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Translator Device - Capítulo 46

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Capítulo 46: CAPÍTULO 45: Azotea

Ye In bajó rauda del taxi y el corazón le dio un vuelco al notar que, entre los autos estacionados frente al edificio, estaba el de Matías. Corrió hacia las escaleras sin esperar el ascensor.

—Aguanta, amor. Voy por ti —susurraba mientras subía a toda prisa los cinco pisos hasta la azotea.

Al llegar, pateó la puerta de metal con todas sus fuerzas. El estruendo resonó en el aire frío de la noche. Allí estaba: Matías, de rodillas, amordazado y amarrado; y junto a él, una figura femenina oculta bajo una capucha.

—¡Deja ir a mi novio! —gritó Ye In, con la voz cargada de autoridad.

—Ye In, Ye In… —dijo la chica con una calma gélida—. Tú no das las órdenes aquí. ¿Qué pasa? ¿Olvidaste tus modales? Una señorita saluda cuando llega. Dile “hola” a las cámaras; le avisé a los medios justo antes de que llegaras. En este momento, estamos en vivo para todo el mundo.

En la azotea había tres cámaras sobre unos trípodes transmitiendo en directo a una red social. Los medios locales ya hacían eco de la noticia; la escena se reproducía en las pantallas gigantes de los edificios, en los teléfonos y en cada canal de televisión que había interrumpido su programación para dar el “extra” de último minuto.

Al otro lado del mundo, en Chile, la hermana de Matías gritó: —¡¡Mamá!!

La señora Müller dejó caer su taza de café, que se hizo trizas en el suelo, al ver en la pantalla del computador a su hijo maniatado en una azotea al otro lado del planeta.

—No me interesan las cámaras, solo me interesa Matías. ¡¿Quién eres?! —preguntó Ye In con furia.

—¿No me reconoces después de todo el daño que me hiciste? —La chica se quitó la capucha, revelando por fin su rostro—. ¿Ahora me recuerdas?

—¡Mina! —exclamó Ye In, impactada.

Matías intentó hablar. —¡Ye In, vete de aquí! —balbuceó, pero la mordaza le impedía modular con claridad.

—Querido, no interrumpas —le soltó Mina con frialdad—. Las señoritas están hablando.

—¡Tú eras la cómplice del sasaeng que me raptó! —acusó Ye In.

—¿Yo? ¿Cómplice de ese imbécil? Ese bueno para nada trabajaba para mí —rio Mina con una mezcla de desprecio y locura—. Lo único que quería era un poco de fama, ¿es eso malo? Incluso traté de conquistar a tu patético novio, pero tú me expusiste ante todos.

—No inventé nada. Solo expuse lo penosa que eres.

—Haré como que no escuché eso, por respeto a nuestra audiencia —dijo Mina, colocándose delicadamente un mechón de cabello tras la oreja—. Lo perdí todo por tu culpa. Me rechazaban en todos lados, hasta mi propia familia me dio la espalda. Por eso decidí usar a ese idiota que fotografiaba y espiaba a Matías en la universidad. Lo convencí para que te raptara; así yo te rescataría, limpiaría mi nombre y lograría la fama que merezco. Pero tu novio subdesarrollado lo arruinó todo. Me arrebató mi oportunidad.

—Tu obsesión con la fama es una enfermedad —dijo Ye In mirándola con asco—. Si la querías, solo debiste trabajar duro y desarrollar tu talento, no usar tretas.

—Qué naíf eres, Ye In. Pero ya es tarde para consejos. Tengo una mejor idea: mataré dos pájaros de un tiro. Me vengaré y lograré el reconocimiento que merezco. Acabaré con ustedes y, al igual que con Mark Chapman, se escribirán libros y se harán películas sobre mí. Pero basta de charla —dijo sacando una daga que llevaba oculta en el cinturón—. Pronto llegará la policía. Démosle a la audiencia un gran espectáculo.

Ye In sentía el miedo y la ira luchando en su pecho. De pronto, un recuerdo de Ahn Myong acudió a su mente: “El atacante siempre cree tener el control. Si haces algo que escape de su lógica, lo confundes y ganas segundos valiosos. Debes actuar con rapidez y convicción”.

Matías volvió a balbucear: —¡Ye In, huye!

Mina le lanzó una fuerte patada en las costillas que lo hizo tumbarse en el piso, gimiendo de dolor.

—¡Te dije que te callaras! —gritó Mina. Volviendo la vista a Ye In, añadió—: ¿En qué estábamos?

—No debiste hacer eso —dijo Ye In con fuego en los ojos. Comenzó a caminar hacia ella.

—¡Detente ahí! —gritó Mina, empuñando la daga.

Ye In seguía avanzando, segura, sin mostrar ni una gota de debilidad. Su mirada quemaba las pupilas de su oponente.

—¡Dije que te detuvieras!

Ye In no se detuvo. Siguió su camino recto y decidido. Mina ladeó la cabeza, confundida por la falta de miedo de la actriz. Cuando estuvo a la distancia justa, Ye In, como un rayo, lanzó una patada circular directo a la mandíbula de Mina, haciéndola caer bruscamente al suelo.

Sin darle tiempo a reaccionar, Ye In se abalanzó sobre ella. Sus puños se hundían en la cara de Mina mientras gritaba al ritmo de los golpes:

—¡Nadie! ¡Le levanta! ¡La mano! ¡A mi novio!

Ye In se incorporó, respirando agitada. Al ver a Mina inconsciente y sangrando en el piso, le soltó con desprecio: —¡Michinnyeon!

Corrió a desatar a Matías, le quitó la mordaza y lo ayudó a incorporarse, fundiéndose en un abrazo desesperado.

—¿Amor, estás bien?

—¡Ye In! ¿Por qué viniste? Era peligroso —le dijo Matías, aunque luego añadió con una sonrisa débil—: Bueno… eso te habría dicho antes de saber que mi novia era Bruce Lee.

—Qué quieres que te diga… Ahn Myong me enseñó bien.

—Ya veo.

—Estabas equivocado, Matías —dijo ella sin soltarlo—. Sobre eso de que tú tienes tu vida, yo la mía y ambos la nuestra… Nuestras vidas ya son una sola, no se pueden separar. Si tu vida falta en la mía, no solo no existirá la nuestra… yo también perderé la mía. Sin ti, no podría vivir.

—Una vez más tienes razón. Sin tu vida en la mía, yo tampoco podría.

—Hablando de poder… —dijo Ye In arrugando el entrecejo—. ¿Cómo una tipa tan flaca como ella pudo subirte hasta la azotea?

—¿Quieres que te cuente los escabrosos detalles o prefieres que te bese?

—Mmm… — dijo ella con un dedo en la barbilla y mirando hacia arriba— cuéntamelo después. Bésame.

Ambos se fundieron en un beso profundo, olvidando por completo que cada detalle estaba siendo transmitido en vivo para el planeta entero.

En las calles, los vítores de las personas que veían la transmisión en las pantallas de los edificios o en sus celulares retumbaron por toda la ciudad. En Chile, la señora Müller decía:

—Esa es mi nuera —con orgullo y los ojos llenos de lágrimas.

A los pocos minutos, la azotea se llenó de policías. Ye In, mientras caminaba abrazada a Matías hacia la salida, señaló a la villana:

—Oficiales, llévense a esa basura —luego le susurró a Matías sonriendo—: Siempre había querido decir esa línea en una película.

—Apuesto a que quienes veían la transmisión creían que Mina recuperaría la conciencia, te atacaría por sorpresa y tú, con otra patada, la lanzarías al vacío.

—¡Ay, Matías! —rio ella—. Qué cliché.

Los noticieros y canales de farándula de todo el mundo se dieron un festín con los detalles del suceso durante casi un mes. El canal de noticias más popular de Corea informaba: «…Estos trágicos acontecimientos dieron pie para que hoy el parlamento aprobase la Ley Mad-i (que fonéticamente suena como “Mati”), la cual endurece las penas para los fanáticos denominados sasaengs…»

En Chile, el segmento internacional de CNN comunicaba: «En un hecho inédito, la ministra de Relaciones Exteriores de Corea homenajea a Matías Castillo otorgándole la nacionalidad por gracia. El joven chileno que…»

Algunos de los hechos y datos que se filtraban eran ciertos, otros tergiversados, y definitivamente muchos eran fake; hasta un canal de conspiraciones debatía la teoría de que Matías era un reptiliano que se infiltró en la crème de la sociedad coreana.

Pero, como toda gran noticia, el tiempo la fue menguando. Matías y Ye In fueron reemplazados por la “otra gran noticia del momento” y quedaron archivados en la memoria digital. Todo es efímero.

◇ ◇ ◇

Un grupo de graduados conversaba con diplomas en mano frente a la sala de ceremonias.

—Gracias por compartir esta aventura conmigo, los echaré de menos —decía Matías.

—Los tres semestres pasaron volando. ¿Y al final qué harás? —preguntaba Sofía, curiosa.

—Como saben, soy el “novio de la nación” —decía él rodando los ojos con ironía—. Me dieron la residencia, así que abriré una sucursal de la empresa de mi familia aquí en Seúl. ¿Y tú?

—Vuelvo a Madrid. Corea es lindo, pero no es para mí.

—¿Y tú, David?

— I’m headin’ back to America to find me a job in Silicon Valley.

—América es un continente, no un país, gringo porfiado —le soltó Matías riendo.

—Yo debo regresar a Colombia, pero volveré —prometió Juan.

—Más te vale —le amenazó Jin Ah, tomándolo del brazo.

—Sí, mi amor —respondió Juan, totalmente sometido.

Todos rieron a carcajadas.

—Debo irme, adiós, chicos, les deseo mucha suerte. — se despedía Matías.

—¿Nos volveremos a ver? —preguntaba Sofia.

—No puedo predecir el futuro; lo que sí sé es que, no importa en la parte del mundo en que se encuentren, siempre serán mis amigos.

◇ ◇ ◇

Las fotografías empezaron a caer una tras otra sobre la mesa, como recuerdos que cobran vida:

Matías frente a su primera sucursal, junto a Miguel, Ye In y su nueva familia coreana.

Un viaje: ruinas míticas en Perú, el cielo abierto y Ye In sonriendo al borde del encuadre.

Una selfie: mejillas abultadas frente a una mesa llena de comida y la señora Kim riendo al fondo.

La última: trajes de boda, una ceremonia íntima y manos entrelazadas.

Cuando las fotos dejaron de caer, habían pasado dos años. La luz de la tarde filtraba una calidez suave en la cocina de Miguel.

—Hacía tiempo que no venía a tu casa —decía Matías.

—A mí me encanta venir, me trae recuerdos lindos —comentaba Ye In.

—Mati, dame tu opinión —interrumpió Miguel con seriedad—. Quiero abrir un restaurante de comida chilena, ¿Qué dices?

—Es una pésima idea —respondió Matías tajante—. Muy de nicho. Lo mejor es uno de comida latinoamericana, así podrás combinar la oferta del menú. —Y luego de beber un sorbo de jugo, continuó—. Por ejemplo, por países. El mes de Paraguay, solo comida de allí, o por ingredientes; el mes de la papa, únicamente platos latinos que llevan papa; y así.

—Mira tú, huevón ¿eh? —rio Miguel—. Solo te falta aprender a hablar para parecer persona.

—Prima —susurraba Yang Mi al oído de Ye In—. ¿Le darás su presente?

—Sí, ya es hora —dijo, y luego de un carraspeo dijo en voz alta:

— Matías, te tengo una sorpresa.

—¡Entradas a la Champions! —exclamaron Matías y Miguel al unísono.

—No, algo que te dará más emociones.

Bajo la mesa, Ye In sacó su mano y le mostró un par de zapatitos de bebé rosados.

◇ ◇ ◇

El silencio del cementerio en una montaña de Seúl era solemne. Ye In, arrodillada frente a una lápida de granito negro, sostenía el premio Grand Bell a mejor actriz que acababa de ganar.

—Te dije que lo lograría —decía sollozando—. Ojalá estuvieras aquí para ver lo feliz que soy. Te extraño tanto, mamá.

Una niña de unos cuatro años llegó corriendo a sus brazos; vestía un overol de mezclilla y su pelo ondulado brillaba con destellos cobrizos bajo el sol.

—Mi pequeña… ¿y tu abuelo?

—Le dije que no corriera, pero es tan porfiada como su padre —decía el señor Lee llegando al lugar.

—Y tan hermosa como su madre —añadió Ye In.

—¡Papá! —gritó la pequeña.

Matías llegaba caminando despacio, sonriendo. En un coreano casi perfecto, aunque con ese eterno acento extranjero, se disculpó:

—Perdón por la demora, señor Lee.

—Tranquilo, hijo; llegas justo a tiempo. Ahora te dejo con tu familia; debo ir a buscar a los gemelos de Yang Mi.

—Verdad que hoy Miguel inaugura una sucursal de su restaurant.

—Sí, tú y Ye In no pueden faltar, llévame a mi nieta más tarde. —y agregó riendo— no sé en qué momento me convertí en niñera, pero me encanta.

Matías se arrodilló ante la tumba de la señora Kim, fallecida hacía un año.

—La extraño mucho —dijo con tristeza.

Dejó su viejo dispositivo traductor sobre la piedra.

—Le traje mi traductor de regalo, por si allá arriba tiene amigos que no hablen coreano. Yo ya no lo necesito.

Tras un breve rezo, se incorporó y abrazó a su hija.

—Y bien, ¿ahora qué haremos?

—Mati —dijo Ye In con entusiasmo—. Estaba pensando en recorrer Latinoamérica contigo antes de mi próximo proyecto.

—Pero la niña es muy pequeña para un viaje así.

—Ya empezó a preocuparse el preocupón —dijo Ye In riendo.

—No creo que sea una buena idea.

—¡A ver! —le dijo ella con carácter, mostrándole la palma de la mano.

—¿En qué momento se me ocurrió empoderar a esta mujer? —bromeó Matías sobándose las sienes.

—Te amo —le dijo Ye In dándole un beso corto—. Tomemos la decisión juntos, pero sería una aventura hermosa, ¿no?

La niña, abrazada a las piernas de su padre, pidió:

—Papá, cántame esa canción en español que me gusta.

—Claro que sí, mi amor.

Matías y Ye In, sosteniendo cada uno la mano de su hija, se alejaron por el sendero de la montaña, entonando juntos una melodía en español que se perdía entre los árboles.

FIN.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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