinto, débilmente: — Hice que te entregaran a esa—loca del autobús Park Sook-hee—luego que la policía regular—la capturara hace 3 años.

Hasta con tus sobornos—los de Gombumun casi me descubren, maldita, y los entrometidos de Horang, ¡me hicieron preguntas, pudieron haber arruinado mi ascenso—!

— Pero lo que importa —aplastó su muñeca,haciéndolo abrir la boca— es que fuiste capaz dd borrar el rastro hacia mí por tu cuenta en ese entonces.

Y si pudiste hacer eso siendo un vil gusano de rango inferior, otra vez lo puedes hacer, luego de que los activos de Grupo Cheong-ah sean puestos en subasta.

— ¿Cheong-ah?

¿Por qué—te importa la corrupción de unos ricos muertos del 2017?

Todos los años son iguales para gente así.

— Eso tampoco debe importarte.

Recibirás tu recompensa si haces esto, tenlo por seguro.

Si no— Giró su pie esta vez sobre su tobillo derecho, haciéndole pegar un grito ahogado.

— Ya vas a ver cómo me como a tus queridos hijos frente a ti, y vendo las vísceras de tus nietos—a gente que los echa en falta.

— No, no —negó con el brazo— Tus amenazas son vacías, seguro el NIS ya no te respalda, no vas—a engañarme, ¿oíste?

Yo no pienso hacerlo, ¡no puedes obligarme!

—gritó— ¡Tengo aliados poderosos, bruja!

—rio ahogado— Te matarán bien esta vez, si me tocas de nuevo.

Uno de los esbirros le hizo el brazo hacia atrás, dislocándoselo.

Este dio un grito muy débil, mientras la mujer sentenciaba: — Entonces, ¿qué hacemos con tu querida familia?

¿Crees que a alguien le va a importar?

Cuando los acompañes colgados de un puente.

Este se paralizó, y se miró las pijamas, recordando dónde se las había puesto, más despierto que nunca, abandonando las esperanzas que tenía de que todo fuera algo inventado por su mente.

— Lo de traerte aquí no fue un sueño, inútil.

—sonrió— Sabemos dónde vives, y dónde trabajan tus hijos, sus esposas, a qué escuelas van tus nietos.

Mejor ten cuidado con tu tono de aquí en adelante— Además, le mostró imágenes en su teléfono.

Era él mismo, negociando con unos mafiosos en un burdel caro.

Al verlo, el viejo tembló, orinándose encima de la impresión.

— Llegó la hora de que hagas tu trabajo como mi mono a sueldo, y lo harás las veces que yo quiera.

La boca del viejo temblaba, mientras salían quejidos y las fotos de los niños entrando a la escuela se deslizaban frente a él, además de una serie de documentos de sentencias e imágenes de personas ricas o mafiosos que él reconoció.

De sus propias faltas.

— Tú, maldita— — No importa si debo buscarte en el cementerio para que lo hagas, yo misma sacaré tus huesos secos de la tierra si debo.

Con un movimiento, le inyectó una jeringa con líquido rojo, haciendo que se desmaye.

________________________________________ (05 de abril de 2021) — ¡¿Por qué lo enviaste a morir?!

—preguntó una voz jadeante— ¡Yoon Jong-woo era mi creación más útil, mi gran obra maestra!

Kwon-sook miró a aquel sujeto de cara simpática, con un tic en la boca fruto de un enojo infantil, y otro más en los dedos.

Tenía la bata sucia, los guantes pegados a las manos por el sudor, precisamente como el niño pequeño jugando con pinturas que, consideraba, ese joven era.

Ella le respondió con el mismo desprecio: — Su función en el plan alcanzó su límite.

Era inestable, demasiado errático para mantenerlo bajo control.

Igual que tus otras imitaciones.

El otro se giró, con sus ojos en refulgente verde enrojecidos, gritándole con un berrinche a brazo abierto que a sus asistentes de piel cenicienta hizo encogerse con miedo y balbuceos: — ¡Yo lo construí en tiempo récord, era mi juguete favorito!¡Forjé su mente con mis propias manos!

La mujer resopló por la nariz, sin reaccionar de vuelta: — ¡Pues qué pésimo trabajo hiciste.

Es tan desechable como los otros!

Este abrió la boca de indignación, cerrando el puño delante de sí como si quisiera golpearla: — Lo hice perfecto, lo hice —se tocó el pecho— Lo hice como yo, pude vivir a través de él.

—casi lloró— el pequeño Jong-woo transmitía mi propio arte, administraba mi casa de juegos con devoción.

—la señaló, con ínfulas— Si el Señor de la Carne no te necesitara, yo— Kwon-sook, mientras, enfocó su atención hacia una cápsula de líquido verde donde un cuerpo, obscurecido por el compuesto, todavía reposaba cuan embrión.

— ¿Tú qué?

—dijo, cruzada de brazos— Deja de hacer tanto escándalo, y dime cómo va el nuevo sujeto.

Él quiere saber si seguiste sus instrucciones.

Este se mordió la mano, y le dio la espalda para dirigirse a uno de los recipientes de verde.

Limpió la cubierta, mirando al hombre de cabellos ondulados y esponjados dentro del fluido: — Está listo para despertar.

Los retoques están listos e integrados en su cuerpo.

Sólo basta hacer una pequeña prueba de campo real.

Hahah, sí, sí, el amo estará orgulloso de mí— — Si es así, despiértalo.

Este volteó con la ceja enarcada: — ¡¿Qué dices?!¡¿Me crees idiota?!

—respondió, crispado— Si hago eso sin que el Señor esté, él podría creer que te debe algo a ti, y no a él.

Unos pasos emergieron entonces de la oscuridad, con sus ojos verdes emergiendo desde un pasillo herrumbroso a la cámara principal del Taller: — Pues es a mí a quien se lo deberá.

Aquella era la voz distorsionada del Señor, interrumpiendo la disputa.

Este masajeó los hombros de Kwon-sook brevemente, antes de aproximarse al de la bata, cuyas venas bombearon el color de sus irises por la solemne emoción.

Se inclinó poniéndose de rodillas, con una sonrisa nerviosa, haciendo un ademán con ambas manos en dirección al sarcófago percudido: — Amo mío, el Sujeto Final 2 aguarda sus órdenes.

El enmascarado miró el rostro de aquel experimento brevemente, y procedió a abrirlo.

Los vapores salieron, llenando aquel pequeño cuarto hasta filtrarse hacia la cámara principal.

El líquido filtró por debajo, pero no se terminó de vaciar; quien estaba dentro se levantó respirando con pesadez, mirando sus manos, volviéndose consciente de sus alrededores.

Su rostro gris, sus venas de esmeralda como escarcha pulsaron con vitalidad al este poner una sonrisa victoriosa y ponerse a reír lleno de energía.

— ¡Woow!

Dio un bramido gutural, poniéndose en pie al posar su mirada en los demás presentes.

El que lo despertó mantuvo su postura erguida, cruzando los brazos a la espalda, observándolo con cuidado para asegurarse de que lo que había hecho siguiera el plan.

Sonreía con sorna del sujeto, quien puso una cara indicando remembranza furiosa.

— Bienvenido de vuelta, señor Jang.

Tal como acordamos.

— ¿Qué—qué es esto?¿Dónde me llevaron?

— Su vida es de nuevo, gracia a mí, en este Taller de Reparaciones.

— Ah, sí, ya me acuerdo —dijo el revivido con desdén— Eres el maldito loco que me contactó antes de— En flashes recordó su ira, recordó sus errores de cálculo, el placer de la sangre de quienes desobedecieron.

Recordó un taladro, horadando su pecho, pero al verse este estaba intacto, regenerado.

— Y como lo prometí, ni la muerte podrá evitar que lo recupere.

Más poderoso que nunca antes.

— Esl está muy bien.

Pero tengo cosas qué hacer, no me quedaré a charlar contigo, señor MrK_777.

El enmascarado sonreía con la mirada, burlándose de él en respuesta: — ¿Y qué asunto—debe atender con tanta prisa el señor—Jang Han-seok?

El aludido sintió el insulto velado, y se tornó a verle con mala cara.

Han-seok respondió, con urgencia y rabia incontenible en siseo.

Tomó al enmascarado del cuello de su bata, con agilidad sobrehumana, y sin embargo su “salvador” no se inmutó: — Cassano.

¿En dónde está ese infeliz?

Dime.

Este pareció perder la paciencia fácilmente, y agarró al hombre del hombro con fuerza sobrehumana, acercándolo a su rostro.

Este siguió tan fríamente firme como antes, con las manos cruzadas a la espalda, en tanto el revivido exigió con más neurosis en un berrido: — ¡Habla ahora, carnicero de cuarta!

Sus miradas se entrelazaron en un duelo de voluntades que se antojó tedioso, en tanto el de bata se mantuvo distante tras su jefe, y Kwon-sook observó con atención en espera del siguiente movimiento.

Han-seok gruñó: — Responde o te voy a— El enmascarado activó un botón blando en su pulgar con el índice, y el revivido perdió la voz de repente, sintiendo que se ahogaba.

Debió retroceder un par de pasos en el recipiente, y al tratar de sostenerse de la tapa, la arrancó al caer sentado, resbalando.

Al percatarse, poniéndose azul por la asfixia, soltó el fragmento, mirando al enmascarado, con odio, apeándose al filo de la cápsula.

Apenas y con esfuerzo, se le pudo entender cuando forzó su voz por la garganta: — ¡¿Qué—?!

¿Qué—es lo que me has hecho?

Este le dio una caricia de falso consuelo en la cara, y este no pudo mover los brazos para golpearlo como hubiese querido.

Eso lo reventaba de ira.

— Veo que su regulador funciona correctamente, señor Jang.

Muy bien.

Este bufaba con la boca, luchando por respirar, escupiendo al replicar: — Detente.

¡Detente o te haré pagar—!

— Oh, pero si yo no necesito hacer nada.

El dispositivo que le implantamos mi colega —señaló a Moon-jo— y yo, solamente evita que usted sobrecargue su nueva fisionomía muy pronto.

El hombre cayó en cuatro, y solamente al calmarse, sintió que el ahogo disminuía.

Supo perfectamente que aquel pacto de tinieblas no saldría a su favor si se oponía por más tiempo; no arriesgaría que ese par de locos lo acabasen lobotomizando.

Conforme se fue reduciendo en humos, lleno de indignación, maldijo en su mente de forma venenosa aquella suerte.

— Ahora que la situación se ha controlado, debemos discutir el cumplimiento de su parte del trato.

El tal Han-seok se sentó y miró lleno de resentimiento: — ¿Eso es lo que quieres, eh, bastardo?

—rio bajo— Bien, si eso es lo que quieres, te lo daré con tal de no volverte a ver después.

Créeme, no querrás eso cuando este asunto termine.

La mujer intervino, adelantándose hacia él.

— Más que nadie, sabe no sólo de la necesidad de mover tokens digitales para—las grandes inversiones.

Sino también que uno no negocia sólo con zanahorias.

Este miró a Kwon-sook de reojo, en tanto concluyó ella: — Usted nos conseguirá el palo, como un buen perrito, ¿lo entiende bien?

Y yo me aseguraré de quitarle el collar, para que haga lo que se le antoje.

Muy lejos de nuestro —vio al enmascarado— generoso benefactor, al que por supuesto no volverá a ver, ni a buscar, si no quiere sufrir consecuencias.

Por su cara, a Han-seok no le gustó nada que usaran esos términos con él.

— Ya veremos quien es un buen perrito, y quién sufre las consecuencias de no conocer su lugar—cuando pueda morderte, vieja angurrienta.

Moon-jo se acercó con un chapoteo de pasos, y le tomó de la barbilla con una sonrisa retorcida, un tic en el ojo, sonriendo con sorna: — Veremos si resultas un lienzo valioso, o una imitación pálida de la perfección que perdí, Jang Han-seok.

Esperamos que lleves tu belleza a lo más alto, sino el Señor no estará contento contigo, y tendré que esculpirte de nuevo, ¿no es así, amo?

— Debes hacer silencio cuando los mayores hablan, Moon-jo.

Este se encogió, y se disculpó con inclinaciones y una media sonrisa, alejándose unos pasos viendo al suelo: — Si mi Señor, lo que usted ordene.

Jang Han-seok podía sentir sus pulmones respirando, y su sangre pulsar con un nuevo e insano ímpetu, sus venas brillar con aquella fluoresecencia antinatural, gélida.

Pero aquella plétora de seres tan pálidos como él, con sus ojos fijos en sus propias expectativas, se le antojaron una mala imitación del infierno de Dante y de Virgilio.

Un lugar de dolor implacentero y castigo del que seguramente sus enemigos le creyeron deudor, y al que seguramente creían que había ido luego de su supuesta “muerte”.

Era su primera ventaja, y sonrió para sí mismo: — Alright guys.

Then, let’s begin.

________________________________________ (13 de abril de 2021) Las teclas de un piano resonaron en las paredes del amplio espacio, sobre el piso falso, las paredes con cubierta de yeso y el falso techo con su lámpara de cristal, similar a un domo de mármol veteado.

Ágiles dedos fluían de forma ominosa, recreando las notas de Chopin, la “Nocturne en E menor Opus Posthumus número 1”.

El sol se estaba poniendo fuera, y el último par de manos más pequeñas sobre el teclado se había retirado hace 5 minutos para tomar el autobús a casa.

Sólo quedaban las suyas en la intimidad de las melancolías por decisiones no tomadas en temprano, las carreras de oscuridades pasadas.

Era una mujer peculiar, que bamboleaba su cabeza de forma enfática, como si estuviera tocando una batería o un piano eléctrico.

Sus cabellos saltaban, azotaban el aire conforme comenzó a divergir del ritmo original, ya sin nadie más que su silencio interior, y las voces poco claras de su creatividad, que le insistían en tocar más rápido.

Se dejó llevar, por eso se puso contenta, ya que no buscaba seguir triste por lo que no hizo, sino demostrarle a la música en su sangre que podía superar su pasado con una sonrisa.

Le habían dado una oportunidad nueva, y desde la primera hora en que con aquel donador, aquel que cambió la vida de ella u de todos en el edificio, partieron caminos, ella la aprovechó al máximo.

Primero llegaron dos, después cinco, luego llegaron diez, y ahora tenía casi 30 pupilos a los que transmitir su verdadera pasión cada semestre que daba clases; varios chicos también iban a ella para tutorías personales.

Su corazón por ello, pensando en cómo cada sonido se transmitía de generación en generación como luz sonora, buscaba romper el esquema de una melodía pesada, y volverla ligera como los gorriones.

Hasta que su corazón dio un vuelco, deteniendo sus dedos: “¿Huh?” Se detuvo de forma abrupta, cuando la punta de su nariz se heló, y se le secó la garganta; se quedó gélida por la rara visión.

Sus dedos se quedaron tiesos como garfios, suspendidos sobre las teclas del piano de cola, que al atardecer proyectó sombras largas, mientras ella miraba afuera de la ventana.

Las mejillas se le ruborizaron por aquel frío, y frunció el ceño, extrañada, cada vez más ansiosa por la quietud de los extraños en la parada; por su postura cual tallos doblados.

Se tocó el rostro tres veces, temblando de frío repentino, mientras se levantaba de su asiento y miraba por el ventanal: — Qué extraño.

Apenas sí se ha puesto el sol.

Cerró las persianas metálicas rápidamente al ver sombras acercarse a ella con el rabillo de ojo.

Estas bajaron con su rascar, obscureciendo el sonido de los golpes, chocando al suelo con ruidos enlatados, muy secos, al tiempo que el vidrio quebraba.

Se había hecho para atrás pegando boquidos, y pronto su instinto la hizo buscar una salida, sus pies moviéndose más ágilmente que su mente hacia la puerta trasera, corriendo por los pasillos sin sus pantuflas.

Sus pisadas hicieron eco en las luces, que se apagaron todas, y tanto el dueño de la lavandería como el chef del restaurante italiano la escucharon pegar carrera gritando: — ¡Corran, ya vienen, van a entrar!

Ninguna de ellos pudo entender lo que pasó a continuación, cuando salieron a ver por qué la mujer corría; segundos valiosos antes de que oyeran el metal romperse, muchos pares de pasos llegar desde el subsuelo 1.

El primero, un hombre delgado y ojeroso, ni siquiera pudo hablar cuando sintió el calor en su espalda, apenas se apagaron las luces, apenas escuchó las exclamaciones de quienes abajo usaban el gimnasio local.

En cambio el segundo, un señor regordete con bigote, oyó ruidos de gruñidos chapoteantes y vio sombras de piel grisácea rodearle tan rápido que cortó en el aire con su cuchillo de carnicería, aterrado, gimiendo.

Ninguno de ellos duró más de cinco segundos, cuando sus cuerpos chapotearon grotescamente sobre el piso de piedra con patrones granulosos, cuando decenas de sombras de ojos verdes pasaron.

“¡¿Quiénes son?!” “¡Qué es eso, no por favor!” “¡Aléjense, fuera, no—!” La mujer oyó los gritos finales, gimoteando, las pesadas caídas, y aquel fue el destino de todo aquel pobre rentista que se hallaba en el piso, de muchos nuevos residentes en los demás pisos, varios de ellos arrojados al vacío entre chillido, quebrándose.

La mujer tuvo cada vez más pánico por las caídas, los ruidos de cortes, silbidos graves en el aire y los golpes al suelo, muchos de ellos aconpañados por un sonido de carne extendiéndose, un olor ácrido de las pocas sombras negruzcas entre los seres pálidos.

Estuvo segura de que debía escapar por completo del edificio momentos antes, tras tomar viada a la puerta de emergencia al exterior del edificio, pero cuando vio a cinco personas armadas acercarse, tuvo que cubrirse de los disparos, y los pseudópodos.

— Oh, santos cielos, ¡oh, santos cielos—!

—masculló angustiada.

Estos agujerearon las paredes mientras que ella corrió de vuelta al amplio tragaluz interior, y se escabulló por las escaleras al subsuelo, que había quedado vacío; vio el gimnasio, un reguero de cuerpos mutilados.

Había sido remodelada aquella bajada, así como el cuarto de servicio que ojeó de pasada en reconocimiento, así como hizo con el pequeño Templo Namyak, un local donde no había nadie pero el incienso aún humeaba fresco.

El segundo sitio le dio mala espina, pues la ausencia de muerte le pareció más temible que su presencia, y así prefirió pasar sobre el cuerpo del conserje.

preguntándose qué había salido mal.

Su memoria volvió a un tiempo en que aquel lugar estaba mayormente abandonado y polvoriento, no siendo más que paredes de bloque pelado.

Habían estado renovándolo, curando la humedad, y cambiando las tuberías del agua y el gas de a poco, hasta que, para este punto, había quedado todo enlucido, repintado, como nuevo.

Sintió una gran pena que en aquel último año desde que aquel edificio, Geumga Plaza, estuvo en peligro, y ni siquiera eso, con lo sufrido que fue, era igual a la masacre alrededor de ella.

Se encerró allí, en ese cuarto de servicio, sin hacer ruido ni al respirar, y se metió en uno de los varios casilleros vacíos, cuidando de no tirar el cubo para agua entre sus pies, cerrando la algo oxidada puerta con fuerza.

Fue en esa quietud que su largo rush de adrenalina se fue apagando, hasta trastornarse en agotamiento mental, en un peso de su corazón que la hizo llorar, obligándole a taparse la boca al instante.

La angustia que quiso vencer la embargó como una cascada de fuego cayéndole encima, al tiempo que se sobresaltaba con cada ruido haciendo eco desde arriba; cerró sus ojos.

— Por favor—perdónenme.

—susurró—Debí ayudarlos.

Familia Geumga, lo siento mucho—lo siento—lo siento— Oyó los ruidos bajo el filtro del miedo y el desconcierto, gimoteando; paredes rotas, madera y bloque partiéndose, alaridos, lamentos, los pasos, un impacto, rugidos.

Tras eso eran disparos los que oyó, golpes sordos, nada que no hubiese oído antes, pero también comenzó a sentir una brisa seca, explosiones de aire sordas, como si el oxígeno implosionase skn chispa arriba de su cabeza, dejando caer polvo del techo.

Tremores agitaron el lugar, y luego los gritos ahogados, los huesos rotos, sonidos que parecían más los de una bestia o un ente de otro mundo abisal que los de un ser humano, antes que todo cayese en silencio.

Y comenzaron nuevos ecos, un par de botas en pasos ligeros.

Iban aproximándose, y en un momento, un gruñido animal le puso los pelos de punta, antes de un espinazo se rompiera bajo aquel calzado no visible, y aquel cuerpo cayera.

Los pasos, un solo par de ellos, continuaron descendiendo hacia su posición, y ella vio a través de las aperturas del cancel que alguien abría la puerta del cuarto girando el pomo con cuidado, el palo que puso alejado.

Tragó saliva, esperando lo peor de la muchacha pálida en camiseta y jeans con tirantes que caminó dentro del cuarto con aparente calma, su vista de inmediato posada a través de las hendijas del cancel.

“Este—este es mi final.

¿No es así?

Está bien.

Me lo merezco” pensó, resignada.

Fue tan casual que, de no sentir que su vida terminaría en ese instante, se habría reído de cómo tan casualmente esta visitante la vio a los ojos, y a un par de metros de sus ojos abrió su escondite sin tener que tocarlo.

Ella por instinto se hizo para atrás, y se presionó de espalda a la pared del alto casillero, apretando la boca, cerrando con fuerza los párpados, rostro tenso tornado hacia arriba, brazos bien pegados al cuerpo.

La otra simplemente llevó su mano dentro con suavidad, la tomó, y la sacó caminando de la muñeca, como una maestra cariñosa a una niña malcriada del jardín de infantes haciendo una nimia travesura o jugando.

Esto la sacó de balance, casi cae al no poder procesar la paz del momento en medio del suplicio, pero fue sostenida, y sin más opción miró el rostro de aporcelanada piel, como una luna; no era como las pieles grises, de venas esmeralda, que había visto.

Preguntó, con la respiración agitada: — ¿Tú—tú qué—tu quién—?

Ella preguntó en forma firme pero serena, dejando ir su mano: — No tengo un nombre, pero puedes llamarme—Ark-1.

Y tú—¿eres la especialista informática Seo Mi-ri?

Ella se chocó al oir que volvían a llamarla así, pero igual respondió, temblando ante su presencia, echada atrás medio paso: — ¿Qu—qué es lo que quieres de mí?¿Por qué, por—qué estás aquí?¿Quién—te envió?

— No puedo decir quién lo hizo, sólo que me envió para salvarte.

Así que por favor, ven conmigo.

Ella negó con la cabeza rápidamente, pero la muchacha pálida le tendió la mano, con una leve sonrisa.

— No tengas miedo, ya me deshice de ellos; te sacaré de aquí.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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