Transmigrados como Saiyajin a... ¿¡Invincible!? - Capítulo 15
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15: Crisis En La Península, Ki Y Ciempiés 15: Crisis En La Península, Ki Y Ciempiés Leonardo se tomó unos segundos en el mar de arena al que fue sumergido, de nuevo.
No pensó en nada, no se movió, no se calmó ni se enfureció más.
Simplemente estuvo ahí, fundiéndose con la eterna e inclemente arena.
Escuchó, sintió y observó dentro de sí mismo la agitación de energía y poder que hinchaba sus músculos.
Viajó por sus venas, se derramó en su carne y hueso, estimuló la piel.
No tuvo que ser un genio para adivinar su naturaleza.
No tuvo que pensarlo dos veces para aprovechar el momento.
No pensó en nada, de hecho.
De algún modo no consciente, tomó una decisión y volvió a emerger a la superficie con fuerza explosiva, dientes apretados aplastando granitos de, adivinan bien, más arena, y obligándose a abrir los ojos a pesar de la incomodidad de la luz.
Observó el paisaje muerto y seco, caluroso y sucio.
Entrecerró los ojos, húmedos por las lágrimas que salían.
Tanto había anhelado la luz del sol y ahora que la tenía la detestaba.
Parpadear era igualmente incómodo, por culpa de, por supuesto, la arena que tenía en los párpados.
Fue entonces que su atención se dirigió a sus pies, donde la, SÍ, la arena empezó a moverse por voluntad propia y saltó a sus piernas, envolviéndolo y presionándolo con fuerza.
Leonardo hizo una mueca y pateó una vez, librándose de las ataduras.
Pisoteó de nuevo y salió disparado de la zona afectada, evitando la avalancha que cayó en su posición anterior.
Zarcillos arenosos se levantaron y azotaron en su dirección, dejando surcos de varios metros de largo en la arena.
Leonardo evadió con facilidad, girando la cabeza en todas direcciones para ubicar al atacante.
Parpadeó furiosamente, sin importarle los granos que lastimaban sus ojos.
Se adaptó a la luz y a las lágrimas, pudiendo moverse con mayor soltura.
Los zarcillos se desunieron repentinamente y se fragmentaron en cientos de proyectiles, disparándose mucho más rápido que antes contra él.
Leonardo abofeteó unos cuantos y saltó lejos de otros.
Finalmente prestó atención a lo que lo rodeaba y notó una gran sombra fuera de lugar.
Alzó la vista y encontró al responsable.
Un hombre delgado de piel curtida, calva reluciente y barba frondosa.
Desnudo de cintura para arriba, el sujeto yacía sentado sobre una plataforma de arena con las piernas cruzadas, su mirada penetrante puesta sobre Leonardo.
—¡Hijo de puta, te encontré!— escupió con una mueca.
Al otro lado del campo de batalla, Rafael volvió a escupir más arena con venas palpitantes en sus sienes.
Ahora más que nunca ansiaba algo para moler a golpes hasta matarlo.
Igualmente cegado por la luminosidad del día, Rafael luchó contra la amarga sensación ocular y buscó a su amigo rápidamente.
En la distancia, vislumbró a Leonardo correteando de un lado a otro, huyendo de ataques de arena de naturaleza dudosa.
Precisamente por la distancia que lo separaba y su posicionamiento ideal, Rafael encontró al responsable de esta afrenta antes de que Leonardo.
Los puños se apretaron y la expresión se torció con una sonrisa maliciosa.
Se dio la vuelta y echó a correr.
Con la aceleración superior a la de un guepardo, Rafael rodeó y se alejó de una de las dunas, deteniéndose abruptamente en la cima de otra a decenas de metros.
Hundió su mano en la arena y alteró su postura, girándose bruscamente y pateando fuertemente el suelo.
Se disparó en línea recta, fijando su objetivo con una mirada enloquecida.
No sabía quién era ese tipo, no sabía por qué lo atacó.
No le importaba.
Lo único que realmente quería justo ahora era alcanzarlo y romperle todos los dientes.
Sus pies se desdibujaron y explosiones de arena se elevaron a su espalda.
Superó los 200 kilómetros por hora en el momento en que alcanzó la cima de la siguiente duna y saltó.
Distraído por la absurda movilidad de Leonardo en el terreno que él dominaba, Sammún no se percató de las acciones de Rafael hasta que dio ese último salto sobre la duna.
Sin saberlo, el transmigrante había entrado en el rango de percepción del Héroe local.
Sammún se sobresaltó y giró la cabeza bruscamente, encontrándose con un Rafael extremadamente enojado a punto de impactarlo en el aire.
La arena de su plataforma flotante se agitó y explotó hacia afuera, envolviendo a Rafael con la intención de frenar su impulso.
Sammún desprendió una sección en ese momento y saltó a ella, justo a tiempo para evitar la embestida del chico andrajoso.
Desde el suelo, Leonardo se sintió tentado a usar los zarcillos flotantes para alcanzar al tipo y volarle la cabeza, pero una creciente cacofonía de chasquidos le recordó el porqué habían estado huyendo en primer lugar.
Con el corazón lleno de ira, Leonardo se tragó las ganas de arremeter de nuevo y corrió en la dirección en que caería Rafael.
Sammún estuvo a punto de contraatacar cuando su percepción a través de la arena empezó a chirriar.
Sintió una gran cantidad de movimiento subterráneo y frunció el ceño al notar que provenían de la misma dirección de la que salieron los niños.
—Oh…
¿Oh?— pensó con ligera confusión, mirando entre el chico que se estrelló en la arena y la dirección en que sentía el movimiento.
Desplazó su plataforma con un anillo de arena rodeándolo por motivos defensivos y se acercó a los niños cautelosamente.
Pudo oírlos discutiendo algo en un idioma que no entendió.
Ambos claramente enojados, pero uno de ellos instando al otro a no continuar la pelea.
Sammún supuso que ese comprendió la diferencia de poder y dio un asentimiento de aprobación por su sabiduría.
—¡No, no me iré hasta partirle la cara al hijo de puta!— bramó Rafael con la cara roja por la ira, forcejeando con Leonardo para arremeter de nuevo.
—¡Ya déjalo Rafael, los ciempiés se acercan y se lo comerán.
Tenemos que largarnos ahora!— gruñó Leonardo en respuesta, tirando de su amigo en la dirección contraria.
Ambos detuvieron su discusión cuando Sammún se acercó, levantando las manos en señal de calma.
Lo observaron con disgusto y él les devolvió la mirada con indiferencia y arrogancia.
—Sí, ya déjalo.
No vale la pena— intentó convencerse Leonardo para sus adentros.
—¿Jóvenes guerreros, pueden entenderme?— habló Sammún lentamente, buscando reconocimiento en los rostros de Rafael y Leonardo.
—Me disculpo por este incidente, pero necesito que respondan algunas preguntas.
—¿Lo matamos ya?— suplicó Rafael con un gemido.
Leonardo asintió, motivado por la arrogancia fuera de lugar en el tono del hombre.
Años de vivir en Qasar al-Zill hicieron que, de una forma u otra, ambos aprendieran algo de árabe.
Tosco, pero lo suficiente como para darse cuenta que Sammún no era sincero en lo absoluto.
Sin previo aviso, Leonardo sujetó a Rafael por un brazo y una pierna y giró sobre sus pies, lanzándolo por los aires con todas sus fuerzas.
A pesar de la cautela de Sammún, Rafael salió disparado casi tan rápido como antes y a una distancia mucho menor.
Ni él ni su arena reaccionaron a tiempo.
Quien sí lo hizo fue el amuleto incrustado en su cuerpo y que le otorgaba sus poderes.
Una barrera de energía se formó frente a Sammún justo cuando Rafael propinaba su puñetazo.
El impacto dobló y agrietó la mística energía, rompiéndola tras un instante de lucha.
El puño de Rafael, severamente debilitado, encontró la mandíbula de Sammún y le voló varios dientes.
El hombre se sacudió hacia atrás y cayó de su plataforma, mientras Rafael chillaba por el dolor sufrido al entrar en contacto con la energía.
Su mano ya maltratada se quemó y envió oleadas de dolor intenso.
Leonardo apareció en su punto de aterrizaje y lo atrapó, echando a correr inmediatamente.
Rafael salió de su aturdimiento tras unos segundos y observó la figura todavía viva del barbón calvo de la arena.
—¿¡Qué haces!?
¡El bastardo sigue vivo!— se quejó con Leonardo.
No tuvo que escuchar la respuesta de su amigo, pues ante los ojos del enojado Rafael las dunas circundantes al campo de batalla explotaron y los bichos quitinosos salieron como una inundación.
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