Transmigrados como Saiyajin a... ¿¡Invincible!? - Capítulo 10
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- Capítulo 10 - 10 Insensatez Y Arrogancia Enemigo
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10: Insensatez Y Arrogancia: Enemigo 10: Insensatez Y Arrogancia: Enemigo Resultó que la arena sí era el problema de la velocidad.
Eso y que en un entorno urbano los vehículos no pueden ir a toda máquina.
Rafael y Leonardo mantuvieron un buen ritmo, mientras los despavoridos mercenarios desataban oleada tras oleada de proyectiles en su dirección sin mucho éxito.
Los motores rugieron y los tubos de escape escupieron humaradas, desesperados por crear más distancia entre ellos y los niños monstruosos, quienes maniobraban con mayor facilidad en tierra firme e incluso sobre los techos de las chozas de madera, planchas y contenedores.
El escándalo y las balas obligaron a algunos transeúntes a cubrirse, tirarse al suelo y a salir del camino.
Muchos se disgustaron, pero al ver el logo estampado en los vehículos desviaron la mirada.
A Rafael no podría haberle importado menos.
Leonardo ni siquiera se fijó en esas personas.
Tras un rato de persecución a través de callejones apestosos, los mercenarios se adentraron en una enorme porción de tierra con una Mansión en el centro.
No fue difícil adivinar que esa era la propiedad del villano.
—¡Te dije que era una buena idea!— se jactó Rafael con una sonrisa depredadora, vislumbrando ya el movimiento de más tipos cuestionables al otro lado de las rejas.
—¡No maldigas el primer arco narrativo!— reprendió Leonardo, internamente deseoso de terminar esta absurda travesía para poder investigar sobre el mundo en el que habitaban.
Lo único que logró sacarle a la Sheikh Amira fue que estaban en un lugar llamado Rub’ al Khali, pero aquello no le servía de nada a un ignorante como él.
Determinación inamovible, colas aseguradas bajo sus ropas y energía renovada tras buena comida, baño de verdad, cambio de ropa y siesta de medio día, Rafael y Leonardo irrumpieron en la base de Lord Eimerich en la mejor condición posible.
Curiosamente, había menos mercenarios aquí que en las afueras del burdel.
—¡Despáchalos, iré a buscar al Boss!— propuso Rafael, a lo que Leonardo asintió distraídamente.
En este punto no tenían nada que temer de estos bárbaros.
Rafael saltó entre las filas de mercenarios, moviéndose tan rápido que los tiradores no podían apuntarle adecuadamente.
Atravesó sus líneas sin muchas dificultades y derribó las puertas de la Mansión, siendo recibido por otra oleada de tipos armados a los que asesinó o dejó con piernas inutilizables.
Miró en derredor, buscando enemigos que no saltaron de las sombras o las esquinas.
Se encogió de hombros y subió las bien decoradas escaleras a los pisos superiores.
Corrió a través de un pasillo estrecho, encontrándose con lo que supuso era un mayordomo y un par de sirvientas.
Los ignoró y continuó su camino, sin deseos de adquirir malos hábitos.
Justo antes de doblar la esquina, escuchó un disparo y una bala rebotó en su hombro, congelando su paso.
Se giró lentamente, encontrando a una de las sirvientas y al mayordomo con expresiones pálidas, mientras la otra sirvienta le apuntaba con una pistola cuyo cañón aún humeaba suavemente.
—…
¿Igualdad de género No?— pensó antes de lanzarse contra ella, protegiéndose la cara de los siguientes disparos hasta alcanzarla.
Cerró sus manos sobre la pierna de la mujer y la balanceó como si de una almohada se tratase, estampándola sin piedad contra la pared del pasillo.
Un grito ahogado, luego un crujido y una mancha de sangre exagerada en la pared fueron el resultado.
Rafael dejó el cuerpo, tal vez muerto, tal vez inconsciente y continuó su camino.
Buscó un rato más antes de subir al segundo piso, lugar donde encontraría una especie de biblioteca con cinco guardaespaldas fornidos y armados con juguetes novedosos, enormes y letales.
Al fondo, había un hombre con traje formal sentado en un fino sillón, con un libro en una mano y una copa de licor en la otra, impasible ante el escándalo de afuera.
—Boss de la Dungeon, supongo— comentó Rafael, sabiendo que el hombre obviamente importante probablemente no le entendería.
Lord Eimerich dejó su libro a un lado y lo observó detenidamente, tan sereno que Rafael empezó a sospechar de un giro inesperado y poco agradable de los acontecimientos.
El alemán soltó algunas palabras tan incomprensibles como los árabes, o tal vez no, que Rafael había estado oyendo desde que encontró a aquellos mercenarios en las arenas.
Supuso que el villano intentaba dialogar con él, ofreciéndole un lugar a su lado al observar su potencial y prometiéndole gloria si le juraba lealtad.
La verdad es que Eimerich se burlaba del tipo de compañía barata con el que Rafael se afiliaba, ya que el alemán interpretó erróneamente que el niño ante él era hijo de Amira o alguna otra de sus prostitutas.
Rafael nunca lo sabría, y Eimerich nunca podría enterarse de la verdad.
En un parpadeo, el pequeño Saiya-jin se abalanzó contra el hombre tan rápido que sus guardianes no pudieron reaccionar a tiempo.
Rafael no tenía ninguna razón para dejar monologar al villano y quedarse observando como un estúpido.
Nada más entrar en el rango de ataque, hundió su puño en la frente arrugada de Eimerich.
Las grietas se extendieron desde el punto de contacto a través del cráneo del hombre, la fuerza repulsiva le rompió el cuello y lo tiró de espaldas, volcando hasta el fino y costoso sillón.
– – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – Leonardo no disfrutaba particularmente de esta situación.
Aún se le revolvía el estómago ante la idea de arrebatar vidas, pero era desconcertantemente más fácil aceptarlo cuando imaginaba en las atrocidades que estos individuos habrían hecho antes de encontrarse con él.
Le gustase o no, el hecho era que tenía poder real en sus manos y no iba a pretender que no existía.
Alzó los brazos y se aseguró de cuidar sus ojos, considerándolos un punto crítico de su aparente invulnerabilidad a los proyectiles.
Se movió en ráfagas explosivas, mucho más veloces que la carrera constante, y usó su fuerza abrumadora para triturar huesos a diestra y siniestra.
Por decisión del creador, los golpes de Gokú no siempre destrozaban a sus oponentes humanos y frágiles.
Dichas reglas no aplicaban a este entorno, por lo que los puñetazos de un inexperto y extremadamente mediocre Saiya-jin como Leonardo resultaban tan letales como las balas.
El chico abatió a cinco mercenarios, mató a más de diez y dejó que un par huyeran relativamente ilesos, poco interesado en convertirse en un cegador inclemente.
Respiró hondo, observando otro baño de sangre y cuerpos retorcidos en el que él era la causa.
La incomodidad seguía allí, agitándose en su estómago.
No la rechazó.
No le temía al cambio, pero prefería mantener un poco de Leonardo en sí mismo para nunca olvidar sus orígenes.
Cuando se daba la vuelta para partir hacia la Mansión y echar un vistazo a la situación de su amigo, un ruido particular llamó la atención de Leonardo momentos antes de que una enorme masa cayera sobre él.
Tomado con la guardia baja, el chico fue embestido violentamente y estampado contra el suelo, el cual se agrietó bajo su cuerpo y se extendió como telarañas más allá.
—¡¡Nnhg!!— gimió Leonardo con verdadero dolor, su cara presionada por una mano gigante, más parecida a una garra, la cual hundía su cabeza en la tierra.
Entre los dedos nudosos, vio una criatura que francamente le hizo estremecer un segundo.
Piel tensa y musculosa, de un tono marrón que parecía madera barnizada.
Ojos oscuros y sin pupila visible, pero que claramente lo taladraban con hostilidad y hambre.
Un hocico alargado, canino o quizás úrsido, orejas puntiagudas y decoradas con zarcillos de oro.
El pecho fornido y el torso estaban cubiertos por una suave capa de pelaje marrón oscuro, demasiado corto como para fungir de manta.
Era un monstruo.
Una criatura que definitivamente no catalogaba como ser humano.
Y Leonardo no tenía idea de por qué carajo él tuvo el infortunio de topársela.
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