Translator Device - Capítulo 44
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 44: CAPÍTULO 43: Ángeles
La noche abrazaba la ciudad; el eco de los gritos y el bullicio de los curiosos ya eran parte del pasado. La jornada había sido vertiginosa, un torbellino de emociones que ahora decantaba en un silencio pesado.
Solo unos pocos alumnos quedaban por ahí, terminando de ordenar y embalar lo que quedaba de sus puestos. En el stand de la Facultad de Economía y Negocios solo resistían Matías, Sofía, Juan y David.
—Lo logramos —decía Matías con satisfacción—. Ganamos el primer premio; fue un día increíble.
—Parcero, las chicas de B6 nos están esperando para celebrar —lo apuró Juan—. El concierto se hizo viral y la está rompiendo en redes sociales.
—Pero todavía quedan detalles por terminar —advirtió Matías.
—¡Mati! Una juerga con las B6 no se da todos los días, déjanos ir, porfa —rogaba Sofía.
Muy a la distancia, oculta en la oscuridad tras un árbol, una figura femenina observaba la conversación sin ser vista.
—Está bien, vayan. Yo termino de ordenar —cedió Matías.
—Eres tan bueno que necesito darte un abrazo —dijo Juan, llevándose las manos a la cabeza dramáticamente.
—Idiota —rio Matías—. Ya lárguense antes de que los ponga a barrer toda la noche.
—¿Sabes algo de Jin Ah? —preguntó Sofía—. Juan lleva una hora llamándola.
—Pensé que se había ido hace rato —contestó Matías encogiéndose de hombros.
—Si se comunica contigo, dile que me llame —pidió Juan—. La estaremos esperando.
—Lo haré. Ahora márchense de una vez.
Al rato, Matías terminaba de guardar unos vasos plásticos en una caja de cartón cuando el sonido rítmico de unos tacones resonó tras él. Se acercaban sin prisa.
—¿Te ayudo con algo?
Matías volteó y vio a Jin Ah sonriéndole desde el otro lado del mostrador.
—¿Y tú? —preguntó sorprendido—. Pensamos que te habías ido.
—Ah, es que fui a cambiarme de ropa y recordé que debía hacer el informe de ventas de hoy; así que me pasé por la biblioteca a terminarlo.
—Qué aplicada. Juan te estuvo llamando; se fueron a cenar con las B6, te están esperando.
—Mi teléfono se quedó sin batería —respondió ella con total tranquilidad—. De todas maneras, no hubiese ido; estoy agotada, solo quiero irme a casa.
—Con lo guapa que estás, pensé que ibas a una cita.
—¿De verdad crees que soy guapa? —preguntó ella, fingiendo un leve rubor.
—¡Por supuesto! —sonrió Matías—. Ya terminé aquí. ¿Te llevo a casa?
—Sí, claro.
Caminaron hacia los estacionamientos.
—¿De verdad no quieres ir donde las B6? —insistió él.
—De verdad. No me encandilan las luces y, para serte honesta, no me gustó su música. Es muy básica, como para niños.
Minutos después, el automóvil de Matías llegaba al estacionamiento de un bloque de edificios que se perdía en el cielo, rebosante de elegancia.
—Ese día debiste haberle avisado a Juan que conocería a las B6 para que se preparara; él es fan.
—¿Y haberme perdido su reacción? —rio Matías—. Ni loco.
Tras maniobrar, estacionó cerca de la puerta del ascensor.
—Sana y salva. Es muy lujoso este edificio —comentó mirando alrededor.
—Mis padres son ricos. Ahora están de viaje de negocios en Malasia —le soltó ella como si fuera un detalle sin importancia. Luego, con la misma calma, preguntó:
—¿Quieres subir a comer ramyeon?
Matías no conocía el doble sentido que tiene esa frase en Corea. En su mente no había conflicto malicioso; solo estaban ese ángel bueno y el ángel malo que aparecen a veces, debatiendo los pros y contras de aceptar la invitación de una chica que no es tu novia. Nunca pensó en el otro sentido.
—¿Subimos? —insistió Jin Ah—. Necesito hablar algo importante contigo.
—Está bien —accedió él, pensando que una amiga necesitaba que la escucharan.
Casi a medianoche, Ye In regresaba a su departamento. Había tenido un día agotador de lectura de guion y reuniones para su nuevo proyecto.
—¡Estoy muerta! —exclamó tirando su abrigo al suelo y dejándose caer pesadamente sobre el sofá.
De pronto, el sonido de un mensaje hizo vibrar su teléfono. Era del número de Matías.
—Mi novio… tan inoportuno. Tiene el teléfono apagado por horas y justo ahora me escribe.
Se incorporó de golpe al abrir el chat. Su corazón y su respiración se detuvieron en seco; sus ojos se abrieron de par en par, fijos en la pantalla.
La imagen de Matías, maniatado y amordazado, ocupaba todo el visor. Sobre la foto, un mensaje en coreano sentenciaba:
“Tengo a tu novio. Si le avisas a la policía o a alguien, él muere. Espera instrucciones”.
Ye In no había dormido en toda la noche. Apenas se había quitado la ropa del evento para ponerse un buzo deportivo; tenía los ojos hinchados de tanto llorar y el alma apretada por la impotencia de no poder avisar a la policía. Ni siquiera se atrevió a decírselo a Ahn Myong; él era de armas tomar y temía que su reacción empeorara las cosas. Solo le pidió a Yang Mi que revisara los videos de la universidad de la noche anterior, actuando como una novia celosa para no levantar sospechas.
—¿Pudiste ver las cámaras? —preguntó Ye In con la voz rota.
Yang Mi estaba en la sala de seguridad de la universidad revisando las grabaciones.
—Matías se fue con esa compañera nueva, la que me pediste que vigilara.
—¿Segura de que no había nadie más?
—Solo estaban ellos dos. Se fueron al estacionamiento y salieron juntos en el auto —respondió Yang Mi, y luego añadió—: ¿Qué pasa? Te oyes rara.
—Nada, prima… solo estoy un poco resfriada. Luego te llamo.
Ye In colgó y se echó a llorar desconsolada. Estaba destruida.
—Amor, quién te ha hecho esto… todo es mi culpa —se repetía. De pronto, se incorporó de golpe; una revelación cruzó su mente como un relámpago:
—Espera un segundo… Jin Ah llegó de la nada justo cuando apareció el antifan. Ella es rica, pudo contratar el camión, y dijo que el tipo al que amaba había muerto… ¡Jin Ah es la cómplice del sasaeng que me raptó!
Se puso las zapatillas y salió rauda hacia la puerta.
—¡Tengo que detenerla!
Poco después, Ye In estaba en la calle haciéndole señas a un taxi mientras hablaba con Sofía por teléfono.
—Sofía, ¿Jin Ah está contigo?
—No. ¿Pasa algo, Ye In?
—¿Sabes dónde vive?
—No, pero Juan sabe. Te doy su dirección para que le preguntes.
Un rato más tarde, Ye In aporreaba la puerta del departamento de Juan. Él abrió, sorprendido.
—Ye In, qué sorpresa. Si buscas a Matías, no está aquí.
—Busco a Jin Ah —dijo ella jadeando—. ¿Sabes dónde vive?
—Claro que lo sé, pero si quieres hablar con ella estás de suerte… ella está acá.
—¿Ye In? ¿Qué haces aquí? —preguntó Jin Ah apareciendo tras él.
—¡¿Dónde está Matías?! ¡¿Qué le hiciste?! —espetó con furia.
—Oye, tranquila —le dijo Jin Ah retrocediendo—. No sé dónde está Matías. Anoche me dejó en casa y no lo he visto desde entonces.
En ese instante, el recuerdo de lo ocurrido se hizo presente. El departamento de Jin Ah era lujoso al extremo; los grandes ventanales daban hacia el río, que esa noche lucía iluminado de forma espectacular por los edificios y el neón. Matías estaba asombrado; pensó que el departamento de Ye In era inmenso, pero el de Jin Ah era el doble de grande.
Jin Ah le pasaba una lata de gaseosa.
—¿Te gustó el ramyeon?
—Mucho —contestaba Matías.
—No disimulaste tu cara de disgusto; te molestó que hiciera tanto ruido al comer, ¿cierto?
—Para ser honesto, sí. Es algo a lo que aún no me acostumbro en Corea —decía rascándose la cabeza—. En mi cultura, hacer ruido al comer es de mal gusto.
—Entonces no haré más ruidos cuando esté comiendo contigo.
—No, no… yo soy el raro acá. Debo acostumbrarme a su cultura, no ustedes a la mía.
Matías abrió su lata, dio un sorbo y preguntó:
—¿Y qué era eso tan importante de lo que querías hablarme?
—Matías, creo que me estoy enamorando, pero algo me frena —decía Jin Ah, enrojeciendo—. Dime… ¿crees que Juan siente lo mismo por mí?
—Uf, gracias a Dios era él —susurró Matías aliviado.
—Espera, ¿pensaste que hablaba de ti? —preguntó ella ladeando el cuello.
—Por un momento lo pensé, pero por suerte no fue así —rio él—. Sabes que Ye In lo es todo para mí; me hubiese apenado mucho tener que rechazarte.
—Debo admitir que eres guapo, Matías, pero eres muy parco… pareces coreano. En cambio, Juan tiene ese ritmo. Cuando lo vi enseñándoles a bailar a las chicas de B6, algo despertó en mí.
—¿Y qué te frena? Él es un buen hombre.
—Ustedes los latinos son muy bromistas —decía Jin Ah algo confusa—. No sé si las cosas que me dicen son en serio. ¿Tú crees que le gusto de verdad?
—Los hombres somos básicos y simples —le decía Matías dejando su lata sobre la mesa—. Vemos solo siete colores. Un sí es un sí, un no es un no. Y sobre todo: dejaríamos todo por la mujer que nos mueve el piso. Él ahora está con las B6, es su fan… llámalo. Dile que quieres verlo y comprueba si lo que te ha dicho es verdad.
Jin Ah sacó su teléfono y marcó. Tras una breve charla y un par de “Sí, mmm. Entiendo”, cortó la llamada y miró a Matías radiante.
—¡Dejó todo por mí! En un rato nos juntaremos en su departamento.
—Lo sabía. Él también está loco por ti.
Matías se puso la chaqueta para marcharse.
—No olvides decirle lo que sientes; recuerda al chico que amaste y murió en ese accidente. Nunca temas expresar tus sentimientos; un amor cobarde no tiene derecho a llamarse amor.
—Lo haré —prometió ella.
Al rato, Matías estaba abriendo su automóvil cuando una voz femenina, muy conocida, le habló a sus espaldas. Matías giró y quedó paralizado por la sorpresa.
—Eres tú… —alcanzó a decir.
—Soy yo —respondió ella. Y una potente descarga de un taser lo dejó tirado en el suelo, sin sentido.
Juan los devolvió al presente:
—¡Es verdad! —dijo él, defendiendo a Jin Ah—. Ella ha estado conmigo desde anoche. Pero, ¿Qué sucede? ¿Le pasó algo a Matías?
El teléfono de Ye In vibró. Un nuevo mensaje decía: “Te envío la dirección donde está tu novio. Te espero en la azotea”.
Ye In dio media vuelta sin decir palabra y salió corriendo.
—¡Ye In! —gritó Juan, confundido.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com