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Transmigrados como Saiyajin a... ¿¡Invincible!? - Capítulo 11

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  3. Capítulo 11 - 11 Insensatez Y Arrogancia Precio A Pagar
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11: Insensatez Y Arrogancia: Precio A Pagar 11: Insensatez Y Arrogancia: Precio A Pagar  La sorpresa y el desconcierto pasaron a un segundo plano cuando la presión en su cabeza aumentó.

El instinto de lucha o huida se activó, ganando el primero por mucho en el cuerpo de Leonardo.

Una tendencia que posiblemente tuvo su origen en el cuerpo y los genes que ahora encarnaba.

Él gruñó y luchó contra la poderosa palma que presionaba su pecho y brazos, logrando elevarla unos milímetros temblorosamente.

De repente echó ambos brazos a un lado y torció su cuerpo en el suelo, desestabilizando la postura del monstruo.

La criatura trastabilló y Leonardo aprovechó el momento, encerrando uno de los dedos entre sus dientes.

Su mandíbula apretó con el poder de una prensa hidráulica y penetró en la piel densa.

—¡Gaaark!— rugió el monstruo canino, o quizás úrsido, sacudiendo la extremidad desesperadamente.

Leonardo lo soltó y se echó a un lado, propinando un puñetazo demoledor a la articulación antinatural de la criatura.

No escuchó el crujido húmedo que esperaba, pero el golpe fue suficiente para doblar a su oponente y ganarle algo más de tiempo.

Retrocedió con saltos breves y veloces, creando distancia para evaluar mejor la situación.

Tuvo la amarga sensación de que el monstruo le superaba en fuerza bruta.

Antes de que siquiera pensara en correr a la Mansión para buscar el apoyo de Rafael, su oponente se volvió en su dirección y cargó directamente, demostrándole a Leonardo que también era superado en velocidad.

Apenas reaccionó a tiempo para tomar una postura defensiva, la cual fue atravesada fácilmente.

El puño marrón se estrelló contra su cara, aplastándole la nariz al instante y mandándolo a volar varios metros.

Un chorro de sangre brotó de sus fosas nasales y un dolor como ningún otro lo asaltó, la incomodidad derivada haciéndole soltar lágrimas involuntariamente.

Se estrelló contra el suelo duramente, rodando otros tantos metros antes de que, entre lágrimas y el dolor punzante en oleadas, divisase la figura del monstruo a punto de caerle encima una vez más.

Reaccionando más por instinto que otra cosa, Leonardo pateó el suelo y salió de la zona de impacto.

Se mantuvo agazapado, observando la nube de polvo que el monstruo elevó con su aterrizaje.

Su silueta avanzó una vez más, una máquina de demolición imparable cargando contra él.

Pero esta vez, adolorido y medio ciego por las lágrimas, Leonardo contraatacó.

Tensó su cuerpo y saltó en una explosión de velocidad que casi igualó a la del enemigo, haciendo algo que casi nadie esperaba al cargar contra otro: que el otro intentara embestirlo también.

Más lento, pero pequeño y ágil, Leonardo aprovechó su estatura inferior para darle un cabezazo a la mandíbula del oponente.

El choque provocó un descontrol en la carrera del monstruo, cuya masa y velocidad superior resultaron en un arrollamiento para Leonardo.

Ambos se enredaron y cayeron en un amasijo de quejidos y extremidades retorciéndose.

El monstruo fue desorientado unos segundos por el poderoso golpe, mientras Leonardo buscaba zafarse y crear distancia una vez más.

Un intenso dolor de cabeza lo envolvía, mareándolo incluso.

Finalmente logró quitárselo de encima y se alejó de nuevo, respirando con dificultad.

La criatura se levantó poco después, derramando hilos de sangre de entre sus dientes en el lado izquierdo de la mandíbula.

—…¿N-no has, uh, tenido s-suficiente?— jadeó Leonardo, intentando y fracasando miserablemente en actuar con audacia.

Para su desgracia, el monstruo hizo una burda imitación de sonrisa con su rostro canino, o quizás úrsido.

Dientes expuestos y comisuras estiradas hacia arriba de manera extraña, activando el Valle Inquietante de Leonardo como si de una sirena de emergencia se tratase.

—No…

Todavía no— dijo la criatura, su voz áspera y grave, desagradable al oído.

—Ah ya veo— murmuró Leonardo.

Acto seguido, echó a correr en dirección a la Mansión con todas sus fuerzas.

Necesitaba la ayuda de Rafael para tal vez ganarle a este engendro del demonio.

No cubrió la mitad de la distancia cuando fue alcanzado.

El monstruo extendió las garras que no había usado hasta ahora y lanzó un tajo a la espalda expuesta del chico.

La tela se rasgó y la piel capaz de resistir balas se abrió ante el paso de las dagas obsidianas, las cuales dejaron un surco diagonal desde el hombro hasta la cintura.

Leonardo gritó por la sensación abrasadora, tropezando en su carrera.

Apretó los puños y los dientes, poniéndose de pie una vez más, y siendo recibido por una patada en las costillas que lo arrojó a un paseo no muy divertido por el terreno.

El aire se le escapó de los pulmones y la sangre y la saliva de la boca, reemplazadas por tierra al momento de rodar sin aparente fin entre la hierba corta del inmenso patio.

Sólo se detuvo cuando el monstruo aterrizó sobre su espalda, hundiéndolo en la tierra unos centímetros y clavando las garras de sus patas en la carne.

Fue especialmente doloroso en las secciones donde ya estaba abierta por el zarpazo anterior.

—¡¡AAARGH!!— rugió Leonardo, perdiéndose en la agonía.

Su mente quedó momentáneamente en blanco, el pánico apoderándose de su ser.

Ni siquiera pudo maldecir su arrogancia y la de su amigo al creerse superiores sólo por haber acabado con unos cualquiera en medio de la maldita nada.

El oponente incrementó la presión y pareció reír suavemente, de una manera sádica.

Alzó las manos sobre su cabeza y las unió, formando una maza improvisada.

Leonardo apenas vislumbró cómo se desdibujaban en el aire un momento antes de que el golpe descendiera con la furia de un trueno sobre el costado de su cabeza.

La tierra se agrietó y se partió bajo su lado derecho, la sacudida enviándole ondas a través del cráneo y tal vez agitando su cerebro un poquito.

Leonardo sólo pudo esperar que la paliza valiera la pena.

Porque maldito el Zenkai si no le daba un aumento significativo de poder y triplemente maldito Rafael si no llegaba a salvarle el culo.

– – – – – – – – – – – – – – – – – – – –   Rafael lo vio.

Acababa de deshacerse de los guardias del Boss cuando un grito lejano alcanzó sus oídos.

Uno demasiado agudo como para ser de los mercenarios.

Pudo haber sido una mujer que Leonardo hiriese o algo así, pero de todas formas se asomó al balcón y echó un vistazo.

Sus pupilas se contrajeron al presenciar una criatura humanoide alzando los brazos al aire, de pie sobre un punto en la tierra que si bien no alcanzó a ver adecuadamente, no le costó mucho imaginar de qué se trataba.

Y de quién.

—No…— pensó con un leve rastro de miedo y arrepentimiento, saltando sin contemplaciones del balcón.

Aterrizó pesadamente al mismo tiempo que la cabeza de Leonardo era azotada.

Apretó los puños y expuso los colmillos, la furia invadiéndolo completamente.

Una vez más, había dejado solo a su amigo y éste pagó las consecuencias.

Peor aún, en esta ocasión fue enteramente su culpa al arrastrarlo a la situación actual.

—¡¡Suéltalo!!— rugió a la criatura mientras saltaba hacia su rostro.

El oponente pareció sonreír, pero Rafael no se dejó intimidar por la acción desconcertante.

Estaba demasiado enojado como para que le importara.

El monstruo se irguió en toda su altura y pateó el cuerpo inconsciente de Leonardo, tomando una postura defensiva para recibir la carga de Rafael.

Ninguno de los dos se percató de la acumulación imperceptible de energía que envolvía el puño del chico.

Cuando el golpe desatado se encontró con el antebrazo del oponente, la energía explotó hacia afuera y potenció el impacto del mismo, hundiendo el músculo y agrietando el hueso de la extremidad.

La sonrisa desdeñosa de la criatura se borró un instante antes de que la onda expansiva lo empujase hacia atrás, lanzándolo por los aires una docena de metros con un dolor casi insoportable que le paralizó el brazo.

Rafael no se detuvo a pensar en lo sucedido, ni se impresionó por el resultado.

Apareció frente al monstruo sin previo aviso y lanzó otro ataque, conectándolo donde quería esta vez.

Estampó su puño en la parte frontal de la mandíbula, partiendo los labios y reventando los dientes delanteros en fragmentos que se clavaron la parte posterior del hocico.

El monstruo dio un paso atrás y casi se rompe el cuello por el retroceso.

Su pierna tembló antes de dispararse hacia Rafael, pateándolo en el pecho con tal fuerza que lo mandó a estrellarse a varios metros de distancia.

Un rastro de sangre destelló en las garras de la pata, resultado del ataque reciente.

Al otro lado, a Rafael se le dificultó la respiración y la camisa rasgada se manchaba en la zona del pecho.

Agujeros sangrantes eran apenas visibles.

Por su parte, el monstruo no se encontraba en mejores condiciones.

Ya agotado por el enfrentamiento con Leonardo, lo que le había dejado una pierna adolorida y la mandíbula sensible, ahora tenía un brazo inutilizable y fragmentos de sus propios colmillos apuñalando su garganta, lo que se volvería muy peligroso si no era tratado rápidamente.

Quiso gruñir, rugir o dejar unas palabras amenazantes, pero el dolor empezaba a volverlo loco.

Simplemente le dio la espalda al niño y huyó.

O eso intentó.

Rafael tensó sus músculos al extremo y retrajo su postura, agazapado como un felino a punto de cazar.

El poder vibrante empezaba a desvanecerse otra vez, producto del bajón de ira que el dolor provocó en su mente.

Usando sus últimas fuerzas, saltó tras su oponente en una verdadera explosión de velocidad, reforzada por el Ki burbujeante en su cuerpo.

Su figura se difuminó y una nube de polvo estalló a su espalda.

Rafael se convirtió en un proyectil humano, uno de piel densa y huesos tan resistentes como el acero.

Sorprendido por la repentina carga del muchacho y abrumado por su velocidad varias veces superior, el monstruo no pudo girarse o apartarse a tiempo.

Rafael se estrelló contra su espalda baja tan violentamente que le partió la columna con un crujido espantoso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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