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Transmigrados como Saiyajin a... ¿¡Invincible!? - Capítulo 14

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  3. Capítulo 14 - 14 Crisis En La Península
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14: Crisis En La Península 14: Crisis En La Península  Rafael no sabía si llorar de rabia, impotencia o por el olor de su trasero sin lavar durante días.

La boca le apestaba por la falta de pasta dental, el estómago se agitaba por la carne de bicho que se vio obligado a consumir, cruda, para no morir de hambre y la diarrea resultante no ayudaba.

Desde que llegaron a Qasar al-Zill y encontraron las comodidades de la civilización una vez más, se habían prometido nunca volver al deplorable estado en que estuvieron en su primer y segundo día.

Por eso no se atrevieron a marcharse de la ciudad calurosa y apestosa sin al menos tener una fuerza decente que les asegurase las necesidades básicas.

No esta porquería.

Arrastrándose a ciegas en un intrincado sistema de túneles, combatiendo y huyendo a partes iguales de un montón de arthropleuras sobre oxigenadas en una mezcla sofocante de oscuridad e inmundicia.

Incluso ahora, mientras avanzaban lo más sigilosamente posible, podían escuchar el raspar de la roca a su alrededor y sus espaldas.

Las criaturas no se rendían y la posible prometida de Ciempiés Anciano demolía enormes tramos en su búsqueda por alguna razón.

—Debiste aceptar tu destino como un Saiya-jin y ser destrozado por la criatura— había comentado Leonardo con desdén.

Rafael estuvo tentado de arrojarlo contra los bichos para salvarse, pero desgraciadamente lo necesitaba.

Tras lo que pareció una eternidad (siete días), finalmente encontraron un túnel que se inclinaba constantemente hacia arriba.

La esperanza brilló en sus ojos y abandonaron el sigilo, cargando como locos por la oscura caverna.

En su afán por regresar a la superficie, terminaron estrellándose contra un muro de roca sólida que cortaba el paso por completo.

Reacios a rendirse y confiados en su resistencia física, se dispusieron a abrirse camino con los puños.

Su fuerza descomunal los convirtió en arietes extremadamente poderosos, agrietando y partiendo la roca poco a poco.

El estruendo reverberaba por el túnel y las vibraciones se extendieron hasta alcanzar a sus perseguidores.

Ellos lo sabían, pero apostaron todo o nada aquí, ahora.

Una vez emergieran a la superficie, la amenaza de muchas patas sería un chiste.

– – – – – – – – – – – – – – – – – – – –   [Sharurah, Provincia de Najran en el extremo Sur de Arabia Saudita]  La Novia del Cuadrante Vacío entró en estado de alerta cuando la constante y anómala vibración subterránea se convirtió en una posible amenaza para sus decenas de miles de habitantes.

Los reportes comenzaron 36 horas antes de que Rafael y Leonardo encontraran el muro de roca.

El origen, obviamente, fue el ejército de bichos que ellos atrajeron sobre sí mismos y que guiaron, sin saberlo, hasta la ciudad fronteriza.

Eso y la Ciempiés madre.

A 10 horas antes de que Rafael y Leonardo encontraran el muro de roca, la ciudad informó de la anomalía al gobierno Saudí.

La base militar de Sharurah entró en estado de combate y se detuvieron las expediciones hacia el Desierto.

Para cuando los satélites Saudíes escanearon la zona y detectaron la gigantesca masa de calor en movimiento, Rafael y Leonardo ya estaban picando roca como locos y la ADG tenía conocimiento de la situación.

Aunque esos dos últimos detalles eran algo que Sammún desconocía.

Como la única línea de defensa sobrehumana en la ciudad, Sammún fue desplegado incluso antes de que los satélites detectasen la verdadera escala del peligro.

Ejerciendo el místico poder de la joya fundida en su esternón, Sammún se desplazó sobre plataformas de arena hasta la ubicación en que sus sentidos percibían el escándalo de Rafael y Leonardo.

El suelo se sacudía y las vibraciones viajaron por la arena, alertando al Héroe local.

Estaba solo, como le gustaba, y no temía a nada que el Desierto pudiera arrojarle.

¿Qué podría dañarlo a él en el Desierto?

La arena era su aliada, su compañera.

Casi una parte de él.

Desprovisto de comunicadores en su constante desprecio por la tecnología, Sammún no pudo ser alertado de la amenaza bajo sus pies.

Su alcance y conexión con la arena no era lo suficientemente potente como para sentir aquello que perseguía a los chicos, aunque él jamás lo admitiría.

Simplemente fijó el rumbo en la dirección general de la anomalía, y debido a que Rafael y Leonardo eran la punta de lanza, Sammún los encontró por su cuenta.

Él esperó pacientemente.

Levitó a un par de decenas de metros y concentró su mente en la pieza mística, armonizando con ella en preparación para una batalla.

Su mente se extendió a la arena bajo él, alcanzándola y sujetándola firmemente, conectándose con ella hasta volverla otra de sus extremidades.

Sintió las sacudidas, las embestidas violentas.

La roca se partía y la arena se colaba por fisuras enormes.

Algo estaba a punto de emerger.

Sammún hizo subir enormes porciones de arena y formó puños gigantescos con la misma, listo para aplastar lo que sea que preocupase a los ingenuos de anteojos tras las pantallas obscenas.

Un retumbar, otra sacudida.

Un poderoso golpe, la arena tembló.

Consecutivos, constantes, fuertes.

Finalmente abrió los ojos y estudió como un halcón la base de la duna frente a él.

La arena se hundió momentos antes de un último impacto que la hizo explotar hacia afuera.

Sammún actuó y los puños gigantes de arena descendieron con el peso de una montaña.

– – – – – – – – – – – – – – – – – – – –   —¡Golpea carajo, nos van a alcanzar!— bramó Rafael desesperadamente, jadeando por el esfuerzo de atravesar Dios sabe cuántos metros de roca por Dios sabe cuánto tiempo.

Los nudillos le sangraban y las manos temblaban, un dolor sordo apuñalando sus muñecas.

Leonardo no estaba en mejores condiciones, bañado en sudor y con los dientes apretados, azotando la maldita roca como si su vida dependiese de ello.

Cosa que era muy probable.

Ninguno le temía a los grupos de Ciempiés, pero su número nunca se reducía y estaban seguros que mamá Ciempiés les pisaba los talones.

—¡La próxima vez asume la responsabilidad y deja que te hagan mierda!— replicó Leonardo con un gruñido.

No era la primera vez que Rafael se echaba atrás cuando llegaba su turno de aprovechar el Zenkai.

Fogoso y bocón como era, le temía al dolor de recibir una paliza.

—¡Sigue con el tema y voy a embarazar a Amat!— amenazó Rafael en respuesta, ganándose una mirada penetrante de su amigo.

—¡Ash, estaba jodiendo contigo!— se retractó, instándolo a continuar.

Trozos se desprendían constantemente y caían sobre ellos, golpeando sus cabezas más de una vez.

No podían ver en tal entorno y sufrieron retrasos cuando una piedrota demasiado grande los enterró y tiró hacia atrás.

Sus esfuerzos se redoblaron cuando empezaron a hundirse en la arena que se filtraba por las decenas de grietas que crearon.

Eran buenas noticias, y las buenas noticias sacaban tanta fuerza de sus culos como las malas.

Entre jadeos, sangre y dolor se abrieron paso, pasando de golpear roca a empujar arena.

Finalmente dieron un último puñetazo al unísono, hartos de la aventura y frustrados por la pésima experiencia subterránea.

Medio conscientes, medio subconscientemente, emplearon Ki en sus puños y desataron una onda de choque hacia afuera que expulsó el obstáculo final.

La intensa luz los cegó por un momento, obligándolos a girar sus cabezas al lado contrario y cerrar los ojos fuertemente.

A pesar de eso, continuaron su marcha imparable hacia la libertad.

Y debido a eso, no se percataron de los puños de arena que descendieron en su posición.

El alivio y la emoción fueron reemplazados con confusión y una pizca de fastidio cuando fueron aplastados.

El impacto deformó la superficie y mandó a volar un trozo enorme de la duna de la que emergieron, mientras ellos fueron enterrados nuevamente a su calvario.

—¡¡¡NNGHHRR!!— gruñó Leonardo con furia.

De no ser por toda la maldita arena a su alrededor habría gritado.

Pateó el suelo y se levantó contra la presión, atravesando sin saberlo aún el puño masivo creado por Sammún.

Emergió al otro lado con los ojos inyectados en sangre, lagrimosos por la intensa luminosidad a la que no estaba acostumbrado.

Eso le impidió alzar la vista y encontrar al responsable de este ataque injustificado.

—¡Ya basta!— rugió Rafael, saliendo desde otro punto mientras escupía arena.

Él no estaba menos disgustado que su amigo.

—¡Larguémonos!— llamó Leonardo, mirando al suelo en lo que sus ojos se adaptaban a la luz.

Justo cuando comenzaba a moverse, recibió otro fuerte impacto desde arriba que volvió a enterrarlo en la recontra-maldita arena.

Por su parte, Rafael fue embestido desde un costado y mandado a volar decenas de metros.

En el aire, Sammún permaneció con expresión impasible mientras arremetía contra lo que claramente eran niños sin piedad alguna.

Como un hombre que encontró sus poderes en el Desierto y se enfrentó a todo tipo de amenazas provenientes del mismo, la apariencia de Leonardo y Rafael no lo conmovió en lo absoluto.

Eso, y que tratar como infantes a los individuos que acababan de expulsar unas cuantas toneladas de arena sería estúpido.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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