Translator Device - Capítulo 17
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17: CAPÍTULO 16: Voz interior 17: CAPÍTULO 16: Voz interior El cielo de Seúl lucía un azul brillante con nubes arremolinadas, como un cuadro de Van Gogh.
Una brisa suave agitaba las hojas en la zona de la Korean Business School.
Cruzando el paso peatonal, un estudiante caminaba mirando al suelo.
Llevaba una gorra y la mitad de su rostro estaba oculta por una mascarilla negra.
Era Matías, intentando pasar desapercibido.
A su lado, otros jóvenes se movían inmersos en sus propios mundos, mientras el sonido del tráfico se mezclaba con el roce de las zapatillas sobre el asfalto.
Poco después, Matías se encontraba agazapado en una esquina de los pasillos de la facultad, casi fundiéndose con las sombras de las paredes de ladrillo blanco.
Estaba en tensión, escudriñando cada movimiento antes de avanzar hacia su salón.
“Qué estupidez”, pensó.
“Debo andar como ninja para que no me vean».
Al sentarse en su puesto, sentenció: “No he hecho nada malo, acá somos todos adultos.
Me sacaré la capucha”.
Pero apenas dejó al descubierto su rostro, el salón exclamó al unísono: —¡Matías!
Lo rodearon de inmediato, ametrallándolo a preguntas: «¿Es verdad?», «¿Su piel es tan tersa como en las fotos?», «¿Cuándo la traerás a la universidad?».
Incluso alguien susurró a lo lejos: «No la mereces».
El profesor entró y, tras pedir silencio con voz potente, miró a Matías de forma inquisidora.
Luego, sacó un lightstick del grupo B6 de su maletín y añadió con cara de fan: —Matías…
¿podrías hacer que Ye In me lo autografíe?
Más tarde, Matías estaba con sus tres compañeros más cercanos, agotado y tratando de que lo dejaran en paz.
—Les he repetido cien veces que Ye In no es mi novia.
—Pero parcero, en esta foto ella aparece besándote —insistió Juan, su amigo colombiano.
—Juan —respondió Matías, hastiado—, eres sudamericano, sabes que un beso en la mejilla no significa nada.
Además, ya leyeron el comunicado de la agencia.
—¡Joder!
No le creo nada a ese comunicado —añadió Sofía, la española del grupo.
—Tell us the truth —remató David, el estadounidense.
Una hora después, Matías buscó refugio en una sala de estudios.
Sus ojos estaban fijos en el portátil, pero su mente estaba a kilómetros de distancia.
“El mundo de la farándula es horrible”, pensó con angustia mientras leía titulares sobre el lado oscuro del K-pop: escándalos, presiones extremas y finales trágicos.
Uno de ellos, con letras gruesas y en rojo, titulaba: «Escándalo, depresión y suicidio: encuentran muerta a una estrella de k-pop a los 25 años».
Y la bajada decía: «El cuerpo de la popular cantante surcoreana fue encontrado después de una polémica por la filtración de imágenes íntimas».
Y así, unas decenas de artículos y reportajes del mismo o peor calibre.
“Yo solo le daré problemas”.
En ese momento, un toc-toc lo hizo saltar.
Dos chicas le sacaban una foto desde el cristal exterior.
Matías se sintió como una atracción de circo.
Ya en la noche, tras ignorar innumerables comentarios, entró en una tienda de conveniencia para comprar ingredientes para empanadas.
Él cocinaba bien; no era un chef Michelin, pero se defendía con orgullo.
—¿Tú eres…?
—empezó la vendedora.
—No lo soy —la cortó él en seco.
Mientras subía la cuesta hacia su casa, pensó en que Ye In vivía ese acoso cada día.
Sintió compasión.
En solo una jornada él ya quería huir a una isla desierta; no podía imaginar el peso que cargaba ella.
De pronto, una voz familiar le habló en la reja, pero esta vez, en español: —Hola, Matías.
Él abrió los ojos de par en par.
Era Ye In.
—¿Me hablaste en español?
—Sí —dijo ella, mostrándole un traductor idéntico al de él.
—Ven, pasa.
Debemos hablar.
Al entrar, Matías, absorto, no se quitó los zapatos.
Ella, confundida por la costumbre occidental de él, dudó un segundo, pero decidió seguir su instinto y ponerse las pantuflas del recibidor.
—Acompáñame a la cocina —le pidió él—.
Debo preparar algo especial.
—¿Molesto en algo?
—preguntó ella con un ligero toque de celos.
—Gracias a ti he recibido muchas invitaciones hoy, pero no; solo le prepararé empanadas a Miguel.
—¡Ah!
No sé qué es eso —dijo ella entrecerrando los ojos—.
No sé cocinar, pero puedo ayudarte en lo que me digas.
—Claro, pero primero pásame tu traductor.
Matías sincronizó ambos aparatos.
—Listo.
Ahora la traducción será más fluida.
—¡Wow!
—exclamó ella—.
Parece que habláramos el mismo idioma.
—Sí —respondió él.
Mientras la miraba, su voz interior —esa que algunos llaman conciencia y otros: razón— le advertía que no se dejara embobar, que se mantuviera firme en su decisión de no ser un estorbo para su carrera.
—Antes que nada —dijo Ye In haciendo una reverencia de noventa grados—, por favor, perdóname.
—Levántate —le pidió él con suavidad—.
Me haces sentir incómodo.
No soy un emperador, soy tu igual.
Nunca me hagas reverencias, ¿bueno?
—Está bien.
Sin reverencias entre nosotros.
La verdad es que no quería mentirte.
Al principio me pareció innecesario, pero luego todo cambió y me dio miedo decírtelo.
—¿Miedo a que me aprovechara de ti?
—No, Matías.
Miedo a que te alejaras de mí al ver todo este caos.
“Alejarse es la mejor decisión”, le repetía su voz interior.
—Contigo todo fue distinto —continuó Ye In—.
Me sentí querida y respetada por quién soy, no por lo que represento.
—Si me lo hubieras dicho al principio, nada habría cambiado.
No soy de los que se encandilan con las luces.
—Lo sé, Matías…
por eso te ruego…
La voz interior de Matías se puso en alerta máxima.
Le ordenaba mantenerse estoico, racional, firme.
—Te ruego que no terminemos lo nuestro —dijo Ye In con los ojos húmedos—.
Démonos otra oportunidad.
—Sí, está bien —respondió Matías de inmediato.
Y su voz interior, simplemente, se evaporó en la nada.
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