Transmigrados como Saiyajin a... ¿¡Invincible!? - Capítulo 9
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- Capítulo 9 - 9 Insensatez y Arrogancia Demostración
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9: Insensatez y Arrogancia: Demostración 9: Insensatez y Arrogancia: Demostración La reputación era importante en Qasar al-Zill.
Se podría perder un enfrentamiento, un cargamento o mercancía, un negocio e incluso la vida.
Nunca un golpe a la reputación.
Una vez que alguien es golpeado y no se levanta, todos se abalanzan sobre él como pirañas hambrientas para desmembrarlo.
Las faltas de respeto no se podían tolerar.
Fue por ello que, menos de una semana después de transmigrar y el mismo día que llegaron a algo parecido a la civilización, Rafael y Leonardo estaban a punto de meterse en otra refriega.
—No me gustan estos zapatos.
Son incómodos— comentó Rafael en un susurro, intentando posar genial, imponente.
—Son más como sandalias.
Por eso no las usé— devolvió Leonardo, de brazos cruzados y el mentón alzado, mirando hacia abajo a los autos toscos de los que bajaban hombres armados hasta los dientes.
—¡Traidor!— siseó Rafael, mirando los pies descalzos de su amigo.
El sol comenzaba a ponerse a espaldas de ambos chicos, ya oculto por las inmensas dunas que rodeaban la ciudad.
El personal del edificio, que ahora ambos sabían se trataba de un burdel, se ocultó en lo más profundo del mismo a petición de Leonardo.
En su conversación con la amable Amira aprendieron muchas cosas, pero dado el tiempo limitado de la mujer y su visible preocupación por el asunto de los mercenarios, todo se centró en el problema que Rafael provocó.
Se habían metido con una especie de jefe de la mafia alemana, o algo parecido.
Un poderoso hombre con recursos y el control de este lado de la ciudad.
Ahora un montón de tipos armados se les venían encima para dar una lección al burdel y a Amira, así como todas las prostitutas residentes.
Como honorables hombres que eran, Rafael y Leonardo no podían permitir que el palacio del placer fuese arrasado por sus acciones.
—¡Ni una sola de estas chicas sufrirá a manos de los mercenarios!— había rugido Rafael cuando le dieron la noticia del sagrado suelo que pisaba.
Además, este parecía ser el único hogar de Amat, Halima y Lulu.
Lo mínimo que podían hacer era evitar que lo destruyeran.
—¿Los dejamos prepararse para una batalla dramática o terminamos rápido?— preguntó Rafael, quitándose las sandalias que Amira le había regalado.
—Terminemos.
Amira prometió dejarme usar su computadora.
Necesitamos información antes de cagarla a lo grande— señaló Leonardo.
Más confiados que días atrás, ambos se lanzaron sin previo aviso a la calle desde las ventanas del tercer piso.
A pesar de no haber aumentado su poder en lo absoluto, habían aprendido a gestionar mejor la burbujeante energía interna en sus movimientos, adaptándose mejor a los pequeños cuerpos que tenían.
Seguían sin poder expulsar Ki en ráfagas de energía o presión abrumadora, pero sí aprendieron a impulsarse en explosiones de velocidad para ataques letales.
Era una sensación extraña, el romper las leyes físicas de ese modo.
Su peso no aumentaba, su masa era endeble, y sin embargo podían mandar a volar un hombre con sus pequeños puños.
Asumieron que no era fuerza en sí, sino ráfagas de energía expulsadas tan brevemente que no se percataban de ellas lo que empujaba a los enemigos.
Independientemente de la mecánica, el hecho es que sentían más seguridad a la hora de combatir hombres comunes, con o sin armas.
Rafael giró en el aire y aterrizó sobre el capó de un vehículo, pateando hacia abajo en el momento justo para hundir su parte frontal y elevar la trasera estruendosamente.
Leonardo se hizo un ovillo e impactó a un hombre, amortiguando su caída levemente.
Rápidamente abofeteó su cara y lo dejó fuera de combate, abalanzándose sobre los demás.
Rafael desencajó la puerta del vehículo dañado y la arrojó como si del escudo del Capitán América se tratase, apuñalando a un par de desafortunados en el torso y mandándolos a volar sobre sus compañeros.
Con cada movimiento, con cada choque, cada puñetazo o patada, cada esquiva y embestida, Leonardo y Rafael se sentían más y más en sintonía con sus cuerpos y su poder.
Uno tomó escombros de asfalto sueltos y los arrojó con todas sus fuerzas, convirtiéndolos en peligrosos proyectiles para los mal protegidos mercenarios.
Rafael se lanzaba entre los enemigos, impidiéndoles abrir fuego indiscriminadamente sin darle a sus propios compañeros.
Hubo un festival de piernas rotas, pues la estatura de ambos les hacía más conveniente atacar esas extremidades.
En un momento de descuido, Leonardo casi recibe otro disparo en la cara.
Rápidamente se cubrió con ambos brazos y sintió la piel ardiendo por los perdigones de la escopeta.
La sangre manó de la carne raspada y Leonardo fue empujado hacia atrás, trastabillando y cayendo sobre su espalda.
El tipo de la escopeta estaba en proceso de recargar cuando Rafael lo interceptó con una feroz patada al cuello que le arrebató la vida.
Desde el interior del edificio de piedra, La Sheikh Amira observaba con interés y codicia mal disimulada en sus ojos la actuación de los niños.
Ella había sido muy cautelosa desde el principio, y aún más tras la advertencia de sus ex-empleadas sobre no morder más de lo que podía masticar en su trato con ellos.
Ahora dudaba de tales afirmaciones.
Encontró ridículamente fácil el convencerlos de prestar su fuerza a los intereses del burdel, y por extensión a sí misma.
Tampoco fue difícil darse cuenta de la atracción que el niño enérgico llamado Rafael sentía por ella.
—¿Es esta la bendición por la que tanto había rezado?— pensó Amira, planificando y trazando esquemas que le permitirían atar a los niños a su lado, obedientes y serviciales.
Después de todo, si hoy eran capaces de esto…
¿Qué no podrían lograr en el futuro?
—Oh no, ya se fueron— comentó Amat con tono aburrido, apareciendo de la nada junto a Amira.
—¿¡Q-qué!?— La Sheikh se sobresaltó, sacando la cabeza por la ventana justo a tiempo para ver un par de vehículos salir a toda máquina de la calle, con Rafael y Leonardo persiguiéndolos.
—Y eso que les había preparado el baño para limpiarse la sangre y la suciedad— se lamentó Amat con un suspiro, dándole la espalda a la atónita Sheikh.
—¡No no no!
¿¡A dónde demonios van!?— se giró Amira, exigiendo respuestas desesperadamente a la prostituta.
—Probablemente a atacar la base de ese tal Eimerich.
Son meticulosos y no dejan sobrevivientes.
Al menos, no dejaron a ninguno en el campamento donde nos encontraron— dedujo Amat con la cabeza inclinada, restándole importancia en su mente.
Por segunda vez en un día, Amira sintió un abrumador dolor de cabeza.
– – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – —¡Lord Eimerich!— llamó un miembro del personal de seguridad, irrumpiendo en la oficina personal del mismísimo Señor.
El hombre tras el escritorio revisaba algunos documentos y fumaba de una pipa, su aspecto tranquilo y pulcro muy alejado del de un mafioso y líder de mercenarios ávidos de sangre.
Arrugas bien marcadas se torcieron en su rostro, el ceño levemente fruncido por la abrupta irrupción del subordinado.
—¿¡Qué es ahora!?— gruñó Eimerich Schwarze, dejando de lado su pluma con visible irritación.
Lo último que esperaba en un mismo día eran dos noticias desagradables.
—¡Nuestros hombres fueron aniquilados casi en su totalidad, Mi Señor!— anunció con voz tensa el subordinado, temeroso de las consecuencias de ser él quien diese la noticia al jefe.
Eimerich guardó silencio un momento, mirando inexpresivamente al subordinado.
Dio una calada a su pipa y se levantó, desenfundando una pistola con movimientos lentos y deliberados.
—¡N-n-nos informaron que el B-burdel de Lady Amira desplegó— Eimerich disparó a la cabeza del subordinado y lo mató al instante, acallando sus chillidos inútiles.
No necesitaba el contexto, o una narración de lo sucedido.
La Sheikh Amira lo había desafiado en la mañana y ahora le escupía a la cara.
No hacía falta saber más.
Tomó un teléfono de su chaqueta y marcó un número especial, reservado para casos problemáticos como lo que sea que le haya dado el valor a la prostituta para desafiarlo a él, su propietario, su señor.
—Despierta a Abbeizer.
Es hora de trabajar— ordenó el Señor del Distrito y volvió a tomar asiento.
Sin importar la amenaza o su naturaleza, el Monstruo lo manejaría.
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